¡Jacinto, deja de contar grajos!
Llevo unos días observando cómo Jacinto rechaza la comida que le ofrece Carmen:
Vamos, cariño, son las mismas albóndigas que siempre te traía don Gabriel. No va a venir por ahora… No le esperes me decía Carmen, encogiéndose de hombros ante su terquedad.
La escena resulta casi surrealista… En la larga parada amarilla de la avenida, todos los empleados de la fábrica se agrupaban en uno de los extremos esperando el autobús.
La otra parte de la marquesina permanecía desierta, salvo por la presencia del perro pelirrojo, desgreñado y algo desaliñado, que se espanzurraba frente al banco, tan ancho…
Jacinto había cumplido ya cuatro años y se sentía tan sabio de la vida como de sus cuatro patas. Todos sus días transcurrían en la parada, justo al lado de la residencia para trabajadores. Detrás la fábrica, y más allá, el campo. Nada excitante: Jacinto ya había vagabundeado por allí, y más de una vez.
Ni siquiera recordaba exactamente cómo terminó escuchando el nombre de Jacinto. Fueron unas señoritas jóvenes, residentes, quienes se lo pusieron. Como le compadecían, siempre le dejaban algún bocado. El resto, por lo general, evitaba su compañía.
Jacinto no sabía mirar a los humanos con ojos tristes. Ni movía la cola de gozo al cruzarse con alguno. No, Jacinto era otro tipo de perro. De hecho, aunque solo tenía tres años y algo, parecía un viejo cascarrabias, siempre molesto con todos y todo. Era famoso por ahuyentar a la gente con su mal genio.
¿Y qué decir de la gente? Siendo sincero, ¿podría contar algo bueno de la mayoría? ¡De las pocas a las que toleraba, ninguna era hombre! Solo aquellas dos chicas gentiles quedaban fuera de sus críticas.
Jacinto no quería a la gente, ni a los grajos, y mucho menos a los gorriones chillones que salpicaban en los charcos como si fueran dueños de la calle.
Pasada la época de cachorro, aquel tiempo en que creía que cada mano intentaba solo acariciarle, Jacinto aprendió algo: la vida te enseña pronto que las ilusiones duran poco.
Incluso opinaba que, para él, humanos y grajos sonaban casi igual de molestos. Se gritaban constantemente en la parada, empujándose. Y encima, ahuyentaban al perro para no “estorbar”.
¿Para qué quererlos? Jacinto ni se molestaba en buscar razones.
Con los grajos la enemistad se intensificaba. Osados, solían robarle cualquier sobra que le dejaran las chicas del edificio. Jacinto les gruñía y les hacía correr, pero ellos regresaban, se consultaban y no se daban por vencidos.
Y así transcurría el día. Riñas con los grajos, contaba sus enemigos, ladraba a los bípedos, y todo volvía a empezar.
Vivir en la marquesina amarilla, al menos, no era tan terrible. No era un palacio, pero ofrecía refugio ante el viento y la lluvia; y sombra en verano, si bien con demasiada gente alrededor…
¡Vaya, qué señor! ¿Piensas seguir tumbado? Deja sitio en el banco interrumpió una voz junto a un zapato arrogante. El zapato amenazaba con pisar sus patas, pero el rey de la parada dictó su voluntad:
“¿Peleamos? ¡Intenta a ver qué pasa!”
De un salto Jacinto se incorporó. El zapato intentó esquivarle, pero tuvo que meterse rápidamente en el autobús, su salvación.
Nada irritaba más a Jacinto que ver desaparecer a su “enemigo” en aquellos autobuses de los cuales no paraban de hablar en la parada. Así se le escapaban casi todos los que le molestaban.
Eso sí, el zapato quedó olvidado. Solo y derrotado.
“¡Así aprenderás!”, pensé, saboreando el triunfo, masticando mi trofeo y llevándolo con orgullo junto a la papelera.
Marta, ¡aléjate del perro ese! una mujer rubia retiraba a su amiga.
Está loco, nadie puede con él remarcó un hombre fumando.
La colilla voló y casi me roza. Tuve que ladrar con fuerza, mientras veía como se alejaba enfurruñado, renegando en alto…
*****
Al día siguiente, volví a encontrarme con el dueño del zapato. Venía acompañado.
¡Ahí está! gritaba, señalándome desde lo lejos. ¡Este perro agresivo! ¡Hagan algo!
