Nos encontramos, pero no nos comprendimos
¿No vas a llegar tarde? ¿A qué hora te vas, Manolín? ¡Manolín! Lucía sacudía suavemente el hombro de su marido y él fingía dormir, agitaba la mano como diciendo que no pensaba levantarse y que nada lo haría retrasarse. Lucía miró su móvil apenas marcaban las siete de la mañana.
«¿Y por qué me he despertado tan temprano en sábado? No tengo nada que hacer, ayer dejé preparada su bolsa» pensó Lucía para sí misma. A punto estuvo de acurrucarse de nuevo bajo el abrigo de las sábanas, cuando de pronto
La envolvió esa sensación extraña de inquietud, que la perseguía cada vez con más frecuencia por aquel entonces. No parecía haber motivo: su marido a su lado, un piso en el centro de Madrid, renovado con esmero, muebles de diseño, electrodomésticos de los más modernos. Él tenía coche; Lucía, otro. Recientemente, incluso habían comprado una pequeña casita en un residencial a las afueras. Lo tenían todo: así, sin más.
Muchos ni siquiera se atreverían a soñar con semejante dicha. Su vida era la antítesis de ir de alquiler, usar el autobús para ir a trabajar, ayudar a los niños con los deberes por la tarde, preparar la cena para todos, pagar letras, entregar dinero para la escuela Apenas pegabas ojo y el despertador sonaba otra vez. ¡Quién tuviera tus problemas!, dirían algunos. ¿Qué presentimiento tan absurdo será este? ¿Por qué?
Sí, exactamente esa sensación. Lucía había aprendido a reconocerla: una ansiedad sin razón, un nudo en el pecho, la sombra de una desgracia y la certeza de que algo fundamental se le escapaba. Aparecía de repente y desaparecía igual. Le daba un respiro durante días, pero luego volvía.
Y aquella mañana, ese malestar volvió a invadir el pecho de Lucía sin pedir permiso. Se levantó de la cama, lanzó otra mirada a su marido aún dormido y se fue a la cocina. Manolín tenía otro viaje de trabajo. Últimamente la martirizaban. Hacía año y medio que había llegado un jefe nuevo, aumentó el salario apreciablemente, la empresa donde trabajaba Manolín era grande y prometedora. Él, uno de los mejores empleados, jefe de departamento, pero ese trabajo le robaba demasiado tiempo. Y ahora, hasta lo mandaban fuera los fines de semana.
Lucía preparó el desayuno y volvió al dormitorio para despertar a su marido.
Manolín, venga, ¿piensas despertarte ya? Vamos, que vas a llegar tarde al viaje. ¿No decías que salíais por la tarde?
Sí… Por la tarde… respondió él, la voz aún hundida en el sueño, y por fin se irguió.
Venga, que tienes el desayuno servido.
Ajá murmuró medio dormido Manolín, siguiéndola hasta la cocina.
En la mesa, enseguida se perdió en su móvil. Lucía se había dado cuenta de que últimamente apenas charlaban. Se habían ido distanciando. No, no discutían. Todo era, en apariencia, perfecto él aún llegaba a casa de vez en cuando con flores, a veces ella conseguía convencerlo para salir a cenar, y Manolín accedía. Paseaban por El Retiro, iban a casa de amigos, al cine, pero nada era como antes.
Manolín, ¿por qué no me llevas contigo este fin de semana? preguntó Lucía de sopetón.
Ajá, sí… contestó él, sin levantar la vista de la pantalla.
Venga, en serio, ¿qué más da? Os alojáis en hotel, ¿no? Por el día, tú con tus compañeros; por la noche, conmigo…
¿Eh? No, ¿pero qué dices? ¿Por la noche contigo? Manolín dio un respingo al comprender lo que su mujer le proponía.
¿Y por qué no? No es nada difícil. Vas en coche, ¿verdad?
Sí, pero ¿y tú qué harías allí? ¡Es fin de semana, descansa en casa! El lunes, ya estoy de vuelta.
