Beatriz no puede creer lo que está sucediendo. Su marido, su compañero de vida, en quien confiaba como en una roca, acaba de decirle: «Ya no te quiero».
El golpe es tan fuerte que se queda paralizada en mitad del salón, mientras él va de un lado a otro recogiendo sus cosas, haciendo sonar las llaves encima de la mesa. Parecía que le faltaba precisamente esto para terminar de hundirse. Hace apenas unas semanas falleció repentinamente su padre. A pesar de su propio dolor, tuvo que volcarse en el cuidado de su madre, ya mayor y encanecida, y de su hermana pequeña, que tras un grave accidente cerebral a los dieciocho quedó con una discapacidad. Ellas viven en una localidad vecina, pero Beatriz lo atiende todo. Su hijo, Diego, ha empezado primero de primaria. En junio, la fábrica donde trabajaba cerró y se ha quedado en paro. Y ahora, lo del marido…
Se tapa la cabeza con las manos y se sienta a la mesa, desbordada por el llanto.
Dios mío, ¿qué voy a hacer? ¿Cómo seguir adelante? ¡Ay, Diego! ¡Tengo que ir a recogerlo al colegio!
La rutina diaria tira de ella y la obliga a levantarse y continuar.
Mamá, ¿has llorado?
No, Dieguito, no.
¿Es por el abuelo? Mamá, le echo tanto de menos
Y yo, hijo. Pero debemos ser fuertes. Nuestro abuelo siempre fue así. Ahora está bien en el cielo, ya puede descansar, porque nunca lo hizo en vida.
¿Dónde está papá?
Papá Seguramente ha tenido que irse de viaje por trabajo. ¿Qué tal el cole?
Hay que seguir. Ya no la quiere; no se puede hacer nada. Nadie obliga a amar. Quizá entre tanto ajetreo se le escapó algo.
Mientras Diego come y juega con sus soldaditos, Beatriz se sienta frente al portátil que ha dejado su marido. Jamás antes había hurgado en sus cosas. Acceder al correo es fácil, está abierto en una pestaña. Él no ha borrado la última conversación: una apasionada historia de amor. Y ella, de pronto, convertida en la no-amada. Diez años siendo mi cielo, después de una dura batalla de ocho años por concebir a su hijo, también llegó a ser mamá de los dos.
Todo ha cambiado. Hay que acostumbrarse, no queda otra.
Lo primero es encontrar trabajo. Su título universitario no sirve de nada ahora mismo. El subsidio del paro apenas da para subsistir un mes.
¿Cómo de repente su marido, siempre sensato y responsable, se ha vuelto otra persona? La única explicación: se le ha ido la cabeza. La casa común, levantada ladrillo a ladrillo, quedó a medias; menos mal que hay techo, y una habitación habitable.
¡Trabajo, cuánto te necesito! Beatriz reprime el llanto, pero no tiene tiempo. Tengo que encontrar trabajo.
Pasan días buscando, sin suerte. El niño está en primero, no puede dejarlo solo, y su soledad reduce las oportunidades. Una tarde suena el móvil, es su compadre Pablo:
Bea, ¿no ha vuelto tu marido?
No
¿De almacenera irías?
¿En serio?
Que sí, mujer, que ahora no tengo ganas de bromas. Media jornada, con descanso para ir por Diego al cole o llevarle a extraescolares. El sueldo son 900 euros. Poco, pero mejor que nada. Mañana te llevamos unas patatas, cebollas y un pollo.
¡Pablo, que yo tengo gallinas! Me dan los huevos.
Pues que sigan, que no se maten, que dan la vida.
Gracias, de verdad. ¿Y Lucía?
Tirando, ahí va. Es una campeona.
Él siempre igual. Su mujer, Lucía, ha pasado por una enfermedad dura, con quimios, y nunca se ha quejado. Beatriz suspira, agradecida porque, mientras haya amigos, hay esperanza. Y da gracias a Dios, el más fiel de todos.
El trabajo es sencillo, además logra algún momento de soledad donde llorar y pensar en lo ocurrido.
