Mi hija se casó con un alemán. Durante dos años viví con ellos, ocupándome de mi nieto y llevando la casa como si flotara entre las baldosas de su piso en Madrid.
Los dos trabajaban en una empresa en la Gran Vía y regresaban siempre cuando la sombra de la noche lo pintaba todo de azul. Yo pensaba que me quedaría allí para siempre, pero parece que los sueños nunca aguantan el peso de la realidad. Un día, mi yerno, con voz de estatua y manos frías, dijo que ya no hacía falta que estuviera, que debía marcharme. Como si la casa me escupiera. Un mes después, ya estaba de vuelta en mi antiguo piso.
Pero allí no encontré el calor esperado. Mientras yo vivía al ritmo de la vida de mi hija, mi hijo se había separado de su primera esposa y abandonó su piso. Sin pensarlo, se instaló en el mío. Y trajo de la mano a su segunda esposa, una mujer de ojos apagados y tripa ya redonda. Ni se le ocurrió preguntarme si estaba bien.
¿Qué hacer? ¿Lanzar a la calle a mi hijo y a su esposa embarazada? ¿O resignarme y tratar de respirar en una habitación para tres, que pronto serán cuatro? Ni mi hijo ni yo tenemos un solo euro para alquilar otra cosa. Llamé a mi hija, le conté la situación como quien lanza una botella al mar esperando respuesta. Nada. Ni una llamada, solo el eco y el zumbido de mi propia esperanza. Supongo que viven en otro mundo, uno hecho de silencios ajenos.
Entiendo a mi hijo, porque no esperaba que yo volviera. Ahora, mi lecho es un sofá en la cocina, invadido por el olor a café. Por las mañanas salgo al mercado, doy vueltas por Chamberí, saludo a viejas amigas, regreso cuando las luces de la ciudad parecen girar en círculos sobre mi cabeza. Con mi hijo, hablo lo justo, sin peleas, pero mi nuera apenas me mira; su aire me ignora como si yo fuera un fantasma transparente.
Jamás pensé que a mis sesenta años sobraría en mi propio hogar, gobernado ahora por otra. Mi hijo sólo ve a su mujer y el hijo que está por llegar y no contempla el agobio de estar todos en el diminuto salón.
Busco un trabajo de media jornada; cualquier cosa que me devuelva un poco de vida propia. Los padres de mi nuera viven en un pueblo de Castilla. ¿Debería pedirle que se vaya con ellos? Pero entonces, ¿mi hijo encontrará allí trabajo? No lo creo Cada noche, mientras el reloj se alarga como un gato, dudo y dudo. Y el sueño nunca me lleva fuera de estas paredes.






