Aquel anochecer solo bajé hasta el portal de la comunidad para recoger un paquete, pero cuando la puerta del ascensor se abrió y vi a mi vecina con una maleta y una expresión de culpabilidad extraña, supe que estaba pasando algo en nuestro edificio a mis espaldas.
Ella me miró como si fuera la última persona a la que querría encontrarse en ese momento.
La maleta a sus pies estaba medio abierta, asomaban carpetas y unos cuantos papeles.
Es un poco tarde para viajar comenté yo, solo por cortesía.
No respondió de inmediato. Luego, encogió los hombros y musitó que se iba solo unos días.
Había una tensión en su voz demasiado evidente.
Llevo cinco años viviendo en este bloque y conozco a casi todos. Ella vive justo un piso por encima del mío, siempre me había parecido discreta y muy organizada.
Pero aquella noche no lo era.
El ascensor empezó la bajada y durante unos segundos se instauró un silencio incómodo entre nosotros.
Entonces me miró y preguntó algo que no esperaba para nada:
¿Alguien ha preguntado por mí hoy?
Negué con la cabeza.
No he oído nada, la verdad.
Suspiró aliviada, pero eso solo hizo que la situación resultase más rara.
Al llegar al portal, prácticamente salió corriendo hacia la calle.
Yo me quedé allí un momento. Algo en ese encuentro me hizo reflexionar.
Fue entonces cuando vi algo.
En el suelo del ascensor había una pequeña tarjeta de plástico.
La recogí.
Resultó ser una tarjeta de acceso a un edificio de oficinas.
La dirección me sonaba.
Era justo el edificio donde trabajaba mi mejor amigo.
Miré hacia la puerta, por la que mi vecina ya había desaparecido, y de golpe recordé una escena.
Dos días antes había visto a mi amigo hablando con ella delante del edificio.
No le di importancia entonces.
Ahora las piezas empezaban a encajar.
A la mañana siguiente le llamé y le dije que teníamos que vernos.
Quedamos en la pequeña cafetería junto a su trabajo.
Antes de que dijera nada, ya se le notaba nervioso.
Saqué la tarjeta y la puse sobre la mesa.
Ayer encontré esto en el portal.
Se le cortó el color de la cara.
¿De dónde la has sacado?
Del ascensor.
Tragó saliva.
¿Estaba ella allí?
¿Ella quién? respondí, aunque ambos sabíamos de quién hablaba.
No contestó.
Fue entonces cuando supe que me había metido en un asunto mucho más grande.
Escucha dijo en voz baja , hay cosas que es mejor no saber.
Esa frase solo puede significar una cosa.
La verdad es mucho peor.
¿Está ella sacando documentos? pregunté.
Me miró con la cara de quien oye una verdad que espera no tener que admitir.
Y lo entendí todo.
Mi vecina no se iba de viaje.
Huye.
Y mi amigo lo sabe.
Quizá incluso la ayuda.
Entonces me recliné en la silla y solté algo que le cambió la expresión.
Lo curioso es que esa tarjeta ya no sirve.
Frunció el ceño.
¿Cómo?
Anoche llamé a la seguridad del edificio respondí tranquilo. Les dije que había encontrado una tarjeta de acceso.
Se le fue toda la sangre de la cara.
¿Y?
Y la han desactivado.
El silencio se hizo pesado de repente.
En ese momento supo lo mismo que yo ya intuía.
Si mi vecina esa mañana intentaba entrar en el edificio
ya tiene la atención de demasiada gente.
Me levanté de la mesa.
¿Sabes qué es lo curioso? dije.
No contestó.
Que en realidad yo nunca quise meterme en esto.
Fui andando hacia la salida del bar.
Y entonces me pregunté algo.
Si no hubiera recogido esa tarjeta ¿habría llegado a descubrir qué amigos míos realmente juegan a dos bandas?
Esa noche aprendí que muchas veces el azar nos sitúa en medio de historias más grandes de lo que jamás habríamos imaginado; y que, por muy ajeno que quieras permanecer, hay situaciones de las que sencillamente no puedes escapar.






