A Varyka la sentenciaron en el mismo día en que la barriga empezó a notársele bajo el jersey. ¡A sus cuarenta y dos años! ¡Viuda! ¡Qué vergüenza para el pueblo! Su marido, Simón, llevaba una década enterrado en el cementerio, y ella —va y resulta— “se presenta con el lío”. —¿De quién será? —susurraban las mujeres en la fuente. —¡Y quién sabe! —les respondían—. Tan callada, tan decente… y mira por dónde ha salido. ¡Se ha ido de picos pardos! —Las hijas, en edad de merecer, y la madre de juerga… ¡Qué deshonra para todos! Pero Varyka no miraba a nadie. Volvía de Correos, cargando una bolsa que pesaba un mundo, con los ojos siempre clavados en el suelo y los labios apretados. Si hubiera sabido cómo acabaría aquello, quizá no habría metido la pata. Pero ¿cómo no ayudar, si es su propia hija la que se marchita entre lágrimas? Y, en realidad, todo empezó no con Varyka, sino con su hija, Marina…

Hoy me siento con ese peso en el pecho que parece no querer irse. Todavía recuerdo perfectamente el día en que todo el pueblo se volvió en mi contra, justo en el momento en que la gente empezó a notar la tripa asomando bajo mi blusa. ¡A mis cuarenta y dos años! ¡Viuda! Qué vergüenza sentía.

Hace ya una década que sepulté a mi marido, Esteban, en el cementerio, y ahora aparezco así, como si de la nada trajera un niño bajo el brazo.

¿De quién es? susurraban las vecinas junto a la fuente.

¡Quién sabe! contestaban otras, cuchicheando. Siempre fue discreta, tranquila… ¡Y mira cómo ha acabado! Se ha ido de picaflor.

Las hijas en edad de buscar novio y la madre de romería… ¡Una desgracia!

Yo pasaba cabizbaja, sin mirar a nadie, la bolsa de Correos pesando en mi hombro, apretando los labios para no llorar delante de esas mujeres.

Si llego a saber en lo que acabaría todo, quizá nunca me habría metido a ayudar. Pero, ¿cómo no hacerlo, si era mi propia sangre la que cada noche lloraba a escondidas?

Porque realmente, la historia no comenzó conmigo, sino con mi hija mayor, Lucía

Lucía no era una chica, era una estampa. Una copia exacta de su padre, Esteban. También él había sido un guapo, el más apuesto de todo el pueblo. Rubio, con los ojos claros, risueño. A Lucía le había regalado Dios la misma faz.

El pueblo, claro, se le quedaba mirando cuando pasaba. La pequeña, Paula, se parecía más a mí: morena, de ojos oscuros, seria, poco llamativa.

Yo me desvivía por mis hijas. Las amaba con locura y las saqué adelante yo sola, como pude, trabajando en dos sitios: durante el día de cartera y por la tarde limpiando la vaquería. Todo por ellas, mis tesoros.

Vosotras tenéis que estudiar, chicas les repetía siempre. No quiero veros como yo, toda la vida entre suciedad y cargada de bolsas. Tenéis que iros a la ciudad, ser alguien.

Y así fue como Lucía, al terminar el bachiller, se fue a Madrid para estudiar Comercio en la universidad. Fue llegar y triunfar.

Nos mandaba fotos: aquí en un restaurante, allá con un vestido caro. Decía que tenía novio de buena familia, hijo de un jefe. “Mamá, ¡me ha prometido un abrigo de piel!” me escribía.

Yo estaba feliz por ella. Paula, sin embargo, se encerró aún más en sí misma. Acabó en el hospital comarcal como auxiliar en cuanto terminó el colegio. Quiso ser enfermera, pero lo poco que cobrábamos entre mi pensión de viudedad y mi salario, todo se iba en ayudar a Lucía a vivir como una reina en la capital.

***

Ese verano Lucía volvió a casa. No era la de siempre, alegre y presumida: llegó callada, desvaída.

Pasó dos días sin salir de su cuarto hasta que la sorprendí llorando en la almohada:

Mamá mamá ¡Estoy perdida!

Y se desahogó: Su principito, ese novio tan maravilloso, la había dejado después de divertirse con ella. Estaba embarazada, ¡y ya de cuatro meses!

¡Ahora ya es tarde para abortar! gritaba Lucía. ¿Qué hago? Él no quiere saber nada, dice que si tengo al niño, ni un euro… ¡Y me expulsarán del instituto! Mamá, mi vida se ha acabado.

Me quedé sentada, como petrificada por un rayo.

Pero hija ¿cómo has podido?

¡¿Y qué más da?! gritó ella. ¡¿Y ahora qué hago?! ¿Dejarlo en un orfanato? ¿Lanzarlo al río?

Se me heló el alma. ¿Mi nieto en un hospicio?

No pegué ojo esa noche. Anduve por la casa como un alma en pena. Al amanecer, entré de golpe en la habitación de Lucía.

