A orillas del mar, un tipo extraño se acercó a mí y noté un lunar bajo su oreja izquierda. De repent…

En la orilla del Mediterráneo, un tipo un poco raro se me acercó, y le noté un lunar justo debajo de la oreja izquierda. De golpe, las palabras de mi tío Vicente retumbaron en mi cabeza: Conocerás a tu alma gemela junto al mar. Menuda confianza tenía él en el destino, pensé, mientras me reía por dentro.

Cuando despedí a mi hermano en la estación de Atocha, mi madre se emocionó tanto que parecía que era la última vez que lo veía en este mundo, con lo mayorcita que es la pobre. Yo, con ese nudito en la garganta que solo saben los buenos hijos, decidí recorrer media España para ver por última vez por si acaso tanto a mi hermano como a mi hermana. Primero paré en casa de mi tío Vicente, el bromista de la familia, y después tocaba visitar a mi tía Carmen, que vive en Valencia. Entre chascarrillo y chascarrillo sobre mi supuesta boda dentro de seis meses (¡no te digo!), yo, con mi habitual ironía, le lancé una invitación de pega. Él, muy serio, me advirtió que tuviera ojo con los lunares, porque según él traían sorpresas. La verdad, para ser abril, hacía un tiempo de escándalo; ni una nube.

Al llegar, nos recibió mi tía Carmen y su marido Paco con abrazos de esos que quitan el hipo. A la mañana siguiente, mi prima pequeña, Almudena, y yo, no podíamos desaprovechar ni un rayo de sol, así que nos fuimos de cabeza a la playa de la Malvarrosa. Después de remojarnos como dos sardinas felices, volvimos a casa para comer gazpacho y un buen arroz al horno. Sin embargo, a Almudena, que iba con más energía que un toro de San Fermín, le pareció poco y me lió para volver a la playa y, de paso, al cine.

Al salir del agua, dos chicos se nos acercaron y preguntaron, con acento de Madrid, cómo llegar a la calle de la Paz. Almudena, que parece el GPS de Google, les explicó con pelos y señales. Mientras tanto, el otro chico me miraba como si le debiera dinero, hasta que pregunta: Perdona, ¿te llamas Inés?. Me quedé a cuadros, y él añadió rápido: Vives en Madrid y tienes una amiga que se llama Raquel, ¿verdad? Es mi hermana. Te he visto en sus fotos y sentía curiosidad. Y ahí fue cuando vi el famoso lunar del que hablaba mi tío.

Total, que acabamos todos yendo juntos al cine y luego paseo largo por la playa entre chistes y miradas que lo decían todo. Cuando nos despedimos, el chico Andrés, resultó llamarse mencionó que estaba acabando un viaje de trabajo y se iba al día siguiente, pero me pidió el móvil, que en estos tiempos es como pedir la mano, y yo se lo di, qué remedio. Diez días y unos cuantos Whatsapps más tarde, se encontró conmigo y con mi madre en el aeropuerto de Barajas. Y seis meses después, con una boda sencilla pero alegre en euros y a ritmo de pasodoble, nos casamos. Lo del lunar, por cierto, ya lo lleva hasta mi abuela en la cartera.

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