Marina ya estaba a punto de acostarse cuando, de repente, alguien llamó a la puerta. Se puso la bata y fue a abrir; su marido, Esteban, la siguió. En el umbral estaba Nicolás, el chico del vecino: —Tío Esteban, ¿puedes venir a casa?—dijo Nicolás—, mi madre quiere hablar contigo. Esteban se vistió y fue a ver a la madre de Nicolás, murmurando por el camino: —¿Qué querrá María de mí? Se sentó junto a su cama y ella le confesó: —No me queda mucho, Esteban, pronto me iré… Debo contarte un secreto… Esteban la miraba, desconcertado, sin comprender nada. Esteban siempre fue un muchacho atractivo desde joven, aunque solo amó a una mujer en su vida: su esposa Marina. La quiso desde sus años escolares y desde entonces no dejó de quererla. Vivían unidos, criaban a tres hijos: Miguel y Juan, y una niña, Tatiana, la pequeña. Esteban, de buen carácter y manos de oro, era el mejor carpintero de la zona. Trabajaba mucho para mantener a su familia, vestir a los niños, mimar a su esposa. Si algo bonito llegaba a la tienda—ropa, algún pañuelo elegante—siempre lo compraba; o traía perfumes caros de la ciudad. Antes de dormir, Marina se sentaba frente al espejo con su blusa blanca, peinando y trenzando su cabello mientras Esteban la admiraba desde la cama, bajo la luz de la lámpara: era su felicidad. ¿Cómo lo hacía todo? La casa siempre limpia, desayuno, comida y cena listos, el huerto impecable. El trabajo pesado, sí, era suyo, con ayuda de los chicos, que hacían todo lo que su padre ordenaba. A Esteban le gustaban los niños. No los mimaba en exceso, pero les enseñó disciplina y respeto por su madre. Tatiana era aún muy niña, de apenas tres años, igual de ojiazul que Marina. Con ella sí que era imposible no consentirla. Dondequiera que iban, la llevaba sobre los hombros. En casa, nadie osaba hacerle daño. Su felicidad familiar parecía casi vergonzosa. En todas las casas había peleas y quejas; pero en la suya todo era armonía. Hasta que, hace poco, el menor, Juan, discutió fuerte con Nicolás, el chico robusto de la vecina. Marina lloró e hizo compresas frías para Juan… Entonces, Esteban se pasó por el patio de los vecinos. Nicolás, regañado por su madre, estaba triste en el poyete. Al ver a Esteban, se apartó. Daba lástima, y algo se movió en el alma de Esteban, ya fuera compasión por el chico o dolor por su hijo. Su Juan tenía padre y defensor; Nicolás no. Lo acompañó, se sentó y le habló: —No me mires así. ¿Sabes que hiciste mal? —el niño callaba—. Lo sabes, así que tendrás que responder. Reinó el silencio. A Esteban le pudo otra vez la compasión. —Tú, Nicolás, no molestes a mis hijos, ¿entiendes? El chico asintió. Esteban le dio una palmada en el hombro y se fue. Solo notó que su madre, María, lo observaba tras la cortina. Pero, en vez de volver a casa, sus pies lo llevaron al bosque. Ahí afloraron los recuerdos… …Tenían casi dieciocho: él, Marieta y Marina. Recién graduados. El club del pueblo celebró fiesta para las dos escuelas rurales, con limonada y pastelillos, música, baile. Todos arreglados y guapos; la más bella, Marina, con vestido blanco de encaje, sandalias de tacón y trenza hasta la cintura, mejillas sonrosadas, brillante alumna. Aquella noche, Esteban pensó declararse: llevaba enamorado desde quinto curso y la amaba aún, y pronto se iría a la mili sin confesarlo. Pero no pudo ser. Nadie había reparado antes en que el hijo del director, Vicente, llevaba tiempo interesado en Marina. Él no la soltó en toda la noche, y ella feliz, reía y bailaba valses con él—Esteban nunca aprendió a bailar. A un lado, abatido, y fue entonces cuando Marieta se le acercó y lo invitó a bailar. Él retiró la mano y salió al exterior. Marieta fue tras él. Pasearon así hasta el amanecer. Fueron al río, se sentaron en la orilla; ella se le acercaba, pero él solo pensaba en Marina. Ese otoño, antes del servicio, llegó el rumor de que Marina se casaría con Vicente. Esteban lloró amargamente; ella ni siquiera fue a despedirlo. Gran