Elección «Resulta que Fede anda casadísimo…» – suspiraba Luz, sentada en un banco del parque y apretando en el bolsillo el volante para la intervención. Las compañeras de habitación en la residencia la envidiaban al verla con aquel apuesto moreno de ojos azules, tan pulcro y galante, convencidas de que le había tocado la lotería en amores. Pero, al final, no había nada que envidiar… A Luz aún se le erizaba la piel al recordar el primer y último encuentro con la esposa de Fede, quien la esperó en la puerta de la fábrica para dejarle las cosas claras. —¡Hombre, Luz, ¿no?! —empezó ella. —¿Y usted quién es? —se estremeció Luz ante la mirada fulminante de aquella mujer alta y delgada, con mechas platino. —Soy Olga, la esposa legítima de Federico Mínguez. —¿Perdón? —Has oído bien. —Otra ilusa —sentenció la mujer—. ¿Cuántas como tú habrá por el mundo? Nunca se acaban, cazadoras de felicidades ajenas… —¿Cómo se atreve? —Escucha —la rubia le cogió el codo con delicadeza contenida—, ¿quién te crees que eres tú? Soy SU mujer, te vi con mi esposo y encima me das la lata, en vez de disculparte y desaparecer de vergüenza… Pero claro, eso lo hacen las personas decentes, y tú… en fin. Como tú ha tenido tantas, que no le alcanzan los dedos de las manos ni de los pies para contarlas. ¡Meterte con un casado! ¡Sinvergüenza! Él es hombre, un cazador, ¡entiendes? Para él solo eres una aventura pasajera. Te usará y se olvidará de tu nombre. Aléjate de él. Por cierto, tenemos dos hijas, si quieres te enseño una foto de familia —y Olga le tendió a Luz la imagen tomada hace dos meses en Benidorm— Mira, prueba de amor puro y sincero. ¿Y ahora qué? ¿No dices nada? —¿Y qué quiere de mí? Arregle esto con su marido. —No te preocupes, ya lo haré. Él acaba de entrar en la fábrica; el sueldo es bueno, y tú vas y apareces en nuestras vidas… Hazme caso: no te dejes engañar. Fede no va a dejar a su mujer. No pierdas el tiempo. ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta? —¡Veinticinco! —replicó Luz dolida. —Pues mejor. Aún puedes casarte y tener niños. Deja a Fede tranquilo. Luz dejó de escuchar, se alejó tambaleándose, expulsada bruscamente del mundo feliz en el que vivía por la inesperada aparición de la esposa de su amado. Sus sueños y esperanzas, destrozados. —Traidor… —murmuraba Luz, conteniendo las lágrimas, pues no podía permitirse exhibir su dolor ante los demás en plena calle. Prefería evitar cotilleos en el trabajo. Esa tarde, como quien no quiere la cosa, Fede apareció en su puerta con flores. Ella, con los ojos hinchados, lo echó a la calle pese a sus promesas de divorciarse y sus declaraciones de amor eterno, convencida de que aquel matrimonio estaba roto hacía tiempo. Luz necesitó dos semanas para recomponerse. Fede no volvió a molestarla: hacía como si no la conociera, evitando su mirada al cruzarse. Pero la desgracia nunca viene sola… Al principio Luz atribuyó sus náuseas y mareos a los nervios, pero pronto comprendió que aquel amor ingenuo y apasionado había dejado huella. «Seis semanas», sonaba como una condena. Luz no quería ser madre soltera. Tenía miedo. Sentía el peso de todas las miradas, convencida de que todos la juzgaban por confiar en un desconocido del que no sabía nada. Fede le ocultó que era casado. ¿Qué podía haber hecho ella? ¿Pedirle el DNI al conocerse? Ni siquiera llevaba alianza, como tantos otros. ¿Y por qué no sospechó cuando Fede le pidió discreción en la fábrica sobre su relación? Él la engañó, y aunque Luz no lo supo antes, eso no quita el dolor. Encima, la fábrica empezó a murmurar sobre la visita de Olga. —Estoy embarazada —aprovechó la hora de la comida para decírselo al infame amante. —Te doy dinero, pero haz lo que tengas que hacer —murmuró él. Al día siguiente, Fede se despidió de la fábrica y desapareció para siempre de su vida. Luz sabía que no debía retrasar aquello. Pese a las advertencias, cogió el volante para la intervención. Y allí estaba, sentada, apretando con fuerza ese papel como si temiera perderlo. —¿Llevas prisa? —le dijo un chico en traje, con un enorme ramo