Sé lo de tus aventuras , dijo su esposa. Víctor se quedó helado.
No, no tembló. Ni siquiera se le fue el color del rostro, aunque por dentro se sintió hecho un puñado, como papel arrugado antes de ir a la papelera. Simplemente se quedó quieto.
Maribel estaba de espaldas, de pie junto a la vitrocerámica, removiendo algo en una cazuela. Una escena de lo más normal: el delantal con lunares pequeños, el aroma de cebolla sofriéndose en aceite de oliva, esa estampa hogareña. Solo que la voz, la voz sonaba igual que cuando habla la presentadora del telediario.
Hasta Víctor pensó: ¿lo habré entendido bien? ¿Quizá ha dicho que sabe dónde venden buenos pepinillos? ¿O tal vez lo del vecino del cuarto que vende el coche?
Pero no.
De todas tus aventuras, repitió Maribel, sin girarse.
Ahí fue donde sí sintió el frío en vena. Porque en su tono no había ni histeria, ni tristeza. Ni siquiera lo que él siempre había temido: lágrimas, reproches, platos volando. Era una mera constatación; como el que dice que se ha terminado la leche.
Cincuenta y dos años llevaba Víctor en este mundo. Veintiocho de ellos casado con esa mujer. La conocía de arriba abajo: la manchita en el hombro izquierdo, cómo arruga la nariz al probar el potaje, cómo suspira por las mañanas. Pero nunca la había oído hablar así.
Mabi, empezó, pero la voz no le salió.
Carraspeó. Volvió a intentarlo.
Maribel, ¿de qué hablas?
Ella se giró. Lo miró despacio, tranquila como si le viera la cara por primera vez. O peor aún, como si repasara una foto antigua tan borrosa que ya no reconoce a nadie.
De Lucía, por ejemplo, dijo. Esa de tu contabilidad. Año dos mil dieciocho, si no recuerdo mal.
Víctor notó cómo el mundo se abría bajo sus pies. Y no es un decir: el suelo desapareció, y él flotando, sin red.
Madre mía. ¡Lucía!
Ni siquiera recordaba su cara del todo. Hubo algo ¿en la cena de Navidad?, ¿o después? Corto, sin importancia. Se prometió a sí mismo: nunca más.
Y de Sonia, siguió Maribel, inalterable. La que se te acercó en ese gimnasio. Hace un par de años.
Abrió la boca. La cerró.
¿Y eso, de Sonia, cómo lo había averiguado?
Maribel apagó la vitro. Se quitó el delantal, lo dobló despacio. Se sentó a la mesa.
¿Quieres saber cómo me enteré? ¿O te interesa más saber por qué no dije nada?
Víctor no dijo nada. No porque no quisiera, sino porque no podía.
La primera vez empezó Maribel, me di cuenta hace diez años o así. Empezaste a quedarte más por la oficina. Más los viernes, sobre todo. Llegabas risueño, con chispa en los ojos, y un olorcillo a colonia ajena.
Soltó una sonrisilla amarga, de esas que arañan.
Pensé: igual me lo imagino. Igual es que alguien del curro usa colonia nueva, yo qué sé. Me convencí durante un mes entero. Hasta que encontré un ticket de restaurante en el bolsillo de tu americana. Cena para dos. Vino. Postre. Tú y yo ahí nunca habíamos estado.
Víctor quiso decir algo justificación, mentira, lo mismo de siempre pero las palabras se le atascaban entre la boca y el estómago.
¿A que no sabes qué hice? Maribel le miró a los ojos. Lloré en el baño. Luego me lavé la cara, preparé la cena. Te recibí con una sonrisa. A la niña no le dije nada tenía quince años, exámenes, su primer amor. ¿Para qué iba a saber ella que papá…?
Se cortó. Pasó la mano por la mesa, como si sacara polvo invisible.
Pensé: lo superaré. Todo pasa. Todos los hombres igual, la crisis de los cuarenta, tonterías. Volverá y ya. Lo importante es la familia.
Mabi… susurró Víctor.
Déjame terminar, cortó ella.
Él se cayó.
Después otra. Y otra. Y otra. Dejé de contar. Tu móvil siempre sin clave. ¿Creías que no miraba? Leía tus chats. Esos mensajitos tontos: “Te echo de menos, mi conejita”, “Eres el mejor”. Miraba fotos vuestras abrazados, sonriendo… Por primera vez en toda la charla, su voz tembló. Pero se recompuso, respiró hondo.
Y cada dos por tres me preguntaba: ¿qué hago aquí? ¿Qué hago viviendo con alguien que no me quiere?
¡Yo sí te quiero! le salió a Víctor. Mabi, yo…
No dijo ella, tajante. Tú no me quieres. Te gusta la comodidad. El piso limpio. La cena caliente. Las camisas planchadas. Una mujer que no pregunta demasiado.
Se levantó, se acercó a la ventana, contempló la noche de Madrid como si el Manzanares la fuese a consolar.
¿Sabes cuándo decidí? preguntó, sin girarse. Hace un mes. Vino la niña el finde. Estábamos aquí, tomando un té. Me dice: “Mamá, estás rarísima. Callada, como si no fueras tú”. Y pensé: tiene razón. Hace diez años que no soy yo misma.