mesa, todos invitados. Pero a su lado estaba Marieta, no Marina… Y esa noche, entre cantos y bailes del pueblo, Marieta lo llevó a su casa, cuando él ya estaba alegre… Lo que pasó, apenas lo recordaba después. Volvió al amanecer, bajo las miradas de sus padres, y se fue a la cama. Por el servicio apenas escribió cartas, sólo a sus padres, que le contaron que Marina se casó y Marieta fue a la ciudad a estudiar. Adiós a la juventud. Y ella quedó atrás. Para siempre… Al regresar, Esteban ya era hombre, con pelo corto y barba incipiente. Marina tenía a Miguel, y esperaba otro hijo. La encontró embarazada y triste. —¿Cómo estás, Marina?,—le preguntó temblando. —Bien. Nada de qué quejarme. De sus padres supo que Vicente era un juerguista incorregible: ni trabajaba, ni trataba bien a Marina. Al padre de Vicente lo quitaron de director y ahora enseñaba. No les iba bien… Al nacer Juan la desgracia los golpeó: Vicente se fue alegre al río, y murió allí. Nada lo salvó… Marina, viuda, sufrió su luto. Entonces Esteban pidió su mano: se casaron, con dos hijos de ella. Justo entonces acababa su casa, con ayuda de sus padres, terreno y materiales. Sus manos eran expertas en la construcción. Llevó a Marina y los niños al nuevo hogar, que olía a madera. Poco a poco, se instalaron y criaron a los chicos. Marina le contó que Marieta se casó en la ciudad, tenía un hijo, y venía de visita a sus padres a veces. Y parece que lo presintió: a menos de un mes, Marieta volvió al pueblo para siempre. Su hijo, algo mayor que Miguel. Con el marido no se entendió: se divorciaron. Al principio, Marieta paseaba orgullosa por el pueblo, pero luego la salud empezó a fallarle. La pobre mujer se consumía, y no ocultaba su envidia hacia Marina, que al fin se llevó a Esteban, a quien ella tanto amó. Él la rechazó. Se casó con Marina, con dos hijos, y luego otro más. Ahora los chicos habían crecido, hasta peleaban. Él no quiso hablar con Marieta; ella estaba dolida, sin razón evidente. Nunca cruzaban palabra ni se paraban a hablar. Todo era silencio y desdén. Llegó el invierno con nieve y ventisca. Los chicos ya no peleaban, pero evitaban a Nicolás. El hijo de Marieta se volvió huraño y ansioso. Entonces se supo que Marieta estaba grave. Una noche, ya entrada la hora, Marina iba a dormir cuando sonó la cancela y llamaron a la puerta. Marina, sorprendida, se puso el batín y fue a abrir; Esteban la acompañó. En el umbral estaba Nicolás. —Tío Esteban, ven a casa. Mi madre quiere contarte algo,—dijo, apesadumbrado. Marina lo invitó a pasar. Esteban se vistió y fue con Marieta. —¿Para qué me llama?—refunfuñaba. Marieta, agonizante, lo recibió sentada entre almohadas. Se sentó junto a ella. —No me queda mucho, Esteban,—dijo por fin—. Pronto me iré… Debo contarte un secreto… Esteban la miraba perplejo. —Te voy a pedir algo,—continuó Marieta—. No abandones a mi Nicolás. ¿Recuerdas aquella noche, después de la despedida para la mili? Pues bien. Nicolás es tu hijo. Mi marido lo supo y me aceptó embarazada como esposa. Por eso no nos entendíamos… Al decirlo, lloró en silencio… …Esteban volvió a casa confuso, dolorido y triste. Aquella noche medio olvidada, y toda la vida rota de la pobre Marieta… No tardaron en enterrarla, todo el pueblo acudió. Tras el funeral, Esteban tomó a Nicolás de la mano y lo llevó a casa. —Nicolás vivirá con nosotros,—anunció, y Marina se sentó en el taburete, brazos cruzados. No explicó nada. Sólo dijo que Marieta le pidió no enviarlo al orfanato. Se perdería allí. Nosotros lo criaremos bien… Hicieron todo como mandan las normas. Así vivieron, gran familia. Tatiana tenía tres hermanos que la cuidaban. El padre trabajaba, Marina se ocupaba de la casa, y los chicos, tras el colegio, hacían todas las tareas domésticas. Esteban asumió que era su hijo, y hasta se le parecía si se miraba bien. En aquella época ni se oía de pruebas y comprobaciones. Ni le importaban… No habría dejado solo al chico, fuera suyo o no…