No te preocupes le dije con firmeza. Lo sacaremos adelante.

¡¿Pero mamá, cómo?! chilló Lucía¡Todo el mundo se enterará! ¡Será una desgracia!

Nadie lo sabrá le corté. Diremos que es mío.

Lucía me miró como si alucinará.

¿Tuyo? ¿Pero mamá, tienes cuarenta y dos años!

Sí, mío repetí yo. Me iré con la tía Pilar al pueblo de al lado, como si fuera a ayudarla, allí nacerá. Tú vuelve a Madrid y estudia, termina lo que tienes que hacer.

Paula, que dormía tras la tabique, lo oyó todo. Se atragantó con la almohada de tanto llorar. Sentía rabia por su hermana y una pena infinita por mí.

***

Después de un mes me fui del pueblo y pronto, tras el primer chismorreo, la gente se olvidó. Seis meses después regresé. No sola, sino con un bebé envuelto en una mantita azul.

Mira, Paula le dije a mi hija menor, que estaba pálida como una sábana. Este es tu hermano Mateo.

La gente del pueblo se quedó de piedra. ¡La Vitoria, la viuda, con otro hijo!

¿De quién será? otra vez las lenguas de siempre. ¿Será del alcalde?

No, ese está muy viejo ya. Seguro que es del agrónomo, que siempre fue muy simpático y solo.

Yo aguanté todo. No escuchaba ni respondía. Se me vino la vida encima: el cartero, el establo y ahora también las noches en vela con el pequeño Mateo, que era muy inquieto. Paula me ayudó en todo lo que pudo. Silenciosa, lavando pañales, acunándolo Pero en su interior bullía un dolor silencioso.

Lucía seguía escribiendo desde Madrid. Mamá, ¿cómo estáis? Os extraño tanto No tengo dinero ahora, estoy pasando apuros. Pero pronto os enviaré algo.

El dinero llegó al año. Mil euros y unos vaqueros que ni siquiera le servían a Paula de lo pequeños que eran.

Yo seguía trabajando sin descanso. Paula, a mi lado. Su vida, como la mía, se torció. Los chicos le daban de lado. ¿Quién quería una novia con semejante equipaje? Una madre tachada por el pueblo, un hermano bastardo

Mamá dijo Paula un día con veinticinco cumplidos, ¿y si lo contamos?

¡No, hija! me asusté yo. ¡No se puede! Le destrozaríamos la vida a Lucía. Ahora se ha casado con un buen hombre

Era cierto. Lucía había terminado la carrera y se había casado con un empresario. Se fue a Madrid, mandaba fotos desde Egipto, desde Turquía, siempre rodeada de lujos.

Jamás preguntó por Mateo. Yo era la que le escribía: Mateo va a primero de primaria. Saca sobresalientes.

Ella respondía con muñecos caros, totalmente inútiles para la vida de un pueblo.

Así fueron pasando los años. Mateo cumplió dieciocho. Alto, rubio, ojos claros igualito que Lucía. Simpático, trabajador. Me quería con locura, igual que a Paula.

Paula, por fin, había aceptado su situación. Trabajaba como jefa de enfermería en el hospital comarcal.

“Solterona”, susurraban a sus espaldas. Hasta ella misma terminó resignándose: su vida era su familia y Mateo.

Mateo terminó el instituto con matrícula de honor.

¡Madre, quiero ir a Madrid, a la universidad!

Se me encogió el corazón. Madrid allí estaba Lucía.

¿Y si estudias aquí? le sugerí tímidamente.

¡Anda, madre! ¡Tengo que abrirme camino! ¡Ya verás cómo te llevo a ti y a Paula a vivir a un palacio! decía, bromeando.

Y aquel día que sacó la última nota del examen, apareció ante nuestra puerta un coche negro reluciente.

Y de él bajó Lucía. Yo me quedé sin respiración. Paula, que salía al portal con el trapo de cocina, se quedó congelada.

Lucía tenía ya cerca de cuarenta, pero parecía una modelo de revista, delgada, vestida de oro y marcas caras.

¡Madre! ¡Paula! ¿Qué tal estáis? canturreó, besando mi mejilla. ¿Y dónde está?

Entonces vio a Mateo, limpiándose las manos tras acarrear leña.

Lucía se quedó clavada. Le miró fijo y después sus ojos se llenaron de lágrimas.

Mucho gusto saludó Mateo cortésmente. ¿Usted es Lucía? ¿Mi hermana?

Hermana repitió ella a media voz. Madre, tenemos que hablar.

Nos sentamos en la cocina.

Madre tengo de todo: casa, dinero, marido Pero no puedo tener hijos.

Se le corrió el maquillaje de lo que lloró.

Hemos probado de todo clínicas, médicos Ni con tratamiento. Mi marido se enfada y yo ya no puedo más.