¿Y qué? Nunca he estado en esa ciudad. Me apetecería pasear, Visitar tiendas quizás algún museo
¡Ay, por favor! ¡Es un pueblo perdido, no tiene nada! ¿Acaso no tenemos miles de tiendas aquí, a la vuelta de la esquina?
Me aburro aquí, Manolín No te voy a molestar. suspiró Lucía.
Lucía, no. Si quieres vacaciones, cógete unos billetes y vete sola. respondió él con un tono crispado.
¿Sola? Yo quiero ir contigo. ¡Somos marido y mujer, si no lo recuerdas!
¿Otra vez, Lucía? ¡Ya te dije que ahora no paran en el trabajo! Mi jefe es un tirano. ¿Qué culpa tengo yo si me manda los fines de semana?
Vaya, qué casualidad que solo a ti te toca siempre. La semana pasada vi a Jorge del trabajo con mujer e hijos en el centro comercial. Pero tú, casualmente, tenías que trabajar… no quería discutir, menos antes de un viaje, pero no pudo evitarlo.
¡Venga ya!, a repasar quién fue adónde. ¡Gracias por el desayuno! Manolín se levantó y se encerró en el baño.
Lucía se puso a ordenar mientras su marido veía la televisión. Luego, le preparó unos bocadillos y té en un termo para el viaje.
Lucía, ¿dónde está la bolsa? gritó Manolín desde el recibidor.
En la cómoda. contestó ella tranquila.
Bueno, me voy ya. No te enfades, de verdad que no hay nada que hacer allí.
No pasa nada, no me enfado. Adiós.
Manolín salió, y Lucía se quedó sola. Era sábado y podía llamar a alguna amiga para salir por la noche, cenar en algún sitio agradable, charlar.
Pero ¿a quién llamar? Isabel tenía marido y dos hijos ni hablar de salir. Carmen se había comprado una casa en el pueblo y vivía allí tampoco vendría al centro. Catalina se había marchado a conquistar Barcelona y no daba señales desde hacía tiempo. Todas andaban embarcadas en sus propias preocupaciones.
Lucía estaba a punto de cumplir treinta y ocho y no tenían hijos. Por culpa de una decisión equivocada de juventud un aborto mal hecho. En aquel entonces, apenas comenzaban a vivir juntos, de alquiler. En el trabajo, recién licenciados, ganaban poco.
Pasaron los años. Recuerdo la última vez que celebramos el aniversario de boda con Lucía y León, cuando la pequeña Catalina, ya adolescente, levantó su copa y, con los ojos vidriosos, declaró: Gracias, mamá, por llegar a nuestra vida y devolvernos la familia que creíamos perdida.Lucía sonrió, recordando aquel instante improbable, cuando una familia ajena la había cobijado, convidándola al afecto que en su propia casa parecía haberse disipado. El eco de la voz de Catalina la envolvió por un momento, cálida, vivaz, sincera. ¿En qué momento su vida se había vuelto tan ordenada y tan silenciosa? Se preguntó si Manolín pensaba alguna vez en la posibilidad de perderla, igual que ella a veces imaginaba desaparecer, huir sin más, salir una mañana y no volver.
Preparó café para una sola y se sentó junto a la ventana. Abajo, la ciudad comenzaba a despertarse, indiferente a su soledad. Lucía contempló largo rato el trajín en la acera, la pareja que discutía bajito, la niña que sonreía a su madre desde la bicicleta, la panadera arrastrando su carrito de bollos recién hechos.
Respiró hondo. Esta vez, la ansiedad no retrocedió. Pero al menos supo reconocerla, nombrarla, entender su mensaje. Se levantó de golpe, sin saber a dónde ir, pero decidida a dejar que fuera la vida, y no la costumbre, quien guiara aquel sábado.
Abrió el armario y eligió un vestido alegre, se recogió el pelo y, casi sin pensarlo, cogió las llaves, la cartera y un libro. Salió despacio, cerrando la puerta tras de sí, con la promesa de que aquel vacío, por una vez, no sería el final, sino el principio de algo distinto. Paso a paso, se mezcló con la multitud, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que aún podía encontrarse aunque esta vez, sí, fuera consigo misma.