Marina está a punto de irse a dormir cuando, de repente, alguien llama a la puerta. Se pone su bata y camina hacia el recibidor. Su marido, Esteban, la sigue. En el umbral está el hijo de los vecinos, Nicolás.

Tío Esteban, ¿puede venir a casa? le dice Nicolás. Mamá quiere hablar con usted.

Esteban se pone la chaqueta y sale rumbo a la casa de la madre de Nicolás.¿Qué querrá ahora María? murmura por el camino. Entra, toma una silla y se sienta junto a la cama donde descansa la vecina.

Ya me queda poco tiempo, Esteban le dice María, con voz apagada. Pronto me iré Quiero contarte un secreto…

Esteban la mira con sorpresa, sin comprender del todo.

Desde joven, Esteban ha sido un hombre llamativo, aunque toda su vida ha sentido amor solo por una mujer: su esposa Marina.

La ama desde la época del colegio, desde que tiene memoria.

Han formado una familia unida y han criado a tres hijos: Miguel, Iván y la pequeña Clara.

Esteban tiene buen corazón y es muy hábil con las manos; no hay mejor carpintero en todo el municipio.

Trabaja mucho; hay que alimentar una familia grande, vestir a los hijos y mimar a su esposa.

Siempre que llega alguna novedad a la tienda del pueblo, alguna tela bonita o pañuelos elegantes, él compra para ella. Y nunca falta un perfume traído de Madrid.

Al final del día, Marina se sienta ante el espejo en su camisa blanca, peinando y trenzando su cabello rubio. Esteban no puede dejar de admirarla.

Acomodado en la cama, observa a su esposa bajo la luz cálida de la lámpara y siente una alegría profunda.

¿Cómo lo hace todo? piensa. La casa siempre limpia, la comida lista, el huerto impecable.

Bueno, lo cierto es que la faena más dura siempre la hace él, ayudado por los muchachos, que hasta lo que el padre diga, hacen sin protestar.

Esteban quiere mucho a sus hijos. No los consiente, pero les enseña a ser ordenados y sobre todo a respetar a su madre.

Clara es aún una niña pequeña, apenas tres años. Es igual de rubia y de ojos claros que Marina. Resulta imposible no habrála consentir. Vaya donde vaya, Clara siempre va subida sobre los hombros de su padre. Y en casa, nadie se atreve a regañarla.

Era como si tuvieran vergüenza de la felicidad familiar. En cualquier casa del pueblo hay pleitos y quejas, pero en la suya todo transcurre apacible.

No hace mucho, Iván, el menor, tuvo una pelea fuerte con Nicolás, el hijo robusto de María. La discusión fue seria.

Marina lloró y estuvo toda la noche haciendo compresas frías a Iván.

Entonces Esteban fue al patio de los vecinos. Nicolás estaba sentado en la entrada, cabizbajo y disgustado tras ser regañado por su madre.

