¿Podemos empezar? el notario se ajusta las gafas y abre la carpeta.
Ana asiente, aunque la garganta se le cierra. Lleva media hora retorciendo entre las manos el pañuelo de su padre viejo, de cuadros pequeños, impregnado en su colonia. Diego le cubre la mano con la suya, y Ana la aprieta con gratitud. Hace solo tres días, su padre estaba vivo. Hace tres días hablaban por teléfono y él reía con su chiste sobre el gato de la vecina.
Ahora está sentada en este despacho asfixiante mientras un desconocido lee la última voluntad de su padre.
Su madre, Mercedes, está a la derecha, recta y recogida. Ni una lágrima en toda la mañana. Junto a ella, la hermana menor, Carmen, se muerde una uña mirando el reloj de reojo. Parece que tiene prisa para irse a algún sitio.
Yo, José Luis Pérez Martínez, en pleno uso de mis facultades…
Ana escucha sin oír. Ante sus ojos ve a su padre: callado, pensativo, siempre algo apesadumbrado. Él lo sabía. Claro que sí, sabía que mamá siempre quiso más a Carmen. Pero se callaba durante años, décadas. Solo a veces miraba a Ana con tal tristeza que ella quería abrazarle y decirle: Papá, está bien. Yo puedo con todo.
el piso de la calle Gran Vía, número veinticinco, piso cuarto izquierda, pasa en pleno usufructo a Pérez Carmen José.
Ana parpadea. Pregunta de nuevo:
¿Perdón?
El notario repite con paciencia. Pleno centro de Madrid. Ciento veinte metros cuadrados. Para Carmen.
A Pérez Ana José le lego la parcela con casa en El Escorial
El chalé de El Escorial. Una casa vieja, casi en ruinas, con baño exterior, donde pasaban los veranos de niñas.
Diego se endereza en la silla:
Tiene que haber un error.
El documento es plenamente válido se encoge de hombros el notario. La firma es auténtica.
Ana mira a su madre. Mercedes examina sus anillos como si fuera la primera vez que los ve.
Ya en casa, cuando recogen las cosas de su padre en la vivienda familiar, Ana se acerca a su madre.
Mamá, explícame esto.
¿Qué te voy a explicar, Anita? Mercedes gira hacia la ventana Tu padre lo decidió así.
¿Tu padre, o tú por él?
Silencio. Después, el tono de siempre, esa dulzura cargada de veneno:
Carmen lo necesita más. Su peluquería quebró, ha roto con Marcos y no tiene a dónde ir. Tú tienes a Diego, un trabajo bueno…
Todas las semanas venía a veros, mamá. Os traía dinero. Pagaba las medicinas de papá. ¿Y Carmen? ¿Cuántas veces vino en seis meses? ¿Dos?
No hagas cuentas, Ana. Es feo eso.
Diego entra rápido justo al oírlo:
¿Feo? ¿En serio? Tu hija sosteniendo esta familia año tras año y solo le dejáis esa casucha. ¿Eso es bonito?
Diego Ana le toca el hombro.
No, Ana, basta de callar. Vamos a impugnar el testamento.
Mercedes aprieta los labios.
No os atreváis.
Por supuesto que sí. Demostraremos que influiste en tu marido, sacaremos el testamento anterior. Vamos a por todas.
Salen. Ana calla durante el trayecto, con la frente pegada al cristal helado. Esa noche no duerme, mirando el techo. Así es la traición materna. Dolorosa, amarga.
Los recuerdos refluyen, vivos. El cumpleaños número diez: a Carmen la bicicleta, a Ana un libro. Anita es muy lista, a ella le gustan los libros. Fin de curso: mamá horas ayudando a Carmen con el vestido, Ana haciéndolo sola. Tú puedes sola, cielo.
Carmen rompió el jarrón de la abuela no pasa nada, fue sin querer. Ana saca un bien en matemáticas: Nos has decepcionado.
Siempre. Toda la vida.
El abogado dice que hay argumentos para revisar el testamento Diego se sienta a su lado. Podemos alegar que tu padre firmó bajo presión. Los vecinos pueden declarar que discutían mucho.
Ana cierra los ojos. ¿Llevar a su madre a juicio, airear los trapos sucios ante extraños?
No lo sé, Diego.
Solo tienes miedo.
Sí, lo tiene. No a perder, sino a destruir el último lazo que queda con esa familia. ¿Aunque qué queda ya?
Al día siguiente Ana va a ver a su madre. Necesita hablar, encontrar alguna salida. Mercedes le abre la puerta con la cara de quien teme que vengas a pedirle dinero.