Van pasando los días, semanas, meses. Un año después Beatriz siente hambre otra vez, consigue dormir, reírse con los logros de Diego. El dolor por la traición del esposo reaparece cuando viene a llevarse a Diego los fines de semana. Pero no pone trabas; la relación de los adultos no debe hacer infeliz a su hijo. Le dan ganas de preguntarle a su ex en qué falló, aunque sabe bien que la culpa no es suya, sino del flechazo repentino de él por otra.
Recuerda una frase de una peli: «El amor solo dura hasta la primera esquina, luego empieza la vida». Para ella, amor y vida siempre fueron la misma cosa. ¿Y para él?
El otoño este año parece una prolongación del verano: cálido, hojas todavía verdes en los árboles, risas de niños en la calle, el jardín salpicado de ásteres y crisantemos. La mañana que Beatriz nota la mirada intensa de Miguel, no es tan distinta a otras, quizá con más sol o música saliendo por la ventana de la vecina. O tal vez ya era hora de que el destino uniera a dos solitarios.
Señorita, ¿le ayudo con eso? No puede ir tan cargada
Estoy acostumbrada.
Eso es lo triste: que una mujer tan guapa esté acostumbrada a cargar peso.
¿Va ayudando así a todas las guapas? ¿Hace guardia junto al súper o qué?
Sí, hago guardias, pero hasta ahora solo he visto piernas, ni una cara bonita, y por fin
Imposible no reírse. Los dos se echan a reír hasta llorar.
Miguel dice, tendiéndole la mano, los ojos chispeando.
Beatriz.
¿Beatriz? ¿No hay una canción Beatriz, la mujer ajena?
No la conozco. Además, no soy mujer de nadie.
¡No me lo puedo creer! Por fin encuentro a una chica de ensueño y está libre. ¿Están todos locos o ciegos?
Veo que el sentido del humor no te falta. Eso es bueno. ¿Y de seriedad?
No te preocupes, también soy serio. Bea… ¿vamos al cine hoy, charlamos, nos conocemos?
No puedo, tengo que recoger a mi hijo de extraescolares.
No me lo creo: ¡pero si pareces de veinte!
Tengo 35.
Yo también. Qué casualidad. ¡Te veía tan joven!
¿Y ahora?
Asimilando. Todos los hombres quieren tener un hijo, y tú así, tan alegre, dices que no tienes marido ¿El padre?
Ahora prefiero no hablar de eso.
Vale, pues nada. El sábado, ¿puedo invitarte? Podemos ir con el niño a ver una peli infantil.
El fin de semana Diego lo pasa con su padre.
No quiero resultar pesado, Beatriz. Si encuentras un rato, llámame. Aquí tienes mi tarjeta se la da. Por cierto, soy Miguel Muñoz, médico hematólogo infantil.
Eso sí que es serio.
Y no deja mucho tiempo para buscar chicas guapas.
De acuerdo, Miguel. Te llamo contesta Beatriz, sincera y sencilla.
Te espero.
Ese otoño resulta ser un regalo del destino. Rayos de sol, los árboles llenos de colores y esa ternura que va floreciendo entre los dos, empujando el dolor del pasado, arrastrándolos a un vals de hojas secas. Se acercan el uno al otro con tanto cuidado que Beatriz se sorprende de cómo la atrae ese hombre fascinante. A las seis semanas, es ella quien, tímida, le invita un té en casa.
Bea, ¿me darías permiso si no voy? Me importa tanto lo que estamos viviendo que prefiero que todo llegue a su tiempo. ¿Confías?
En el siguiente fin de semana se escapan juntos a un parque natural cercano, donde Miguel ha alquilado una casita que parece un pequeño castillo. Dentro todo es acogedor, pero Beatriz solo ve los ojos profundos de Miguel, donde se sumerge feliz, aferrada a sus brazos. No imaginaba que lo más íntimo entre dos personas pudiera ser tan dulce.
Miguel, ¿dónde estoy, qué me pasa? Siento que me muero de amor, ¡no sé cómo he podido estar sin ti!
Eres maravillosa. ¡Qué suerte la mía!
Al pasar los meses, les cuesta más separarse.
Bea, cásate conmigo.
Miguel, estamos a finales de mes, mi divorcio sale ya.
Y después, la boda. Que no me quiten a mi chica.
Tendrás que conformarte, que no soy fácil. Solo tengo claro a quién quiero: a ti. Pero ni fiestas ni nada: nos casamos y me llevas aquí, a nuestro castillo, donde ya fui tuya.