Víctor miraba esa espalda recta, tensa y de repente lo supo: la estaba perdiendo. No “puede que la pierda”. La perdía. Así, sin anestesia.
No quiero divorciarme, dijo él ronco. Maribel, por favor.
Pues yo sí respondió ella, sencilla. He presentado ya los papeles. En un mes es el juicio.
¡Pero por qué, justo ahora!
Maribel se giró. Le miró largo rato, muy fija. Sonrió, triste.
Porque me he dado cuenta de que, en realidad, nunca me traicionaste, Viti. Solo puedes traicionar a alguien que te importa. Y yo, para ti, siempre fui eso: algo que estaba. Como el aire.
Y no era mentira.
Víctor se quedó derrumbado en el sofá, de repente envejecido diez años. Maribel ya tenía el abrigo en una mano. Entre ellos dos: veintiocho años de matrimonio, una hija, un piso en Chamberí lleno de recuerdos. Y un abismo. Inmenso.
Sabes que, sin ti, me pierdo, musitó él.
No te pierdes, hombre, tiras para adelante, cortó ella. Como todos.
¡No!. Se puso en pie de golpe. ¡Maribel, lo juro! ¡Voy a cambiar! Ni una más…
Viti, alzó ella una mano. No es por ellas. De verdad.
¿Entonces?
Guardó silencio. Buscaba palabras, las que durante años no se atrevió a decir. O ni siquiera creía que podía.
¿Sabes cómo me sentía yo? Cada vez que volvías de alguna Lucía, o alguna Sonia, yo allí, en la cama contigo, sintiéndome transparente. Si apenas te escondías, ¡hombre! El móvil a la vista, camisas con pintalabios en el cesto. Seguro que pensabas que era una idiota. Ciega.
Víctor tambaleó como si le hubieran dado una colleja.
No quise…
¿No quisiste? Ella se le plantó delante. Los ojos le brillaban, no de pena sino de furiafuerza contenida, de años. No pensabas en mí, Viti. Ni un segundo. ¿Qué pensabas mientras besabas a otra, eh? ¿”Mi mujer no se entera”? ¿O “qué más da”?
Él callado.
Porque la verdad siempre es peor.
De verdad, nunca pensó en Maribel. Era como el sol que sale a diario: fijo, garantizado. Ella no se iba a ir.
Después volvías a casa tan pancho porque tu mundo seguía igual. Mujer en casa. Piso en su sitio. Todo bien.
Ella volvió la cara.
Pero en tu mundo, yo no salía. No estaba.
Víctor dio un paso, fue a tocarle el hombro, a abrazarla, a retenerla.
Maribel se apartó.
No, dijo, agotada. Llegas muy tarde.
Le sujetó las manos.
¡Maribel, te lo ruego! ¡Dame una oportunidad! ¡Cambio! ¡Juro que seré otro!
Ella miró sus manos entrelazadas. Su cara, descompuesta.
Y de pronto lo comprendió: él tenía miedo de verdad. Pero no de perderla.
Temía quedarse solo.
¿Sabes? dijo ella, bajito, soltándose. Yo también lo temía, mucho tiempo. Quedarme sola, sin ti, sin familia. ¿Pero sabes qué? Ya llevo años sola. Contigo aquí al lado, pero sola.
Cogió el bolso y las llaves.
Estoy, murmuró, pero ya hace tiempo que no estoy contigo.
Y se fue.
Pasaron tres semanas.
Víctor se quedó solo en el piso Maribel se mudó con la hija enseguida y no supo qué hacer. Revisó el móvil. Lucía de la contabilidad. Sonia del gimnasio. Dos o tres nombres más, que en su día le resultaron importantes.
Llamó a Sonia.
Colgó.
A Lucía le escribióleído, ni respuesta.
Los demás ni contestaron.
Curiosa cosa: cuando uno tiene familia, todas se apuntan. Ahora, libre, y nadie le hace caso.
Estaba en ese sofá, mirando el piso enorme, vacío, como una catedral desierta y por primera vez en cincuenta y dos años se sintió realmente solo.
Sacó el móvil otra vez. Buscó Maribel. Se quedó mirando la pantalla. Los dedos, temblorosos.
Tecló un mensaje. Lo borró. Otro. Fuera.
Por fin escribió: ¿Podemos vernos?
Respuesta una hora después: ¿Para qué?
Víctor dudó. ¿Decir “Perdón”? Tarde. ¿”Vuelve”? Ridículo. ¿”He cambiado”? Mentira.
Contestó con la verdad:
Quiero empezar de nuevo. ¿Puedo intentarlo?
Vio los puntitos escribiendo. Desaparecen. Vuelven.
Al final, una única línea:
Ven el sábado, a la casa de la niña. A las dos. Hablamos.
Víctor soltó el aire.
No sabía qué sería. Si lo perdonaría. Si volvería. Si tenía derecho a esa segunda oportunidad.
Miró su anillo de casado.
Y, por primera vez en años, se sintió con fuerzas de volver a empezar.
Si ella se lo permite.
¿Tenía que haberlo dejado pasar Maribel? ¿Quizá montarle una buena desde que pilló la primera infidelidad? ¿Vosotros qué haríais?







