Diario de una madre castellana
Querido diario:
Hoy, en la casa de campo de Segovia, he vivido otra de esas jornadas que me dejan el alma abatida, pero también convencida de que la vida rural y la familiar requieren de más justicia. Y siento que debo dejar constancia de lo sucedido, no solo para desahogarme, sino porque sé que, si algún día mis nietos leen esto, entenderán lo mucho que cuesta sacar adelante aquello que se quiere.
Ay, Carmen Herrera, ¿otra vez insistes con lo mismo? Quedamos en que la casa de campo es para desconectar, para recargar energías, para disfrutar del aire puro, y no una condena de trabajos forzados. Yo vengo aquí a respirar naturaleza, no a tirar la espalda entre las lechugas. Además, mira mis manos: manicura reciente. Y la espalda me está matando después de toda la semana en la oficina. No para esto paso los días delante del ordenador, como para pasar los findes sudando con la azada.
Así, con ese descaro tan suyo, Lucía, mi nuera, se ajustó con gracia el sombrero de ala ancha y se escondió tras unas enormes gafas oscuras en la tumbona del porche. Un vaso de tinto de verano en una mano, el móvil en la otra, y ni un vistazo hacia mí, que estaba en mitad del huerto, apoyada en la azada, secándome el sudor con el dorso de la mano.
Resoplé, resignada, mientras el sol de mayo, que este año brilla con ganas, me abrasaba el cuello. La tierra pide atención: las malas hierbas crecen a ojos vista, tapando los tiernos brotes de zanahoria y remolacha. Al lado, en la siguiente hilera, mi marido, Vicente Álvarez, ya jubilado, se inclina con dificultad, pero sin quejarse: sabe bien que labrar la tierra alimenta más que el cuerpo.
Lucía, hija, por Dios, que no te estoy pidiendo que te dejes la vida, intenté acercarme de nuevo. Sólo que limpies la fresa. En veinte minutos lo tienes hecho, que yo no doy abasto. Mira cómo avanza el pasto. Cuando venga Mateo, le gustará encontrar la fruta limpia.
Mateo puede comprarse las fresas en el mercado, si quiere, me contestó Lucía, sin apartar la vista de la pantalla. Ahora en cualquier supermercado tienes fresas, moras o hasta sandía en diciembre. ¿Para qué matarse así? De verdad, Carmen, eso de los huertos de autoabastecimiento es cosa de otra época. No compensa en absoluto. Entre gasolina, abonos, tu tiempo y los antiinflamatorios para la espalda, las zanahorias os salen a precio de oro.
Esta conversación ya la habíamos tenido más veces. Desde que mi hijo Mateo, el único, se casó con Lucía, la casita de campo de mis padres en Pedraza se ha transformado en territorio de choque entre la mentalidad de los de antes y los de ahora. Nosotros crecimos pensando que el verano era para guardar provisiones, que lo cultivado por uno siempre sabe mejor. Lucía, tan madrileña, no entiende qué sentido tiene luchar contra pulgones cuando puede comprarlo todo limpio y bonito.
Mateo, mientras tanto, andaba junto a la barbacoa. Él siempre intenta mediar, aunque no lo diga. Por un lado, le duele vernos matarnos en el huerto; por otro, prefiere evitar malos rollos con Lucía. Es capaz de arremangarse rápido, a escondidas, con tal de que no se arme tormenta en casa. Pero Lucía se lo recrimina: que si viene a relajarse, no a sudar como un agricultor.
Mamá, papá, dejadlo ya, gritó Mateo desde el asador. Ahora terminamos de cocinar la carne y después, por la tarde, os ayudo con el riego.
El riego está bien, hijo, respondió Vicente. Pero la hierba no espera. Anda, Carmen, lo hacemos nosotros. Allá ellos.
