Kuzey llega jadeando a casa tras la llamada urgente de Bahar y la encuentra en la puerta con la maleta; ella, con el rostro pálido y la determinación en la mirada, le dice que se marcha porque no quiere molestarle ni a él ni a su madre, revela que la madre de Kuzey lo sabe todo y les ofreció dinero para que Bahar desapareciera, confiesa su intento de suicidio y la presión familiar, mientras Kuzey intenta retenerla y ella, rota de dolor pero decidida, le pregunta si se casarán y él, con frialdad, niega cualquier posibilidad de matrimonio; frente al abismo emocional, ambos pactan una tregua de una semana, para decidir si merece la pena arriesgarlo todo por lo que queda entre ellos, posponiendo un adiós definitivo por siete días de esperanza y silencio en una casa donde el tiempo es la última oportunidad que les queda.

Mira, tengo que contarte algo que acaba de pasar Imagínate la escena: Lucas sube corriendo las escaleras, sudando, porque acaba de recibir una llamada urgente de Inés. Y cuando entra en casa, de golpe se queda parado en seco, porque la ve allí mismo, en la puerta, con una maleta al lado. Está pálida, con los ojos aún húmedos, pero la mirada le brilla de determinación.
Me voy le suelta, casi en un susurro, mientras le da un beso cortísimo, más símbolo de despedida que otra cosa, en la mejilla. No quiero ser una molestia para ti ni para tu madre. Adiós, Lucas. Sé feliz.
Lucas la mira como si no se lo pudiera creer, y hasta le cambia la voz:
Pero Inés, ¿qué dices? ¿Por qué mencionas a mi madre ahora?
Ella baja la vista y expira hondo:
Porque ella sabe lo de aquella noche. Todo lo que pasó entre nosotros.
Lucas se pasa la mano por el pelo, nervioso, y se aprieta la nuca.
Madre mía ¿Cómo se ha enterado?
Leyó la carta que dejé el día que el día ese de las pastillas.
Espera, espera y frunce el ceño Me juraste que no era un intento de suicidio
Mentí para que no te preocuparas. No quería ser una carga para ti. Pero tu madre no me quiere cerca. Tiene miedo de que acabemos casándonos. Y nos ofreció dinero a mi madre y a mí a cambio de que me fuera.
En este momento, Lucas se queda boquiabierto:
¿Cómo? ¿Te ha dado DINERO?
Sí. Pero no lo aceptamos. Yo nunca podría hacerlo. Por eso ahora me voy. Así todos tendréis calma.
Lucas agarra la maleta y la aparta con un gesto seco:
Ni hablar, Inés. No te vas a ir a ninguna parte. No pienso dejar que desaparezcas de mi vida.
No tengo opción, Lucas, tienes que entenderlo. Mi madre también sabe lo nuestro. Dice que he arruinado mi vida que preferiría morirse antes que escuchar algo así. Si no nos casamos, no va a dejarte en paz. Y tu madre me odia La tía Pilar me mira como si fuera una apestada. Nadie me quiere aquí. La única manera de que todos tengáis un poco de tranquilidad es que yo me marche.
Lucas se acerca y le clava los ojos, muy serio:
Inés no pienso dejarte. Algo encontraremos. Tu madre acabará aceptándolo, y la mía también. Ya verás, todo se soluciona.
Ella lo mira como si una parte de ella aún quisiera creerle:
Lucas ¿Eso significa que vamos a casarnos?
El aire se espesa de repente. Inés aguarda, casi sin parpadear, como si todo dependiera de ese sí o ese no.
Lucas la coge de la mano, y por dentro ella sueña escuchar esas palabras que tanto ha esperado. Las mismas que se le repiten en la cabeza, que tantas veces ha soñado antes de dormir:
No he podido olvidarte desde aquella noche. Me enamoré de ti, Inés. No sales de mi cabeza, ni de mi corazón. Te veos por todas partes. Te quiero. Cásate conmigo. Sé mi mujer.
Pero no. Lucas, el real, el de carne y hueso, está allí mismo y no dice nada de eso. Cuando rompe el silencio, su voz suena fría y no tiene ni pizca de emoción:
Por supuesto que no vamos a casarnos, Inés. No podemos. Algo así nunca pasará.