de crisantemos granates, sentándose a su lado. —¿Qué? —Luz lo miró con ojos vacíos. —Que tu reloj va adelantado —le señaló el dorado reloj de su muñeca. —Siempre lo llevo diez minutos adelantado… Aunque lo corrija, da igual —comentó ella distraída. —Hoy hace un día espléndido, ¿verdad? Un auténtico veranillo de San Miguel. A mi madre le encanta este tiempo. Siempre dice que en un día así tomó la decisión más importante de su vida y no se arrepintió jamás. ¿Sabes? —siguió él, inesperadamente locuaz— ¡Mi madre es la mejor del mundo! —y mostró el pulgar—. Le agradezco todo. —¿Y tu padre? —preguntó Luz sin pensar. —Nunca cuenta nada de él, ni yo lo pregunto; se nota que es tema doloroso… Es que vengo de una entrevista; ¿te imaginas? Me han elegido a mí entre diez candidatos para el mejor puesto de la empresa, y eso que no tengo experiencia… Casi no me lo creo. Mi madre fue quien me dio confianza. Ya sé en qué me gastaré mi primer sueldo: en un viaje al mar para mi madre. Ella nunca ha visto el mar. ¿Tú has ido alguna vez? —No, nunca —Luz contempló al charlatán, fijándose en la corbata granate. El chico sonreía feliz. —Es un regalo de mi madre —dijo, satisfecho al notar la mirada. —Supongo que te estoy cansando con mis historias, pero quería compartir mi alegría contigo, te veo tan triste… Pensé que te vendría bien hablar con alguien. ¿Te molesto? Luz negó con la cabeza. El desconocido no la molestaba; hasta había suspendido el ciclón de pensamientos negros que tenía. Admiraba su amor por la madre. «¡Qué entrega la de esa madre!», pensaba Luz, ya fascinada por su sonrisa, «qué suerte tiene… Ojalá tuviera yo un hijo así…» —Bueno, me voy. Mi madre me espera y debe estar inquieta… Pero tú, no tengas prisa. —¿Cómo? —Que lo digo por tu reloj —sonrió él. —Ah —Luz devolvió la sonrisa, casi sin darse cuenta. El chico desapareció entre la multitud, y Luz, que hasta hacía minutos no se había atrevido a soltar el papel, lo rompió en mil trozos y se quedó un rato respirando el aire tibio de la tarde otoñal. Se sintió liviana, abrigada por la calidez de aquel extraño que sin quererlo, se volvió tan cercano. No estaba sola. Aquella madre sola había criado a su hijo. Una pena no haberle preguntado el nombre, pero eso ya no tenía importancia… La decisión estaba tomada. *** Veintitrés años después… —Mamá, que llego tarde —Stas se peinaba frente al espejo mientras su madre le ayudaba a anudarse la nueva corbata granate para una entrevista importante. —Venga ya, hijo. —Es para darme confianza. Va a salir bien, ya verás. Seguro que te cogen… ¡Eso es! —terminó Luz, admirando a su hijo. —Qué nervios, ¿y si…? —Ese puesto es tuyo. Responde claro y sonríe. Eres irresistible. —Gracias, mamá —Stas la besó y se fue corriendo. Luz le miró desde la ventana, notando lo mayor que estaba ya su niño, lo más querido que tenía en el mundo… De repente se estremeció, como si le recorriera una descarga. Aquella escena… El chico del parque, más de veinte años atrás… Ahora, en su traje de novio, Stas se parecía tanto a aquel joven… Había olvidado aquel momento durante años y de repente volvió con fuerza. ¿De verdad el destino le había dado la oportunidad de ver con sus propios ojos de quién quería deshacerse —(qué palabra más fea)—, de hacer lo correcto y ponerla en su camino? ¿Y por qué no le pidió entonces el nombre, si tenían la misma edad? ¿Por qué no le vio antes? Después de todo, aquello ya daba igual. Todo salió bien… Por la tarde Stas llegó con un ramo enorme de crisantemos granates, a juego con su corbata, y le contó a Luz que le habían dado el trabajo. Prometió que irían juntos al mar, porque su madre jamás lo había pisado. Ahora le tocaba a él cuidar de la mujer más importante de su vida. Movería montañas por ella, cambiaría el sentido del río; así era el hijo de Luz. Por muchos obstáculos que se hubieran cruzado, siempre había podido refugiarse en su niño, y todo dolía menos. Superaron las adversidades, resistieron, no se rindieron jamás. Luz nunca se arrepintió de ser madre; había tomado la decisión correcta. ¡Así tenía que ser!

