La amante de mi marido era espectacular. Yo misma la habría elegido, si fuera hombre. ¿Sabéis? Existen mujeres que conocen bien su valor. Caminan con dignidad, miran de frente y de manera sincera, escuchan con atención. No hacen gestos nerviosos, no necesitan mostrar escote ni espalda para llamar la atención; irradian una calma casi regia y jamás pierden la compostura. Yo también la habría escogido. Precisamente porque es todo lo contrario a mí. ¿Y yo cómo soy? Siempre con prisas, regañando a los niños y a mi marido, todo se me cae de las manos, nunca llego a tiempo, el trabajo me supera, los jefes siempre enfadados. Voy siempre en vaqueros y camisetas o jerséis, porque planchar un vestido o una blusa se me hace un mundo. Ya ni recuerdo la última vez que planché un volante o un lazo. Menos mal que la secadora de última generación ya deja la ropa bastante decente y casi no hace falta planchar. Y la amante era fabulosa. Cuerpo, porte, piernas, pelo, ojos, rostro… ¡para quitar el aliento! Desde que lo supe, o mejor dicho, desde que lo vi con mis propios ojos, no he vuelto a respirar igual. Fue por accidente, en una gestión de trabajo en un barrio lejano. Entré en la primera cafetería que encontré a comer algo rápido. El trabajo hecho y el hambre apretaba—no es poca cosa. En la cafetería abarrotada encontré un rincón y me senté. Al mirar el menú, alcé la vista. No, no era mi imaginación. Reconocí a mi marido inmediatamente, de espaldas. Y la vi a ella. Él le sujetaba las manos entre las suyas y le besaba los dedos. Qué cursilería, pensé. Como si fuera una película de Garci. Pero la mujer era realmente guapa. Objetivamente hermosa. Me sentí rara, como cuando ves la quemadura en la piel pero aún no ha empezado a doler; ese instante de espera inquietante antes del dolor. Para evitarlo, soplas la zona colorada con todas tus fuerzas. Debería doler, pero por dentro sólo sentía vacío. Nada. Mi marido regresó puntual. Siempre tenía buen humor, era tranquilo y estable. Yo era la que rodaba como una peonza, con mil cosas a la vez, apurando a todos. Él, el típico español sanguíneo, pausado y con buen sentido del humor. Ojalá pudiera ahora usar su sentido del humor, pero con esto no me sirve el mío. Estuve a punto de preguntarle, imperturbable: “Bueno, ¿qué tal tu amante? Os vi el otro día en el café tal, está muy bien, sí señor, te entiendo, yo tampoco me hubiese resistido.” Me imaginé disfrutando al ver cómo se le empañaba la frente y perdía la compostura. Podría seguir: “¿Y ahora qué? Preséntales a los niños, seguro que les gusta su nueva mamá. ¿O me vas a traer a casa? ¿Al menos tiene vivienda o la traes aquí?” Nunca dije nada de esto. Como siempre, mi marido me abrazó en la cama, me atrajo hacia él y se quedó rápidamente dormido. Igual ni siquiera han tenido sexo todavía, pensé, alejándome a mi lado de la cama. Y me reí en silencio. Mira, ahora pienso como una mujer a la que acaban de poner los cuernos delante y que sigue fingiendo que no pasa nada. Quizá por ahora no haya sexo; sólo coqueteo, primeras miradas, pensamientos al unísono. Y él es buen actor, ni una palabra ni un músculo torcido. Dí mil vueltas en la cama, dormí a saltos, soñé flores brillantes y amantes con vestidos rojos. Me desperté con la cabeza como un bombo. Apenas me movía por la casa, pero recogí a los niños para el cole tranquila. Y todo el tiempo pensé: ¿qué hago ahora? ¿Qué hacen normalmente las españolas que pillan a sus maridos con la amante? ¿Busco en Google? Google no sirvió. Y respuestas, no tengo. ¿Intentar seguir viviendo? ¿Probar a seguir adelante? Si ya estoy siguiendo… Todo igual que siempre. Las rutinas de siempre, el marido que vuelve a la hora pactada, ni marcas de pintalabios ni perfumes extraños, los niños brincando, el cine familiar de los domingos. Todo sigue igual. Mismo sexo dos veces por semana. A veces tres, siendo escrupulosa. ¿Y si me equivoqué en la cafetería? No, no me equivoqué. Lo llamé a mediodía, no contestó. Cogí un taxi y volví al café. Inventé una historia para el taxista, que esperaba un “paquete de trabajo”. El coche de mi marido estaba delante. Salieron juntos, subieron al coche y se fueron. Me quedé blanca, pedí agua al taxista, hice como que llamaba a alguien y solté gritando: “¡Pues que se queden con el paquete! ¡No puedo esperar más, me voy al curro!” Ni en esto parecía darme igual lo que pensara el taxista. Saber que existe una amante te pone la vida patas arriba. ¿Divorciarse? Supongo que sí. ¿Y cómo se vive de otra manera? ¿Aguantar? ¿Para qué? ¿Para quién? Recordé cuando, hace un par de años, a unos amigos les pasó lo mismo. Él lo ocultaba, pero la mujer lo supo igual. Hubo bronca, él negándolo todo, incluso con pruebas: mensajes sin borrar. Decía que le habían “hackeado” o que era cosa de enemigos celosos… Entonces mi marido dijo: “Yo jamás mentiría así. Hay que ser valiente y reconocerlo. Si aprecias a tu familia, rompe la aventura. Si no, vete, pero sé responsable.” Hasta me sentí orgullosa de él. ¡Qué hombre más íntegro! Claro, con los problemas de los otros todo es fácil, sobre todo desde la barrera. Todo, hasta que te toca vivirlo a ti y delante tienes a la esposa y la amante al mismo tiempo. Ahí la valentía se esfuma de golpe. Me acerqué a la mesa y me senté en la silla libre. La amante me miró sorprendida. Mi marido se quedó de piedra. Después se removió incómodo. Nadie hablaba. Yo disfrutaba observando. Ella supo enseguida quién era yo. Quizá ya lo sabía. Mi marido quiso decir algo. Levanté la mano para frenarlo: “No es lo que pienso, ¿verdad? Mirad, no hay nada raro, pasa en las mejores familias. Pero ahora pensad cómo vais a resolverlo: tenemos hijos, piso en común, padres mayores. Sois listos, seguro que lo sacáis adelante.” Y salí sin prisa, rumbo a la puerta. El vestido bien planchado me sentaba estupendo. Qué tonta, llevaba años sin ponérmelo.