Al ver a Esteban, intentó evitarlo, pero el corazón de Esteban se conmovió: ¿pena por el chaval o dolor por su propio hijo?

Iván tiene padre; Nicolás, en cambio, ha crecido solo con su madre. Esteban se sentó a su lado y le dijo:

No te escondas. ¿Sabes que has hecho mal?

El chico guarda silencio.

Veo que sí. Pues tendrás que dar la cara.

Silencio. Le vuelve la lástima.

No molestes a mis hijos, Nicolás, ¿entendido?

El muchacho asiente. Esteban le da un toque en el hombro y se va.

Al salir, ve a María observándole entre las cortinas.

No vuelve a casa de inmediato; sus pasos le llevan al monte y se sumerge en los recuerdos…

Tenían los tres casi dieciocho: él, María y Marina. Acababan de graduarse del instituto. La fiesta de fin de curso se celebró en el centro social, reuniendo alumnos de dos pueblos. Entre refrescos, dulces y música, disfrutaban y bailaban.

Todos iban bien arreglados, pero Marina deslumbraba: vestido blanco de encaje, sandalias de tacón y una larga trenza. Enrojecida de alegría, la mejor alumna.

Esa noche, Esteban había decidido declararse, confesar que la amaba desde quinto curso. No podía irse a la mili sin contarle sus sentimientos.

Pero fue imposible. Nadie había notado que el hijo del director, Javier, llevaba tiempo cortejando a Marina.

Ese día no la soltó ni un momento. Bailaban y reían juntos, y Esteban, incapaz de bailar un solo paso, se mantuvo al margen, triste.

Marta, sin embargo, se le acercó a invitarle a bailar.

Esteban rechazó la mano y salió al exterior. Marta lo siguió. Pasearon hasta el amanecer.

Fueron al río, sentados en la orilla, ella cariñosa, él frío y pensativo, siempre pensando en Marina.

Al llegar el otoño, antes de irse a la mili, se rumoreaba que Marina se casaría con Javier.

Esteban lloró amargamente; ella ni siquiera fue a despedirse. En la fiesta, todos estaban invitados, pero junto a él se sentaba Marta.

Ya de madrugada, tras cantar y bailar con todo el pueblo, Marta lo llevó a su casa, alegre. Lo que pasó, ni él mismo lo recuerda bien.

Volvió a casa al alba, bajo la mirada inquisitiva de sus padres, y cayó rendido.

Desde la mili escribía solo a sus padres. Ellos le contaron que Marina se casó, y que María se fue a Madrid a estudiar.

Así terminó su juventud. Dijo adiós para siempre.

Regresó al pueblo más hombre, con el pelo corto. Marina ya tenía a Miguel y esperaba otro hijo. La encontró apática y embarazada.

¿Cómo te va, Marinita? preguntó él, tembloroso.

Bien. No tengo de qué quejarme.

Por sus padres se enteró de que Javier descuidaba el hogar, sin trabajo, trataba mal a Marina. Su padre había perdido la dirección escolar y era ahora simple maestro. Vivían discretamente mal…

Y cuando nació Iván, todo empeoró.

El marido de Marina, alegre, se fue al río y nunca volvió. Nadie pudo salvarlo.

Marina, viuda, sufrió en silencio. Entonces Esteban se animó a pedirle matrimonio y se casó con ella, criando juntos a los dos niños.

El propio Esteban terminaba de construir la casa. Sus padres le ayudaron con la parcela y los materiales.

Sus manos, siempre hábiles, trabajaban la madera y la piedra con destreza.

Llevó a Marina y los niños a la vivienda que aún olía a serrín.

Empezaron una nueva vida, levantando a los pequeños. Marina le contaba lo que sabía de María: que se había casado en Madrid, tenía un hijo y a veces visitaban el pueblo.

Y como si lo hubiese presentido, poco después María volvió al pueblo, ya definitivamente.

El hijo de ella casi de la edad de Miguel, pero no cuajó con su marido; se separaron.