La Elección

Pues resulta que Fernando está casadísimo hasta las trancas… suspiraba Sonsoles, sentada en un banco de la plaza, apretando en el bolsillo la hoja para la cita en la clínica.

Las compañeras del piso universitario la miraban con envidia cuando la veían con aquel moreno de ojos azules, siempre impecable y con modales de caballero. Decían que le había tocado la lotería sentimental. Envidia para nada, como tantas veces pasa.

A Sonsoles le recorrió un escalofrío al recordar el primer (y último) encontronazo con la mujer de Fernando, que la cazó a la salida de la fábrica y le vino a dejar clarito el asunto.

Vaya, así que tú eres Sonsoles, ¿no? empezó.
¿Perdón, quién es usted? se tensó Sonsoles, sintiendo la mirada de rayos X de una mujer alta, delgada, de melena rubio ceniza.
Pues yo soy Olga, la legítima esposa de Fernando Martínez.
¿Qué?
Lo que oyes.
Otra ingenua más dijo la mujer con toda la calma del mundo, cuántas habrá como tú, nunca se acabarán las cazadoras de felicidades ajenas.
¿Pero qué se ha creído?
Escucha la rubia la cogió con delicadeza por el codo, ¿quién crees que eres tú? Yo, la esposa, he visto tus escarceos con mi marido y aún tienes la cara de ponerte chulita. Lo normal sería que pidieras perdón y te despidieras avergonzada. Pero bueno… eso es para gente decente, y parece que tú no caes en esa categoría.
Le lanzó una mirada de arriba a abajo.
Como tú ha habido tantas que no me alcanzan los dedos de las manos y los pies para contarlas.
Te has liado con un casado, ¡menuda caradura!
Él es hombre, cazador. ¿Lo pillas?
Para él solo eres una anécdota pasajera. Te entretiene un rato y te olvidas. Así que aléjate.
Por cierto, tenemos dos hijas; si quieres, te enseño una foto familiar. Olga sacó una foto de las vacaciones y se la puso delante a una Sonsoles petrificada. ¡Mira! Prueba de amor verdadero. Es de nuestro viaje a Benidorm, hace dos meses…
¿Y qué, te has quedado muda?
¿Y qué quiere usted de mí? Arregle lo suyo con su marido.
Eso haré, no sufras. Hace poco que se ha metido en esta fábrica, el sueldo es decente y justo apareces tú para liar las cosas.
Déjalo por las buenas. Y no te creas nada, Fernando no piensa divorciarse. No pierdas el tiempo tontamente. ¿Cuántos tienes, treinta?
¡Veinticinco! protestó Sonsoles, herida.
Pues eso, con más razón. Aún tienes tiempo para casarte y tener familia. A Fernando, déjalo en paz.

Sonsoles ya no se quedó a oír más; se marchó tambaleante, con las piernas flojas, sintiendo cómo aquella esposa invasora le tiraba por tierra sus castillos de ensueño en un solo golpe.

