Diario de Alfonso
Hoy fue un día que, francamente, jamás pensé, me tocaría escribir en este cuaderno. Llegué temprano a la estación de Atocha tras un viaje agotador desde Valencia, cargado de maletas y esperanza de un reencuentro. Miré a mi alrededor, esperando ver la familiar silueta de Lucía. Pero nada, ni rastro de mi mujer esperándome en el andén.
Bueno, tampoco se va a morir de cansancio me dije, reprimiendo un suspiro. Podría haberse acercado, ¡qué menos!
Metí la mano en el bolsillo, saqué el móvil y marqué su número. Sin respuesta. Volví a llamar. Nada. Respiré hondo, agarré la maleta y busqué un taxi para volver a casa.
El trayecto fue corto, el tráfico en Madrid a esas horas aún no era infernal. Al llegar, noté que el coche de Lucía tampoco estaba aparcado junto al portal. Me sorprendió, porque era temprano y siempre suele quedarse dormida los fines de semana. ¿Habrá ido a recogerme pero nos hemos cruzado por el camino?, pensé con escepticismo.
Subí al piso, abrí la puerta con mi llave y lo primero que me chocó fue el silencio denso, casi pesado. El recibidor estaba inusualmente ordenado y, lo más impactante, no había ni un solo par de zapatos de hombre en la estantería. Ni botas, ni mis deportivas, nada. Sentí una punzada en el estómago.
Avancé hacia el salón y, sobre la mesa, encontré una nota cuidadosamente doblada. La leí de un tirón y, al terminar, tuve que sentarme porque las piernas no me respondían.
Me marcho. He recogido todas mis cosas. Puedes iniciar los papeles del divorcio tú mismo. La niña no sabe nada. Lucía.
La leí varias veces, buscando alguna señal de duda, de broma. Nada. El hielo de la certeza empezó a derretirse lentamente, dándome paso a una tristeza evitando volverse tormenta.
Me levanté y recorrí la casa. Todo seguía igual que cuando me fui de viaje la gotita molesta del grifo seguía goteando en la cocina, la bombilla fundida del baño sin cambiar, y la estantería nueva seguía sin colgar bajo el espejo, durmiendo en su caja encima de la lavadora. Volví al pasillo y probé el cerrojo del portal, que desde hacía medio año no ajusta bien: igual que siempre, roto.
Ahora que me paro a pensar, ni me sorprendió que Lucía no haya arreglado nada en mi ausencia, prometiendo siempre mañana. Faroles, bombillas, grifos ¿para qué arreglarlo si estaba todo decidido ya?
Me pasé la mano por la cara, resoplé y cogí el teléfono. Marqué el número de Fernando, mi amigo de toda la vida y manitas para todo.
¿Fernan, sigues despierto? dije, intentando sonar animado. Te llamaba para ver si puedes pasarte. Se me han acumulado un par de cosillas en casa: el grifo del fregadero, cambiar la bombilla y, puestos a pedir, me gustaría cambiar los dos cerrojos de la puerta. Los de hoy, y el resto, si acaso, mañana puedes venir otra vez.
Le conté lo que había pasado, usando el chascarrillo para evitar ponerme dramático. Fernan, cómo no, aprovechó para soltarme alguna broma:
Pues si dejas la puerta abierta, mejor darle las llaves al repartidor del Mercadona rió. Oye, amigo, si quieres, te presento a mi prima Maribel. Buena gente y recién divorciada, ¿eh?
¡Quieto ahí, Fernan! Déjame a mí procesar esto primero, que bastante tengo con lo mío le contesté con tono burlón. Pásate en una hora, anda.
Mientras arreglaba lo indispensable, yo aprovechaba para hablar con mi vecina, Carmen, que trabaja en la misma oficina que Lucía.
No tardé en confirmar la sospecha: Lucía se había liado con un tipo de la oficina, un tal Julio, soltero y con buena nómina. Al parecer, él tiene un buen piso por la zona de Salamanca, así que las razones logísticas ni faltaron.
Cuando me aseguré de que no había dejado nada más de ella por casa, recogí en una bolsa blanca el par de cosas que quedaban: camisetas, una bufanda del Atleti y una foto nuestra en la Plaza Mayor. Todo listo para empezar de cero.
Antes de que Fernan se fuera, le pedí que tirara la bolsa en el contenedor. Cuando cerré la puerta tras él, sentí un alivio extraño. Pensé en llamar a mi hija, pero preferí esperar. Le contaré las cosas en persona este sábado, cuando vaya a verlos. Para algo le he comprado los regalos para mi nieta.
Faltaba poco para quedar con Isabel, mi amiga y confidente de toda la vida. Decidimos tomarnos unas tapas y brindar, aunque solo fuera porque sí; yo tenía, sin embargo, un motivo que marcaría un antes y un después.
Saqué una botella de cava de la nevera, llené una copa y, observando las burbujas, brindé en silencio:
Por una vida nueva, por los momentos que quedan y las sorpresas que vengan. Porque hasta las rupturas enseñan a quererse más a uno mismo.
Al final, he aprendido que ningún adiós es tan devastador si estás dispuesto a decirte hola otra vez.