Apreté los labios y me callé, encogida sobre las plantas, arrancando malas hierbas con rabia y el corazón agitado por la pena. No me pesa el esfuerzo, lo sabes, diario. Amo la tierra. Pero lo que duele de verdad es la actitud. Creímos que este refugio sería el nido familiar, el lugar para trabajar y disfrutar juntos. Hemos terminado siendo el servicio para el descanso de los jóvenes.
El verano avanzó, con un guion que se repetía cada fin de semana: Mateo y Lucía llegaban el viernes al caer la tarde, traían chorizo para asar, bebida y, a veces, algún postre. Lucía se quedaba en la cama hasta medio día, luego salía al jardínque, por cierto, lo siega Vicentey se tumbaba al sol. Yo, de sol a sol: quitar hierbas, regar, abonar, tratar plagas; y, por supuesto, cocinar para la tropa, que en el campo todo entra mejor.
En la cocina tampoco se esmeraba mucho.
Ay, Carmen, te sale la sopa castellana de maravilla. ¡Jamás me saldrá así! Y esos pimientos rellenos… ¡Tienes manos de ángel para la cocina!
Y poco a poco, con cada palabra amable, yo olvidaba el cansancio y volvía a prender los fogones, mientras Lucía hojeaba revistas en la terraza.
El día de la recogida de la frambuesa todo se torció. Las matas estaban repletas, y si no recogíamos las frambuesas, se caerían. Yo esa mañana tenía la tensión por las nubes y no me sostenía bien.
Lucía, ¿puedes ir a por las frambuesas? Si no, se pierden. Así hago mermelada y os la llevo luego.
Buf, ahí debajo hay ortigas, me van a picar, y están los bichos. Bah, Carmen, si quieres mermelada te bajo al súper y te la traigo…
¡Que no quiero mermelada de supermercado! no me pude contener. Eso lleva de todo menos fruta. La nuestra es natural. ¿Tan difícil es dedicarle un rato?
Sí, difícil refunfuñó. Yo no firmé para recoger fruto. Quieres mermelada, la recoges. Yo estoy bien sin ella. Más me cuido la línea.
Al final fue Mateo quien, de tapadillo, se metió entre los pinchos a recoger una cesta de frambuesas. Salió arañado, pero satisfecho. Miré a mi hijo y sentí pena. Está entre dos fuegos. Yo hice la mermelada, guardé los botes en el desván y pensé: cuando llegue el invierno, sabremos el valor de lo guardado.
Agosto llegó con calor, y la huerta rebosaba tomates: Corazón de Buey, Rosado, Negro de Crimea. Orgullo de mi invernadero. Cada uno, una delicia, dulce y carnoso. Después vinieron los pepinos, los pimientos… Había el triple de faena: cuidar y conservar. La cocina era una fábrica de botes y aromas, todo el patio olía a eneldo, ajo y laurel.
Lucía, entre tanto, rondaba la mesa donde enfriaban las conservas y sonreía:
¡Qué bien huele! Los pepinillos caseros son la perdición de Mateo. ¿Has hecho pisto? El año pasado voló una tarde.
He hecho, sí respondí seca, cerrando otro bote de conserva. Las piernas no me respondían y se me caía hasta el espíritu.
Perfecto decía ella. Hay que llevarnos muchos, que los de tienda no se pueden ni comer. Vosotros tenéis la receta perfecta.
No contesté. A Vicente le vi remover ajo en silencio, asintiendo con los ojos. Todo le quedaba claro.
Septiembre, estación de patatas: la faena más dura. Cavarlas, recogerlas, secarlas, bajarlas a la despensa. Este año plantamos para dos familias: confiaba en que al menos ahí los jóvenes nos ayudarían.
Pero el viernes Mateo llamó con voz de niño culpable: que Lucía tenía cena de cumpleaños de una amiga en Madrid, que no podían venir, ya haríamos otro día.
Pero la semana que viene llueve, hijo le dije bajito. Si no sacamos la patata, se pudre.
Contratad a un par de paisanos, mamá. Os hago Bizum. Hay mucha gente de la zona que lo dejará tirado.