¿El qué? respondía, encogiéndose de hombros el otro tipo. No es la primera vez que me lo dicen, pero en este pueblo no hay servicio de recogida de animales.
El del zapato bajó la mano y empezó a gesticular como una urraca. Yo, atento, me limité a escuchar.
Al final, ambos empezaron a discutir. Yo, encantado, prefería verlos pelear entre ellos. Eso sí que era mejor que ver a los grajos pelear por una monda de pan.
Quizás creyó ver una sonrisa de suficiencia en mi hocico. Bah, se lo habrá imaginado.
¡Yo vigilo la residencia, no la parada! se excusaba el vigilante, volviendo a su garita. Y añadió: ¡Tírele un hueso y verá que no le molesta!
Buen intento de consejo.
¡Ah, sí! ¿Y no querrá usted que le traiga cada día media ración de albóndigas del bar, no? replicó irónico el hombre mientras me miraba. ¡Y tú, chucho, por qué no gruñes en mi cara! ¡Bestia!
“Bestia”. Entendí el tono. Bueno, le ayudé una vez más a subirse de un brinco rápido al autobús. Ladraba mientras los cristales del bus se empañaban y veía el enfado reflejado en la cara de Gabriel, que así se llamaba al fin y al cabo el del zapato…
No tardó en llegar otra ocasión. Gabriel había conseguido el puesto de subdirector de producción en la fábrica.
Todo era nuevo para él. Y con la avería de su coche, cada mañana tenía que soportarme en la parada. ¿Por qué ese demonio peludo debía cebarse con él?
A partir de entonces, centré mi atención solo en él. El resto de humanos, simplemente, dejó de interesarme.
Esperaba con ansias que llegara el bus y bajara la pierna de Gabriel.
Cansado de las bromas de la fábrica, Gabriel decidió seguir finalmente el consejo del vigilante: bajó a la cantina y compró una albóndiga para mí.
Toma, come me dijo tirándome el bocado.
Yo me preparaba para una buena despedida, pero el olor a albóndiga podía más que mi orgullo. Me acerqué, olí, y en un visto y no visto, no quedaba rastro. Solo el aroma persistía entre las grietas del asfalto. Le miré, pidiendo más.
¡Vaya cara! ¿No tienes suficiente? ¡Menudo elemento! Yo no tengo mujer, ni aprendí a guisar albóndigas… Y traer cada día de la cantina, ¡te vas a quedar sin dientes de tanto gruñir!
*****
A la mañana siguiente Carmen, la secretaria de mejillas coloradas, le comentó sorprendida:
Don Gabriel, parece que Jacinto le cogió cariño. ¡Hoy ni le ha ladrado!
Sí, Carmen contestó Gabriel, echándome un ojo. Ya me respeta, parece.
Desde entonces, el perro pelirrojo ese solitario Jacinto empezó a esperar cada día su recompensa junto a Gabriel. ¿Y si, al final, no toda la gente era tan tonta? ¿Serían tan distintos de los grajos, chillando por una tapa brillante?
El otoño cedía y el frío acechaba. Una mañana, la parada amarilla amaneció nevada. Los primeros copos y el viento gélido llegaban del campo.
Gabriel, como cada día, sacó de la bolsa la albóndiga y otras cosas. Las devoraba sin darme cuenta del frío, buscando aquel calor que solo llega al estómago.
Autobús, Gabriel le advirtió Carmen, tirando de él. ¡Vamos, que se va!
Él, algo nostálgico, volvió hacia la portería.
No mucho después, sentí una mano enguantada en piel acariciándome el lomo mojado. Miré a Gabriel.
¿Tienes frío, amigo? Ya no te ves tan bravo. Ven, túmbate en este cartón. Al menos dará calor… y toma otra albóndiga.
*****
El sábado, Gabriel se quedó en casa. Delante del chalet que se había comprado en la periferia de Salamanca, los parterres dormían bajo la nieve. El frío errante bailaba sobre el jardín frente a la entrada.
Preparó un revuelto con chorizo para desayunar y salió con la pala. Mientras retiraba la nieve, su mente volaba lejos.
De repente, dejó la pala y se lanzó a la calle…
La parada estaba desierta. Jacinto ya sabía que en días así apenas venía gente. El autobús, aún así, abría sus puertas, pero apenas bajaban tres o cuatro personas.
