¡Andrés Vital, por favor, se lo ruego! ¡Ayúdeme! — La mujer se arrodilló ante el alto hombre de bata…

¡Don Andrés, por favor! ¡Le ruego, se lo suplico! ¡Ayúdeme! la mujer cayó de rodillas ante el hombre alto vestido con bata blanca y rompió a llorar.
Allí, detrás de una hilera de consultas envejecidas y de aquel recibidor inundado por el penetrante olor a medicinas del pequeño hospital de un pueblo de Castilla, moría su hijo.
¡Compréndalo, no puedo! ¡No puedo! ¡Por eso me fui de allí! ¡Hace dos años que no opero! Mi mano y las condiciones aquí
¡Se lo imploro! ¡Por favor! ella seguía tirando, obstinada, del médico que se negaba a acompañarla.
Tenía que acceder. Tenía que intentarlo. Porque, si no
Unos metros más. Una vieja puerta de madera, pintada de blanco. Y allí estaba él: su Miguelito. Su niño. El único. Rodeado de cables, con una mascarilla de oxígeno ocultando las pecas desteñidas de su rostro. Respira. Todavía respira. Y la sangre que sale bajo el vendaje sobre su cabeza parece espesa y oscura, como mermelada de guindas del último año. Y aquella línea verde en el monitor vibra al ritmo de las respiraciones desgarradas.
No llegarán a tiempo. Cien kilómetros hasta Valladolid. ¿Helicóptero? Pero la ventisca afuera había matado la última esperanza. La tensión cae. Y el corazón late cada vez más despacio. Los enfermeros de la ambulancia bajan la mirada.
¡Covarrubias! le agarra de la manga la veterana enfermera que corretea junto a la camilla. ¡Don Andrés!
Y saca del bolsillo un viejo recorte de periódico: en la foto, el mismo hombre alto con la bata, rodeado de niños sonrientes como gorriones en un cerezo. Entre lágrimas, se difuminan las líneas sobre el accidente, la mano dañada, la operación fallida. Pero decían: la eminencia de la neurocirugía. ¡Un médico tocado por Dios! En ese rincón perdido ¡Dios mío, ojalá acepte!
¡No puedo asumir esa responsabilidad! ¡Comprendan, por favor! él se resistía como podía. Mi última operación la muñeca fracasé. No puedo operar más. No debo.
Y el chico en la camilla, cada vez más pálido. La sangre, la mermelada. Los colegas arremolinados en la puerta, silenciosos, incapaces de encariñarse con él en un año. La madre, sollozando. El tiempo. Todo, menos el tiempo, está a favor de ellos. Y un perro
¿Un perro?
¿Qué hace un perro aquí?
Pero sólo respondió un gemido. Era un labrador. Se lanzaba hacia la camilla. Las uñas arañaban el suelo; alguien le sujetaba el collar, pero él tiraba igual. Sus ojos no se apartaban de Miguelito. Ya ni gemía: resoplaba, agotado, y seguía intentando avanzar.
Es Fiel, el de Miguel, sollozó la mujer, y olvidó respirar cuando las palabras de Andrés que retumbaron en el recibidor cayeron como una piedra:
Preparad el quirófano.
Cerró los ojos un instante. Surgió en su memoria otra perra. Era Esperanza. Y su padre aún vivía. Y don Andrés sólo era Andrèsito. Tendría doce o trece años, tal vez. Carretera en Nochevieja, peligrosa. Un coche destrozado sobre la nieve, como una bola caída del árbol. Su madre llorando. El médico esquivando la mirada. La operación era demasiada compleja y estaba inexperto. Y la capital quedaba lejos
Y Esperanza, junto a la tumba, ya no gimoteaba. Sólo jadeaba. Sin comer por seis días. Observando. Luego, ella también se fue. Quemada en su dolor.
Mamá, seré neurocirujano. Se lo prometí a Esperanza murmuraba el muchacho despeinado a la tierra. El mejor de todos, ¿me crees?
¿Cómo pudo olvidarlo? ¿Por qué?
