Conocí a mi “amiga” durante un curso que hice para preparar mi candidatura a un trabajo muy prestigioso. Sinceramente, me costaba entender parte del temario y ella me ayudó mucho. Con el tiempo, terminamos el curso y mantuvimos el contacto. Ella seguía dependiendo económicamente de sus padres y yo, que estaba casada, no contaba con ese apoyo. Estaba buscando trabajo y tuve suerte de que un amigo me recomendara, pero el proceso se alargó bastante. Nos vimos algunas veces, aunque ella solía cancelar con la excusa de que “se le hacía tarde”. Seguíamos en contacto hasta que nos llamaron para aportar documentación y presentarnos a exámenes. Yo ya no trabajaba y ahorraba para unas pruebas médicas; ella, mientras tanto, tenía a sus padres que le pagaban todo. En los exámenes, a ella la aceptaron a la primera y a mí no. Lo intenté dos veces más y tampoco lo conseguí. Le pedí ayuda para estudiar, pero siempre estaba ocupada. Luego desapareció en diciembre y enero. Yo seguía buscando trabajo, sin éxito hasta mediados de febrero, que fue una época complicadísima para mí. Cuando por fin empecé a trabajar, tenía turnos entre semana y los fines de semana. A finales de febrero, ella me contactó para quedar en marzo. Dudé, porque me dolía no haber conseguido el puesto, pero accedí porque para mí era alguien especial. La cita era un sábado y tuve que pedir permiso en el trabajo. Le escribí el viernes por la noche pero no respondió ni ese día ni el sábado. Al final no quedamos y tuve problemas con mi jefa por anular el turno. Mi “amiga” solo reapareció el lunes diciéndome por WhatsApp que había tenido un “problema familiar”. Me enfadé y dejé de responderle durante tres meses. Luego me operaron y, por casualidad, me llamó. Le conté que estaba convaleciente pero hablé con ella. Me dijo: “Si quieres, duerme y luego te llamo para saber cómo sigues”. Pero nunca me llamó. Pasaron dos meses y me propuso quedar, pero solo podía entre semana, justo cuando yo asistía, pagando un dineral, a clases por las tardes; aunque dudé, al final rechacé la cita. Empezó a llamarme para saber cómo estaba, pero sentía que se burlaba. Preguntaba por mi familia y soltaba indirectas sobre el divorcio de mis padres, aunque en realidad quienes estaban divorciados eran los suyos. Noté esos comentarios y fui cortando el contacto: respondía de forma breve o incluso mintiendo. Poco a poco la eliminé de mis redes sociales, y en marzo del año siguiente la borré definitivamente. Me escribió, pero la ignoré. Un día después de mi cumpleaños, me llamó para recriminarme. Me dijo que siempre intentó ayudarme y que no entendía mi actitud. Le respondí que nunca tengo tiempo para mí, pero parece que sí lo tengo para salir en fotos con otras personas, y le comenté: “Quédate con otros”. Al final, me dijo que solo quería ayudarme y que ya no volvería a buscarme. Sinceramente, esto me dolió mucho. Siento que ya no puedo confiar fácilmente en los demás. Ella quería que yo estuviese bien, pero no mejor que ella. Nunca le importé realmente, aunque yo sí fui atenta y detallista con ella. A veces pienso que yo era un interés romántico, porque hacía comentarios burlones sobre mi pareja, quería que lo invitara a salir o criticaba fotos de otras chicas. Yo fui sincera y abierta con ella—creo que ese fue mi error. Me duele porque en el fondo nunca le importé: solo quería tenerme cerca. Creí de verdad que era una amistad auténtica y que teníamos mucho en común, pero no fue así. Ahora me cuesta confiar. Ojalá pudiera hacer más amistades, pero es difícil.

Diario personal, marzo

Conocí a mi amiga durante un curso al que me apunté para poder solicitar un trabajo en un sitio bastante prestigioso en Madrid. La verdad es que me costaba bastante entender algunas partes del temario, y ella me echó una mano muchas veces. Terminamos el curso y mantuvimos el contacto. Ella seguía dependiendo económicamente de sus padres, mientras que yo, ya casada, no contaba con ese respaldo familiar.

