A un mismo río no se entra dos veces: Historia de un amor apasionado y tormentoso, segundas oportunidades, secretos familiares y la lucha contra el alcoholismo en el corazón de Castilla

Diario de Elena Gómez

Hoy, el mismo saludo de siempre. ¡Hola, mi adorada!, me dice Eugenio como si nada hubiera pasado, plantándome un beso fuerte en la mejilla. El olor a alcohol rancio de varios días hizo que me apartara con disgusto.

¿Y dónde has estado toda la semana, borracho?, le encaré, una vez más.

Con un amigo, consolándole. Su mujer le ha dejado, improvisó Eugenio sin el menor rubor.

¿No temes que la tuya esté pensando en hacer lo mismo mientras tú consuelas a los compañeros de barra?, contesté, ya harta.

No temo nada. Sé que mi mujer me quiere. Oye, Elena, ¿no vas a dar de comer a tu marido? Mi amigo sólo me tenía ciruelas de su huerto, anda…, me rogó con tono conciliador.

La historia entre Eugenio y yo comenzó siendo un segundo matrimonio para ambos. Fue un flechazo, una pasión loca e irracional, que dolía. Ambos pasábamos los treinta cuando nos conocimos.

Su primera esposa, al sospechar que era yo la amante de su marido, venía a mi trabajo y me contaba, con todo detalle, cómo había sido su última noche juntos:

Eugenio estuvo increíble. Besó y abrazó como nunca. Estaba desatado, decía ella.

Me alegro por vosotros. ¡Seguid así!, respondía yo con calma, aunque dentro de mí sabía que Eugenio era sólo mío. Sentía lástima por ella, que le dio dos hijos y le adoraba. Y, sin quererlo, fui yo quien le arrancó a su marido.

Durante tres años tuvimos un romance tempestuoso, indeciso, nadie de los dos se atrevía a dejar su familia pero la trama se apretaba cada vez más. Empezamos a salir del control y nos metimos en un amor pegajoso, imposible de cortar. Eugenio me traía flores, me invitaba a bares y restaurantes, nos pasábamos horas cogidos de la mano mirando el uno al otro. A veces nos alejábamos, otras nos reuníamos, sabiendo que hacíamos daño a nuestras familias. Pero ¿cómo detener una avalancha?

Mi primer marido, tras mucho sufrir, acabó deseándome felicidad con Eugenio. Lo entiendo, todos buscamos paz y amor, ¿quién quiere una esposa infiel?

Jamás intentó hacerme entrar en razón, al contrario, creyó que era culpa suya lo que había ocurrido:

Siento no haber sido capaz de retenerte…

Poco después, mi hija vino a contarme:

Papá se casa con otra mujer, parece que hay amor. Pronto será la boda. Se va a divorciar de ti, mamá.

La exmujer de Eugenio, al enterarse, rompió su DNI en pedazos pensando que así cambiaría algo.

Pero había algo aún más grave que yo ignoraba: Eugenio era alcohólico de larga trayectoria. Su madre me cogió una tarde y me aconsejó en susurros:

Elena, si vas a vivir con mi hijo, nunca le des dinero ni le confíes el presupuesto. Sólo dale unas monedas para tabaco y el autobús. Ni un euro más. No dejes que maneje los gastos de la casa, que te arruina antes de que te des cuenta.

En aquel momento no presté mucha atención a ese consejo materno, qué equivocada estaba…

Tras unir nuestras vidas pese a todo, empecé a percatarme de muchas cosas. Aprendí bien lo que implica convivir con un alcohólico.

Al principio creía que mi amor inmenso podría ayudarle a cambiar, que dejaría de beber por mí y abandonaría a sus colegas de barra. Pronto vi que mi fe se desvanecía y sólo deseaba que regresara a casa por su propio pie y no arrastrándose.

Eugenio podía beber días enteros sin parar. Me robaba dinero en silencio. En mi primer matrimonio el dinero siempre estaba a la vista. Con Eugenio, tocaba esconderlo. Incluso llevó mis joyas de oro al Monte de Piedad, joyas regaladas por mi primer marido. Por supuesto, no las recuperó, nunca trabajaba.

Sufrí aquella vida como nunca. Estaba pagando el precio de un amor robado.

Siempre le faltaba dinero para seguir bebiendo. Sabía todos mis escondites. Yo lo ocultaba, él lo descubría y lo robaba. Mentir se convirtió en su rutina, mentiras burdas que ni él se creía. Hoy jura amor eterno, mañana hay que andar con mil ojos. En los peores días llegué a buscarle entre sus amigos, lo sacaba de las tabernas, lo llevaba a rastras a casa, suplicaba, amenazaba… De nada servía.

