Diario de Lunes, Septiembre de 1965
Acabo de cumplir diecinueve años y, tras el destino de mi primer puesto, he llegado a un pueblo precioso y sereno, oculto entre los valles de Castilla. Con mi pequeña maleta y el corazón encogido, me presenté en la casa de la anciana que alquila una habitación: Doña Aurelia.
A decir verdad, Doña Aurelia bien podría engañar a cualquiera; con sus sesenta y cinco años, sigue mostrándose llena de vitalidad y porte, casi como esas damas castellanas de las antiguas novelas. Su casa huele a limpio y a pan reciente. Apenas cruzas el zaguán, te encuentras con el calor de una chimenea de obra y una mesa redonda cubierta de hule blanco con florecitas azules.
A la derecha está la habitación de la dueña; de frente, el salón donde a partir de ahora residiré yo, Luz Marina -así me llaman en casa-. Una cama bien hecha, mullida con almohadones, y el mismo redondo en medio me esperan cada noche, cuando escribo mis lecciones o preparo los exámenes.
Doña Aurelia resultó ser compañera ideal: habladora, amable, de esas personas que saben llenar de historias los silencios de la noche. Muchas veces, después de cenar, cuando no salgo a ver alguna película al cine del pueblo o no me pierdo entre las páginas de los libros de la biblioteca, nos sentamos juntas tomando té -ella siempre mordisqueando una onza de azúcar-, y me cuenta retazos de su vida. Yo le conté a mis amigas que la llamo abuelita, aunque ella insiste en que le diga tía Aurelia.
Aurelia es una mujer imponente, de esos ojos oscuros que sólo ves en los cuadros de Zurbarán, y siempre con palabras sabias, llenas de sentencias que a mí me dejan pasmada. En sus gestos, en la manera de comparar a la gente (ése era listo – astuto, o aquella, guapa – rellenita), descubro una ironía y una profundidad tan castiza que nunca había sentido hasta entonces.
Una noche tía Aurelia había comenzado a contarme, a sorbo de té y trocitos de azúcar:
Verás, Luz Marina, antes todo era distinto. No nos preguntaban a quién queríamos, ni con quién soñábamos. Eran nuestros padres quienes decidían, y punto. Yo tendría quince años cuando empezaron a venir mozos de otros pueblos a las fiestas. Y entre ellos, uno alto, bien plantado, con una sonrisa de esas que te hacen perder la vergüenza. Todas se fijaban en él, pero él sólo giraba a mirarme a mí, como un girasol que siempre busca el sol. Me acostumbré a su presencia, a su bondad, y no podía pensar en otro. Jamás llegaba con las manos vacías: un día castañas, al siguiente caramelos, terrones de azúcar o algún pañuelo bonito Por supuesto, yo repartía con las amigas.
Cuando parecía que aquellas tardes de hilar calcetines y escuchar piropos no tendrían fin, aquel muchacho me confesó que quería pedir mi mano, que lo había dicho a sus padres y que si yo aceptaba, se plantaría en casa para hacer oficial el compromiso. Pero yo sabía que mi familia jamás lo permitiría, y el corazón se me encogía de solo pensarlo.
El problema era su hermano mayor: un día, este hermano sufrió un accidente gravísimo con un caballo de labor en el campo; nunca recuperó el rostro ni la voz, y desde entonces vivía tapado, aislado de la gente que evitaba mirarlo. Cuando mi padre y mi madre supieron quién pretendía pedirme, dijeron que ni hablar: A esa familia no te damos, que luego todo el pueblo murmura que si la nuera del desfigurado, y, qué desgracia, seguro que algo raro habrá en ella… Yo apenas entendía el rechazo, pero las lágrimas caían solas.
Cuando aquel muchacho vino finalmente a preguntarme, yo sólo balbucí: No podemos estar juntos, mis padres no lo permitirán. Mejor lo dejamos aquí, no sufras más. Recuerdo cómo oscurecieron sus ojos, pero no pudo decir nada más. Y así, se fue.
Al poco, vino otro pretendiente y, obediente, me casé con Don Andrés: bueno y sencillo; bajito, eso sí. Cuando íbamos de visita, yo le ponía paja en las alpargatas para disimular la estatura, y él, al darse cuenta, decía entre risas: Otra vez serán los niños los que han llenado de paja los zapatos
Vivíamos tranquilos, hasta que nacieron nuestros hijos. El mayor miedo fue la enfermedad de la niña, la primera; me pasé la noche en vela, sentada al lado del fuego, temiendo lo peor, y cuando mi marido pasó y me vio llorar, sólo dijo: No llores, mujer, ya vendrán más. Me revolvía por dentro esa frase, pero la niña sobrevivió y vinieron más hijos: la pequeña Inés y luego nuestro hijo Javier.
