Ese regusto amargo —¡Ya está, se acabó! ¡No va a haber ninguna boda! —exclamó Marina. —Espera, ¿qué ha pasado? —se desconcertó Ilya—. ¡Si todo iba bien! —¿Bien? —esbozó una sonrisa irónica Marina—. Sí, claro… bien. Simplemente… —calló unos segundos, pensando a toda prisa cómo explicárselo… pero al final soltó la pura verdad—: ¡Te huelen fatal los calcetines! ¡No estoy preparada para respirar eso el resto de mi vida!

Diario de Lucía, 17 de abril

¡Se acabó! ¡No habrá boda! grité, casi atragantándome con mis propias palabras.

¿Pero qué ha pasado? balbuceó Sergio, desconcertado. ¡Si todo iba bien!

¿Bien? reí sin pizca de humor. Sí, claro… bien. Simplemente… me detuve unos segundos, buscando la manera de decírselo, la verdad es que… ¡tus calcetines huelen fatal! ¡No estoy dispuesta a respirar eso toda mi vida!

Más tarde, cuando llegué a casa y le conté a mi madre que iba a retirar los papeles en el Registro Civil, casi se atraganta con el café.

¿Se lo soltaste así? ¡Vaya, hija!

¿Por qué te sorprende? Sabes que es cierto contesté encogiéndome de hombros. No me digas que tú no te habías dado cuenta.

Hombre, claro que lo noté admitió medio avergonzada, pero hija… no deja de ser humillante, ¿no? Yo creía que le querías. El chico es decente. Eso de los calcetines se puede solucionar.

¿Solucionar cómo? ¿Hacerle un horario para que se lave los pies? ¿Explicarle que debe cambiarse los calcetines y usar desodorante? ¡Mamá, por favor! ¡Quería casarme, no hacerme tutora legal de un adolescente!

¿Y entonces para qué llegaste hasta aquí? ¿Por qué presentaste la solicitud?

La miré, dolida. Tú siempre me lo recordabas: Sergio es buen chico, muy atento, me gusta para ti… Y la coletilla: Lucía, tienes ya veintisiete años, vete pensando en boda, que quiero ser abuela. ¿Ahora te callas?

Suspiró, derrotada. Pensaba que todo iba en serio La verdad, me alegra que hayas recapacitado. Pero eso de huelen los calcetines ha sido demasiado. No es propio de ti.

Lo he hecho adrede, mamá. Directa y contundente. Que no quede vuelta atrás.

***

Al principio, Sergio me pareció encantador y un poco torpe, con una gracia muy suya. Siempre en vaqueros y su camiseta azul, nunca hablaba de Dalí ni de Goya, pero podía pasarse horas contándome historias sobre el cine clásico. Y entonces, se le iluminaban los ojos.

Con él todo era sencillo y tranquilo.

Justo esa calma fue lo que me conquistó. Estaba agotada de relaciones dramáticas y de intentar encontrar al indicado.

Dos meses después, tras muchas visitas a cines, bares de tapas y paseos por El Retiro, Sergio me miró, cortado, y me dijo:

¿Te vienes a mi casa? Te hago unas empanadillas. ¡Las he hecho yo mismo!

Era una invitación tan hogareña que el corazón se me encogió con ternura. Lo de hechas por mí terminó de convencerme.

Y accedí.

***

La casa de Sergio fue un shock.

No estaba sucia, pero flotaba ese aire de descuido, una especie de dejadez general. Paredes grisáceas, muebles heredados, un sofá desgastado con un cojín apenas decente. Por el suelo, montones desordenados de cajas, libros y periódicos viejos. Un par de zapatillas campando a sus anchas. Encima, el ambiente: cargado de polvo, algo rancio.

La casa parecía un pisito de estudiante de Erasmus recién llegado a Madrid, y no un hogar.

¿Qué te parece mi palacio? sonrió Sergio, abriendo los brazos. Ni rastro de vergüenza, estaba convencido de que aquello era digno de orgullo.

Forcé una sonrisa Sergio me gustaba demasiado para buscar pelea en aquel momento.

Fuimos a la cocina. Si cabe, era peor: una capa de polvo en la mesa, platos amontonados con restos resecos, tazas manchadas, una sartén antigua y, de fondo, la joya de la corona: una tetera indescifrable en un rincón.

¿De qué color sería originalmente?, pensé distraída, mientras Sergio intentaba hacerme reír.

