Se jubiló y se sintió irremediablemente sola. Solo en la vejez se dio cuenta de que había vivido su vida de manera equivocada.

Me jubilé y me sentí irremediablemente sola. Solo al llegar a la vejez me di cuenta de que toda mi vida la había vivido un poco regular, la verdad.

Muchas mujeres creen que la soledad es terrible. Que la felicidad es tener una familia enorme, con sus líos, gritos de niños y las mil preocupaciones de todos los días. Pues yo jamás estuve de acuerdo con eso. Siempre viví para mí, por y para mis caprichos. Nadie me pidió responsabilidades, ni tuve cargas ni compromisos familiares. Vamos, que ni juegos de mesa en Navidad.

Después de estudiar en la universidad, empecé a trabajar en una agencia grande de turismo internacional en Madrid. También me metí de modelo para una firma bastante conocida. Y mira tú, se me daba bien, que llegué a ganar un montón de euros. Mis amigas también eran mujeres hechas y derechas: todas con carreras de éxito y bien forradas.

Que conste, yo me consideraba una mujer afortunada. He viajado lo que no está escrito: de Sevilla a Estocolmo y vuelta. En mi vida han pasado hombres de todo pelaje; con algunos estuve a gusto, con otros, cuando perdía el interés, pues les daba puerta. Jamás pensé en tener hijos, ¿para qué? ¿Para que ocupasen el poco tiempo libre que tenía? Yo, colega, convertida en una madre de esas que se ahogan en un vaso de agua si el mocoso estornuda. No, qué va, yo huía de las responsabilidades como de la paella con chorizo.

El tiempo, ay, vuela. Ahora soy una jubilada más, cobrando mi pensión de la Seguridad Social y, sinceramente, me siento sola como la una. No me casé, no tuve hijos. Y aquí estoy, reconociendo que echo de menos, aunque solo sea un poquito, no haber tenido un niño, aunque fuera travieso. Antes no quería, ni me apetecía. Luego que si trabajo, que si viajes. Después, tarde; la biología no perdona ni en el Paseo de la Castellana. Yo, que pensaba que ser madre no era ninguna maravilla, ya ves.

Miro ahora a mi hermana Pilar, con sus dos hijos y tres nietos sí, esa misma que yo pensaba que se equivocaba de pleno, y me reconozco tal como era: arrogante y con orejeras. Ahora quiero cambiar. Me gustaría reconciliarme con la familia, disfrutar a mis sobrinos y nietos. Si puedo, buscar a algún señor, también viudo o soltero, que como yo ande por ahí sin plan ni concierto, y armar juntos una familia tardía. ¿Quién sabe? Lo mismo lo consigo, y si no, por lo menos habré dejado de arrepentirme en soledad, que no es poca cosa en Madrid.

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Se jubiló y se sintió irremediablemente sola. Solo en la vejez se dio cuenta de que había vivido su vida de manera equivocada.
Por su humilde origen, la mujer tuvo el corazón de abandonar a su propio hijo, un recién nacido.