La elección —“Y resulta que Fede está más casado que nadie…”—suspiraba Svetlana, sentada en un banco del parque, mientras apretaba en el bolsillo la hoja para la consulta. Las compañeras de residencia la envidiaban cuando la veían pasear del brazo de aquel moreno de ojos azules, tan elegante y refinado; pensaban que había tenido suerte con semejante galán. Pero, al final, no era para tanto. A Svetlana se le erizó la piel al recordar la primera y última vez que la esposa de Fede la abordó a la salida de la fábrica para dejarle las cosas claras. —¡Hola! Tú eres Svetlana, ¿verdad? —empezó ella. —¿Y usted quién es? —Se asustó Svetlana ante la mirada intensa de aquella mujer alta, delgada, con el pelo color ceniza. —Soy Olga, la esposa de Fede Mizintsev. —¿Cómo? —Como lo oyes. —Otra ingenua más —comentó la mujer, con frialdad—. ¿Y cuántas seréis en el mundo como tú? No os acabáis nunca, cazadoras de la felicidad ajena… —¿Pero usted quién se cree? —No, escúchame tú —Olga la agarró por el codo con firmeza—. ¿Tú quién te crees para andar con mi marido? Yo soy su mujer, te vi con él, y encima vienes a hacerte la digna, en lugar de disculparte y desaparecer de vergüenza, aunque… así actúa la gente decente, y no parece tu caso. —Él ha tenido muchas como tú —sentenció, mirándola de arriba abajo—. No habría dedos en pies y manos para contarlas. Te has liado con un casado, ¡sinvergüenza! Él es un hombre, un cazador. ¿Entiendes? Para él solo has sido una aventura pasajera. Aprovecha y vete olvidando. Aléjate de él. Por cierto, tenemos dos hijas, si quieres te enseño foto de familia —Olga sacó una instantánea entrañable y se la tendió a una atónita Svetlana—. ¡Mira! Prueba de un gran amor. Eso fue en Benidorm, hace dos meses… —¿Y ahora qué? —¿Qué quiere de mí? Arréglese usted con su marido, no conmigo. —Tranquila, ya lo haré, no te preocupes. Él acaba de entrar a trabajar en la fábrica, buen sueldo… y de repente apareces tú en nuestras vidas. Déjalo por las buenas. No te creas sus promesas, Fede no va a divorciarse. No pierdas el tiempo. ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta? —¡Veinticinco! —protestó Svetlana, dolida. —Eso, aún tienes tiempo de casarte y tener hijos. Pero a Fede, déjalo en paz. Svetlana no quiso oír más. Con las piernas de algodón, se alejó de la esposa de su amante, aquella intrusa inesperada que acababa de hacer trizas sus sueños y esperanzas. —Traidor… —murmuró Svetlana, un nudo en la garganta. No podía permitirse llorar en público. No quería rumores en el trabajo. Esa tarde, como si nada, apareció Fede con flores. Svetlana, con los ojos hinchados, lo echó de casa a pesar de las promesas y los juramentos de amor, a pesar de que aseguraba que lo suyo con su mujer estaba más que acabado. Pasaron dos semanas hasta que Svetlana pudo recomponerse. Fede no volvió a molestarla; fingía no conocerla si se cruzaban. El colmo llegó cuando los vómitos y los mareos matutinos, que atribuyó al disgusto, le hicieron comprender que aquel amor ingenuo había dado su fruto. —Seis semanas —le sonaba a condena. Svetlana no quería ser madre soltera. Tenía miedo y la sensación de que todos la miraban, que todos murmuraban sobre ella y su mala elección al confiar en quien apenas conocía. Fede le había ocultado que estaba casado. ¿Qué podía haber hecho? ¿Pedirle el DNI? Ni siquiera llevaba alianza; no todos los casados la llevan. ¿Por qué no sospechó cuando él le pidió guardar su relación en secreto en el trabajo? La engañó, pero lo que más le dolía era la vergüenza social. Además, la fábrica ya hablaba de la visita de Olga. —Estoy embarazada —aprovechando la pausa para comer, se atrevió a confesarle a Fede. —Te doy dinero, pero haz lo que hay que hacer —le soltó él, seco. Al día siguiente, Fede se fue de la empresa y desapareció para siempre de su vida. Svetlana sabía que no podía esperar más. A pesar de las recomendaciones del médico, aceptó la derivación para “la operación”. Ahora, sentada en el parque, apretaba el papel como si