La pausa posterior duele mucho más que cualquier grito. Inés baja la cabeza, aprieta los labios, y recoge la maleta con una lentitud casi ritual. El silencio cuenta mucho más que cualquier lágrima.
Ella atraviesa el umbral con la malaeta ya fuera de casa, y sus dedos se agarran al asa como si de eso dependiera que no se caiga el mundo.
Lucas da un pasito para adelante, y le tiembla la voz:
Mira no puedo decirte cásate conmigo. No ahora. No porque no quiera, sino porque sería un paripé para que todos estén tranquilos, y ya has mentido tú bastante por los dos.
Ella se queda quieta. No se vuelve, pero tampoco sale.
Él insiste, hablando bajo:
No te quiero como mereces y quizás nunca pueda hacerlo. Pero no quiero que desaparezcas. No por mi madre, ni por la tuya, ni por aquella noche, ni por ese dinero. Si te vas ahora, parecerá que has perdido. Y no has perdido, Inés. Lo que pasa es que estás cansada de cargar tú sola el peso de todo esto.
Muy despacio, como quien nota algo nuevo, ella gira la cabeza. Y en su mirada ya no hay ni esperanza, ni dolor: ahora hay una calma extraña, como de alguien que ya ha decidido.
Entonces, ¿qué me propones? ¿Que me quede aquí como tu amiga? ¿Compañera de fatigas? ¿Recuerdo vivo de lo que no fuiste capaz de hacer?
Esta vez, él le sostiene la mirada sin apartarla ni un segundo.
Te propongo que te vayas. Pero que no huyas. No que desaparezcas, sino que te marches conmigo. Que vayamos a un sitio donde nadie sepa nuestros apellidos, ni aquella noche, ni las broncas de nuestras madres, ni las deudas. Que te vayas, pero conmigo. No como pareja, ni esposos. Solo juntos. Para averiguar si algún día podemos llegar a ser gente que ya no se odia por lo que pasó.
El silencio que sigue pesa como una losa. Pero luego Inés suelta la maleta. Golpea el suelo, bajito.
Da un paso hacia dentro, simplemente regresa al piso. No va hacia él, simplemente entra otra vez. Las puertas quedan abiertas.
Dame una semana dice, tan serena . Una semana para decidir si vuelvo a arriesgarlo todo por alguien que ni siquiera me promete amor.
Lucas asiente. Solo una vez, despacio.
Una semana repite.
Colecciona la maleta y la deja junto a la pared del pasillo. No la abre, ni la deshace.
Luego la mira. Largamente. Como si la viera de nuevo, de verdad, desde fuera.
¿Y si en una semana te digo no me dejarás ir?
Ella sonríe, torcida, sincera de dolor y de alivio a la vez:
Si en una semana me dices no yo misma te llevo la maleta al taxi. Sin drama, te lo juro.
Ella asiente, apenas perceptible.
La puerta se cierra, despacio, y esta vez parece que nada se termina, sino que simplemente el tiempo se detiene un poco.
Y al otro lado de esa puerta solo hay una semana.
Una sola.
Y dos personas que están tan rotas que, por primera vez, no intentan salvarse a base de querer demasiado, sino dándole una oportunidad al tiempo.

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Kuzey llega jadeando a casa tras la llamada urgente de Bahar y la encuentra en la puerta con la maleta; ella, con el rostro pálido y la determinación en la mirada, le dice que se marcha porque no quiere molestarle ni a él ni a su madre, revela que la madre de Kuzey lo sabe todo y les ofreció dinero para que Bahar desapareciera, confiesa su intento de suicidio y la presión familiar, mientras Kuzey intenta retenerla y ella, rota de dolor pero decidida, le pregunta si se casarán y él, con frialdad, niega cualquier posibilidad de matrimonio; frente al abismo emocional, ambos pactan una tregua de una semana, para decidir si merece la pena arriesgarlo todo por lo que queda entre ellos, posponiendo un adiós definitivo por siete días de esperanza y silencio en una casa donde el tiempo es la última oportunidad que les queda.
—¡La casa que habéis construido ha llegado justo a tiempo! Estamos esperando al primogénito, nos instalaremos en vuestra casa, al fresco — comentó la hermana del marido, pero yo la puse en su lugarSin embargo, antes de que pudiera decir más, el bebé comenzó a balbucear una canción que resonaba con la vieja guitarra colgada en la pared.