Primero se mostraba orgullosa por el pueblo, luego comenzó a enfermar.

La mujer se apagaba día a día y no ocultaba la envidia por Marina, que finalmente se quedó con Esteban, a quien María tanto amó.

Él fue quien la repudió, casándose con Marina y criando también una hija en común.

Ahora los muchachos han crecido y hasta se pelean. Esteban evita hablar con María, y no entiende por qué ella sigue dolida con él. Nunca le habla, nunca se detiene en la calle, solo silencio bajo gestos duros…

El invierno llegó frío, con ventisca. Los muchachos dejaron de pelearse, aunque evitaban cruzarse. Nicolás, hijo de María, se ha vuelto taciturno y preocupado.

Y fue entonces cuando María cayó gravemente enferma.

Una noche, ya tarde, Marina se disponía a acostarse. De pronto, cruje la puerta y alguien llama.

Marina, sorprendida, se pone la bata y abre. Esteban la acompaña. En la entrada está Nicolás.

Tío Esteban, ¿puede venir? Mamá quiere decirle algo dice, triste.

Marina lo invita a pasar. Esteban se viste y va a casa de María.

¿Qué querrá de mí? rezonga por el camino.

Allí la ve, medio sentada entre almohadas, delgada como nunca.

Se sienta a su lado, la observa.

Me queda poco, Esteban dice ella al fin. Pronto me iré… Quiero confesarte algo…

Esteban la mira sin entender.

Solo te pido una cosa continúa María. No abandones a mi Nicolás. ¿Recuerdas la noche después de tu despedida de la mili? Bueno Él es tu hijo. Mi marido lo supo, me aceptó embarazada. Por eso nunca fuimos felices…

Después de decirlo, rompe a llorar sin hacer ruido.

Esteban regresa a casa confundido, con el corazón encogido. Una noche perdida entre recuerdos ha marcado toda la vida de María…

Poco después, todo el pueblo asiste a su entierro. Tras el duelo, Esteban toma la mano de Nicolás y se lo lleva con él.

Nicolás vivirá con nosotros anuncia. Marina, sentada en la silla, se cruza de brazos en el pecho.

No da explicaciones; solo dice que María se lo pidió, que no lo enviara a ningún centro. Se perdería allí. Nosotros le daremos cariño

Se legalizó todo como corresponde. Así vivieron juntos, como una familia numerosa.

Clara siempre tenía a tres hermanos mayores cuidándola. Esteban trabajaba; Marina, pendiente de la casa, y los chicos hacían tareas al salir del colegio.

Esteban asumió en silencio que Nicolás era su hijo; si uno se fijaba, había mucho de él en el chaval.

Los trámites eran sencillos en esa época, y ni falta hacían.

No habría abandonado al niño jamás Ni siendo suyo, ni siendo ajeno.