temiera perderlo. —¿Tienes prisa? —preguntó un chico en traje y con un gran ramo de crisantemos burdeos, dejándose caer junto a Svetlana. —¿Cómo? —le miró ella con los ojos vacíos. —Tu reloj va adelantado —le dijo, apuntando a su pulserita dorada. —Siempre me va diez minutos adelantado, pero de nada sirve… —suspiró Svetlana, dándole la espalda. —El día está precioso. ¿No cree? Un veranillo de San Miguel. A mi madre le encanta, dice que en días así tomó la mejor decisión de su vida y nunca se ha arrepentido. ¿Sabes? —no paraba de hablar el chico, inesperado—. ¡Mi madre es la mejor! —y sacó el pulgar en alto—. Le estoy muy agradecido. —¿Y tu padre?… —se le escapó a Svetlana. —Mi madre nunca habla de él, ni yo pregunto; veo que no le agrada recordarlo… Vuelvo de una entrevista de trabajo. ¿Sabes? ¡Me han elegido a mí entre diez! Soy el único que les ha valido, sin experiencia ni nada. Increíble… Mi madre siempre ha confiado en mí, por eso he llegado hasta aquí… Ya sé en qué gastaré mi primer sueldo: le regalaré un viaje al mar a mi madre, que nunca lo ha visto. ¿Y tú? ¿Has estado en la playa alguna vez? —No —respondió Svetlana, clavando la mirada en su corbata burdeos. El chico resplandecía de felicidad. —Es regalo de mi madre —se la acarició, notando que ella la miraba. —Debo haberte aburrido con tanto hablar, pero necesitaba compartir mi alegría; tienes un aire tan triste… Pensé que quizás necesitabas compañía. ¿Te estoy molestando? Svetlana negó con la cabeza. El chico lograba calmar sus pensamientos oscuros. Su adoración por su madre la conmovió. “¡Qué amor tan grande! —pensaba ella, escuchándole, casi sonriendo—. Qué suerte la de su madre… Ojalá tuviera yo un hijo así…” —Bueno, me voy. Mi madre me espera en casa. ¡No corras, eh! —¿Perdón? —Que se lo digo a tu reloj. —Sonrió él. —Ah… —sonrió ligera ella también. Al minuto, el chico desaparecía al cruzar la esquina y Svetlana, de pronto serena, rompió en pedacitos la hoja que tanto miedo le había dado. Se quedó allí, aspirando el aire dulce de otoño, cálida por primera vez en mucho tiempo. No estaba sola. Esa mujer había criado a su hijo sin ayuda, y qué hijo… Lástima no haberle preguntado el nombre, pero daba igual ya. La decisión estaba tomada. *** Veintitrés años después… —Mamá, que llego tarde —Stas estaba frente al espejo, mientras su madre le anudaba aquella corbata burdeos, recién comprada para su gran entrevista de trabajo. —¿Será necesario? —Para dar suerte, de verdad. Saldrá todo bien, te cogerán… Así, ¡perfecto! —dijo Svetlana, echándose atrás para admirar a su hijo. —Estoy nervioso… —Te espera ese puesto. Responde con claridad y no te olvides de sonreír. Eres irresistible. —Vale, mamá —Stas le dio un beso en la mejilla y salió corriendo. Svetlana lo siguió con la mirada desde la ventana. El ser más querido, más cercano… Caminando decidido hacia la parada del bus. De pronto, un escalofrío… ¿Dónde había visto antes esa escena? Aquel chico del parque, más de veinte años atrás… Stas ahora, vestido igual, le recordaba a aquel desconocido… Tantos años, y de repente, aquella imagen revive. ¿Cómo era posible? ¿Sería que el destino le dio la oportunidad de ver en aquel muchacho al hijo del que dudaba… y tomar la decisión correcta, la que la condujo al camino correcto? ¿Y por qué no le preguntó el nombre ni el de su madre, aunque eran casi de la misma edad? Bueno, ya no importaba. Todo salió maravillosamente… Esa tarde Stas regresó a casa con un gran ramo de crisantemos burdeos, a juego con su corbata, y la noticia de que le habían dado el puesto. Prometió que le regalaría el viaje al mar a su madre, porque ella nunca lo ha conocido. Ahora le toca cuidarla a ella. Por Svetlana movería montañas. Ese es el hijo que tiene. Y aunque han tenido dificultades, Svetlana siempre encuentra paz apoyándose en su hijo. Superaron todo, se mantuvieron firmes y nunca perdió la esperanza. Jamás se arrepintió de haberlo tenido. Eligió el camino correcto, su propio destino. Y así tenía que ser.

