24 de julio
Querido diario,
Hoy ha sido uno de esos días en los que me doy cuenta de lo diferente que es mi vida ahora. Mamá se ha agachado a mi lado en el pequeño recibidor de la casita de la sierra:
Lucía, cariño, te lo pido me decía, tomándome las manos, tenemos que quedarnos aquí una temporada. No será mucho, pronto pasará todo y volveremos a Madrid.
Me quedé callada, mirando esos ojos que se esfuerzan en parecer fuertes cuando sé por dentro cómo se siente.
¿Me escuchas, Lucía? ¿Lo entiendes? dijo agitándome un poco.
Sí, mamá
¿Por qué no dices nada? por la voz supe que estaba nerviosa, aunque intentara disimularlo.
No estaba en silencio, estaba pensandorespondí, y de repente me fijé en las estanterías. Hay muchísimos libros aquí Cuando era pequeña, yo también soñaba con tener tantos.
Madre, ¿vamos a estar mucho tiempo en el pueblo?
No lo sé, mi vida susurró. Por ahora, debemos quedarnos. Ya lo entiendes todo, ¿verdad? Aunque creas que eres aún una niña, sé que lo comprendes mejor de lo que aparentas.
Me explicó que tía Carmen vendrá a verme, que ella trabajará en la ciudad cada día y regresará por las tardes, y los fines de semana iremos juntas al río, como hacen muchos aquí en Ávila en verano.
Se le quebró la voz y se tapó la cara con las manos. Perdóname, hija, perdóname
No llores, mamá. Sé que papá nos ha dejado y que tenemos que aprender a seguir adelante. Ya entiendo que creíste que esta casa de la abuela era lo mejor, y que es mejor alquilar nuestro piso de Madrid.
Sabes que solo quiero lo mejor para ti, hija Te prometo que seré muy obediente, y leeré los libros y me portaré bien. Tía Carmen me cuidará.
Saldrás adelante, mamá. Volveremos al colegio en otoño, ¿no?
Ahora aquí ya no hay escuela, amor, la cerraron hace años; pero antes de que llegue el curso, habremos vuelto a Madrid. Solo es cuestión de que encuentre un buen trabajo. Alquilé el piso hasta septiembre, justo nos dará tiempo para hacerle un arreglito y volver. Todo va a salir bien, Lucía, ya verás
Esa tarde nos sentamos en el porche, mirando la puesta de sol entre los campos dorados de Castilla. Me contó historias de cuando era pequeña, de su abuela Isabel, mi bisabuela.
¿Mamá, tú también tenías una mamá?
Asintió y soltó un suspiro. Sí, hija. Pero nunca me sintió suya. Fui un accidente, y mi padre se marchó pronto. Ella trató un tiempo, pero al final me dejó con la abuela Isabel en Segovia, y marchó a Madrid a rehacer su vida.
¿Encontró la felicidad, entonces?
La encontró, sí Se volvió a casar, tuvo otros hijos, y de mí casi ni se acordó. Solo recibía un saludo en mi cumpleaños, alguna vez por Semana Santa o en Navidad.
Recordó incluso cómo se peleaba con la abuela por una tontería de vestidos para el baile de fin de curso. Uno de los episodios que la marcaron, de esos que solo entiendes mucho después.
Nunca la he llamado madre, Lucía. Mi madre fue Isabel, tu bisabuela. Por ella te puse Lucía, aunque a mí me llamaran Sonia.
Y sí, lloró de golpe al hablar de la abuela Isabel. Con ella, todo era alegría. Esperaba que mi madre apareciera en la puerta en cada cumpleaños; nunca llegó a hacerlo.
También me recordó cuándo le cedió el derecho a vivir en esta casa, cambiando los cerrojos con ayuda del vecino Julián. En el fondo, siempre fue su refugio.
¿Y nunca volviste a verla?