Traidor… murmuraba Sonsoles mientras un nudo se le subía a la garganta, aunque no se permitió desmoronarse allí en plena calle, no quería dar de qué hablar en la fábrica.

Esa tarde, como si nada, Fernando se plantó en casa de Sonsoles con flores. Ella, con los ojos hinchados, lo mandó a paseo, a pesar de sus súplicas de amor eterno y promesas de divorcio que en realidad, llevaban años sin ser pareja, según él.

Durante dos semanas Sonsoles estuvo como en coma. Fernando desapareció de su mapa y si se cruzaban, giraba la cara.

Por si fuera poco, llegaron las náuseas matutinas y los mareos. Ella lo achacó al disgusto, pero la naturaleza demostró ser más ingeniosa que tanta lógica y precaución: el fruto de su fogoso amor con Fernando venía en camino.
«Seis semanas», sonó en su cabeza como sentencia.

Sonsoles no quería ser madre soltera. Le daba pavor. Sentía que todo el mundo lo intuía y la juzgaba; se había dejado llevar por un hombre al que, en realidad, no conocía.
Fernando le ocultó su estado civil. ¿Qué podía haber hecho, pedirle el DNI en la primera cita? No llevaba alianza, aunque claro, no todos los casados la usan.

¿Y cómo no sospechó cuando aquel galán insistía en ocultar la relación en el trabajo?
Él jugó con ella, pero saberlo no aliviaba mucho el golpe. Para colmo, entre sus compañeros ya corría la historia de la visita de Olga, desmenuzada en cada detalle.

Estoy embarazada aprovechando el descanso, Sonsoles se enfrentó al ex-novio.
Pues toma dinero y arréglalo le soltó él, seco como el esparto.
Al día siguiente, Fernando dimitía y se evaporaba del todo de su vida.

Sonsoles sabía que no podía retrasar más la decisión; pese a las advertencias del médico, se llevó el papel de la «intervención».
Allí estaba ella, sentada en un banco, apretando el papel como si fuera de oro.

¿Tiene prisa? preguntó de repente un chico de traje, plantándose a su lado con un ramo enorme de crisantemos burdeos.
¿Cómo? ella le miró vacía, como si las palabras fueran de otro idioma.
Que el reloj le va adelantado dijo, señalando su reloj dorado.
Siempre me adelanta diez minutos… Lo pongo bien y nada, siempre igual dijo Sonsoles, girando la cara.

Hace un día ideal, ¿no le parece? Un veroño en pleno otoño. A mi madre le encanta. Dice que fue en un día así cuando tomó la mejor decisión de su vida y no se ha arrepentido jamás.
¿Sabe usted? Dios, qué hablador el chico, pensó ella. ¡Mi madre es lo más! y mostró el pulgar. Se lo debo todo.

¿Y tu padre? le salió a Sonsoles sin querer.
De mi padre nunca habla. Yo tampoco pregunto; veo que le cuesta.
Vengo de una entrevista, imagínese: me han escogido entre diez para un puesto buenísimo en una empresa. ¡Sin experiencia ni nada! Ni me lo creo
Mi madre me enseñó a confiar en mí.
Ya tengo claro en qué me gastaré el primer sueldo: un viaje para que mamá vea el mar. Nunca ha ido.
¿Y usted?

No, nunca le miró Sonsoles, y por algún motivo se fijó en la corbata burdeos.
El chico, sonriente, irradiaba felicidad.
Es regalo de mamá dijo acariciando la corbata con orgullo, notando la mirada de Sonsoles.

Seguro que estoy siendo un pesado, pero me apetecía compartir alegría con alguien… Y usted tiene una cara tan triste
Pensé que necesitaba hablar. ¿Le molesto?

Sonsoles negó con la cabeza. El parlanchín no la incomodaba en absoluto. De hecho, había conseguido apagar los pensamientos oscuros. Y su devoción por la madre le conmovía.