La elección

Y resulta que Fernando está casadísimo suspiraba Sonsoles, sentada en un banco de un parque, apretando en el bolsillo una hoja con la derivación al quirófano.

En la residencia de estudiantes, sus compañeras le tenían cierta envidia, al verla con aquel moreno de ojos azules, siempre tan elegante y educado; pensaban que tenía suerte por haber encontrado tal caballero. Pero al final, no había nada que envidiar.

Sonsoles se estremeció al recordar la primera y última vez que se encontró con la esposa de Fernando, quien la esperaba a la salida de la fábrica solo para dejarle claras las cosas.

Hola, tú debes de ser Sonsoles empezó la mujer.

¿Y usted quién es? respondió sobresaltada, intimidada por la mirada penetrante de la alta mujer de cabello rubio casi blanco.

Yo soy Olga, la esposa de Fernando Martín.

¿Cómo dice?

Lo que has oído.

Otra ingenua respondió la mujer con calma, ¿cuántas chicas como tú habrá? No os acabáis nunca, las cazadoras de vidas ajenas.

¿Pero quién se cree que es usted?

Mira la rubia le cogió suavemente del codo, ¿no crees que está fuera de lugar ser tú la que ahora se molesta? Yo soy la esposa legítima. Te he visto con mi marido, y aún así, vas de digna cuando deberías pedirme disculpas y desear no ver mi cara nunca más Pero claro, eso lo hacen las personas íntegras, y por lo visto no es tu caso.

Fernando ha estado con muchas como tú. ¡No tendría dedos en las manos y los pies para contarlas! Pero claro, os creéis historias, os hacéis ilusiones

Él es hombre, y los hombres, cazan. ¿Me entiendes? Para Fernando solo eres una aventura. Pasa el rato y después ni se recuerda tu nombre. Así que aléjate de él.

Por cierto, tenemos dos hijas. Te puedo enseñar una foto familiar. Olga sacó una fotografía y se la mostró a Sonsoles, impresionada. ¡Este es el testimonio de nuestro amor! Eso es en Benidorm, hace dos meses ¿Ahora qué dices?

¿Qué quiere de mí? Arréglese con su marido.

No te preocupes, ya lo haré. Pero desde que él empezó a trabajar aquí y ganó un buen sueldo, apareciste tú para fastidiarnos la vida. Vete por las buenas. No te creas sus promesas, Fernando no piensa divorciarse ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta, ya?

¡Veinticinco! replicó Sonsoles dolida.

Por eso mismo. Aún tienes tiempo de encontrar un buen chico y formar tu familia. Pero deja a Fernando en paz.

Sonsoles ya no quiso seguir escuchando a Olga. Con las piernas temblorosas, se marchó, alejándose de aquella esposa que había irrumpido de golpe en su mundo ilusionado, derribando todos sus sueños de golpe.

