Mientras mis hijos y nietos malviven en un piso diminuto, los padres de mi yerno disfrutan de la buena vida en un piso amplio y luminoso, como si fueran marqueses de Salamanca.
Mi hija se casó, pero la verdad, no hemos tenido mucha suerte ni con el yerno ni con su familia política. Nosotros lo damos todo por nuestros hijos, pero ellos, ni un mísero euro. Han pasado ya ocho años desde la boda y aún sigo lidiando con esta familia, que parece salida de un sainete de Arniches.
Cuando surgió el problemilla de la vivienda, los padres del yerno se lavaron las manos como Poncio Pilato. Eso no es cosa nuestra, vinieron a decir. Total, que tuvimos que vender nuestro bonito piso de ladrillo visto para comprar uno a los niños. Era nuestro rincón, cálido y muy cuco, pero claro… ¿qué íbamos a hacer? Lo más importante es que los hijos tuvieran su propio nido.
Hicimos la reforma, compramos muebles, todo sin ayuda de los suegros, que estaban más interesados en sus excursiones al balneario que en el futuro de sus nietos. Y como si fuera poco, yo también echo una mano con los críos. Mi hija está de baja maternal con el pequeño, y el mayor empieza primero de primaria, así que me toca hacer de chófer. Mi hija sola no puede con todo, es de traca pensar que puede levantar al niño, vestirlo, llevarlo al cole y cuidar del bebé, todo en una hora. Así que mi marido y yo nos turnamos los abuelos siempre al rescate.
Mientras tanto, los padres del yerno se ponen de perfil, como si la cosa no fuera con ellos. Yo los miro y me pregunto qué tipo de abuelos pasan tanto de sus nietos. Pero bueno, cada uno es como es.
Esto viene de lejos. Imaginaos no darle ni un céntimo al hijo para la boda. Les llamé antes de la boda, con la esperanza de que íbamos a organizar algo juntos. ¿Y sabéis lo que me dijeron?
¿Y si se divorcian al mes? ¡Ahora mismo, el 70% de las parejas se separan en medio año! ¿Para qué gastar en tonterías?
Al final, mi marido y yo pagamos la boda y regalamos a los chavales un piso. Los otros vinieron a la boda como completos desconocidos y regalaron un mísero sobre con 100 euros y cara de póker.
Para colmo, el yerno, venga a pedir.
Hace ocho años que compramos el piso, un estudio pequeñito, que para dos más que suficiente. Ahora han venido dos niños y, claro, viven embutidos como sardinas en lata.
Creo que el yerno debería moverse un poco más. Le digo: A ver, si no puedes ganar más, ¿por qué no le pides algo a tus padres?. Me responde que ni hablar, que eso ni se menciona.
Que me ponga yo a hablarlo con sus padres, tampoco. Mejor ni lo nombres, dice, como si le fuera a dar un pasmo.
A mí, la verdad, me sorprende la postura. Vergüenza le da pedir a sus padres, pero a los míos ocho años chupando del bote. ¿Por qué no sale a buscarse la vida? Conozco a gente que se compra piso y se apaña. Se lo digo: eres joven, búscate un segundo trabajo, vete a Alemania o a donde quieras. Pero nada.
A veces hasta discute con mi hija porque yo me meto demasiado. El yerno dice que los suegros son como son, y que no hay quien los cambie.
Me saca de quicio ver cómo los padres del yerno viven felices y relajados mientras nosotros nos partimos el lomo. Pero claro, a ellos no se les puede molestar ni con el pétalo de una rosa. ¡Eso sí, qué hijo más obediente que tienen! Lástima que no les tenga tanta consideración a sus suegros.