Mi reina, como tú digas.
Pablo y Lucía son los únicos testigos de la boda. Su madre y su hermana mandan un telegrama cargado de alegría. Enseguida se mudan a un piso de dos habitaciones que han alquilado, reparándolo juntos con mucha dedicación, sobre todo el cuarto del niño.
Beatriz y Diego ya conocen perfectamente a Miguel, pero Diego, que sigue adorando a su padre y su madre, apenas acepta al nuevo.
Beatriz, no te asustes; vamos a analizar la sangre de Diego, me preocupa su palidez.
No seas alarmista, será por los nervios. Los niños sufren muchísimo los divorcios dice, preocupada. Leí que para ellos un divorcio es peor que la muerte de un padre.
Tienes razón, amor. Yo también lo viví de pequeño y fue un terremoto. Pero haremos la prueba, ¿de acuerdo, campeón?
Ese mismo día, Miguel llega a casa con gesto grave. Bea lo ve y lo sabe: algo va mal.
Beatriz, cielo, no te asustes. Los análisis de Diego tienen alteraciones. Lo presentía, por desgracia. Mañana me lo llevo conmigo para más pruebas.
Parece un castigo por tanta felicidad: leucemia. Qué palabra tan terrible.
Comienza una vida distinta. Beatriz pide reducción de jornada, incapaz de imaginar el sufrimiento de Diego a solas en el hospital, pinchazos, análisis continuos… Le agarra la mano cada día y le repite:
Aguanta, campeón. Eres fuerte. Siempre fuiste mi mejor amigo. Nunca hemos estado separados, y siempre estaré contigo.
Cuando ella está exhausta, Miguel la manda a descansar y él se queda con el niño. A menudo, ni siquiera puede dormir: se tumba y mira al techo.
El ex marido llama y le exige que se empadrone fuera de la antigua casa inacabada.
El niño vendrá a mi casa. Yo me encargo.
Lo primero, ven a verle.
No puedo, me marcho de viaje.
Miguel acaricia el hombro de Beatriz:
Mira, cariño, lo superaremos. No mires atrás.
A veces da rabia. Ganaba buen dinero y lo invertí todo en esa casa. Ahora, ¿esto es lo importante? ¡Que ni se lo piense!
Sigue centrada en Diego. Yo hago mi parte. Lo que más deseo es teneros a los dos, Dios lo sabe y no me va a fallar.
Miguel, ¿y los análisis?
Lo estamos intentando, pero los resultados siguen mal.
Beatriz llora en silencio, sin que Diego la vea.
Tío Miguel, ¿qué tengo en la sangre?
Verás, en la sangre tenemos barquitos blancos y rojos, y ahora los blancos están en plena batalla.
¿Y quién va ganando?
Por ahora, los blancos.
¿Y al final?
Pon de tu parte y ayuda a los rojos.
Mamá, llevadme a cualquier sitio, estoy cansado
Beatriz, justo pensaba decírtelo: vamos a nuestro castillo del parque. Hace buen tiempo, paseamos por el bosque y desconectamos.
La primavera llena el refugio de flores y brotes. Los tres caminan entre árboles y se maravillan con cada margarita. Pero a veces el niño se queda serio, inmóvil.
¿Te pasa algo, hijo?
No, mamá, estoy en una batalla naval.
Las vacaciones se acaban muy pronto. Diego cambia: más vivo, un poco de color en las mejillas.
Mamá, ¿dónde está papá?
De viaje, Diego.
Otra vez bueno.
Al regresar al hospital, repiten análisis. La jefa de laboratorio entra en persona:
Doctor Muñoz, ¿dónde ha estado el niño?
Por aquí cerca, en el parque natural. ¿Por?
Los análisis son perfectos. Remisión.
Miguel entra como un torbellino en la habitación.
¡Diego, campeón! ¿Qué haces? ¡Estás curado! No llores, Bea. Va a salir adelante. ¿Qué hiciste allí, campeón?
Papá, ¿te acuerdas de los barquitos? Gané cada batalla con los rojos.
Natasha no podía creer lo que le estaba ocurriendo: su marido, el único en quien confiaba como apoyo…