Traidor murmuraba Sonsoles, con un nudo en la garganta, haciendo todo lo posible por contener el llanto en público y evitar cotilleos en el trabajo.

Por la tarde, como si nada hubiera pasado, Fernando apareció en casa de Sonsoles con un ramo de flores. Ella, con los ojos hinchados de llorar, lo echó fuera. No le bastaron sus promesas ni aquel mi mujer y yo ya no somos nada.

Dos semanas tardó Sonsoles en recuperarse. Fernando no volvió a buscarla, simplemente la ignoraba y miraba hacia otro lado si se cruzaban.

Pero los problemas nunca vienen solos Las náuseas y el mareo matutino, que al principio atribuyó a los nervios, pronto dejaron claro que su amor fugaz con Fernando había tenido consecuencias.

Seis semanas, sonaba casi como una condena.

Sonsoles no quería ser madre soltera. Le asaltó el miedo. Sentía la presión de las miradas, como si todo el mundo supiera lo que había hecho, fiándose de un hombre al que apenas conocía de verdad.

Fernando le había ocultado que estaba casado. ¿Qué iba a hacer? ¿Pedirle el DNI cuando lo conoció? Ni llevaba anillo, que hay muchos casados que ni lo llevan.

¿Por qué no sospechó nada cuando él le pidió guardar en secreto su relación en el trabajo?

Él la engañó, pero saberlo no le quitaba peso al corazón, y además en la fábrica corría el rumor detallado de la visita de Olga.

Estoy embarazada le confesó a su antiguo amante durante la pausa de la comida, ya sin esperanzas.

Te doy dinero, pero haz lo que tengas que hacer le espetó él, sin mirarla.

Al día siguiente, Fernando se despidió y jamás volvió a aparecer en su vida.

Sonsoles sabía que no podía demorar la decisión. Pese a las advertencias de la doctora, recogió el parte de ingreso para la intervención.

Y ahí estaba, sentada en el banco, apretando el papel como si temiera perderlo.

¿Lleva prisa? le preguntó un chico joven de traje al sentarse a su lado con un ramo gigante de crisantemos burdeos.

¿Perdón? ella le miró con los ojos turbios de tristeza.

Que si su reloj va adelantado señaló él, refiriéndose a los pequeños relojes dorados en su muñeca.

Siempre me adelanta diez minutos. Lo pongo en hora continuamente pero da igual dijo Sonsoles, con desinterés, dando la espalda.

Hace un día estupendo. De estos de veroño que tanto gustan a mi madre. Ella siempre dice que tomó la mejor decisión de su vida un día así, y que nunca se ha arrepentido comentó, animado, el compañero inesperado.

¿Sabes? continuó, con contagioso entusiasmo, mi madre es la mejor del mundo. Le estoy muy agradecido.

¿Y tu padre? le preguntó Sonsoles, casi sin pensar.

De él nunca me habla, y yo tampoco insisto. Veo que le cuesta recordar

Vengo de una entrevista de trabajo. Fíjate, me han elegido entre diez candidatos para un puesto muy bueno. Casi no me lo creo, si ni siquiera tengo experiencia. Mi madre es quien siempre me da confianza.

¿Sabes qué haré con mi primer sueldo? Le compraré un viaje al mar, porque nunca ha estado.

¿Y tú? ¿Has estado alguna vez en el mar? preguntó, sonriendo.

No contestó Sonsoles, mirándole fijamente. Se fijó por primera vez en su corbata burdeos.

El chico sonreía, lleno de ilusión.

Un regalo de mi madre presumió, acariciando la corbata.

Perdona mi charla, pero me apetecía compartir esta alegría; te ves tan triste Pensé que tal vez necesites hablar con alguien. ¿He sido pesado?

Sonsoles negó con la cabeza. En realidad, su charla había conseguido detener el remolino de pensamientos oscuros en el que se había sumido. Admiraba aquel amor filial.