Mamá, hablemos tranquilamente…
¿Pero de qué? va a la sala sin mirar atrás. ¿Quieres quitarle el piso a tu hermana?
¿Quitarle? ¿Un piso en pleno Madrid? ¿Que deberíamos compartir?
La puerta se abre de golpe Carmen llega acelerada, teléfono en mano y las mejillas encendidas.
¿Reunión familiar sin mí? Se quita los tacones y los deja en mitad del pasillo. Mamá, la he oído toda. Ana otra vez queriendo mandar.
Carmen, solo intento entender…
¿Entender? Se deja caer en el sofá, abrazando las piernas. Siempre lo tuviste fácil. Hombre bueno, trabajo fijo. ¿Y yo? ¿Quién me ayuda?
Ana se queda helada. ¿Fácil? Quince años en una asesoría, noches con facturas, hipoteca cerrada al fin hace un año…
¿Ves? Mercedes acaricia la cabeza de Carmen. Bastante ha sufrido ya. La peluquería quebrada, Marcos que se fue…
Marcos la dejó porque ella le fue infiel Ana se sorprende de escucharse eso a sí misma.
Carmen salta del asiento.
¿Y tú qué sabes? ¿Me sigues?
Tú misma lo dijiste en Nochevieja, ¿ya no te acuerdas?
¡Mamá! ¿La oyes? ¡Encima me avergüenza!
Mercedes mira severa a su hija mayor:
Ana, te estás pasando los límites.
Algo cruje por dentro.
No, mamá. El límite lo pasaste tú hace tiempo. Cuando decidiste que una hija valía más que otra.
Ana agarra el bolso, va hacia la puerta.
No pienso pelear por el piso. Quedaos con él, atragantaos. Pero a mí no me volvéis a ver.
¡Ana! ¿No te atreverás! ¡Después de todo lo que hemos hecho por ti!
Ana gira ya en el umbral:
¿Qué habéis hecho por mí? Dime una cosa, solo una.
Silencio.
Diego está esperando en el coche. Cuando ve su cara, no pregunta nada. Solo la abraza.
No voy a demandarles Ana se entierra en su hombro. Pero tampoco volveré. Jamás.
¿Estás segura?
Segurísima.
Él asiente, después de un instante:
Entonces vamos a ver esa casa en El Escorial.
La parcela la recibe con olor a humedad y abandono. Tres cuartos, una terraza con el cristal roto, un huerto cubierto de maleza. Diego silba entre dientes:
Esto va a costar…
Podremos con ello.
Y lo logran. Ana clava los clavos con furia: cada golpe consolida algo nuevo en su propia vida. Tejado, aislamiento, fontanería. Al final del verano, la casa es otra: luminosa, renovada.
Por la noche lee el diario de su padre. Ana ha vuelto, trajo las medicinas. Mercedes ni preguntó cómo estoy. Duele Me gustaría tener más valor. Y después: Mi hija mayor es la persona más fuerte que conozco. Ojalá ella lo supiera.
Las lágrimas caen sobre las páginas amarillentas. Papá veía. Papá sabía. Papá la quisocallado, torpe, pero la quiso.
Cuatro meses después, suena el teléfono. Número de su madre.
Anita…
Dime.
Carmen vendió el piso. Invirtió en un negocio… La han estafado. Ahora está sin casa, sin un euro…
Ana mira por la ventana, al huerto donde relucen los manzanos jóvenes, el cenador que ha construido con Diego.
¿Y qué quieres de mí, mamá?
¡Ayúdanos! ¡No vas a dejar a tu hermana en la calle!
No.
¿Cómo que no?
Que lo resolváis vosotras. Yo ya dije que no me volveríais a ver.
Cuelga y regresa a las flores. Las dalias este año son espectaculares: grandes, coloridas, huelen a sol. En la protectora la esperan ocho perros y catorce gatos. Mañana le toca voluntariado.
Diego sale al porche con dos tazas de té.
¿Han llamado?
Sí. Carmen lo ha perdido todo.
¿Y?
Nada.
Él sonríe y se sienta a su lado. El sol de la tarde tiñe de oro las copas de los manzanos. En la hierba chirrían los grillos.
El dolor no ha desaparecido solo ha dejado de dominar la vida de Ana. Le esperan amistades nuevas, pasiones nuevas, amaneceres distintos sobre su propio jardín. Y nadie más le va a decir nunca que ella no es suficiente.