Tragué saliva. De buscar jornaleros nada: aquí cada cual tiene su huerta y los que no, no son de fiar. Así que, Vicente y yo, solos. Dos días de agotamiento; rodillas y espaldas rotas; él cavando, yo recogiendo y llenando sacos. Parábamos a tomar agua y a frotarnos con bálsamo muscular y seguíamos hasta sacar las veinticinco sacas: patatas limpias, zanahorias, remolachas, calabacines y calabazas, todo guardado junto a los botes de conserva y mermeladas caseras.
A las dos semanas, cuando el campo descansaba y nosotros preparábamos la casa para el invierno, llegaron Mateo y Lucía en su Seat León, con el maletero lleno de cajas y cestas vacías.
¡Hola, familia! entró Lucía con voz alegre. Pues nada, venimos a por el botín. Mateo, baja las cajas para la bodega. Necesitamos fruta, patatas, zanahorias, botes de tomate, de pimientos… Y toda la mermelada que has hecho, Carmen, que la navidad está cerca.
Me asomé por la ventana y vi a mi hijo cargar cajas, mientras los veranos de calor y mosquitos, los riñones de Vicente chasqueando, y la imagen de Lucía tumbada al sol me ardían de nuevo en la frente.
Vicente llamé a mi marido. Acércate.
¿Lo ves? le señalé hacia la puerta.
Lo veo, Carmen.
¿Qué hacemos?
Lo que tú decidas. Esa faena ha sido tuya. Tú has cocinado, tú mandas.
Inspiré hondo, me arreglé el pañuelo y salí al porche. Justo cuando Mateo iba hacia la bodega, Lucía daba órdenes desde la escalinata.
¡Mateo, espera! dije en voz alta.
Ambos me miraron.
¿Qué pasa, mamá? ¿Quieres las llaves de la despensa? Sé dónde están.
No hace falta, hijo, y mirando a Lucía: Podéis volver a cargar las cajas. No hay nada para vosotros.
Ella abrió los ojos como platos.
¿Cómo que no? ¡Para eso venimos, Carmen! ¡Que viene el invierno!
Eso, Lucía, como dice el cuento: quien no trabaja, tampoco come. ¿Recuerdas la fábula de la cigarra y la hormiga?
Mamá, ¿qué historias son esas? Hay de sobra. Nos corresponde un poco. Papá dijo que había cosecha.
La hay, sí. Pero no para vosotros. La hemos sudado tu padre y yo. Sembramos, cavamos, fuimos a por las frambuesas, preparamos los botes. Me he dejado el cuerpo.
¡Pero somos familia! chilló Lucía, bajando los escalones. ¿Vas a negarle comida a tu hijo? ¡Se os va la cabeza! ¿Qué vais a hacer, que se pudra todo? ¿No veis que os sobra?
Si se pudre, es mi esfuerzo perdido. O haré trueque con algún vecino, ese que sí me ayudó mientras vosotros estabais de fiesta. Pero a vosotros ni un bote, ni una patata.
¿Es una lección o qué? soltó Lucía furiosa. ¿O acaso queréis castigarme?
No, Lucía. Es justicia. Llevas todo el verano diciendo que el huerto no compensa, que en Mercadona hay de todo. Ve, cómpralo. Que es más limpio y menos pesado. Aquí nuestra cosecha es cara de sudor y horas.
Pero lo de tienda es pura química protestó al instante. Lo vuestro es auténtico.
Y por lo auténtico se paga con faena añadió Vicente, saliendo a mi lado. Tú ni siquiera recogiste las frambuesas. Has venido como al supermercado, a por gratis. Ahora, la tienda está cerrada.
Mateo enrojeció tanto que hasta sentí ternura. Sabía que teníamos razón. Recordó las veces que miró a otro lado, los pretextos, y sentir que nos había fallado.
Mamá, papá, perdón dijo bajito, sin mirarnos. No merecemos nada. Lo siento, de verdad.