«¡Esa sí es una historia de amor!», pensó observándole con curiosidad. «Qué suerte tiene esa mujer Ojalá yo tuviera un hijo así.»

Bueno, me voy. Mi madre estará esperándome y se pone nerviosa. ¡No tenga prisa!
¿Perdón?
Lo digo por su reloj sonrió.
Ah respondió Sonsoles, devolviendo la sonrisa.

Al minuto, el chico había desaparecido y, sin pensarlo, Sonsoles rompió en pedacitos el papel de la clínica.

Se quedó un buen rato sentada, respirando el aire limpio del otoño.

Gracias a aquel desconocido tan cercano, Sonsoles se sintió menos sola. Aquella mujer había criado sola a un hijo ejemplar. Se arrepintió de no haberle preguntado el nombre, pero ya da igual…
La decisión estaba tomada.

***

Veintitrés años después…

¡Mamá, que llego tarde! exclamaba Esteban delante del espejo, mientras su madre le ajustaba la corbata burdeos que le había comprado para la ocasión, un proceso de selección importante.

Que no pasa nada…
Es por dar seguridad. Tú confía, todo irá bien. Te van a coger fijo… ¡Ya está! dijo Sonsoles satisfecha, admirando a su hijo.
Ay, qué nervios ¿y si?
Ese puesto es tuyo; responde claro y sonríe. Nadie puede resistirse a ese encanto.
Bueno, mamá Esteban le plantó un beso y salió pitando.

Sonsoles, desde la ventana, vio cómo el ser más querido de su vida se alejaba rumbo a la parada de autobús.

Un escalofrío le recorrió de pronto el cuerpo…
¿Dónde había vivido esa escena antes?
El muchacho del parque, hace más de veinte años
Ahora Esteban, de traje, era casi una fotocopia.

Había olvidado aquel instante durante años, pero la memoria lo devolvía, fresco como el jazmín.
¿Cómo podía ser?
Tal vez la vida le dio entonces la oportunidad de ver con sus propios ojos al hijo que pensaba no tener qué palabra más fea, y la dirigió por el buen camino en el último segundo.
¿Y por qué no se atrevió a preguntarle el nombre, por qué no conoció a su madre? Ahora da igual.

Todo salió como debía salir…

Por la tarde, Esteban entró en casa con un ramo enorme de crisantemos burdeos, a juego con la corbata, y le anunció a Sonsoles que le habían cogido.

Y además, prometió a su madre que por fin irían juntos al mar, porque ella nunca lo había pisado.
Ahora le tocaba a él cuidar de su madre y mover cielo y tierra por ella.

Por difíciles que hayan sido los años, abrazarse al hijo le quitaba el peso del mundo.
Superaron todo y no se rompieron.

Sonsoles nunca se arrepintió de su decisión. Fue la mejor para ella.

Y así debía ser.