Me sentía fatal, me odiaba a mí misma: mi primer marido era de los que no probaban el alcohol, ¿qué me faltaba entonces? La ansiedad me dio una alergia brutal, terminé en el hospital. Luego empezó a fallar el corazón, el dolor de cabeza era constante. Me desmoronaba por completo, mientras Eugenio seguía bebiendo como si nada.

Diez años pasaron en ese tormento. Finalmente, harta, tras mucho leer, puse las cartas sobre la mesa:

Elige, Eugenio: o yo o tus compañeros de copas. Esta rueda ya no la aguanto más.

Eugenio tardó en contestar, como si la decisión fuese imposible. Tampoco le apuré, ya había pasado el punto de no sufrir más. La pasión se había consumido. Confieso en secreto que deseaba que me fuera infiel; lo habría echado de casa sin miramientos. Pero nunca me traicionó. Decía:

Elena, para los borrachos no hay mujeres…

Y tiene razón, lo he comprobado demasiadas veces.

Cuando Eugenio cumplió cuarenta, fuimos juntos a la iglesia de San Cipriano. Decidió bautizarse. Él mismo lo necesitaba, veía que iba directo al abismo. Había que hacer algo.

Desde entonces empezó a cambiar poco a poco. Sus anteriores amigos desaparecieron unos, otros se destruyeron con el alcohol. El entorno se transformó del todo.

Ahora tratamos con parejas respetables. La edad, la vida o quizá Dios han cumplido su papel en la cabeza de mi marido; hoy bebe con moderación. Cuando empieza a hablar de su amor inagotable, le digo:

Mejor calla. No tengo dieciséis años para dejarme emocionar con palabras vacías. Como dice el refrán, sólo creo en los hechos.

En mi alma todo está frío, apagado desde hace tiempo.

Tantas peleas hemos tenido… Eugenio lanzando las llaves, saliendo a portazos, jurando no volver jamás. Nunca salí tras él. El que se va, que se vaya. Bebía un euro, pero reñía como si fuera mil. Y aún así, siempre regresaba suplicando perdón, de rodillas, besando mis manos.

El vino y la razón no caminan juntas: el humo agita la mente, el juicio se calla.

Una vez vino con un ramo de flores secas.

Elena, una señora mayor me insistió: cómprele a su chica un ramito. No pude negarme, excusándose al ver mi cara de sorpresa.

La señora acertó: mira, este ramo seco es como nuestro amor. Marchito, le retiré, irónica.

Pero eterno, murmuró Eugenio, dolido.

Le perdono todo porque le compadezco. ¿Para qué acumular rencor? Solo amarga a una misma…

Sin embargo sé que se puede volver atrás, pero no recuperar lo que se fue.