¡Qué amor tan leal! pensaba ya con ternura, escuchándole hablar. Qué suerte tiene su madre ¿Cómo me gustaría tener un hijo así?

Bueno, me voy. Mi madre me espera y estará inquieta ¡No corras! le advirtió al despedirse.

¿Cómo?

Hablo de tu reloj sonrió él.

Ah respondió ella con una leve sonrisa.

En cuanto se perdió en la distancia, Sonsoles sacó aquel papel que hasta minutos antes no quería soltar y lo rompió en mil pedazos.

Permaneció mucho rato sentada, respirando el aire tibio de aquel día otoñal, sintiendo un bienestar inesperado, como si la charla con aquel desconocido le hubiera devuelto la fuerza y la paz.

Sonsoles ya no se sentía sola. Aquella mujer sola había criado a un hijo maravilloso. Lástima no haberle preguntado el nombre, aunque eso ya no tenía importancia.

La elección estaba hecha.

***

Veintitrés años después

Mamá, que llego tarde murmuró Estanislao, ajustándose la americana mientras su madre le ayudaba a ponerse la corbata burdeos, comprada el día anterior para una entrevista clave.

¿Por qué no vas sin corbata?

Da seguridad. De verdad, mamá, todo irá bien. Me van a coger le dijo Sonsoles, terminando de arreglarle el nudo con mimo.

Nerviosito, ¿eh? Tú relájate, responde seguro y sonríe. Eres genial.

Gracias, mamá le dio un beso en la mejilla y salió deprisa hacia la estación.

Sonsoles, mirándolo desde la ventana mientras él se alejaba, sintió de pronto un escalofrío Aquello ya lo había vivido

El chico del parque, más de veinte años atrás

Ahora veía a Estanislao de traje y se le apareció aquella estampa casi olvidada. ¿Cómo era posible?

Quizá, aquella vez, la vida le permitió ver con sus ojos a quien quería rechazar, dándole la oportunidad de elegir un rumbo mejor.

Y si no le preguntó el nombre, ¿qué más daba ahora?

Todo había salido bien.

Aquella tarde, Estanislao regresó con un ramo enorme de crisantemos burdeos a juego con la corbata y la noticia de que le habían dado el trabajo. Le dijo a Sonsoles que pronto irían juntos al mar, que ella nunca había estado cerca del mar.

Ahora sería él quien cuidaría a su madre, la mujer más importante de su vida. Por ella sería capaz de mover montañas.

Por muchas dificultades que afrontaron juntos, un abrazo con su hijo bastaba para aliviar cualquier pesar.

Superaron todo. No se rindieron.

Sonsoles nunca se arrepintió de traerlo al mundo. Tomó la decisión correcta.

Y así debía ser.

