En casa de la tía Raquel se rompió el vajilla. Para siempre. Una vajilla de boda para doce comensa…

A mi tía Sofía se le rompe la vajilla. Para siempre.
La vajilla de boda para doce personas.
Adiós, ribetes dorados y sellos de Hecho en Alemania bajo cada plato: mi tío Fermín se ha caído del altillo junto con la caja.
Ay, tía Sofía se muestra casi intrigada.
¡Pero si era de porcelana!
Como si la porcelana fuera indestructible. Al rato comprende la verdadera magnitud de la tragedia, se deja caer en el sillón:
«¡Álvaro, tráeme aire de menta!», llama a todo el mundo, incluyéndome a mí pese a que llamo desde fuera de Madrid, y llora por la juventud que se le escurre hecha mil añicos pequeñísimos:
Nos la regalaron sus padres hace veinte años. No la usamos nunca, la reservábamos para una ocasión especial, para esas bodas de porcelana, que Dios me perdone.
¿Y qué? Papá ha fallecido, Fermín tiene el tobillo torcido y yo sufro de tensión alta.
Y fíjate que nadie, ni una sola vez, llegó a usar esos platos.
Unos auténticos ingenuos.
Me quedo pensativa.
¿Por qué acumulamos vajillas, joyas y recuerdos vibrantes para esa ocasión especial?
¿Para qué guardamos velas aromáticas para una noche señalada, escondemos los pendientes de brillantes en una caja, regañamos al niño cuando quiere coger un trozo de jamón antes de tiempo y reservamos las palabras dulces solo para San Valentín?
¿Por qué este día, este instante, es menos valioso que el tan esperado?
¿Seguro que habrá otra oportunidad?
La mayoría de las llamadas desde las Torres Gemelas en aquel terrible 11 de septiembre llevaban la frase te quiero.
La gente marcaba a sus seres queridos, dejaba mensajes en los contestadores.
Te. Quiero. decirlo fue lo más importante en el tiempo que quedaba en la Tierra.
La realidad, según la enciclopedia, es lo que existe efectivamente, ese instante entre el antes y el después.
No deberíamos posponer, esconder en altillos, guardar para un incierto algún día aquello que, aquí y ahora, puede darnos placer, alegría o simplemente una sonrisa.
No hay mañana. Solo tenemos el hoy, tan único como un 31 de diciembre o cualquier 8 de marzo.
Así que hay que darse prisa. Reconciliarse. Ver el mar. Jugar con el hijo, abrazar a la hija, regalarle otro frasco de Chanel Nº 5 a mamá para que lo use cada día, no solo en fiestas.
Hay que aprovechar. Leer. Probar un guiso de ortiguillas o saltamontes al horno. Revisar la película favorita y olvidarse de los platos por fregar.
Comprar a la tía Sofía una nueva vajilla y celebrar una gran cena.
Decir te quiero antes de que empiecen los créditos finales.

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En casa de la tía Raquel se rompió el vajilla. Para siempre. Una vajilla de boda para doce comensa…
¡Qué suerte tienen algunos…!