Recuerdo todavía el día en que conocí a Álvaro. Ambos teníamos veintisiete años por aquel entonces. Álvaro ya había terminado la universidad con matrícula de honor y se encontraba preparándose para su defensa final. Siempre había destacado en sus estudios. Además, en esa época ya había ahorrado lo suficiente para comprarse un piso de dos habitaciones y un garaje en Madrid. Su próximo plan, una vez terminara la universidad, era comprarse un coche. Un año después, nos casamos. Y al año y medio nació nuestra hija, Inés. Cuando ambos celebramos nuestros treinta años, nuestra pequeña apenas tenía dos meses.
Como se acercaba su cumpleaños, le propuse celebrarlo en un buen restaurante, acompañados de sus padres. Sin embargo, Álvaro no quiso; me dijo que el día de su cumpleaños sólo deseaba estar con nosotras, sus chicas.
Así lo hicimos. Al día siguiente, tras salir del trabajo, fue a visitar a sus padres. Pero volvió rápidamente. Se sentó abatido en el sofá y rompió a llorar. Me dejó petrificada. Un hombre hecho y derecho, padre de familia, llorando como un niño pequeño. Intenté consolarle y calmarle, y entonces, como si se desbordara la presa, por fin se sinceró conmigo. Su infancia, confesó, estuvo marcada por los castigos físicos más severos por cualquier nimiedad: por jugar al fútbol, por mancharse la ropa, por haber hecho una mancha de tinta en los cuadernos… Tanto su padre como su madre le pegaban.
Cuando crecí, dejaron de pegarme, pero jamás oí una palabra cálida de sus labios. Terminé el bachillerato tecnológico con premios y todo.
¿Y qué?, decían. No deja de ser el bachillerato. Tienes que ir a la universidad. Y Álvaro fue, aunque no le hiciese verdadera falta el título.
Compró su piso.
Sólo tiene cincuenta metros, le señalaban, restando importancia a lo que él conseguía, mientras ellos vivían en una casa de apenas treinta.
Se casó.
¿Esa chica tan menuda y delgada? ¿Ésa podrá darte hijos?, comentaban.
Tuvimos a Inés.
Esa niña no tiene nada de nosotros. ¿A quién se parecerá?, murmuraban con desdén.
Incluso llegaron a organizarle una escena cuando no preparó un festejo especial por el aniversario de bodas de ellos.
¡Qué hijo tan desagradecido!, sentenciaron con dureza.
Fue entonces cuando Álvaro me preguntó, derrotado:
¿Tan mala persona soy que no son capaces de quererme?
Le respondí que hay personas incapaces de amar. Tuvo la mala suerte de nacer en esa familia, pero ahora tenía a Inés y a mí. Le aseguré que le queríamos con todo nuestro corazón, porque es el mejor hombre del mundo.
¿No te das cuenta de lo feliz que se pone nuestra hija cada vez que cruzas la puerta al volver del trabajo? le dije.
Y así, recordando el brillo en los ojos de nuestra pequeña cada vez que ve llegar a su papá, Álvaro fue recuperando la calma. Poco después, esbozó una sonrisa.