¿A qué has venido, Lucía? preguntó Paula con voz fría.

Lucía nos miró con los ojos hinchados.

He venido por mi hijo.

¿Estás loca? ¿Por qué hijo?

¡Madre, no grites! respondió ella alzando la voz. ¡Es mío! ¡Lo parí yo! ¡Yo puedo darle una vida mejor! ¡Allí en Madrid podría estudiar lo que quisiera! ¡Le compraríamos una casa! ¡Mi marido está de acuerdo! ¡Se lo he contado todo!

¿Todo? ¿También le has contado lo que tuve que pasar aquí, el escarnio, la miseria? ¿Has pensado en Paula?

¡Qué Paula ni qué Paula! respondió airada. Se ha quedado aquí, siempre igual. Pero Mateo ¡él tiene una oportunidad! Madre, por favor me salvaste la vida ese día. Ahora devuélveme a mi hijo.

Él no es una mercancía me alteré. No dormí noches, lo alimenté, lo eduqué ¡Él es mío!

De pronto apareció Mateo en la puerta. Lo había escuchado todo. Estaba blanco como la cera.

¿Madre? ¿Paula? ¿De qué está hablando? ¿Qué hijo?

¡Mateo! ¡Hijo! ¡Yo soy tu madre, la verdadera!

Mateo me miró espantado. Después miró a Paula. Luego me buscó a mí.

¿Es cierto, madre?

Yo me tapé la cara y rompí a llorar. Entonces Paula, la silenciosa, la reservada Paula, se hartó.

Caminó hasta Lucía y le cruzó la cara con una bofetada que retumbó en toda la casa.

¡Desgraciada! gritó Paula, desahogando todos esos dieciocho años de humillación, de vida torcida, de pena por mi. ¿¡Madre dices que eres!? ¡Lo tiraste como un perro! ¿Sabes lo que tuvo que aguantar mamá? ¿Te das cuenta lo que fue para mí quedarme sola, sin un futuro, sin marido ni hijos? ¿Y ahora vienes a quitarme a mi único hermano?

¡Basta, Paula! susurré, temblando.

¡No, madre! ¡Se acabó! respondió con voz firme. ¡Esto no puede seguir así! Tú miró a Mateo. ¡Sí! ¡Ella es tu madre biológica, la que te dejó para irse a vivir la vida en la ciudad! ¡Y esta señora, nuestra madre, se sacrificó por las dos!

Mateo se quedó callado mucho rato. Luego se puso de rodillas ante mí y me abrazó.

Mamá susurró. Mamita.

Levantó la cabeza y miró a Lucía, que lloraba en una esquina sin saber qué hacer.

No tengo madre en Madrid dijo con voz casi amable pero firme. Tengo aquí a mi única madre. Y una hermana.

Se levantó y tomó la mano de Paula.

Y tú, tía, vete por favor.

¡Mateo! ¡Por favor! lloriqueó Lucía. ¡Te daré de todo!

Ya lo tengo todo cortó Mateo. Tengo una familia de verdad. Tú ya no tienes nada aquí.

***

Lucía se marchó esa misma noche. Dicen que su marido, que ni se molestó en bajar del coche, la dejó al año por otra mujer que sí pudo darle un hijo. Lucía se quedó sola, con su dinero y su antigua belleza.

Mateo no quiso irse a Madrid. Se matriculó en la universidad de la provincia, ingeniería.

Madre, yo aquí hago falta. Tenemos que hacer casa nueva.

¿Y Paula? Esa noche que por fin explotó sacó de su interior todo el dolor y, de repente, parecía otra. Renació. Y el agrónomo, el mismo por el que siempre hablaron las vecinas, empezó a mirarla de otra manera. Un hombre honrado, viudo.

Yo los veía y lloraba, pero ahora de felicidad.

El pecado, sí, existió. Pero un corazón de madre todo lo puede disculpar.

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A Varyka la sentenciaron en el mismo día en que la barriga empezó a notársele bajo el jersey. ¡A sus cuarenta y dos años! ¡Viuda! ¡Qué vergüenza para el pueblo! Su marido, Simón, llevaba una década enterrado en el cementerio, y ella —va y resulta— “se presenta con el lío”. —¿De quién será? —susurraban las mujeres en la fuente. —¡Y quién sabe! —les respondían—. Tan callada, tan decente… y mira por dónde ha salido. ¡Se ha ido de picos pardos! —Las hijas, en edad de merecer, y la madre de juerga… ¡Qué deshonra para todos! Pero Varyka no miraba a nadie. Volvía de Correos, cargando una bolsa que pesaba un mundo, con los ojos siempre clavados en el suelo y los labios apretados. Si hubiera sabido cómo acabaría aquello, quizá no habría metido la pata. Pero ¿cómo no ayudar, si es su propia hija la que se marchita entre lágrimas? Y, en realidad, todo empezó no con Varyka, sino con su hija, Marina…
El aroma de la imprenta