Estaba buscando trabajo y tuve la suerte de que un amigo me recomendara para una vacante. Sin embargo, todo ese proceso se alargó muchísimo. Nos vimos algunas veces, pero ella solía cancelar nuestras citas con la excusa de que ya era tarde. Yo también estaba liada con mis cosas, así que nos comunicábamos cuando podíamos, hasta que nos convocaron para entregar la documentación y hacer unas pruebas de acceso. Ya para entonces yo no trabajaba y ahorraba hasta el último euro para unos tratamientos médicos que necesitaba. Ella, por su parte, siempre tenía a sus padres para cubrir sus gastos.

En los exámenes, ella aprobó a la primera, mientras que a mí no me cogieron. Lo intenté dos veces más y tampoco hubo suerte. Le pedí ayuda para estudiar, pero siempre estaba ocupada. Luego desapareció durante diciembre y enero. Yo seguí buscando trabajo, sin éxito, hasta mediados de febrero: una época muy complicada para mí. Cuando por fin empecé a trabajar, tenía turnos de lunes a domingo. Apenas podía descansar.

A finales de febrero me escribió para decirme que quería quedar en marzo, que a ver si organizábamos algo. Sinceramente, dudé. Ya no quería relacionarme mucho con personas de aquel entorno laboral, porque seguía doliéndome el rechazo del trabajo, pero accedí porque para mí ella era importante. La cita era para un sábado, así que tuve que pedir en el trabajo que me cambiasen el turno. La escribí el viernes por la noche, pero no contestó. Tampoco respondió el sábado. Al final no nos vimos. Eso me creó problemas con mi jefe por el cambio de turno, mientras que mi “amiga” no dio señales de vida hasta el lunes, cuando me escribió por WhatsApp diciendo que había tenido un problema familiar.

Me enfadé bastante y estuve tres meses sin contestarle nada. Luego tuve que operarme y, casualmente, me llamó justo en ese momento. Le conté que acababa de salir de una operación y que estaba sensible, pero aún así hablé con ella. Me dijo:
Si quieres, duerme un poco y luego te llamo a ver cómo sigues.
Nunca llamó.

Pasaron otros dos meses y me dijo que quería verme, pero sólo podía entre semana. Yo ya estudiaba por las tardes y las clases me costaban una fortuna así que no podía faltar sólo para complacerla. A pesar de todo, primero acepté con dudas, pero acabé cancelando.

Después empezó a llamarme preguntando cómo estaba, pero sentí que no era sincera, como si se riera de mí. Hacía preguntas sobre mi familia y soltaba indirectas acerca de si mis padres ya se habían separado, igualando situaciones cuando en realidad no era así. Empecé a notar sus comentarios malintencionados y poco a poco fui distanciándome: a veces respondía de forma breve, otras incluso con alguna mentira piadosa.

Decidí eliminarla de mis redes sociales poco a poco, hasta que en marzo del año siguiente borré el último vínculo. Ella me escribió, pero la ignoré. Al día siguiente de mi cumpleaños me llamó para pedirme explicaciones. Me dijo que siempre había intentado ayudarme y que no entendía por qué me estaba comportando así. Le contesté que nunca tenía tiempo para mí, pero que, curiosamente, sí para compartir fotos con otras personas. Le dije:
Relaciónate con otra gente.

Me dijo que sólo quería ayudarme y que no volvería a buscarme. Lo cierto es que esto me hizo daño. Ahora siento que me cuesta confiar en la gente. Ella parecía preocuparse por mí, pero en realidad sólo quería que estuviera bien, pero nunca mejor que ella. Nunca le importé de verdad, aunque yo siempre tuve detalles y gestos de cariño hacia ella.