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La elección —“Y resulta que Fede está más casado que nadie…”—suspiraba Svetlana, sentada en un banco del parque, mientras apretaba en el bolsillo la hoja para la consulta. Las compañeras de residencia la envidiaban cuando la veían pasear del brazo de aquel moreno de ojos azules, tan elegante y refinado; pensaban que había tenido suerte con semejante galán. Pero, al final, no era para tanto. A Svetlana se le erizó la piel al recordar la primera y última vez que la esposa de Fede la abordó a la salida de la fábrica para dejarle las cosas claras. —¡Hola! Tú eres Svetlana, ¿verdad? —empezó ella. —¿Y usted quién es? —Se asustó Svetlana ante la mirada intensa de aquella mujer alta, delgada, con el pelo color ceniza. —Soy Olga, la esposa de Fede Mizintsev. —¿Cómo? —Como lo oyes. —Otra ingenua más —comentó la mujer, con frialdad—. ¿Y cuántas seréis en el mundo como tú? No os acabáis nunca, cazadoras de la felicidad ajena… —¿Pero usted quién se cree? —No, escúchame tú —Olga la agarró por el codo con firmeza—. ¿Tú quién te crees para andar con mi marido? Yo soy su mujer, te vi con él, y encima vienes a hacerte la digna, en lugar de disculparte y desaparecer de vergüenza, aunque… así actúa la gente decente, y no parece tu caso. —Él ha tenido muchas como tú —sentenció, mirándola de arriba abajo—. No habría dedos en pies y manos para contarlas. Te has liado con un casado, ¡sinvergüenza! Él es un hombre, un cazador. ¿Entiendes? Para él solo has sido una aventura pasajera. Aprovecha y vete olvidando. Aléjate de él. Por cierto, tenemos dos hijas, si quieres te enseño foto de familia —Olga sacó una instantánea entrañable y se la tendió a una atónita Svetlana—. ¡Mira! Prueba de un gran amor. Eso fue en Benidorm, hace dos meses… —¿Y ahora qué? —¿Qué quiere de mí? Arréglese usted con su marido, no conmigo. —Tranquila, ya lo haré, no te preocupes. Él acaba de entrar a trabajar en la fábrica, buen sueldo… y de repente apareces tú en nuestras vidas. Déjalo por las buenas. No te creas sus promesas, Fede no va a divorciarse. No pierdas el tiempo. ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta? —¡Veinticinco! —protestó Svetlana, dolida. —Eso, aún tienes tiempo de casarte y tener hijos. Pero a Fede, déjalo en paz. Svetlana no quiso oír más. Con las piernas de algodón, se alejó de la esposa de su amante, aquella intrusa inesperada que acababa de hacer trizas sus sueños y esperanzas. —Traidor… —murmuró Svetlana, un nudo en la garganta. No podía permitirse llorar en público. No quería rumores en el trabajo. Esa tarde, como si nada, apareció Fede con flores. Svetlana, con los ojos hinchados, lo echó de casa a pesar de las promesas y los juramentos de amor, a pesar de que aseguraba que lo suyo con su mujer estaba más que acabado. Pasaron dos semanas hasta que Svetlana pudo recomponerse. Fede no volvió a molestarla; fingía no conocerla si se cruzaban. El colmo llegó cuando los vómitos y los mareos matutinos, que atribuyó al disgusto, le hicieron comprender que aquel amor ingenuo había dado su fruto. —Seis semanas —le sonaba a condena. Svetlana no quería ser madre soltera. Tenía miedo y la sensación de que todos la miraban, que todos murmuraban sobre ella y su mala elección al confiar en quien apenas conocía. Fede le había ocultado que estaba casado. ¿Qué podía haber hecho? ¿Pedirle el DNI? Ni siquiera llevaba alianza; no todos los casados la llevan. ¿Por qué no sospechó cuando él le pidió guardar su relación en secreto en el trabajo? La engañó, pero lo que más le dolía era la vergüenza social. Además, la fábrica ya hablaba de la visita de Olga. —Estoy embarazada —aprovechando la pausa para comer, se atrevió a confesarle a Fede. —Te doy dinero, pero haz lo que hay que hacer —le soltó él, seco. Al día siguiente, Fede se fue de la empresa y desapareció para siempre de su vida. Svetlana sabía que no podía esperar más. A pesar de las recomendaciones del médico, aceptó la derivación para “la operación”. Ahora, sentada en el parque, apretaba el papel como si temiera perderlo. —¿Tienes prisa? —preguntó un chico en traje y con un gran ramo de crisantemos burdeos, dejándose caer junto a Svetlana. —¿Cómo? —le miró ella con los ojos vacíos. —Tu reloj va adelantado —le dijo, apuntando a su pulserita dorada. —Siempre me va diez minutos adelantado, pero de nada sirve… —suspiró Svetlana, dándole la espalda. —El día está precioso. ¿No cree? Un veranillo de San Miguel. A mi madre le encanta, dice que en días así tomó la mejor decisión de su vida y nunca se ha arrepentido. ¿Sabes? —no paraba de hablar el chico, inesperado—. ¡Mi madre es la mejor! —y sacó el pulgar en alto—. Le estoy muy agradecido. —¿Y tu padre?