La amante de su marido es sencillamente espectacular. Hasta ella misma la habría elegido, si hubiera sido hombre. Ya sabéis, existen mujeres que se valoran a sí mismas, que caminan con elegancia, te miran de frente, escuchan de verdad. No necesitan ni un ápice de estridencia, ni mostrar el escote ni la espalda para captar miradas: rebosan serenidad y nunca pierden la calma.

Ella, de haber podido elegir, también la habría escogido porque es justamente lo contrario a lo que es ella. ¿Y cómo es ella? Siempre con prisas, agobiada, gritando a los niños y a su marido, se le cae todo de las manos, nunca termina a tiempo, el trabajo le supera y el jefe, últimamente, está cada vez más insatisfecho. Ropa, siempre la misma: pantalones eternos y camisetas desgastadas, porque planchar un vestido o una blusa le da una pereza tremenda. Hasta ha olvidado cuándo fue la última vez que alisó algún volante. Menos mal que la secadora, de lo último en tecnología, le deja la ropa como nueva y ya no tiene casi que recurrir a la plancha.

La amante, en cambio, es deslumbrante. Qué figura, qué porte, esas piernas, ese pelo, esos ojos, ese rostro… le corta la respiración. Y, desde que lo supo bueno, más bien desde que lo vio, no ha recuperado el aire. Fue por casualidad, por temas de trabajo, en un barrio alejado de Madrid. Tenía tanta hambre que entró en el primer bar que encontró. Había terminado una visita importante y necesitaba comer algo. En un local abarrotado de gente, encontró una mesa libre. Se sentó, cogió la carta y al levantar la vista… No, no era una impresión suya. Reconoció a su marido enseguida de espaldas. Y a ella también la vio.

