Mi hermano, Álvaro, tras terminar la carrera, se mudó a otra ciudad lejana por trabajo. Su idea era quedarse solo un año, ahorrar algo de dinero y volver a nuestro pueblo para comprarse una vivienda. Sin embargo, el destino tenía otros planes para él. Allí conoció a una chica, y decidieron casarse. Así que mi hermano se quedó en esa ciudad. Ninguno de nosotros conocía a su esposa.
Por cosas de la vida, justo durante su boda yo estaba en el noveno mes de embarazo y el parto estaba a la vuelta de la esquina, así que decidimos que era mejor que no viajara. Mi padre tampoco pudo pedir días libres en el trabajo, así que solo mi madre fue a la boda. Ella apenas tuvo trato con mi cuñada, simplemente la conoció y ya está. Después se fueron de luna de miel y, a los pocos días, mi madre volvió a casa. Nos contó que la chica era guapa, simpática y sonriente. Pasaron varios años y nunca llegamos a conocer a la esposa de mi hermano.
Este año, sin embargo, mi hermano nos sorprendió con una gran noticia. Había organizado un viaje con varias paradas. Primero vendrían a casa él y su mujer. Después irían a la boda de una amiga suya, luego asistirían a una reunión de antiguos alumnos, después pasarían unos días con mis padres en la costa y finalmente volverían a su casa. Tenían previsto quedarse dos días con nosotros. No vi ningún inconveniente. Es cierto que nuestro piso es pequeño, pero podíamos usar la casita de campo de mis suegros. Mi suegra nos dejó quedarnos allí sin problema. El sitio llevaba tiempo sin reformar, pero tenía lo necesario para estar cómodos. Ese día estaba de buen humor y esperaba a los invitados con ganas.
Cuando llegaron, los problemas no tardaron en aparecer. Mi hermano me presentó a su mujer y, desde el primer instante en que nos vimos, ella comenzó a quejarse: que si en el viaje había pasado calor, que si había ruido, que si no había viajado cómoda…
Fuimos entonces a la casa del campo. Me ofrecí a enseñarles todo. Mi cuñada miraba la ducha y el baño como si los hubiera construido un mendigo. Se llevó a mi hermano aparte, hablaron un rato y, después, él le pidió a mi marido que los llevara a la ciudad. Ella dijo que en esa ducha, ni hablar. Se fueron a nuestro piso, ella se duchó, se maquilló y volvieron.
Para colmo, tampoco quería comer nada de lo que habíamos preparado, aunque lo hicimos lo mejor que pudimos. Que si tenía gluten, que si era demasiado graso; ya ni recuerdo qué más. Al final solo comió unas verduras, y aun así las miraba con recelo. Tampoco quiso dormir en la habitación que preparamos, así que regresamos al piso. Al día siguiente, salimos a dar una vuelta por la ciudad y ella estaba más melindrosa que mi hijo de tres años: que si tenía calor, que si le dolían los pies, que si se aburría.
No voy a negar que respiré aliviada cuando se marcharon. Aún me pregunto cómo ha aguantado mi hermano todo este tiempo. Nos superó en solo dos días.
A veces, las primeras impresiones se quedan cortas ante la realidad, y aprendí que la hospitalidad y la comprensión tienen un límite, sobre todo cuando no hay voluntad de encontrar puntos en común. A valorar, también, que en la sencillez de la convivencia está el verdadero arte de vivir con otros.






