Clara Estévez, viuda desde hace más de una década, pensaba que a sus 67 años ya no quedaban sorpresa…

Carmen Sánchez, con sus 67 años, llevaba más de diez años echando en falta la presencia de su esposo. La vida se le deslizaba entre el bullicio del Mercado de San Miguel, los paseos tranquilos por El Retiro y llamadas ocasionales de sus hijos, residentes ya en otras ciudades. Para ella, las sorpresas quedaban lejos; pensaba que las emociones intensas eran cosa de los veinteañeros.
Sin embargo, todo cambió una tarde cualquiera en la estación de tren de Chamartín, en Madrid.
Carmen estaba sentada en un banco, absorta en un libro antiguo de Antonio Muñoz Molina, cuando oyó una voz suave junto a ella:
Disculpa, ¿ese libro no es El invierno en Lisboa?
Alzó la mirada. Frente a ella, un hombre alto de cabellos plateados y sonrisa reservada la observaba.
Sí respondió ella, cerrando el libro con delicadeza. ¿Lo conoces?
Lo leí cuando era joven y no he podido olvidarlo. Me llamo Francisco Herrera.
Algo en el tono sincero de Francisco movió algo profundo en Carmen, algo que creía dormido. Se quedaron charlando, primero sobre el libro, después sobre trenes, sobre zarzuelas, sobre la vida. El reloj avanzó volando, y por poco olvidan los destinos que los esperaban.
Las semanas siguientes comenzaron a encontrarse casualmente en la estación. Algunas mañanas Carmen tomaba café en la cafetería del vestíbulo, y allí aparecía Francisco, excusándose con retrasos de tren inventados. Otras veces, él decía simplemente que le gustaba ver el ajetreo de la estación, aunque ambos sabían que se buscaban mutuamente.
En una tarde gris y chispeante, Francisco dejó de lado la timidez:
Carmen, llevo mucho tiempo viajando solo, y te aseguro que no hay nada más vacío que llegar a un sitio nuevo y no tener con quién compartirlo. ¿Vendrías conmigo algún día?
Carmen titubeó. Hacía tanto que no aceptaba una invitación, tantos años sin abrirse a lo inesperado Pero la ternura en la mirada de Francisco despejó sus dudas.
Vale, pero elijo yo adónde vamos.
El siguiente sábado tomaron juntos un tren rumbo a Ávila. Pasearon por murallas centenarias, disfrutaron de una comida sencilla de tortilla y pimientos y, al caer la tarde, se sentaron en el mirador de los Cuatro Postes, frente al Adaja. Francisco tomó cariñosamente la mano de Carmen y ella no la soltó.
¿Sabes? musitó él. Creía que el amor era ya terreno pasado.
Yo igual susurró ella. Pero mira, parece que nos equivocábamos.
Aquel día marcó un nuevo inicio. Se aficionaron a viajar juntos por Castilla, leían poesía bajo el sol de los parques, improvisaban recetas de cocido en casa. Descubrieron que la vida no termina con las arrugas, y que aún podía acelerarse el corazón como cuando eran jóvenes.
No obstante, no todo era sencillo. Carmen temía la reacción de sus hijos: ¿Una pareja con tu edad? ¿Para qué?. Y Francisco, también viudo, arrastraba el peso de los recuerdos de una gran historia de amor. Pero ambos eligieron vivir el hoy, sin pedir permiso a los recuerdos, ni disculpa al futuro.
Una noche, en el mismo andén veinte donde se cruzaron por primera vez, Carmen susurró:
¿Te das cuenta? Si aquel día no te hubieras acercado, seguiríamos siendo dos desconocidos con prisa.
Por eso siempre te agradeceré por llevar aquel libro respondió Francisco, sonriendo. Porque gracias a esas páginas, encontré mi paz.
Aquel amor, nacido entre trenes y casualidades, les enseñó que nunca es tarde para volver a sentir. Que incluso cuando la vida parece quedarse quieta, un encuentro inesperado puede devolvernos la alegría y las ganas de empezar de nuevo. Porque lo importante es no cerrar nunca la puerta a la felicidad, venga cuando venga.

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Sufrió un grave accidente de tráfico en el que se lesionó seriamente ambas piernas. Y al final, todo terminó así…