Todo a Medias: Cuando Compartir los Gastos Se Convierte en una Batalla en Pareja — Dasha, tenemos q…

Todo debe ser a medias

Lucía, tenemos que hablar sobre los gastos. Sobre tus gastos, mejor dicho, sobre lo derrochadora que eres.

Yo me quedé congelada con la taza de café a medio camino entre la mesa y los labios. Siete de la mañana, todavía no estaba ni medio despierta y Santiago ya estaba en el umbral de la cocina con esa cara de juez dispuesto a dictar sentencia.

¿Gastos? ¿Y por qué dices que derrocho? contesté al final, aun dándole un sorbo al café, aunque de repente me pareció flojísimo.

Te gastas un dineral en ti misma. Cada semana llegan bolsas y cajas a casa. Que si un vestido, que si una crema de ochenta euros.

Dejé la taza cuidadosamente sobre la mesa. Menudo recibimiento para empezar el día: sin avisar, sin siquiera un “buenos días, cariño”.

Cincuenta euros, si quieres la cifra exacta. Y no cada semana, sino cada dos meses.
Lucía, tenemos un presupuesto común.

Lo dijo con el tonito de profe que explica la tabla del nueve a un niño pequeño. Sentí cómo se me tensaba la mandíbula. Conté hasta cinco. No funcionó.

Santiago, ¿quieres que te recuerde cuánto te gastas tú en el coche cada mes?

Frunció el ceño. Claramente no esperaba que me pusiera a la defensiva tan temprano.

Es diferente.
Claro, diferente. Gasolina, lavados, aditivos, seguro, revisiones cada seis meses Que yo ni subo a tu BMW, por cierto. Nunca he cogido ese coche.
Yo lo uso para ir a trabajar se cruzó de brazos. Es una herramienta de trabajo.

No pude evitar soltar una risa floja. Ni alegre ni divertida, más bien de nerviosismo.

¿Herramienta de trabajo? ¿En serio? ¿Y la ropa y los cosméticos míos, crees que me los compro por capricho? Trabajo en una oficina, tengo reuniones con clientes. No puedo presentarme hecha un cuadro, ni llegar con la cara destrozada por el frío.
Bueno, pero podrías gastar menos.
Podría asentí. Mira, si quieres me paso tres años con la misma americana y tú vendes el BMW y te compras un Clio. Que también te lleva a la oficina, ¿verdad?

Se quedó con la boca entreabierta. Luego la cerró. Se frotó el puente de la nariz.

Estás exagerando.
No, el que exageras eres tú. Tus gastos son inversiones; los míos son derroche. Qué bien hecha está tu aritmética.

Se quedó unos segundos más, luego hizo un gesto y salió de la cocina. Oí cómo se cerraba la puerta de entrada.

El café se había quedado ya frío del todo. Lo tiré al fregadero y me apoyé con la frente en la losa helada de la pared.

Vaya manera de empezar el día. Justo lo que necesitaba…

En la oficina, cuando se lo conté a Carmen, casi se atraganta con la ensalada.

Espera, ¿en serio te lo ha dicho así? ¿Así de buenas a primeras?

Le daba vueltas a la hamburguesa del menú con el tenedor. No me había entrado el apetito desde que me levanté y cinco horas después seguía igual.

Literal. Ni pude acabar el café.
Es el clásico Carmen se echó hacia atrás. Mi ex también se puso así un día. Que si todo a medias, que si es más justo, más moderno…
¿Y entonces?
Le saqué las cuentas. Mira, le dije, tú te zampas el doble que yo. Para desayunar: yo un yogur; tú, una tortilla de cuatro huevos y jamón. Yo una ensaladita a mediodía y tú dos platos. Así que, cariño, la comida la pagas proporcional.

Me reí. Carmen tiene alma de abogada: siempre encuentra buen argumento.

¿Se lo calculó?
Vaya si se lo calculó. Tres días con la calculadora recogiendo tickets, hasta que al final se le pasó. Al mes rompimos.
¿Por eso?
Fue el síntoma se encogió de hombros. Cuando un hombre empieza a contar tus céntimos, es que ya no está contigo. Está con alguna idea rara en la cabeza donde tú molestas.

Me quedé callada. Su razonamiento me dio en el centro.

Esa tarde volví a casa más despacio que nunca. Me bajé una parada antes de lo normal y fui paseando. Olía a asfalto mojado y a algo amargo en el aire, no sabía si eran hojas secas o el humo de los coches. No me apetecía pensar en lo que me esperaba en casa.

La casa me recibió en silencio. Santiago aún no había vuelto. Me cambié de ropa, saqué pollo y verduras de la nevera y empecé a cocinar. Las manos se movían solas: cortar, salar, poner en la sartén. Le mente en blanco, al menos por un rato, es un alivio.

Santiago llegó cerca de las ocho. Se asomó por la puerta, me miró desde el umbral.

¿Hoy no has gastado de más?

Ni me giré. Seguí removiendo las verduras.

No. No he comprado nada de nada.