A veces pienso que quizá fui su interés romántico, porque hacía bromas sobre mi pareja, insistía en que lo trajera o comentaba las fotos de otras chicas. Yo fui muy sincera y abierta con ella supongo que ese fue mi error. Me duele porque, para ella, yo solo era alguien a quien mantener cerca, nunca una amiga de verdad. Creí que teníamos cosas en común, que nuestra amistad era auténtica, pero no era así. Ahora, confiar en la gente se me hace cuesta arriba. Ojalá pudiera tener más amigos, pero la vida aquí, en Madrid, se ha vuelto difícil para mí.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

two + sixteen =

Conocí a mi “amiga” durante un curso que hice para preparar mi candidatura a un trabajo muy prestigioso. Sinceramente, me costaba entender parte del temario y ella me ayudó mucho. Con el tiempo, terminamos el curso y mantuvimos el contacto. Ella seguía dependiendo económicamente de sus padres y yo, que estaba casada, no contaba con ese apoyo. Estaba buscando trabajo y tuve suerte de que un amigo me recomendara, pero el proceso se alargó bastante. Nos vimos algunas veces, aunque ella solía cancelar con la excusa de que “se le hacía tarde”. Seguíamos en contacto hasta que nos llamaron para aportar documentación y presentarnos a exámenes. Yo ya no trabajaba y ahorraba para unas pruebas médicas; ella, mientras tanto, tenía a sus padres que le pagaban todo. En los exámenes, a ella la aceptaron a la primera y a mí no. Lo intenté dos veces más y tampoco lo conseguí. Le pedí ayuda para estudiar, pero siempre estaba ocupada. Luego desapareció en diciembre y enero. Yo seguía buscando trabajo, sin éxito hasta mediados de febrero, que fue una época complicadísima para mí. Cuando por fin empecé a trabajar, tenía turnos entre semana y los fines de semana. A finales de febrero, ella me contactó para quedar en marzo. Dudé, porque me dolía no haber conseguido el puesto, pero accedí porque para mí era alguien especial. La cita era un sábado y tuve que pedir permiso en el trabajo. Le escribí el viernes por la noche pero no respondió ni ese día ni el sábado. Al final no quedamos y tuve problemas con mi jefa por anular el turno. Mi “amiga” solo reapareció el lunes diciéndome por WhatsApp que había tenido un “problema familiar”. Me enfadé y dejé de responderle durante tres meses. Luego me operaron y, por casualidad, me llamó. Le conté que estaba convaleciente pero hablé con ella. Me dijo: “Si quieres, duerme y luego te llamo para saber cómo sigues”. Pero nunca me llamó. Pasaron dos meses y me propuso quedar, pero solo podía entre semana, justo cuando yo asistía, pagando un dineral, a clases por las tardes; aunque dudé, al final rechacé la cita. Empezó a llamarme para saber cómo estaba, pero sentía que se burlaba. Preguntaba por mi familia y soltaba indirectas sobre el divorcio de mis padres, aunque en realidad quienes estaban divorciados eran los suyos. Noté esos comentarios y fui cortando el contacto: respondía de forma breve o incluso mintiendo. Poco a poco la eliminé de mis redes sociales, y en marzo del año siguiente la borré definitivamente. Me escribió, pero la ignoré. Un día después de mi cumpleaños, me llamó para recriminarme. Me dijo que siempre intentó ayudarme y que no entendía mi actitud. Le respondí que nunca tengo tiempo para mí, pero parece que sí lo tengo para salir en fotos con otras personas, y le comenté: “Quédate con otros”. Al final, me dijo que solo quería ayudarme y que ya no volvería a buscarme. Sinceramente, esto me dolió mucho. Siento que ya no puedo confiar fácilmente en los demás. Ella quería que yo estuviese bien, pero no mejor que ella. Nunca le importé realmente, aunque yo sí fui atenta y detallista con ella. A veces pienso que yo era un interés romántico, porque hacía comentarios burlones sobre mi pareja, quería que lo invitara a salir o criticaba fotos de otras chicas. Yo fui sincera y abierta con ella—creo que ese fue mi error. Me duele porque en el fondo nunca le importé: solo quería tenerme cerca. Creí de verdad que era una amistad auténtica y que teníamos mucho en común, pero no fue así. Ahora me cuesta confiar. Ojalá pudiera hacer más amistades, pero es difícil.
Invitados inoportunosCuando la madrugada llegó, descubrieron que los visitantes no eran humanos, sino sombras que se alimentaban de sus recuerdos.