Aquel día, mi marido llegó a casa antes de lo habitual, se sentó en el sofá y rompió a llorar como un niño. Cuando supe el motivo, me quedé helada.

Me llamo Fernando y aún recuerdo cómo conocí a Jaime cuando ambos teníamos veintisiete años. Por aquel entonces, Jaime ya había terminado la carrera con matrícula de honor y se preparaba para defender su tesis. Siempre había destacado en los estudios. Además, ya había conseguido ahorrar y comprar un piso de dos habitaciones y una plaza de garaje aquí en Madrid. Tras terminar la universidad, planeaba comprarse su propio coche. Al año siguiente nos casamos y, al cabo de un año y medio, nació nuestra hija, Inés.
Cuando ambos cumplimos los treinta, Inés tenía apenas dos meses. Como se acercaba su cumpleaños, le propuse celebrarlo en un restaurante junto a sus padres. Pero Jaime no quiso. Dijo que prefería pasar ese día especial solo con nosotras, su mujer y su niña.
Así lo hicimos. Al día siguiente, después del trabajo, fue a ver a sus padres al barrio de Chamberí, pero volvió a casa enseguida. Al entrar, se sentó en el sofá y rompió a llorar desconsoladamente. Me quedé paralizado, porque nunca había visto a un hombre tan íntegro, padre de familia y tan capaz, llorar como un niño. Intenté consolarle y calmarle y, poco a poco, pudo hablar.
Fue entonces cuando se derrumbó el muro. Jaime me confesó que, de niño, recibía golpes por cualquier travesura: jugar al fútbol en la calle, manchar la ropa, cometer un error en los deberes Le pegaban tanto su padre como su madre.
Dejaron de hacerlo solo cuando me hice mayor me dijo. Pero jamás he oído una palabra de cariño de ellos. Terminé el instituto con los mejores resultados.
Bueno, solo es el instituto me decían. Vas a ir a la universidad, ¿no? Y así lo hice, aunque realmente no lo necesitaba para mi trabajo.
Compró su piso.
Solo son cincuenta metros cuadrados le decían mientras ellos vivían en una casa aún más pequeña, de treinta.
Cuando nos casamos, no faltaron críticas. “Esa chica es delgaducha, ¿estás seguro de que podrá tener hijos?”
Nació nuestra hija.
Pues no parece que tenga nada nuestro comentaron.
Por último, sus padres le montaron un escándalo porque no les organizó una fiesta por su aniversario de bodas.
¡Eres un hijo desagradecido! le gritaron, dictando su sentencia como si fuera definitiva.
En medio de todo esto, Jaime me preguntó:
¿Tan mala persona soy para que no me quieran?
Le respondí que hay personas que no saben querer, y que él no tuvo suerte con la familia en la que le tocó nacer. Pero ahora tiene otra: a mí y a nuestra hija. Le queremos muchísimo, porque es el mejor hombre del mundo.
No te das cuenta de lo feliz que haces a nuestra hija cada vez que entras por la puerta le recordé.
Ver el brillo en los ojos de Inés cuando llega su padre a casa fue lo que le devolvió la calma. Al final, sonrió de nuevo. Y yo aprendí que, aunque el pasado no se borre, siempre podemos escoger amar y ser amados.

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Aquel día, mi marido llegó a casa antes de lo habitual, se sentó en el sofá y rompió a llorar como un niño. Cuando supe el motivo, me quedé helada.
Quien nos abandonó y vendió nuestra casa, pero yo encontré la luz en la oscuridad