Asintió y se fue al dormitorio. Apagué la vitro, puse la mesa. Dos platos, ensalada, pollo con verduras. Como siempre, pero con raciones algo más pequeñas. La nevera andaba escasa y yo, por mis narices, no pasé por el súper.
Nos sentamos a cenar. Santiago miró su plato. Luego a mí.

¿Por qué hay tan poca comida?

Dejé el tenedor sobre el borde del plato. Lo miré largo y tendido.

Tú querías hacer todo a medias. Pues aquí tienes.

Parpadeó. Dos veces. El tenedor detenido a medio camino.

¿Cómo?
Así, como lo oyes. He preparado la comida y la he dividido en dos partes iguales. Esta es tu ración. señalé su plato. A mí me sobra hasta para el desayuno. No sé qué vas a hacer tú por la mañana. Porque aquí, los productos son comunes. Y no sería justo gastarlos solo para ti.

Santiago dejó el tenedor en la mesa. Se le puso la cara roja y apretaba la mandíbula.

Lucía, esto no tiene sentido…
¿No? alcé las cejas, recostándome en la silla. ¿Y qué es lo que no tiene sentido? Eres tú quien propuso repartir los gastos. Yo reparto.
No era eso lo que quería decir…
¿Y entonces? ¿Que sólo recorte yo, pero lo tuyo queda intocable?

No habló. Vi en su cara que rebuscaba alguna excusa y no la encontraba.

Por cierto cogí mi vaso de agua, ¿cuánto te has gastado hoy en gasolina?
¿Qué tiene que ver la gasolina?
Mucho. ¿Cuánto?

Se quedó pensando, frunció el ceño, hizo el cálculo mental.

No sé unos doce euros, quizás quince.
Dejémoslo en doce. Me levanté. Dame un momento.

Fui al recibidor. Oí cómo abrí el armario y rebusqué. Volví con su cartera en la mano.

¿Qué haces? se incorporó atónito.
Cojo mi mitad.

Saqué tranquilamente un billete de diez y una moneda de dos y los guardé en el bolsillo del pantalón de estar por casa. Santiago me miraba con la boca abierta.

Lucía ¿vas en serio?
Totalmente puse la cartera delante de él. Has gastado doce euros en gasolina, pues yo cojo mis doce para mis cosas. Todo a medias, justo como decías.
Esto es un disparate.
Es tu idea, Santi. Sólo la llevo a la práctica. Le sonreí y volví a mi silla. A este paso, igual me da hasta para un bolso nuevo.

No dijo nada. Se le marcaba la vena del cuello, la mandíbula seguía tensa, pero ni una sílaba. Yo comí mi pollo con toda la calma del mundo.

La cena transcurrió en un silencio sepulcral.

La semana fue un ejercicio de paciencia. Cada noche, cocinaba para dos, las porciones exactas. Al repartir la comida, Santiago miraba sus platos y luego el mío, fruncía el ceño pero callaba. Cada mañana le preguntaba cuánto pensaba gastar en gasolina. Cada tarde cogía mi mitad. Para el miércoles, empezó a coger el metro.

El viernes estaba desmejorado, parecía un lobo hambriento.

Ese fin de semana tenía un sobre con casi ciento cincuenta euros. Santiago empezó a comprarse bocadillos en el trabajo: no le llegaba la comida de casa. Y yo, por supuesto, lo sabía. El lunes por la noche ya le había contado todo su dinero. A medias, pues a medias.

El sábado por la mañana, Santiago se sentó en la cocina con una taza de té y unas ojeras que no eran normales. Cuando entré, me miró con una mezcla de derrota y cansancio.

Luci titubeó, frotándose el cuello. Me he equivocado. Perdóname.

Me serví el café y me senté enfrente, esperando, calentándome las manos con la taza.

Todo esto ha sido una tontería suspiró. Me puse cabezota, leí demasiado por internet, se me fue la pinza. ¿Lo olvidamos?
Por mí, bien le dije enseguida. Pero ten en cuenta: todavía no he contado las horas de trabajo en casa.
¿Qué trabajo?
Cocinar, limpiar, poner la lavadora, planchar Si lo calculo a precio de mercado, me deberías otros ciento cincuenta euros mínimo.

Santiago se atragantó con el té y tuvo que coger una servilleta.

Pero no lo voy a calcular bebí un sorbo y lo miré por encima de la taza. Si tú prometes no volver a convertir nuestra vida en una contabilidad.
De acuerdo asintió rápido. Palabra. Ni una cuenta más.
Y así mucho mejor.

Le sonreí y me estiré para coger una galleta. Santiago me miró con esa expresión de quien acaba de esquivar una catástrofe.

Y yo pensé que a veces, cuando los hombres se ponen testarudos, solo hay que llevarles a la lógica última de su juego. Enseñarles el absurdo desde dentro. Y entonces, no solo se salva el matrimonio: se gana la discusión. Así de sencillo es sumar a medias en esta vida.

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Todo a Medias: Cuando Compartir los Gastos Se Convierte en una Batalla en Pareja — Dasha, tenemos q…
Mi sobrina vino a visitarme, pero se molesta porque no la estoy alimentando.