La vida nunca fue fácil. Años difíciles los de la posguerra: el hambre, el racionamiento, el trabajo en la tahona, jornadas eternas para conseguir algún pan que llevarnos a la boca. Una mala lengua denunció al molino donde trabajaba Andrés, y lo acusaron de robar un saco de grano. Juzgados y condenados, él y varios más, lo mandaron a trabajar a las minas de Asturias.
Le permitieron despedirse de nosotros. Recuerdo aquella tarde: se agachó, puso a Javier, apenas un bebé, sobre sus rodillas, llorando, y dijo: Adiós, hijo. Cuida de tu madre. No sé si volveré. Nunca regresó. Mucho tiempo después, un vecino que trabajaba en la administración escribió desde Oviedo para decirnos que Andrés había muerto de agotamiento y enfermedad, como muchos otros.
¡Qué vida más dura, Luz Marina!, me dijo Aurelia, con la voz rota pero fuerte. Quedé viuda y saqué adelante sola a tres criaturas.
Yo la escuchaba boquiabierta, sabiendo que asistía a un pedacito de historia viva, sintiendo cómo su relato me iba calando. De vez en cuando le lanzaba una pregunta, para que no se distrajera en sus pensamientos.
¿Y no volviste a casarte después, tía Aurelia?
¡Qué va, hija! ¿Con la guerra y la falta de hombres jóvenes? Tiempo no había ni de pensar en esos asuntos.
Yo no podía evitarlo y moría de curiosidad:
¿Y aquel chico? ¿El que te hizo suspirar de joven? ¿Qué fue de él?
Aurelia alisó el hule como quien borra una arruga invisible y pidió otra taza de té:
Échame, Luz Marina, que hoy el té te ha salido de fábula.
¿De qué es esta infusión, tía?
De hojas de grosellero y menta.
¡Deliciosa! Yo también la he disfrutado.
Entonces su rostro se iluminó, como si se abriera una ventana al sol:
Pues aún nos vimos una vez más. Yo ya vivía sola, mis hijos tenían cada uno su casa en Madrid, con nietos y todo. Un día, hijo mío me invitó a la capital. Me llevó al teatro, al circo, de paseo por El Retiro Y justo entonces, en el pueblo, volvió aquel chico. Preguntó a su familia por mí, dijo que nunca había podido olvidarme. Le dijeron que era viuda, con hijos ya independientes, y que andaba de visita en Madrid. Fue a buscar la dirección de mi hija y encargó una llamada al teléfono público.
¿Y qué pasó? le pregunté, aguantando la respiración.
Pues imagínate, nieta, yo en la cabina, creyendo que era mi hija y de repente escucho aquella voz: Aurelia, mi Aurelia, mi amor de siempre Soy Miguel, ¿me recuerdas? A nosotros nos separaron, pero yo nunca te olvidé. Y allí mismo, delante de todo el mundo, yo me puse roja como un tomate. Le dije: Miguel, te recuerdo, pero mejor escríbeme, que aquí no se oye bien, y le colgué. Qué vergüenza, hija
Pero luego nos vimos. Y durante doce años compartimos vida, alegría, sabiduría y cariño, como si el destino nos hubiera otorgado una segunda oportunidad entre los tejados de Madrid. Él jamás me ofendió; yo le llamaba Miguelete, y él a mí no me llamaba otra cosa que Aurelia, mi reina. Sólo la enfermedad le pudo apartar de mi lado. Esos años, Luz Marina, los guardaré en el alma hasta que llegue mi hora.
Después de mirarme como si quisiera estar segura de que le creía, añadió, casi en susurros:
Si me lo hubieran contado, no lo habría creído, hija, te lo juro.
Pero yo sí le creo dije. No habría sido justo que no volvieran a encontrarse.
¿Justicia? Aquí lo único seguro es el viento de regreso: si alguna vez sopla, hay que dejarse llevar.
Nunca antes había oído esa expresión, pero no quise indagar. Esos refranes no están en ningún diccionario, y a veces la vida sólo se explica con historias como la de Aurelia.
Hoy, mientras escribo en mi mesa redonda, tengo ante mí la escena grabada: la galería de la casa, el aroma del té y el dulzor del membrillo con su toque de amargor, la esperanza de que todo lo bueno puede regresar, si alguna vez sopla el viento de regreso en mi vida.