Él le sostenía las manos, le besaba los dedos. ¡Menudo espectáculo, pensó! Un cuadro digno de un bolero. Pero la verdad es que la mujer era impresionante. Irrefutablemente.

Experimentó una sensación rara. Como cuando te quemas: ves la marca en la piel, sabes que el dolor vendrá enseguida y, durante ese corto espacio de tiempo, simplemente esperas el latigazo. Soplas con todas tus fuerzas para aliviar lo inevitable.

Debería doler. Pero solo sentía un vacío. Nada más.

El marido regresó a casa a su hora, como siempre, afable y equilibrado. Ella, a diferencia, es de las que saltan a la mínima, siempre a la carrera, apurando a todos. Pero él, tan gallego y tan tranquilo, con su humor incombustible y su sangre templada.

Ahora mismo, ella mataría por un poco de ese humor. La situación no deja lugar para el suyo propio.

Toda la noche tenía ganas de preguntárselo de sopetón, con tono frío: “¿Y qué tal tu amante? Os vi el otro día en el Café Caravaca. Guapísima, desde luego, te entiendo, yo tampoco me habría resistido”.

Quería preguntárselo solo para observarle, ver cómo le subía un sudor frío a la frente, cómo se ponía rojo, intentando no perder la compostura.

Y continuar: “Bueno, entonces, ¿ahora qué? Preséntasela a los niños, seguro que les encanta su nueva mamá. ¿Y yo? ¿Dónde me dejáis? ¿Ella tiene piso propio o la vas a traer a casa?”.

Pero no dijo nada. En la cama, él la abrazó como siempre, la atrajo hacia sí y se quedó dormido casi de inmediato.

Quizá ni siquiera han llegado al sexo, pensó ella, retirándose a su lado de la cama mientras reprimía una carcajada muda. Así es como piensa ahora, como una mujer traicionada ante sus propios ojos, pero que sigue convenciendo a todo el mundo de que está todo en su cabeza.

A lo mejor ni siquiera han cruzado la línea. Están en la primera fase, la del juego de miradas, la simpatía, las respiraciones acompasadas, la mente en sintonía. Un amante con matrícula de honor, un espía emboscado. Que no deja escapar ni una pista.

Durmió malamente, inquieta en la cama, atacada por sueños de flores vivas y amantes con vestidos rojos.

Se despertó con migraña, moviéndose a cámara lenta por la casa, pero con una calma impropia: preparó a los niños, los llevó al colegio. Todo el rato pensando, ¿y ahora qué? ¿Qué haría cualquier mujer que pilla a su marido con otra? ¿Buscar consejos en algún foro, en Google?

Google no ayuda. Y ella tampoco encuentra respuestas. ¿Seguir adelante con la vida?

¿Acaso le queda otra? Ya lo está haciendo, sin cambiar apenas nada. Su marido llega a casa a la hora de siempre, sin manchas de pintalabios ni olores ajenos, niños que nunca paran y domingos de película y palomitas. Ningún cambio en la rutina. El mismo sexo dos veces a la semana. A veces, incluso tres.

Quizá se equivocó en el bar. ¿Se equivocó?

No. Llamó a su marido a la hora de comer y no contestó. Cogió un Cabify, se plantó en el mismo bar. Inventó para el chófer una historia random de que venía a por el paquete de su trabajo. El coche del marido estaba, aparcado enfrente. Vio salir a la pareja, subir juntos al coche de él y marcharse.

Pálida, pidió un vaso de agua, fingió hablar por teléfono: ¡Pues idos a la porra vosotros y vuestro paquete! ¡No puedo esperar más, me vuelvo a la oficina!

Aunque no quisiera, aún le importaba lo que el conductor pudiera pensar de ella.

Saber que tu marido tiene amante lo cambia todo. ¿Separarse? Es lo lógico. ¿O aguantar? ¿Para qué? ¿Para quién?

Recordó cuando, años atrás, en su grupo de amigos, pasó algo parecido. El marido de una de ellas tuvo una amante. Lo ocultaba, se justificaba. Pero al final fue evidente y la verdad salió. Hubo bronca, negó hasta cuando le enseñaron los mensajes en WhatsApp. Juró que todo era un montaje, cosas de rivales envidiosos.