… —se le escapó a Svetlana. —Mi madre nunca habla de él, ni yo pregunto; veo que no le agrada recordarlo… Vuelvo de una entrevista de trabajo. ¿Sabes? ¡Me han elegido a mí entre diez! Soy el único que les ha valido, sin experiencia ni nada. Increíble… Mi madre siempre ha confiado en mí, por eso he llegado hasta aquí… Ya sé en qué gastaré mi primer sueldo: le regalaré un viaje al mar a mi madre, que nunca lo ha visto. ¿Y tú? ¿Has estado en la playa alguna vez? —No —respondió Svetlana, clavando la mirada en su corbata burdeos. El chico resplandecía de felicidad. —Es regalo de mi madre —se la acarició, notando que ella la miraba. —Debo haberte aburrido con tanto hablar, pero necesitaba compartir mi alegría; tienes un aire tan triste… Pensé que quizás necesitabas compañía. ¿Te estoy molestando? Svetlana negó con la cabeza. El chico lograba calmar sus pensamientos oscuros. Su adoración por su madre la conmovió. “¡Qué amor tan grande! —pensaba ella, escuchándole, casi sonriendo—. Qué suerte la de su madre… Ojalá tuviera yo un hijo así…” —Bueno, me voy. Mi madre me espera en casa. ¡No corras, eh! —¿Perdón? —Que se lo digo a tu reloj. —Sonrió él. —Ah… —sonrió ligera ella también. Al minuto, el chico desaparecía al cruzar la esquina y Svetlana, de pronto serena, rompió en pedacitos la hoja que tanto miedo le había dado. Se quedó allí, aspirando el aire dulce de otoño, cálida por primera vez en mucho tiempo. No estaba sola. Esa mujer había criado a su hijo sin ayuda, y qué hijo… Lástima no haberle preguntado el nombre, pero daba igual ya. La decisión estaba tomada. *** Veintitrés años después… —Mamá, que llego tarde —Stas estaba frente al espejo, mientras su madre le anudaba aquella corbata burdeos, recién comprada para su gran entrevista de trabajo. —¿Será necesario? —Para dar suerte, de verdad. Saldrá todo bien, te cogerán… Así, ¡perfecto! —dijo Svetlana, echándose atrás para admirar a su hijo. —Estoy nervioso… —Te espera ese puesto. Responde con claridad y no te olvides de sonreír. Eres irresistible. —Vale, mamá —Stas le dio un beso en la mejilla y salió corriendo. Svetlana lo siguió con la mirada desde la ventana. El ser más querido, más cercano… Caminando decidido hacia la parada del bus. De pronto, un escalofrío… ¿Dónde había visto antes esa escena? Aquel chico del parque, más de veinte años atrás… Stas ahora, vestido igual, le recordaba a aquel desconocido… Tantos años, y de repente, aquella imagen revive. ¿Cómo era posible? ¿Sería que el destino le dio la oportunidad de ver en aquel muchacho al hijo del que dudaba… y tomar la decisión correcta, la que la condujo al camino correcto? ¿Y por qué no le preguntó el nombre ni el de su madre, aunque eran casi de la misma edad? Bueno, ya no importaba. Todo salió maravillosamente… Esa tarde Stas regresó a casa con un gran ramo de crisantemos burdeos, a juego con su corbata, y la noticia de que le habían dado el puesto. Prometió que le regalaría el viaje al mar a su madre, porque ella nunca lo ha conocido. Ahora le toca cuidarla a ella. Por Svetlana movería montañas. Ese es el hijo que tiene. Y aunque han tenido dificultades, Svetlana siempre encuentra paz apoyándose en su hijo. Superaron todo, se mantuvieron firmes y nunca perdió la esperanza. Jamás se arrepintió de haberlo tenido. Eligió el camino correcto, su propio destino. Y así tenía que ser.
— ¡No, no lo entiendes! — replicó ella. — ¡No puedes comprender! Eres joven, tienes todo por delante. Yo ya soy mayor, enferma. La presión se dispara