Llegar a las Bodas de Oro: La historia de Ludmila e Iván, veinticinco años compartidos en un pueblo español, un hijo que se casa en la ciudad y un inesperado amor prohibido con el vecino y amigo del marido, mientras el pueblo observa y el matrimonio se tambalea ante la pasión, el rumor y la esperanza de reconstruir la familia antes del gran aniversario.

Mira, te voy a contar una historia de esas que parecen sacadas de un pueblo de Castilla, un poco de novela casi, pero más real de lo que parece. Resulta que Rosa y Antonio llevaban ya veinticinco años casados. Ella ya tenía cincuenta y él, dos años más; la vida les había ido como a todo el mundo del pueblo: su casa, la huerta, sus trabajos y su hijo, Diego, que ya era un hombre y vivía en Valladolid desde que terminó la formación profesional y se puso a currar en una fábrica.

Un día, de esos que no te esperas, Diego llega al pueblo con una chica de cara simpática.

Papá, mamá, os presento a Carmen, queremos casarnos y en cuanto podamos vamos al ayuntamiento a echar los papeles dijo Diego.

Hola dijo Carmen toda tímida, y se le pusieron los mofletes colorados.

Bienvenida, Carmencita, siéntate, aquí estamos en familia, estate como en tu casa le decía Rosa mientras sacaba las viandas.

A los padres les gustó la chica y a los dos días la pareja volvió a la ciudad. Luego Diego llamaba de vez en cuando para contar novedades, que si bodas en verano, esas cosas. Tanto Antonio como Rosa se alegraron un montón. Todo iba viento en popa.

Pero mira tú que la Rosa, en el fondo, tenía el alma revuelta, a saber tú por qué. Quién iba a pensar que, con cincuenta tacos, iba a terminar soñando con Julián, el vecino y amigo de Antonio de toda la vida.

El Julián, que ya sabes que su mujer es revisora de Renfe en los trenes de largo recorrido la Isabel se pegaba semanas fuera y él se quedaba tan tranquilo en casa, se suele pasar las tardes solo. La hija, que se llama Claudia, vive también en Valladolid y alguna vez le traía cosas para la nevera cuando la madre se iba mucho tiempo.

Un día, estaban en casa, Julián viene y saca una botella de brandy.

Oye, Antonio, mira el taladro inalámbrico que he pillado esta mañana en la feria, llevaba tiempo pensando en hacerme con uno dice Antonio, que se levanta todo contento a por el aparato.

En ese momento, Julián no pierde el tiempo y agarra a Rosa de la cintura con unas ganas… La besa y ella, claro, ni puede respirar del nervio. De repente se oye la puerta, que Antonio vuelve, y Rosa se separa como si le hubieran dado un calambrazo, se pone enseguida a limpiar la mesa con la cabeza gacha y la cara roja como un tomate.

Antonio no notó nada raro, les sirvió una copa y brindaron. Rosa se escaqueó, dice que está cansada y se fue al cuarto. Se miró al espejo, y medio riéndose de sí misma murmuró: “Pero, hija, cómo tienes la cara así, como si tuvieras dieciocho otra vez”.

Ahora, Rosa, con sus añitos, que se había puesto más redonda de la cuenta, pero con los ojazos de siempre, era de las que sabía arreglarse y todavía cuando se echaba un vestido y tacones, más de uno se volvía a mirarla en el pueblo. Julián le atraía desde hacía tiempo alto, fuerte, con un aire canalla. Y mira por dónde, hace poco se enteró de que él llevaba enamorado de ella años y años.

Julián, con cincuenta y cuatro, siempre casado con Isabel, y además en buenos términos con los vecinos. Así que un día la Rosa iba deprisa para comprar al Mercado, y Julián la llama:

¡Rosa! Échame un cable, que no atino a cocer unos garbanzos.

Ay, Julián, que tengo prisa, que aún no he hecho ni la compra responde Rosa añorando no haberse maquillado y con la melena sin peinar.

Pero el caso es que, sin pensarlo casi, tira para el patio de Julián y sube las escaleras. Nada más cerrar la puerta la agarra y la besa como un loco. Los besos de Julián la hacen perder la cabeza y ni se plantean frenar.

El Mercado no se va a mover, Rosa le sopla Julián, por cierto, ¿cuánto hay que cocer los garbanzos?

Diez minutos después del chup chup y listos responde ella, sonriendo.

Él bromeaba con eso de que solo, sin Isabel, no era persona y que hay muchas cosas que estaba haciendo por primera vez últimamente.

Total, que en vez de cocer garbanzos, acabaron liados como adolescentes. Y mira que Rosa al principio tenía escrúpulos, que si estaba casada, pero Julián se ponía tierno y enseguida le decía que tampoco su Antonio la miraba ya como antes, que ya no le decía cosas bonitas… ¿Y por qué no iba a merecer ella un poco de alegría también?

Así, casi sin darse cuenta, Rosa traicionó a su Antonio por primera vez. Y no le pesaba, la verdad; hasta pensaba que hacía bien, que un poco de pasión no le hacía daño a nadie. Julián le soltaba que, si fuera por él, se iría a vivir con ella, y ya le daba igual si la Isabel se buscaba a otro cada vez que se iba a recorrer España en tren.

Después de un buen rato, se acordó de que tenía que ir al Mercado y justo entonces entra Claudia, la hija de Julián.

¡Hola, tía Rosa! dijo la chica. Rosa se recompuso.