Vamos, vámonos le dije yo, mientras Lucía se revolvía: ¡Esto es increíble! ¡Me lo van a oír todos! ¡Tu madre es una tacaña!
Mateo, por primera vez, se impuso:
¡Cállate y sube al coche!
Lucía, boquiabierta, lanzó la fruta medio comida al parterre y se largó.
Mateo se acercó a nosotros.
Lo siento tanto… Tenéis razón. No supe decir no, no quise discusiones. Pero os comprendo.
Vete tranquilo, hijo le dije, con respeto y cariño. Recuerda: no se puede recibir siempre sin dar nada a cambio. El amor y el respeto se demuestran en los hechos. Y valorar el esfuerzo ajeno es de justicia.
Mateo abrazó a su padre, me dio un beso y se marcharon. El silencio se apoderó del campo; el viento otoñal arrastraba las hojas amarillas.
Quizá fuimos duros suspiró Vicente.
Había que hacerlo así, de otra forma no aprenderían que la comida no crece en los estantes del súper asentí.
Llegó el invierno. De Mateo apenas supimos. Un par de llamadas tensas, Lucía ni se dignó a coger el teléfono.
Ya en diciembre, justo antes de Nochevieja, alguien llamó. Mateo, solo, apareció en el rellano, con un ramo y una bolsa.
Mamá, ¿puedo pasar?
Sentados en la cocina, tomando el té con mi mermelada de frambuesa, lo vi más delgado, cambiado.
¿Qué tal Lucía? pregunté con cautela.
Bien, trabajando… Bueno, enfadada un tiempo. Pero… dudó. Compramos patatas en el súper y son como goma. Ni sabor ni nada. Los pepinillos carísimos y ácidos. Los tiramos.
Yo callaba, sirviendo el té.
Entonces le dije a Lucía: Esta es la diferencia, Lucía. Si quieres bueno hay que currárselo. Discutimos. Hace unos días ella misma dijo: Lo hicimos mal. No estuvo bien. Nuestros padres trabajando y nosotros de fiesta…
Mateo sacó un sobre.
Papá, mamá, aquí hay dinero. Calculamos lo que valen los productos de la huerta. Queremos aportar, compensar la falta de ayuda. Compraros parte de lo vuestro, como hacen en la feria.
Vicente se indignó, pero le hice un gesto.
Está bien, hijo. Pero no lo tomamos como pago, sino como tu semilla para la próxima cosecha. Hay que arreglar el invernadero y comprar abonos. Este es tu granito de arena.
Me acerqué a la despensa de las ocasiones especiales y preparé una bolsa: pepinillos, tomates, pisto, mermelada, patatas, zanahorias.
Gracias, nos dijo, emocionado. Añadió: Para el puente de mayo iremos a ayudar. Yo arreglo el invernadero, Lucía ha dicho que se encarga de las flores y la rúcula. Que la manicura se cuida igual con guantes.
Pues a currar todos sonrió Vicente. Verás cómo después sabe mejor el asado y el baño.
Mateo se fue, y yo me quedé en la ventana, mirando el patio cubierto de escarcha, con una paz que hace tiempo no sentía. Sé que han aprendido la lección: que la familia es trabajo y apoyo, y que saben, por fin, lo que cuesta cada bocado de estas tierras.
En la cena de Nochevieja, cuentan que Lucía, sirviéndose unos champiñones en escabeche de los nuestros, murmuró pensativa:
Mateo, ¿y si el año que viene plantamos más calabacines? Ahora tengo una receta para cocerlos que, dicen, ni la mejor tienda la iguala. Quiero prepararlos yo misma.
Para mí, eso vale más que cualquier regalo.
Así es la vida aquí, querido diario: la recompensa es una familia que vuelve a entenderse, a apoyarse y a valorar lo de casa. Y nunca, nunca, una patata supo tan rica como la que se cultiva en equipo.







