La suegra decidió poner a prueba la fortaleza de Olga. El resultado fue inesperado

La suegra decidió poner a prueba a Clara. El resultado fue inesperado.

Pilar Fernández llamó el jueves por la noche. Javier cogió el teléfono, habló unos diez minutos y después pasó a la cocina con esa expresión de quien trae una noticia que no le hace ilusión, pero aún está decidiendo cómo soltarla.

Mi madre viene, dijo. Un par de semanas.

Clara seguía removiendo la sopa.

¿Cuándo?

El sábado.

Clara apagó el fuego.

Un par de semanas. Ella sabía bien lo que significan esas dos semanas para Pilar Fernández. Algo tan relativo como echar un poco de sal en sus recetasuna vara de medir muy personal.

La suegra apareció el sábado justo a las docecon una bolsa grande en la que algo tintineaba con fuerza y ese aire entre severo y calculador de quien llega a pasar una inspección. Mirada de tasador, como al visitar un piso antes de comprarlo.

Bueno, dijo, echando un vistazo al recibidor, sin polvo. Ya es algo.

Javier se rio. Clara sonrió.

Ya es algo parecía, visto lo visto, un piropo.

Pilar pasó a la cocina, miró en la neveracomo si fuera de paso, casi por casualidady murmuró pensativa:

¿Compras kéfir desnatado? Javier necesita del entero, con su estómago…

Él me pidió este, respondió Clara.

A saber por qué lo pidió, su suegra cerró la nevera, con cara de quien apunta un secreto vital.

Por la noche, cuando Javier se metió en la ducha, Pilar se acomodó en el sofá, cruzó las manos en las rodillas y anunció de manera tranquila, casi cariñosa:

No te lo tomes a mal, Clara. Solo quiero saber cómo eres realmente.

Pilar era toda una profesional en la materia.

La suya era una labor callada, de restauradora, retirando capas una a una hasta llegar al original. Cada comentariomedido, siempre sonriendo, casi inocente.

Al segundo día descubrió las toallas.

Clara, dijo pensativa, de pie en el baño, ¿sabes que las toallas hay que colgarlas con la anilla hacia abajo? Así se secan mejor.

Yo las cuelgo así siempre, contestó Clara.

Ya, ya… asintió Pilar, colgando la suya correctamenteanilla hacia abajo, como estandarte de nueva era.

Las camisas de Javier colgaban en el armario, planchadas, por colores, perfectamente. Su suegra abrió el armario, observó durante largo rato, asintió con la cabeza y murmuró, casi para sí:

Los cuellos algo arrugados. Bueno, igual es así adrede.

Clara de pie a su lado pensaba: no es pregunta, es afirmación. Tan formulada, que no admite respuesta.

La planta en el alféizarun ficus antiguo, viajero con Clara desde el otro pisosegún Pilar, estaba regado fatal.

Clara, los ficus odian que echen agua por arriba. Tienes que regar en el plato.

Este ficus lleva ocho años conmigo, respondió Clara.

Ocho años… podría estar mejor.

El ficus ni se inmuta. Sabio él.

La disposición de la comida en la nevera mereció su propio sermón: los lácteos en el medio, la carne abajo y siempre en táper, los verdes en bolsa agujereada para que no se mustien, los huevos en su hueverita y jamás en la puerta que se golpea. Clara escuchaba y asentía. Asentía y escuchaba. Los huevos se quedaron en la puerta.

Por las noches, Pilar hacía llamadasClara oía desde la cocina; no a propósito sino porque el piso suena todo y la voz de suegra es de profe, hecha para alumnos.

No, Carmen, en general bien. Hace lo que puede. Pero se notano vale para esto. Hace cocido con judías. ¡Con judías, imagínate! Javier se lo come, es muy majo, no dice nada. Pero yo lo noto. Y las toallas, fatal. Y las plantas…

Clara en el fregadero, lavando una taza, se preguntaba cuánto más duraría aquello. Parece que ha suspendido el examen. ¿Y ahora?

Javier asistía a todo con esa serenidad masculina que en realidad es: lo veo, lo evito, ojalá pase solo.

Por las noches, le decía a Clara:

No le hagas caso. Solo se preocupa.

Lo sé, decía ella.

No lo hace con mala intención.

Lo sé, Javier.

Para ella lo principal es saber que todo va bien en casa.

Lo sé.

Él la miraba entre culpable y aliviado. Menos mal que lo entiende. Menos mal que no monta broncas. Qué tranquila es.

Bien pensaba Clara y volvía al fregadero.

Al décimo día, Pilar dejó la cocina patas arriba a propósito. Clara llegó de trabajar a las siete menos cuartotazas sucias, migas de pan, mantequilla abierta. Pilar viendo la tele en otra habitación.

Clara recogió y limpió.

Por la noche, Pilar le susurró a Javier en el pasillo, creyendo que Clara estaba en el baño:

Javier, ¿te has dado cuenta de que otra vez la cocina está hecha un desastre? Igual no le da tiempo a todo.

Clara escuchaba tras la puerta, toalla en mano.

Javier calló.

Ya está, pensó Clara. Todo claro.

No se molestó. O al menos, no se notaba.