Ahí su propio marido sentenció: Yo nunca mentiría. Es de cobardes. Si has metido la pata, hay que reconocerlo y arreglarlo si quieres a tu familia. O si no, al menos, ser responsable y cuidar de los tuyos.

En aquel momento, sintió orgullo por su marido. Qué hombre tan íntegro.

Claro, es fácil dar consejos cuando lo ves desde fuera. Sin tener nada en juego.

Pero cuando te toca vivirlo, cuando tienes delante a tu mujer y a tu amante a la vez, el valor y el aplomo se esfuman de golpe.

Ella fue hasta su mesa en aquel café y se sentó. La amante levantó los ojos, sorprendida. El marido se quedó paralizado, se removía en la silla. Nadie hablaba. A ella le divertía la situación. La amante pareció comprender inmediatamente quién era. O quizá ya lo sabía.

El marido intentó decir algo, pero ella le frenó con la mano: Esto no es lo que parece, ¿verdad?. Y añadió: En fin, tampoco hay nada extraordinario en esto. Estas cosas pasan. Pero ahora piensad bien cómo lo vais a resolver: tenemos hijos, un piso en común, padres mayores. Vosotros sois listos, seguro que encontraréis una solución.

Y se marchó, despacio, hacia la puerta. El vestido perfectamente planchado le quedaba estupendo; una pena no haberlo sacado del armario antes.