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Elección «Resulta que Fede anda casadísimo…» – suspiraba Luz, sentada en un banco del parque y apretando en el bolsillo el volante para la intervención. Las compañeras de habitación en la residencia la envidiaban al verla con aquel apuesto moreno de ojos azules, tan pulcro y galante, convencidas de que le había tocado la lotería en amores. Pero, al final, no había nada que envidiar… A Luz aún se le erizaba la piel al recordar el primer y último encuentro con la esposa de Fede, quien la esperó en la puerta de la fábrica para dejarle las cosas claras. —¡Hombre, Luz, ¿no?! —empezó ella. —¿Y usted quién es? —se estremeció Luz ante la mirada fulminante de aquella mujer alta y delgada, con mechas platino. —Soy Olga, la esposa legítima de Federico Mínguez. —¿Perdón? —Has oído bien. —Otra ilusa —sentenció la mujer—. ¿Cuántas como tú habrá por el mundo? Nunca se acaban, cazadoras de felicidades ajenas… —¿Cómo se atreve? —Escucha —la rubia le cogió el codo con delicadeza contenida—, ¿quién te crees que eres tú? Soy SU mujer, te vi con mi esposo y encima me das la lata, en vez de disculparte y desaparecer de vergüenza… Pero claro, eso lo hacen las personas decentes, y tú… en fin. Como tú ha tenido tantas, que no le alcanzan los dedos de las manos ni de los pies para contarlas. ¡Meterte con un casado! ¡Sinvergüenza! Él es hombre, un cazador, ¡entiendes? Para él solo eres una aventura pasajera. Te usará y se olvidará de tu nombre. Aléjate de él. Por cierto, tenemos dos hijas, si quieres te enseño una foto de familia —y Olga le tendió a Luz la imagen tomada hace dos meses en Benidorm— Mira, prueba de amor puro y sincero. ¿Y ahora qué? ¿No dices nada? —¿Y qué quiere de mí? Arregle esto con su marido. —No te preocupes, ya lo haré. Él acaba de entrar en la fábrica; el sueldo es bueno, y tú vas y apareces en nuestras vidas… Hazme caso: no te dejes engañar. Fede no va a dejar a su mujer. No pierdas el tiempo. ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta? —¡Veinticinco! —replicó Luz dolida. —Pues mejor. Aún puedes casarte y tener niños. Deja a Fede tranquilo. Luz dejó de escuchar, se alejó tambaleándose, expulsada bruscamente del mundo feliz en el que vivía por la inesperada aparición de la esposa de su amado. Sus sueños y esperanzas, destrozados. —Traidor… —murmuraba Luz, conteniendo las lágrimas, pues no podía permitirse exhibir su dolor ante los demás en plena calle. Prefería evitar cotilleos en el trabajo. Esa tarde, como quien no quiere la cosa, Fede apareció en su puerta con flores. Ella, con los ojos hinchados, lo echó a la calle pese a sus promesas de divorciarse y sus declaraciones de amor eterno, convencida de que aquel matrimonio estaba roto hacía tiempo. Luz necesitó dos semanas para recomponerse. Fede no volvió a molestarla: hacía como si no la conociera, evitando su mirada al cruzarse. Pero la desgracia nunca viene sola… Al principio Luz atribuyó sus náuseas y mareos a los nervios, pero pronto comprendió que aquel amor ingenuo y apasionado había dejado huella. «Seis semanas», sonaba como una condena. Luz no quería ser madre soltera. Tenía miedo. Sentía el peso de todas las miradas, convencida de que todos la juzgaban por confiar en un desconocido del que no sabía nada. Fede le ocultó que era casado. ¿Qué podía haber hecho ella? ¿Pedirle el DNI al conocerse? Ni siquiera llevaba alianza, como tantos otros. ¿Y por qué no sospechó cuando Fede le pidió discreción en la fábrica sobre su relación? Él la engañó, y aunque Luz no lo supo antes, eso no quita el dolor. Encima, la fábrica empezó a murmurar sobre la visita de Olga. —Estoy embarazada —aprovechó la hora de la comida para decírselo al infame amante. —Te doy dinero, pero haz lo que tengas que hacer —murmuró él. Al día siguiente, Fede se despidió de la fábrica y desapareció para siempre de su vida. Luz sabía que no debía retrasar aquello. Pese a las advertencias, cogió el volante para la intervención. Y allí estaba, sentada, apretando con fuerza ese papel como si temiera perderlo. —¿Llevas prisa? —le dijo un chico en traje, con un enorme ramo de crisantemos