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Marina ya estaba a punto de acostarse cuando, de repente, alguien llamó a la puerta. Se puso la bata y fue a abrir; su marido, Esteban, la siguió. En el umbral estaba Nicolás, el chico del vecino: —Tío Esteban, ¿puedes venir a casa?—dijo Nicolás—, mi madre quiere hablar contigo. Esteban se vistió y fue a ver a la madre de Nicolás, murmurando por el camino: —¿Qué querrá María de mí? Se sentó junto a su cama y ella le confesó: —No me queda mucho, Esteban, pronto me iré… Debo contarte un secreto… Esteban la miraba, desconcertado, sin comprender nada. Esteban siempre fue un muchacho atractivo desde joven, aunque solo amó a una mujer en su vida: su esposa Marina. La quiso desde sus años escolares y desde entonces no dejó de quererla. Vivían unidos, criaban a tres hijos: Miguel y Juan, y una niña, Tatiana, la pequeña. Esteban, de buen carácter y manos de oro, era el mejor carpintero de la zona. Trabajaba mucho para mantener a su familia, vestir a los niños, mimar a su esposa. Si algo bonito llegaba a la tienda—ropa, algún pañuelo elegante—siempre lo compraba; o traía perfumes caros de la ciudad. Antes de dormir, Marina se sentaba frente al espejo con su blusa blanca, peinando y trenzando su cabello mientras Esteban la admiraba desde la cama, bajo la luz de la lámpara: era su felicidad. ¿Cómo lo hacía todo? La casa siempre limpia, desayuno, comida y cena listos, el huerto impecable. El trabajo pesado, sí, era suyo, con ayuda de los chicos, que hacían todo lo que su padre ordenaba. A Esteban le gustaban los niños. No los mimaba en exceso, pero les enseñó disciplina y respeto por su madre. Tatiana era aún muy niña, de apenas tres años, igual de ojiazul que Marina. Con ella sí que era imposible no consentirla. Dondequiera que iban, la llevaba sobre los hombros. En casa, nadie osaba hacerle daño. Su felicidad familiar parecía casi vergonzosa. En todas las casas había peleas y quejas; pero en la suya todo era armonía. Hasta que, hace poco, el menor, Juan, discutió fuerte con Nicolás, el chico robusto de la vecina. Marina lloró e hizo compresas frías para Juan… Entonces, Esteban se pasó por el patio de los vecinos. Nicolás, regañado por su madre, estaba triste en el poyete. Al ver a Esteban, se apartó. Daba lástima, y algo se movió en el alma de Esteban, ya fuera compasión por el chico o dolor por su hijo. Su Juan tenía padre y defensor; Nicolás no. Lo acompañó, se sentó y le habló: —No me mires así. ¿Sabes que hiciste mal? —el niño callaba—. Lo sabes, así que tendrás que responder. Reinó el silencio. A Esteban le pudo otra vez la compasión. —Tú, Nicolás, no molestes a mis hijos, ¿entiendes? El chico asintió. Esteban le dio una palmada en el hombro y se fue. Solo notó que su madre, María, lo observaba tras la cortina. Pero, en vez de volver a casa, sus pies lo llevaron al bosque. Ahí afloraron los recuerdos… …Tenían casi dieciocho: él, Marieta y Marina. Recién graduados. El club del pueblo celebró fiesta para las dos escuelas rurales, con limonada y pastelillos, música, baile. Todos arreglados y guapos; la más bella, Marina, con vestido blanco de encaje, sandalias de tacón y trenza hasta la cintura, mejillas sonrosadas, brillante alumna. Aquella noche, Esteban pensó declararse: llevaba enamorado desde quinto curso y la amaba aún, y pronto se iría a la mili sin confesarlo. Pero no pudo ser. Nadie había reparado antes en que el hijo del director, Vicente, llevaba tiempo interesado en Marina. Él no la soltó en toda la noche, y ella feliz, reía y bailaba valses con él—Esteban nunca aprendió a bailar. A un lado, abatido, y fue entonces cuando Marieta se le acercó y lo invitó a bailar. Él retiró la mano y salió al exterior. Marieta fue tras él. Pasearon así hasta el amanecer. Fueron al río, se sentaron en la orilla; ella se le acercaba, pero él solo pensaba en Marina. Ese otoño, antes del servicio, llegó el rumor de que Marina se casaría con Vicente. Esteban lloró amargamente; ella ni siquiera fue a despedirlo. Gran mesa, todos invitados. Pero a su