Buenas, Claudia. Yo aquí, explicándole a tu padre cómo se cuecen los garbanzos, que sin tu madre está como perdido

Ay, papá, si te lo tengo dicho… y la chavala se puso a sacar la compra del carrito mientras Rosa, con la excusa, se marchaba.

El caso es que nuestro pueblo es de esos en los que todo se sabe. La gente ya había empezado a murmurar sobre las idas y venidas a casa de Julián. Hasta Antonio pilló la indirecta un día:

Oye, últimamente te pasas horas en el Mercado, ¿tanto venderán? ¿O te va la marcha con Julián?

Qué dices, hombre, el pobre sin Isabel no da pie con bola, fui a echarle una mano y estaba su hija también allí. Y, por cierto, dice Claudia que se casa pronto.

Julián ya casi ni disimulaba.

Si nos pillan, decimos que es amor de verdad. Que Isabel se busque otro por ahí, que le va la marcha viajando. Y tu Antonio… Bueno, ya lo apañarás tú.

¡Ay, Julián, que tengo casi cincuenta años y ando como si tuviera quince!

Rosa, el amor no tiene edad… le respondía él abrazándola.

A estas alturas, a Rosa ya no le quedaba vergüenza. Seguía viéndose a escondidas con Julián, incluso alguna vez tuvo que esconderse en la bodega cuando Antonio estaba cerca, cotilleando en el patio.

Hasta que un día, después de enterarse por el bocazas de Gregorio, Antonio sentó a Rosa y le lanzó la bomba:

Lo sé todo… que han visto cómo te metes en el patio de Julián. En tres días celebramos las bodas de plata aquí en el bar del pueblo, está todo pagado y los invitados avisados… Y tú, así, engañándome.

Perdón, Antonio dijo Rosa, con los ojos bajados, ni yo sé lo que me ha pasado. Si a los hombres también os da el venazo, ¿no? Pues a nosotras igual Fue esa locura, no sé, perdóname. Y Antonio la llamó de todo menos bonita

Pero bueno, ella lo asumió y le dijo que, si quería, celebraban el aniversario, hacían el papel y después podían separarse. Que lo del hijo sería complicado de contarle ahora, que se casaba enseguida… ¡Menuda faena!

El día de la celebración, todo el mundo reunido en el salón del pueblo, Rosa guapísima con su vestido nuevo, bien pintada y con collares no quitaba ojo a Julián, que estaba solo porque Isabel volvía de viaje en breve. Había murmullos y sonrisitas, pero ella ni se inmutaba.

Que piensen lo que quieran decía. Si ellos supieran lo que es el amor verdadero como el nuestro…

Entre felicitaciones y brindis, Julián soltó un discurso:

A los novios, que cumpláis otros veinticinco años más juntos y se bebió el chupito de orujo de un trago.

Después de la fiesta, Antonio decidió que había que hablar claro: no podía soportar más lo que decía el pueblo ni las idas y venidas de su mujer con su amigo. Le dijo que esa noche hablarían del divorcio.

Rosa, hecha polvo, fue a buscar consuelo a Julián antes de la charla con Antonio. Llega a su patio y justo se encuentra a Julián saliendo del corral. Se le queda mirando y le hace señal de que no se acerque:

Rosa, está aquí Isabel. Ha vuelto.

¿Y le has contado lo nuestro?

¿Qué le voy a contar? Mira Rosa, tú eres una mujer lista, esto fue solo un capricho, como un juego. Isabel ha vuelto y yo la quiero, cuando se fue la eché de menos… Nada, que entre nosotros mejor dejarlo así. Tú a lo tuyo y yo a lo mío.

Rosa se giró y se fue sin decir palabra. Aquella noche habló con Antonio.

He decidido divorciarme de ti, me has dejado en ridículo delante de todo el pueblo le soltó él.

Rosa se echó a llorar a moco tendido, porque al final Antonio era su compañero de toda la vida, y vale, la pasión igual no estaba, pero lo conocía de memoria. Le pidió perdón hasta la saciedad, que sí, que tenía razón en todo, pero que si podían intentarlo otra vez, que al hijo cómo le iban a soltar la historia ahora, y los nietos por venir

Al final Antonio, con el tiempo, la perdonó. A día de hoy viven tranquilos, ya con dos nietos que les alegran la vida cuando Diego y Carmen vienen de visita.

Julián, por su parte, volvió a sus andanzas, pero nunca más fue a casa de Antonio; la amistad, esa sí que no volvió. Y cuando Isabel se quedó ya en casa definitivamente, no veas las peleas y los gritos que se escuchan desde la calle, pero bueno, cada casa es un mundo.

Ya ves, cada uno con sus historias. Gracias por escucharme hasta el final, amigo. Que te vaya bonito, y si alguna vez hablamos de amores de pueblo, acuérdate de Rosa y Antonio.

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Llegar a las Bodas de Oro: La historia de Ludmila e Iván, veinticinco años compartidos en un pueblo español, un hijo que se casa en la ciudad y un inesperado amor prohibido con el vecino y amigo del marido, mientras el pueblo observa y el matrimonio se tambalea ante la pasión, el rumor y la esperanza de reconstruir la familia antes del gran aniversario.
Mis sueños de convertirme en una cantante famosa fueron destruidos por mis padres, quienes solo veían esto como una frivolidad, una simple diversión. Sin embargo, no comprendieron algo fundamental.