Durante mucho tiempo, Alfonso se negó a creer que Clara fuera realmente su hija. Su esposa, Lucía, trabajaba en una tienda del pueblo. Decían las malas lenguas que a menudo se encerraba en el almacén con otros hombres. Por eso Alfonso, testarudo y desconfiado, miraba a la menuda Clara con recelo y jamás la sintió como sangre de su sangre. Y así, fue tomando cierta aversión por la niña, hasta que sólo su abuelo Ramón se mantuvo a su lado y terminó dejando a su nieta la casa familiar.
Sólo el abuelo Ramón quería de verdad a Clarita
En su infancia, Clarita fue una niña delicada, enfermiza, siempre de pequeña estatura e hilo de voz. En mi familia no hay nadie así de frágil, ni en la tuya tampoco, repetía Alfonso. Esta criatura es más pequeña que un terrón de azúcar. Con los años, el desdén del padre por la niña se extendió también a la madre, que terminó distanciándose de la hija.
En aquel tiempo, parecía que sólo había un corazón que de verdad amaba a Clara: su abuelo Ramón. Su casa estaba al borde de la aldea, junto al bosque de encinas y chopos. Ramón había sido guardabosques toda su vida; ni siquiera la jubilación le apartó del monte, pues cada día salía a recoger bayas y plantas medicinales, o a alimentar a los animales del bosque en invierno. Se decía en el pueblo que el abuelo Ramón era algo excéntrico, incluso había quien le temía, pues más de una vez sus augurios inesperados terminaban cumpliéndose. No obstante, tanto hombres como mujeres acudían a él cuando hacía falta alguna infusión o remedio de sus hierbas.
La mujer de Ramón había fallecido hacía años, y él sólo encontraba consuelo en la naturaleza y su nieta. En cuanto Clarita empezó la escuela, fue quedándose cada vez más con el abuelo, que le enseñaba los secretos de las plantas y raíces. Clara aprendía con facilidad, y desde muy temprano, cuando le preguntaban en qué quería trabajar de mayor, contestaba: Quiero curar a la gente. Pero su madre le respondía que no había dinero suficiente para pagarle una carrera, a lo que Ramón siempre replicaba que, llegado el caso, hasta la vaca vendería para verla feliz.
Dejó a su nieta la casa y un buen augurio
Lucía, la madre de Clara, apenas visitaba al padre, pero cierto invierno apareció de repente en la puerta. Andaba desesperada. Su otro hijo, Tomás, lo había perdido todo en una partida de cartas en Salamanca y regresó a casa molido a golpes y con la amenaza de encontrar el dinero como fuera. Necesitaba ayuda.
¿Así que sólo te acuerdas de tu padre cuando estás con el agua al cuello?, preguntó Ramón, serio y con los ojos clavados en la hija. Llevas años sin venir a verme. Y le negó la ayuda: No estoy dispuesto a cubrir las deudas de Tomás. A mí preocúpame el futuro de mi nieta.
Lucía perdió los estribos y, entre lágrimas de rabia, gritó: ¡No quiero veros más, ni a ti ni a esa cría! ¡Para mí, estáis muertos!, antes de marcharse a toda prisa.
Cuando Clara fue aceptada en la escuela de enfermería de Segovia, sus padres no pusieron ni un céntimo. Sólo el abuelo Ramón podía ayudarle, y la beca que obtuvo gracias a sus buenas notas ayudó el resto. En el último año de estudios, Ramón enfermó gravemente, y sabiendo que la muerte le rondaba, le contó a su nieta que le dejaba la casa en herencia. Le pidió que buscara trabajo en la ciudad, pero que nunca olvidara la casa del bosque, pues el hogar vive mientras late la presencia humana. Y le advirtió: No temas quedarte aquí sola. Hay suerte en estas paredes. Aquí te espera tu destino, ya lo verás. Serás feliz, mi niña. Quizás intuía algo que nadie más sabía.
El augurio del abuelo se cumplió
Ramón murió aquel otoño. Clara, ya enfermera en el hospital comarcal, intentaba pasar los fines de semana en la casita del bosque. Encendía la chimenea en invierno, pues el abuelo había dejado madera suficiente para muchos meses. El pronóstico era de mal tiempo, y Clara, que alquilaba una habitación humilde en la ciudad a una tía lejana de una amiga, no quería pasarse días enteros encerrada allí. Así que aprovechó los días libres y volvió a la casa.
Por la noche, ya instalada, comenzó una copiosa nevada. A la mañana siguiente, a duras penas lograba distinguir el camino desde la ventana; la calle había desaparecido bajo la nieve. Unos golpes en la puerta la alarmaron. Al abrir, vio a un joven desconocido empapado y aterido. Buenos días. Se me ha quedado el coche atascado frente a su casa. ¿Tendría una pala?, preguntó. Debajo del alero está, coja la que necesite. ¿Quiere que le ayude?, contestó Clara. Pero el muchacho esbozó una sonrisa y, mirándola de arriba abajo, respondió: No vaya a ser que acabemos los dos sepultados, mujer.
El joven maniobraba con soltura la pala, pero su coche no llegó ni a avanzar tres metros antes de quedar nuevamente atascado. Tras varios intentos, Clara le abrió la puerta y lo invitó a entrar y tomar un poco de té de hierbas mientras esperaba a que escampara la ventisca, convencida de que pronto algún coche más pasaría por la carretera. El muchacho dudó un momento, pero acabó entrando en la casa.
No le da miedo vivir sola aquí, tan cerca del monte?, le preguntó mientras calentaba las manos en la taza. Clara le explicó que solo venía los fines de semana, que su vida estaba en la ciudad, aunque el regreso, si no llegaba el autobús del lunes, también la inquietaba. El joven, que se presentó como Sebastián, le propuso llevarla en coche hasta Segovia, pues él también tenía que regresar. Clara aceptó.
Poco después, al salir del hospital tras un largo turno, Clara se topó de golpe con Sebastián, que la esperaba en la acera. Creo que tu infusión tiene hechizo, porque desde que la probé no dejo de pensar en ti. ¿Me invitarás a otra taza?, bromeó.
Nunca hubo boda entre ellos; Clara no la quiso. Al principio, Sebastián insistió, pero acabó cediendo. A cambio, vivieron un amor sincero y alegre. Clara, desde entonces, supo bien que aquello de llevar en volandas a la mujer amada no era solo cosa de novelas antiguas: Sebastián lo hacía realidad. Cuando, para asombro de las vecinas, nació aquel primer hijo fortachón de una muchacha tan frágil, muchos preguntaron por el nombre. Le llamaremos Ramón -decía Clara, con una sonrisa agradecida-, en honor a alguien muy especial.