Pero al día siguiente, cuando Pilar anunció en el desayuno que sus tres hermanas vendrían la próxima semana, por pasar el rato, para conocernos mejor, Clara sonrió y contestó:

Genial. Nos encantará recibirlas.

Javier la miró algo sorprendido. Pilar, con cierta suspicacia. Clara terminó su café y se fue a vestirse para el trabajo.

Ya veremos, como diría mi suegra.

El sábado a las dos y media llegaron las invitadas.

Las tres hermanas de PilarPalmira, Eugenia y Basilisamujeres de carácter, con opiniones férreas y voces templadas por la vida. Entraron, repasaron el piso con el ojo del que lleva ya medio siglo en activo, y empezaron a quitarse abrigos.

Buen piso, comentó Palmira. Con mucha luz.

¿Hace mucho que hicisteis la reforma? preguntó Basilisa.

Tres años, aclaró Clara.

Se nota, dijo la otra sin especificar si para bien o para mal.

Pilar recibió a sus hermanas como un director antes del estreno. Javier ayudaba con los abrigos. Clara a un lado, sonriente y tranquila. Ni un ápice de nerviosismo.

Eso puso a Pilar en alerta.

Se sentaron en el salón. Palmira repasó el sofá, colocó un cojín por costumbre y preguntó:

Bueno, Clarita, ¿qué nos pondrás hoy?

Fue entoncesy aquí viene lo interesantecuando Clara hizo lo imprevisible.

Se giró hacia su suegra. Serenamente. Sin teatralidad ni tensión.

Pilar, pensaba que hoy llevarías tú la cocina. Siempre dices que te sale mejor, y todo más rico. Yo mejor no hago el ridículo delante de tus invitadas.

Silencio.

Pilar la miró. Clara la miraba abierta, cordial, como quien hace una sugerencia natural y no entiende el asombro.

Yo… empezó Pilar.

En la cocina tienes de todo: pollo, verduras, hierbas. Esta mañana lo compré yo. Cocinas tan bien… Javier siempre lo dice.

Javier, desde el sillón, empezó a fijarse de repente en las grecas de la alfombra.

Eugenia y Palmira se miraron. Basilisa con muchísima atención miró a Pilar.

Vale, aceptó Pilar. Y fue a la cocina.

Clara se sentó junto a Palmira y preguntó tranquila:

¿El viaje bien? ¿Mucho atasco?

Palmira, algo desconcertada, respondió. Siguió Basilisa diciendo algo de las retenciones. Eugenia se lamentó de las calles de su barrio los sábados. Conversación espontánea, de las que surgen porque el silencio pesa.

De la cocina llegaban sonidos.

Primero, portazo de nevera. Largo silencio. Otro portazo. Ruido de cazuela. Susurro propio de quien rebusca en el mueble y no lo encuentra.

¡Clara! llamó Pilar desde la cocina. ¿Dónde tienes la fuente de horno?

Abajo, a la derecha, respondió Clara.

Pausa.

No la veo.

Debajo de la bandeja.

Larga pausa.

Ah, ya.

Palmira tosió. Eugenia contemplaba el cuadro. Basilisa miraba al exterior como abstraída.

Clara preguntó a Eugenia:

¿Quieres té mientras? Voy a poner el agua.

Gracias, sí, y suspiró de alivio.

Clara fue a la cocina. Allí, en privado, Pilar estaba de pie ante la tabla, actitud de general y cara de quien preferiría estar en otro frente.

No se dijeron nada.

Clara puso el agua al fuego, recogió unas tazas y salió.

La cena se sirvió hora y media después. No fue rápida ni perfectael pollo algo seco, la salsa líquida. Pilar montaba la mesa con gesto de quien cumple, pero preferiría mil veces cualquier otra cosa.

Palmira probó el pollo, y diplomática:

Pilar, siempre se te ha dado bien la cocina.

La mesa estaba más callada que incómoda. Todos entendían el asunto, pero nadie iba a decirlo en alto. Comían, charlaban de temas propios, elogiaban el pollo esforzándose en parecer sinceros.

Clara no añadió nada especial durante la cena. Preguntó por los hijos de Eugenia, habló de parcelas, sirvió el té.

Pilar, sentada en la cabecera, permanecía callada.

Cuando los invitados se fueron y la cocina quedó limpia, Pilar regresó, secándose las manos con la toalla que colgaba, por cierto, anilla hacia abajo.

Clara en el salón con su té. Javier, a su lado.

La suegra se detuvo en el marco, pasó, se sentó en el sillón. Silencio. Afuera ya oscuridad completa y el rumor de un televisor de algún vecino.

Te las has apañado bien, admitió Pilar.

Solo sé lo que quiero, replicó Clara.

Pilar asintió, se levantó, fue a su habitación. Ya en la puerta, sin volver la vista:

El cocido con judías, en realidad, estaba bueno.

Y salió.

Javier alzó la mirada:

¿Cuándo planeaste lo de la cocina? murmuró.

Cuando te quedaste callado en el pasillo, contestó Clara.

Asintió. No preguntó más.

Tres días después Pilar se fue. Recogió, pidió el taxi. Se despidió abrazando primero a Javier, luegotras dudar apenasa Clara.

Clara cerró la puerta. Y fue al baño a colgar su toalla como siemprecon la anilla hacia arriba.

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