¿Para qué? Ya no teníamos nada que decirnos. Cosas de la vida, supongo
Había prometido nunca hacerme lo mismo. “Nunca, Lucía, yo nunca te dejaré sola…”
Los días aquí transcurren lentos. Por la mañana me levanto temprano, desayuno leche con magdalenas, barro un poco la entrada, leo a mi muñeca Pilar y a mi osito Bruno. Al principio, la tristeza me hacía llorar a escondidas; pero poco a poco me acostumbré a la calma.
A veces, tía Carmen viene a traerme algo del mercado. Me cuenta anécdotas de sus sobrinos y del pan recio de pueblo.
Una tarde, mamá no llegó. Se hizo muy tarde, las sombras se alargaban y yo encendí la lámpara y corrí las cortinas. Me senté con Pilar, Bruno, la gata Niebla y el payaso Ignacio.
No temáis, estamos juntos les susurraba mientras apretaba a la gata contra el pecho.
Me imaginé escenarios horribles: mamá marchándose a empezar otra familia, yo olvidada en este rincón solitario de la provincia. Lloré como cuando era pequeña, a gritos, hasta que el cansancio me venció, dormida entre lagrimones.
Un rumor en el zaguán me sacudió el sueño. ¿Y si eran ratas? ¿Y si venía la abuela Sonia, la madre de mamá, a echarnos del único sitio que nos queda? Unos pasos. Luz en el pasillo.
¡Mamá! grité y corrí hacia ella.
Hija, mi niña, perdóname Me perdí el último Alvia, tuve que bajar en la otra estación y cruzar a pie el bosque.
¿Da miedo el bosque de noche, mamá?
Mucho, Lucía, sobre todo por ti. Lloré todo el camino, hablando contigo en mi cabeza Espanté a los lobos a base de sollozos y canciones decía, riendo y llorando a la vez.
Entonces, por primera vez, le mentí a mi madre. No pensé nunca que me ibas a dejar sola, lo sabía muy bien, mamá
No era cierto, tenía miedo. Pero mentí para no preocuparla más.
Agosto pasó despacio; terminamos las últimas cajas, fuimos al embalse, paseamos por el pinar. Mamá encontró trabajo como administrativa cerca de la Gran Vía, y en septiembre volvimos a Madrid. Nuestro piso olía a pintura, a promesas nuevas.
Después, papá quiso verme los fines de semana. Al principio, corría a abrazarlo. Pero me dejó siempre en las zonas de juegos del centro comercial Príncipe Pío, y él se pasaba la tarde hablando por teléfono, enfadado con medio mundo.
No me gusta, mamá, yo ya no soy tan pequeña. ¿Por qué siempre lo mismo?
Papá decía que era mamá quien no le dejaba verme. Él gritaba, se quejaba, pero yo sé que simplemente no sabe estar conmigo, no sabe cómo quererme. Yo también le mentí a papá, hablando de lobos en la sierra. Se fue triste, luego volvió meses después y me pidió perdón. Ahora vamos al cine, a veces al Retiro, y es mejor.
Un día, preguntó si era cierto lo de los lobos, mirándole a mamá. Ella dijo que sí, sin pestañear. Y papá perdió el tren.
¿Qué hará papá ahora, mamá, si perdió el tren?
Ya irá andando, cariño Aquí no hay lobos.
Por la noche, tumbada a su lado, pregunté si lo perdonaría. Guardó silencio largo. Eso solo lo sabré con el tiempo, hija me respondió.
Mamá, yo os quiero a los dos. Pero a ti más, porque eres la mamá más valiente del mundo. Corriste toda la noche por mí, venciste a los lobos de la sierra
Años después, terminando la carrera, preparando mi boda, supe lo mucho que todo esto me marcó. Una tarde la abracé muy fuerte y confesé:
Mamá, aquel día sí pensé que me habías abandonado me atreví a decir.
Desde que lo dije, sentí alivio. Nos abrazamos muchos minutos.
Siempre juntas. Mi madre, mi casa.
Porque en España, madre solo hay una.







