Una mañana, llevé a la oficina un cachorro callejero… Así fue como ocurrió: lo encontré cinco minu…

Tío, te voy a contar lo que me pasó el otro día en el trabajo y aún sigo dándole vueltas. Salí de casa como cada mañana, pero justo al doblar la esquina para coger el metro, me encontré un cachorrito callejero, más sucio que un calcetín después de las fiestas de San Isidro. El pobre temblaba y me miraba con esos ojillos… Total, que no pude dejarlo ahí y me lo lleve a la oficina. Me quedaban cinco minutos para fichar.

Nada más entrar, lo escondí en un rincón, pero el bicho no paraba quieto, y cada dos por tres salía dando saltitos y lloriqueando. Era cuestión de tiempo que lo descubrieran, y así fue; en un abrir y cerrar de ojos, lo habían visto todos mis compañeros.

Y ahí es cuando aquello se convirtió en un desfile de máscaras cayendo al suelo. Mira, la primera en aparecer fue la secretaria, Carmen Fernández. Siempre tan simpática y con una sonrisa que parece que nunca se le borra. Pero, al ver al perrillo hecho un asco, se le torció la cara: “¡Hombre, Rodrigo López! ¿Pero cómo traes eso aquí? ¡Vas a llenar todo de porquería…!” Y de repente, esa máscara suya de alegría y educación, se cayó rota justo al lado del cachorro que seguía moviendo el rabo, tan feliz.

Después apareció la señora Antonia Gómez, la de la limpieza. Pobre mujer, siempre refunfuñando y echando pestes de todo el mundo. Pero en ese momento, su cara llena de arrugas se iluminó con una sonrisa: “¡Ay, qué ricura! Rodrigo, ¿esto viene a una reunión importante o es cosa tuya?” Y ahí estaba, la máscara de gruñona arrugada y hecha bola en el suelo, y delante de mí, la cara de una abuela tierna que pocas veces se deja ver.

Luego llegó mi compañero de toda la vida, Juan Ibáñez, el típico que no sabe decirte que no y suelta chistes hasta en velatorios. Pero ese día, ni siquiera quiso cruzar la puerta. Puso cara de asco y soltó: “Los animales callejeros son fuente de infecciones, Rodrigo… mejor sácalo.” Y ahí en el suelo, tirada, la careta de amigo simpático.

Pero, el que más me sorprendió fue don Francisco Morales, el jefe. Siempre serio, muy en su puesto, que parece que no sabe ni sonreír. Y va, y me suelta: “Rodrigo… creo que hoy necesitabas un día libre. Llévate a ese chaval y vete a casa. Hay cosas más importantes que el curro. Pero no se te ocurra dejarlo en la calle, ¿eh? Que es un ser vivo…” Y, quitándose por fin tres capas de autoridad, me dedicó una sonrisa tímida antes de desaparecer por el pasillo.

Así, tío, al final terminé rodeado de las máscaras caídas de la gente con la que llevo años trabajando. Fue un shock darme cuenta de que no los conocía tanto como pensaba… Y todo gracias a un cachorrito con mirada triste y patas llenas de barro en la oficina, ahí, entre facturas y cafés de máquina, esperándonos a mí y a él una nueva historia.

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Dos hilos