Cuando me ofreció un plato de empanadillas, rechacé discretamente, alegando dieta. Comer allí… ni en sueños.

Esa noche, analicé mi visita.

Lo que vi era, en el fondo, poca cosa: un chico que vive solo, que no maneja la casa. ¿Y qué? Pero sentí otra cosa más profunda e inquietante: ¿cómo se puede vivir así? No era cuestión de pereza, sino de considerarlo lo normal.

Me quedó ese amargor dentro.

***

Tiempo después, Sergio vino a casa, me pidió matrimonio y me regaló un anillo. Presentamos los papeles, los padres empezaron con los preparativos de boda.

Ser novia es bonito Hasta que te quedas a solas y piensas en tu futuro con ese hombre que solo quiere hacerte sonreír, que prepara empanadillas y cuenta chistes… y en tu mente aparece la tetera irreconocible.

Comprendí que no era una tetera cualquiera. Era toda una pista. Hablaba de la forma de ser de Sergio ante la vida, su forma de entender el hogar, el cuidado de sí y probablemente, de mí.

Un día imaginé nuestro desayuno juntos. Me vi entrando a la cocina y encontrando la mesa llena de migas y la taza medio vacía. Me vería obligada a decirle: Cariño, ¿puedes recoger esto? Y recibiría esa mirada suya, de incomprensión, como cuando se quedó tan ufano en su piso. No discutiría, no gritaría, solo… no entendería. Y yo estaría condenada a repetirlo cada día, a limpiar, a recordarle. Iba a ir matando mi amor, gota a gota.

Y mi madre dichosa, soñando con una boda.

***

Boda

Toda la ligereza y el calor que sentía junto a Sergio fueron evaporándose, reemplazados por una ansiedad espesa.

Lucía me preguntaba Sergio, nervioso, casi a diario, ¿estamos bien? ¿Verdad que nos queremos?

Claro respondía, notando cómo algo dentro de mí se resquebrajaba.

Finalmente, no pude más y se lo conté todo a mi amiga Pilar, derramando mis inseguridades y temores.

¿Y qué más da? se sorprendió Pilar Polvo, o una tetera extraña ¡Mi marido deja la cocina como la batalla de Lepanto y se queda tan tranquilo! Los hombres no ven esas cosas.

¡Ese es el problema! susurré. No lo ven. ¡Nunca lo verán! Y yo sí. Lo veré siempre. Y me irá matando por dentro.

***

Jamás le culpé. Nunca me engañó. Era sincero. Solo que vivía en mundos opuestos al mío. Para él, una montaña de platos era la normalidad; para mí, una señal de indiferencia y desconexión.

No se trataba de limpieza. Se trataba de formas de mirar la vida. La grieta que se abría en mi mente pronto sería un abismo entre dos mundos incompatibles.

Mejor romperlo todo ahora, que precipitarme por ese abismo cuando ya no pueda retroceder.

Sólo faltaba dar el paso.

***

Nos invitaron a una fiesta con amigos.

Al llegar, nos descalzamos en la entrada y, al poco de pasar al salón, un hedor nos precedió. Me costó identificarlo, pero cuando lo hice y vi que no era solo yo, todos torcieron la nariz me invadió una vergüenza brutal. Salí disparada al recibidor, me calcé rápido y me marché.

Sergio corrió tras de mí. Me alcanzó, me agarró la mano. Y por primera vez, dándole la espalda, le solté casi con rabia:

¡Ya está! ¡No va a haber boda!

***

La boda, en efecto, nunca se celebró.

No me arrepiento de nada. Sé que tomé la decisión correcta.

¿Y Sergio? Aún hoy no entiende qué pasó. Pensará que, total, solo eran unos calcetines ¡Si llega a saber que con quitárselos todo se arreglaba!

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

4 × three =

Ese regusto amargo —¡Ya está, se acabó! ¡No va a haber ninguna boda! —exclamó Marina. —Espera, ¿qué ha pasado? —se desconcertó Ilya—. ¡Si todo iba bien! —¿Bien? —esbozó una sonrisa irónica Marina—. Sí, claro… bien. Simplemente… —calló unos segundos, pensando a toda prisa cómo explicárselo… pero al final soltó la pura verdad—: ¡Te huelen fatal los calcetines! ¡No estoy preparada para respirar eso el resto de mi vida!
Una amiga mía tardó mucho en encontrar marido, pero cuando por fin lo logró, su suegra se convirtió en un nuevo reto.