Llevamos juntos diez años, y seis de ellos casados oficialmente. En ese tiempo, hemos tenido dos hijos: nuestro mayor, Álvaro, tiene nueve años, y el pequeño, sólo cinco meses.
Vivimos en un piso de dos habitaciones en el centro de Madrid, que heredé de mi abuela materna. Es antiguo, sí, pero es mío.
El cumpleaños del niño mayor se acerca. Decidimos celebrarlo en casa, ya que ahora mismo andamos justos de dinero y no da para grandes fiestas en locales de moda ni menús caros. Pero aquí empezó el drama. Mi familia no puede venir, pero la familia de mi marido, Julián, quiere venir al completo y, para colmo, pretenden quedarse a dormir. ¿Dónde voy yo a meterlos a todos?
No estoy acostumbrada a este tipo de invitados que, además de venir, se quedan toda la noche. Normalmente las visitas son un rato y luego cada uno a su casa. Si de verdad quieren quedarse en la ciudad, hay hostales abiertos toda la noche, por menos de sesenta euros la habitación.
Por esto discutimos tan fuerte que llegamos a decidir separarnos durante un tiempo. ¿Por qué soy tan firme en mi postura? Para empezar, mis suegros, con todo el cariño, no son muy dados a la limpieza; se duchan apenas una vez por semana. Imagina el olor en el piso si pasan la noche aquí, con mi bebé y mi hijo. Además, ¡si viven en Alcorcón, no hay motivo para quedarse a dormir en Madrid!
¿Estoy equivocada al negarme? Mi marido está convencido de que no sabré manejarlo sin él. Bueno, ya veremos.