En tales días, el hambre apretaba aún más. Ni rastro de las chicas de la residencia…
Se dispuso a marcharse de su caja cuando llegó el autobús.
¿A dónde vas? ¿Te quieres perder con esta nevada?
Gabriel puso ante él varios paquetes de salchichas. Jacinto devoraba con ansia, temiendo que se evaporaran adelante suyo.
No hay albóndigas, está cerrada la cantina explicaba Gabriel mientras le daba más. Toma, también te he traído esto…
Una caja grande con una manta vieja dentro apareció en la marquesina.
No se me ha ocurrido nada mejor. Venga, métete, aquí estarás mejor.
De repente, ni el frío ni la ventisca existían ya para Jacinto. Sentía algo inesperadamente cálido y profundo. Nunca nadie le había llevado semejante tesoro solo para él…
*****
Llevaba varios días Jacinto sin querer la comida que le ofrecía Carmen.
Vamos, cariño, si son las mismas albóndigas que Gabriel te traía siempre. No vendrá aún, está muy resfriado… No le esperes Carmen se encogía de hombros ante el perro.
Jacinto, orejas gachas, la miraba sin comprender.
Saltaba a cada ruido de puerta, cada vez que alguien cruzaba el torno de la fábrica. Pero él no salía…
El perro volvía a su manta y se tumbaba, mirando tristemente. Los grajos guerreaban por un mendrugo detrás de la parada, cada uno queriendo llevárselo a su propio escondite.
Jacinto los observaba sin interés. Ladró. ¡Tontos pajarracos! Él también tenía su escondite: un agujero bajo la parada, justo tras la papelera.
Salió de su caja y fue hacia él. No quería parecerse a esas aves que olvidan luego dónde dejan su tesoro. Allí estaba el zapato. Claro que se acordaba. Antes lo odiaba. Ahora…
¿Qué era ese temblor que sentía? Sacó su zapato. ¿Dónde estaría Gabriel? Ahora sabía qué apodo le daban los otros: Su humano.
¿Era un amigo? ¿Qué clase de perro era si al fin tenía un humano… y lo iba a perder?
Se encaró a los grajos, con un gruñido. Algo distinto se agitaba en su interior.
“¡Basta ya! ¡Estoy harto! ¡No quiero estar más aquí con vosotros!”
¡Gabriel, Gabriel! aguzó las orejas al escuchar su nombre en boca de una joven.
Se corta… Sí, subo al autobús. Traigo la carpeta para que la firme…
Carmen subió a toda prisa y no se percató del rabo pelirrojo siguiendo sus pasos…
*****
Con esperanza, Jacinto miraba a la joven repitiendo el nombre de su humano.
Carmen, ajustando el pañuelo en su cuello, bajó del autobús. Jacinto, tras ella, portando el zapato negro en el hocico.
El ánimo del perro mejoró, y de repente la nieve no parecía tan fría ni hostil. Incluso el crujir bajo las botas de Carmen le resultó festivo.
Ella tocó el timbre, y en la puerta retumbó la voz familiar. Jacinto, desbordado, ladró frenético. Carmen, sorprendida, resbaló en la nieve, perdiendo la carpeta.
Gabriel, ¿no me ayudas a levantarme en vez de achuchar tanto al perro?
Los ojos de Gabriel estaban empañados. ¿Serían lágrimas?
¿Has venido tú? ¿De verdad has venido hasta mí? ¿Y hasta me traes un regalo? repetía abrazándole con fuerza, con el zapato en la otra mano.
Carmen, claro, fue levantada y convidada a un buen té caliente.
Lo que no comprendo, Gabriel decía la secretaria, mirando al perro corriendo ya por la cocina. ¿Por qué nunca lo trajiste antes? ¡Con este chalé podías tener hasta un caballo!
Tenía miedo, Carmen. Llevaba mucho tiempo solo, ¿sabes? Un perro es una responsabilidad; casi una familia… Ahora tengo claro que nunca más le dejaré. En cuanto me recupere, aprenderé a hacer albóndigas…
Pues, menos mal que Jacinto vino por su cuenta rió Carmen, tapándose la risa con la taza.
Me quedé contemplando a Jacinto, y la enseñanza era evidente: a veces, solo hace falta una pequeña muestra de cariño para que todo cambie. Esa tarde entendí que incluso los más ariscos pueden aprender a confiar, si encuentran a su persona y un poco de calor.