Seguimos juntos.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

twenty − 10 =

A un mismo río no se entra dos veces: Historia de un amor apasionado y tormentoso, segundas oportunidades, secretos familiares y la lucha contra el alcoholismo en el corazón de Castilla
Nos vimos, pero no nos entendimos —¿No vas a llegar tarde? ¿A qué hora sales, Dani? ¡Dani…! —Alina sacudía a su marido por el hombro mientras él fingía dormir, agitaba la mano como queriendo decir que no pensaba levantarse y que no se retrasaría. Alina miró el móvil: apenas eran las siete de la mañana. “¿Y por qué me he levantado tan temprano un sábado? No tengo nada que hacer, le preparé la maleta ayer…” —pensó Alina para sí y estuvo a punto de volver a meterse bajo el edredón, pero de repente… Descubre más Periódico Alimentación Diario Juegos de familia De repente le invadió esa extraña sensación de inquietud que últimamente la asaltaba cada vez más a menudo. Parecía que no tenía de qué preocuparse: su marido a su lado, un piso céntrico reformado con mucho gusto, muebles de diseño, electrodomésticos caros. Él tenía coche, Alina otro. Recientemente habían comprado también un chalé en una urbanización en las afueras. Lo tenían todo, en definitiva. Muchos ni siquiera se atreven a soñar con algo así. Intenta vivir de alquiler, ir al trabajo en metro, encargarte por la tarde de los deberes de los niños, preparar la cena para todos, pagar la hipoteca, dar dinero para el cole… Apenas duermes y ya suena la alarma, vuelve a empezar todo. ¡Ya quisiera yo tus problemas! ¿Y ahora con qué mal rollo sales? ¿Qué será esta vez? Sí, ¡justo esa misma sensación! Alina ya había aprendido a reconocerla. Una inquietud sin motivo, un nudo en el pecho, la premonición de una desgracia y la impresión de que se le escapaba algo muy importante. Aparecía sin avisar y desaparecía igual. La dejaba tranquila por un tiempo, pero siempre volvía. Y esa mañana, aquella desagradable sensación se coló otra vez en el corazón de Alina sin permiso. Se levantó de la cama, miró de nuevo a su esposo dormido y se fue a la cocina. Dani tenía otro viaje de trabajo. ¡Qué poco podía con ellos últimamente! Había llegado un nuevo jefe hacía año y medio, el sueldo había subido bastante, la empresa donde curraba Dani era grande y prometedora. Él era uno de los mejores empleados, jefe de departamento. ¡Pero el trabajo se llevaba todo su tiempo! Y ahora incluso le mandaban de viaje los fines de semana. Alina preparó el desayuno y volvió al dormitorio para despertar a su marido. —Dani, venga, ¿piensas despertar o no? Muévete, que si no llegarás tarde al viaje. ¿Habías dicho que salís por la tarde? —Sí. Más tarde… —respondió Dani aún medio dormido y, al fin, se incorporó. —Venga, he preparado el desayuno. —Mmm. —murmuró Dani y la siguió a la cocina. En la mesa, él enseguida se enfrascó en el móvil. Alina había notado que, últimamente, apenas hablaban y cada vez se sentían más distantes. No, no discutían. Todo era perfecto —él traía flores a casa de vez en cuando, a veces Alina conseguía convencerle para ir al restaurante y Dani accedía. Podían pasear por el parque, ir a ver a amigos o al cine, pero ya nada era como antes. Descubre más Alimentación Diario Juegos en familia Periódico —Dani, ¿por qué no me llevas contigo al viaje? —preguntó de pronto Alina. —Mmm. —respondió él sin levantar la vista de la pantalla. —Venga, en serio, ¿qué más da? Os vais a quedar en un hotel, ¿no? Por el día estás con tus compañeros y por la noche conmigo. —¿Qué? ¿Cómo que “conmigo”? —Dani dio un respingo al entender lo que decía su mujer. —¿Por qué no, Dani? ¿Qué tiene de malo? Vas en coche, ¿no? —Sí, en coche. ¿Pero tú qué vas a hacer allí? Es fin de semana, disfruta y descansa en casa. Yo vuelvo el lunes o el martes. —¿Y qué? Nunca he estado en esa ciudad. Pasearía, visitaría tiendas, igual hasta algún museo… —¡Anda ya! Es un pueblo perdido, no hay nada interesante. ¿No te bastan ya todas las tiendas que hay aquí? ¡Hay una en cada esquina! —Dani, me aburro aquí. No te voy a molestar… —protestó Alina. —¡Alina, no! ¿Quieres irte de vacaciones? ¡Cógete unas y vete! —contestó Dani irritado. —¿Sola? Yo quiero ir contigo. Somos marido y mujer, por si no te acuerdas. —Alina, ¿ya empezamos otra vez? Te he dicho mil veces que ahora es una época muy chunga en el curro. ¡El jefe es un ogro! ¿Qué culpa tengo yo si me manda el fin de semana? —Claro, como si sólo a ti te manda. La semana pasada vi a Román, tu compañero, en el centro comercial con su mujer y los niños. Pero tú, trabajando de nuevo. —Alina no quería discutir, menos aún antes de que él se fuera, pero no podía callarse. —¡Ya estamos con quién estuvo dónde! Gracias por el desayuno. —Dani se levantó y se fue al baño. Alina recogió mientras Dani veía la tele. Luego le preparó unos bocadillos y un termo de té para el viaje. —Alina, ¿dónde está la maleta? —se oyó la voz de Dani en el pasillo. —En la cómoda. —respondió tranquila Alina. —Bueno, me voy ya. No te enfades, de verdad que allí no hay nada que hacer. —No pasa nada, no me enfado. Adiós. Dani salió y Alina se quedó allí. Era sábado, podía llamar a alguna amiga para salir por la noche, tomar algo en un restaurante bonito, charlar. Descubre más Alimentación Diario Juegos en familia Periódico Pero, ¿a quién llamar? Julia tenía marido y dos niños —¡ni pensarlo! María se había comprado una casa en un pueblo y ya no venía nunca a la ciudad. Catalina se había ido a «conquistar» Madrid —¡hacía siglos que no sabía de ella! Todas tenían sus propias historias, preocupaciones, hijos… Alina tenía casi treinta y ocho y no tenía hijos con Dani. Por culpa de un error juvenil — un aborto mal hecho. Por aquella época, apenas empezaban a vivir juntos, de alquiler. Trabajaban, recién licenciados, ganaban poco. Años después, Alina y Leonor celebraban su aniversario de boda, y la pequeña Catalina, ahora adolescente, brindó emocionada diciendo: “Gracias, mamá, por llegar a nuestras vidas y devolvernos la familia.”