granates, sentándose a su lado. —¿Qué? —Luz lo miró con ojos vacíos. —Que tu reloj va adelantado —le señaló el dorado reloj de su muñeca. —Siempre lo llevo diez minutos adelantado… Aunque lo corrija, da igual —comentó ella distraída. —Hoy hace un día espléndido, ¿verdad? Un auténtico veranillo de San Miguel. A mi madre le encanta este tiempo. Siempre dice que en un día así tomó la decisión más importante de su vida y no se arrepintió jamás. ¿Sabes? —siguió él, inesperadamente locuaz— ¡Mi madre es la mejor del mundo! —y mostró el pulgar—. Le agradezco todo. —¿Y tu padre? —preguntó Luz sin pensar. —Nunca cuenta nada de él, ni yo lo pregunto; se nota que es tema doloroso… Es que vengo de una entrevista; ¿te imaginas? Me han elegido a mí entre diez candidatos para el mejor puesto de la empresa, y eso que no tengo experiencia… Casi no me lo creo. Mi madre fue quien me dio confianza. Ya sé en qué me gastaré mi primer sueldo: en un viaje al mar para mi madre. Ella nunca ha visto el mar. ¿Tú has ido alguna vez? —No, nunca —Luz contempló al charlatán, fijándose en la corbata granate. El chico sonreía feliz. —Es un regalo de mi madre —dijo, satisfecho al notar la mirada. —Supongo que te estoy cansando con mis historias, pero quería compartir mi alegría contigo, te veo tan triste… Pensé que te vendría bien hablar con alguien. ¿Te molesto? Luz negó con la cabeza. El desconocido no la molestaba; hasta había suspendido el ciclón de pensamientos negros que tenía. Admiraba su amor por la madre. «¡Qué entrega la de esa madre!», pensaba Luz, ya fascinada por su sonrisa, «qué suerte tiene… Ojalá tuviera yo un hijo así…» —Bueno, me voy. Mi madre me espera y debe estar inquieta… Pero tú, no tengas prisa. —¿Cómo? —Que lo digo por tu reloj —sonrió él. —Ah —Luz devolvió la sonrisa, casi sin darse cuenta. El chico desapareció entre la multitud, y Luz, que hasta hacía minutos no se había atrevido a soltar el papel, lo rompió en mil trozos y se quedó un rato respirando el aire tibio de la tarde otoñal. Se sintió liviana, abrigada por la calidez de aquel extraño que sin quererlo, se volvió tan cercano. No estaba sola. Aquella madre sola había criado a su hijo. Una pena no haberle preguntado el nombre, pero eso ya no tenía importancia… La decisión estaba tomada. *** Veintitrés años después… —Mamá, que llego tarde —Stas se peinaba frente al espejo mientras su madre le ayudaba a anudarse la nueva corbata granate para una entrevista importante. —Venga ya, hijo. —Es para darme confianza. Va a salir bien, ya verás. Seguro que te cogen… ¡Eso es! —terminó Luz, admirando a su hijo. —Qué nervios, ¿y si…? —Ese puesto es tuyo. Responde claro y sonríe. Eres irresistible. —Gracias, mamá —Stas la besó y se fue corriendo. Luz le miró desde la ventana, notando lo mayor que estaba ya su niño, lo más querido que tenía en el mundo… De repente se estremeció, como si le recorriera una descarga. Aquella escena… El chico del parque, más de veinte años atrás… Ahora, en su traje de novio, Stas se parecía tanto a aquel joven… Había olvidado aquel momento durante años y de repente volvió con fuerza. ¿De verdad el destino le había dado la oportunidad de ver con sus propios ojos de quién quería deshacerse —(qué palabra más fea)—, de hacer lo correcto y ponerla en su camino? ¿Y por qué no le pidió entonces el nombre, si tenían la misma edad? ¿Por qué no le vio antes? Después de todo, aquello ya daba igual. Todo salió bien… Por la tarde Stas llegó con un ramo enorme de crisantemos granates, a juego con su corbata, y le contó a Luz que le habían dado el trabajo. Prometió que irían juntos al mar, porque su madre jamás lo había pisado. Ahora le tocaba a él cuidar de la mujer más importante de su vida. Movería montañas por ella, cambiaría el sentido del río; así era el hijo de Luz. Por muchos obstáculos que se hubieran cruzado, siempre había podido refugiarse en su niño, y todo dolía menos. Superaron las adversidades, resistieron, no se rindieron jamás. Luz nunca se arrepintió de ser madre; había tomado la decisión correcta. ¡Así tenía que ser!
¿Qué les pasa a los hombres hoy en día? ¡Invité a uno a casa pensando que podría surgir una relación!