*****
Las lámparas del quirófano, cegadoras como soles. El instrumental brillaba como plata. Y la muñeca le dolía de nuevo. Aguantó. Tal vez debería tener otro perro, pensó distraído, y se sorprendió de tales tonterías. Sus dedos parecían de madera. Da igual, pudo con otras peores. Era una lesión grave. Compleja. Evitar el edema era crucial pues la tensión bajaba Había músculo dañado, el hueso temporal casi deshecho, debía reconstruirlo a trozos. Los vasos
Ni en helicóptero habrían llegado a tiempo. Los ojos brillaban a sus ayudantes castellanos: para ellos, aquello era un milagro. ¿Y para él? ¿Cuántas había realizado así? ¿Por qué se rindió tras un solo error? ¿Por qué huyó a aquel rincón? Rompió lazos. Pero la mano le dolía, y otra vez veía a Esperanza en una esquina, triste. O quizás era aquel labrador, el que no se aparta del chico. Fiel.
El clamp se le resbalaba. Las grapas. Los dedos, casi agarrotados. No importa, queda poco. Respira, Miguel, respira, es lo principal. No te vayas. No dejaremos que te vayas.
El tiempo. Ahora corre a favor de Miguel. ¿O es el helicóptero? Se oye algún rumor
*****
Don Andrés, le buscan la enfermera de guardia asomó al despacho y no pudo evitar la amplia sonrisa.
Todos sonreían. ¡Claro, don Covarrubias había vuelto! En todos los servicios, sólo se hablaba de aquello. Llegaban niños graves de todas partes de Castilla. Ya no había miedo. Las manos de Covarrubias eran de oro. Y las risas infantiles volvían a resonar por los pasillos de neurocirugía. Los pequeños sanaban. Y los padres, ahí pegados a él
Cinco minutos, sólo entro a ver a Baltasar.
La habitación del pequeño Baltasar, de seis años, estaba al lado. Un chico curioso y pelirrojo, que le llamaba tío Andrés. Una semana antes, en una excursión a Madrid, cayó de un segundo piso, distraído mirando las gaviotas. Igual que Miguel en su pueblo. Don Andrés le recompuso la cabeza pieza a pieza, ocho horas de cirugía. Lo logró. Y la mano casi no dolía. Fue como si la risa de los niños la curara
Cuánto bien hizo volviendo. Era lo necesario y lo correcto. Debió hacerlo antes, pero no tuvo suficiente empuje. Olvidó tantas cosas pero la vida, mira, siempre recuerda. Nunca compró otro perro; nunca hubo tiempo. A menudo, piensa qué habrá sido de aquel labrador y de Miguelito.
¡Don Andrés, querido!
Justo al abrir la puerta, no le dio tiempo ni de salir. ¡Como si los hubiese llamado el pensamiento!
Bueno, hola Miguel, hola Sofía sonrió. Y a ti también, Fiel.
Su mano ya buscaba aquel suave lomo. Y el hocico húmedo le tocaba la palma. Los ojos del perro, color canela, le miraban atentos, de verdad.
¿Qué os trae por aquí? ¿Está todo bien con Miguel? ¿Venís a una revisión?
Miguel está muy bien se apresuró Sofía, ¡muy bien! ¡Venimos por otra cosa!
Don Andrés notó entonces la sonrisa radiante de Sofía. Solo el abrigo le quedaba raro y sus ojos brillaban de felicidad. Tenía ganas de preguntar pero no se atrevió. Mientras, Fiel giraba a su alrededor, revolviéndole las ideas.
¡Mire!
Miguelito, ya crecido, venció el silencio. Se arrimó a su madre y extendió algo negro, que gemía en sus brazos y tenía orejas enormes y destartaladas para su tamaño.
¿Ah? sin encontrar palabras, don Andrés cogió el extraño regalo y lo acercó a su rostro.
No se enfade aclaró rápido Miguel. Lo encontró Fiel. Mamá dejó que nos lo quedáramos. Y ayer pusieron su entrevista en la tele, y Fiel llevó al perrito delante cuando oyó su voz. Así que pensamos con mamá que
Habéis pensado bien. Ya era hora guiñó Andrés a Fiel, que meneó la cola. Le pondré de nombre Estímulo. O quizá Timé, con cariño.

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El sofá de los años noventa