lado estaba Marieta, no Marina… Y esa noche, entre cantos y bailes del pueblo, Marieta lo llevó a su casa, cuando él ya estaba alegre… Lo que pasó, apenas lo recordaba después. Volvió al amanecer, bajo las miradas de sus padres, y se fue a la cama. Por el servicio apenas escribió cartas, sólo a sus padres, que le contaron que Marina se casó y Marieta fue a la ciudad a estudiar. Adiós a la juventud. Y ella quedó atrás. Para siempre… Al regresar, Esteban ya era hombre, con pelo corto y barba incipiente. Marina tenía a Miguel, y esperaba otro hijo. La encontró embarazada y triste. —¿Cómo estás, Marina?,—le preguntó temblando. —Bien. Nada de qué quejarme. De sus padres supo que Vicente era un juerguista incorregible: ni trabajaba, ni trataba bien a Marina. Al padre de Vicente lo quitaron de director y ahora enseñaba. No les iba bien… Al nacer Juan la desgracia los golpeó: Vicente se fue alegre al río, y murió allí. Nada lo salvó… Marina, viuda, sufrió su luto. Entonces Esteban pidió su mano: se casaron, con dos hijos de ella. Justo entonces acababa su casa, con ayuda de sus padres, terreno y materiales. Sus manos eran expertas en la construcción. Llevó a Marina y los niños al nuevo hogar, que olía a madera. Poco a poco, se instalaron y criaron a los chicos. Marina le contó que Marieta se casó en la ciudad, tenía un hijo, y venía de visita a sus padres a veces. Y parece que lo presintió: a menos de un mes, Marieta volvió al pueblo para siempre. Su hijo, algo mayor que Miguel. Con el marido no se entendió: se divorciaron. Al principio, Marieta paseaba orgullosa por el pueblo, pero luego la salud empezó a fallarle. La pobre mujer se consumía, y no ocultaba su envidia hacia Marina, que al fin se llevó a Esteban, a quien ella tanto amó. Él la rechazó. Se casó con Marina, con dos hijos, y luego otro más. Ahora los chicos habían crecido, hasta peleaban. Él no quiso hablar con Marieta; ella estaba dolida, sin razón evidente. Nunca cruzaban palabra ni se paraban a hablar. Todo era silencio y desdén. Llegó el invierno con nieve y ventisca. Los chicos ya no peleaban, pero evitaban a Nicolás. El hijo de Marieta se volvió huraño y ansioso. Entonces se supo que Marieta estaba grave. Una noche, ya entrada la hora, Marina iba a dormir cuando sonó la cancela y llamaron a la puerta. Marina, sorprendida, se puso el batín y fue a abrir; Esteban la acompañó. En el umbral estaba Nicolás. —Tío Esteban, ven a casa. Mi madre quiere contarte algo,—dijo, apesadumbrado. Marina lo invitó a pasar. Esteban se vistió y fue con Marieta. —¿Para qué me llama?—refunfuñaba. Marieta, agonizante, lo recibió sentada entre almohadas. Se sentó junto a ella. —No me queda mucho, Esteban,—dijo por fin—. Pronto me iré… Debo contarte un secreto… Esteban la miraba perplejo. —Te voy a pedir algo,—continuó Marieta—. No abandones a mi Nicolás. ¿Recuerdas aquella noche, después de la despedida para la mili? Pues bien. Nicolás es tu hijo. Mi marido lo supo y me aceptó embarazada como esposa. Por eso no nos entendíamos… Al decirlo, lloró en silencio… …Esteban volvió a casa confuso, dolorido y triste. Aquella noche medio olvidada, y toda la vida rota de la pobre Marieta… No tardaron en enterrarla, todo el pueblo acudió. Tras el funeral, Esteban tomó a Nicolás de la mano y lo llevó a casa. —Nicolás vivirá con nosotros,—anunció, y Marina se sentó en el taburete, brazos cruzados. No explicó nada. Sólo dijo que Marieta le pidió no enviarlo al orfanato. Se perdería allí. Nosotros lo criaremos bien… Hicieron todo como mandan las normas. Así vivieron, gran familia. Tatiana tenía tres hermanos que la cuidaban. El padre trabajaba, Marina se ocupaba de la casa, y los chicos, tras el colegio, hacían todas las tareas domésticas. Esteban asumió que era su hijo, y hasta se le parecía si se miraba bien. En aquella época ni se oía de pruebas y comprobaciones. Ni le importaban… No habría dejado solo al chico, fuera suyo o no…
Mis padres me dijeron que tuviera paciencia cuando les conté que no amaba a Sara y me pidieron que esperara. Así terminó mi espera.