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La amante de mi marido era espectacular. Yo misma la habría elegido, si fuera hombre. ¿Sabéis? Existen mujeres que conocen bien su valor. Caminan con dignidad, miran de frente y de manera sincera, escuchan con atención. No hacen gestos nerviosos, no necesitan mostrar escote ni espalda para llamar la atención; irradian una calma casi regia y jamás pierden la compostura. Yo también la habría escogido. Precisamente porque es todo lo contrario a mí. ¿Y yo cómo soy? Siempre con prisas, regañando a los niños y a mi marido, todo se me cae de las manos, nunca llego a tiempo, el trabajo me supera, los jefes siempre enfadados. Voy siempre en vaqueros y camisetas o jerséis, porque planchar un vestido o una blusa se me hace un mundo. Ya ni recuerdo la última vez que planché un volante o un lazo. Menos mal que la secadora de última generación ya deja la ropa bastante decente y casi no hace falta planchar. Y la amante era fabulosa. Cuerpo, porte, piernas, pelo, ojos, rostro… ¡para quitar el aliento! Desde que lo supe, o mejor dicho, desde que lo vi con mis propios ojos, no he vuelto a respirar igual. Fue por accidente, en una gestión de trabajo en un barrio lejano. Entré en la primera cafetería que encontré a comer algo rápido. El trabajo hecho y el hambre apretaba—no es poca cosa. En la cafetería abarrotada encontré un rincón y me senté. Al mirar el menú, alcé la vista. No, no era mi imaginación. Reconocí a mi marido inmediatamente, de espaldas. Y la vi a ella. Él le sujetaba las manos entre las suyas y le besaba los dedos. Qué cursilería, pensé. Como si fuera una película de Garci. Pero la mujer era realmente guapa. Objetivamente hermosa. Me sentí rara, como cuando ves la quemadura en la piel pero aún no ha empezado a doler; ese instante de espera inquietante antes del dolor. Para evitarlo, soplas la zona colorada con todas tus fuerzas. Debería doler, pero por dentro sólo sentía vacío. Nada. Mi marido regresó puntual. Siempre tenía buen humor, era tranquilo y estable. Yo era la que rodaba como una peonza, con mil cosas a la vez, apurando a todos. Él, el típico español sanguíneo, pausado y con buen sentido del humor. Ojalá pudiera ahora usar su sentido del humor, pero con esto no me sirve el mío. Estuve a punto de preguntarle, imperturbable: “Bueno, ¿qué tal tu amante? Os vi el otro día en el café tal, está muy bien, sí señor, te entiendo, yo tampoco me hubiese resistido.” Me imaginé disfrutando al ver cómo se le empañaba la frente y perdía la compostura. Podría seguir: “¿Y ahora qué? Preséntales a los niños, seguro que les gusta su nueva mamá. ¿O me vas a traer a casa? ¿Al menos tiene vivienda o la traes aquí?” Nunca dije nada de esto. Como siempre, mi marido me abrazó en la cama, me atrajo hacia él y se quedó rápidamente dormido. Igual ni siquiera han tenido sexo todavía, pensé, alejándome a mi lado de la cama. Y me reí en silencio. Mira, ahora pienso como una mujer a la que acaban de poner los cuernos delante y que sigue fingiendo que no pasa nada. Quizá por ahora no haya sexo; sólo coqueteo, primeras miradas, pensamientos al unísono. Y él es buen actor, ni una palabra ni un músculo torcido. Dí mil vueltas en la cama, dormí a saltos, soñé flores brillantes y amantes con vestidos rojos. Me desperté con la cabeza como un bombo. Apenas me movía por la casa, pero recogí a los niños para el cole tranquila. Y todo el tiempo pensé: ¿qué hago ahora? ¿Qué hacen normalmente las españolas que pillan a sus maridos con la amante? ¿Busco en Google? Google no sirvió. Y respuestas, no tengo. ¿Intentar seguir viviendo? ¿Probar a seguir adelante? Si ya estoy siguiendo… Todo igual que siempre. Las rutinas de siempre, el marido que vuelve a la hora pactada, ni marcas de pintalabios ni perfumes extraños, los niños brincando, el cine familiar de los domingos. Todo sigue igual. Mismo sexo dos veces por semana. A veces tres, siendo escrupulosa. ¿Y si me equivoqué en la cafetería? No, no me equivoqué. Lo llamé a mediodía, no contestó. Cogí un taxi y volví al café. Inventé una historia para el taxista, que esperaba un “paquete de trabajo”. El coche de mi marido estaba delante. Salieron juntos, subieron al coche y se fueron. Me quedé blanca, pedí agua al taxista, hice como que llamaba a alguien y solté gritando: “¡Pues que se queden con el paquete! ¡No puedo esperar más, me voy al curro!” Ni en esto parecía darme igual lo que pensara el taxista. Saber que existe una amante te pone la vida patas arriba. ¿Divorciarse? Supongo que sí. ¿Y cómo se vive de otra manera? ¿Aguantar? ¿Para qué? ¿Para quién? Recordé cuando, hace un par de años, a unos amigos les pasó lo mismo. Él lo ocultaba, pero la mujer lo supo igual. Hubo bronca, él negándolo todo, incluso con pruebas: mensajes sin borrar. Decía que le habían “hackeado” o que era cosa de enemigos celosos… Entonces mi marido dijo: “Yo jamás mentiría así. Hay que ser valiente y reconocerlo. Si aprecias a tu familia, rompe la aventura. Si no, vete, pero sé responsable.” Hasta me sentí orgullosa de él. ¡Qué hombre más íntegro! Claro, con los problemas de los otros todo es fácil, sobre todo desde la barrera. Todo, hasta que te toca vivirlo a ti y delante tienes a la esposa y la amante al mismo tiempo. Ahí la valentía se esfuma de golpe. Me acerqué a la mesa y me senté en la silla libre. La amante me miró sorprendida. Mi marido se quedó de piedra. Después se removió incómodo. Nadie hablaba. Yo disfrutaba observando. Ella supo enseguida quién era yo. Quizá ya lo sabía. Mi marido quiso decir algo. Levanté la mano para frenarlo: “No es lo que pienso, ¿verdad? Mirad, no hay nada raro, pasa en las mejores familias. Pero ahora pensad cómo vais a resolverlo: tenemos hijos, piso en común, padres mayores. Sois listos, seguro que lo sacáis adelante.” Y salí sin prisa, rumbo a la puerta. El vestido bien planchado me sentaba estupendo. Qué tonta, llevaba años sin ponérmelo.
EL GUARDIÁN DEL OCASO: PROTECTOR DE LOS ÚLTIMOS RAYOS DE LUZ