Dos hilos

Dos hilos

¡Carmela, date prisa! ¡Hoy tenemos mucho que hacer! le insistía doña Lucía a su perrita. ¡Ya hemos dado tres vueltas por todo el parque y sigues sin arreglar tus asuntos! ¡Y yo tengo previsto preparar tortitas de requesón para desayunar!

La chata Carmela, descendiente de fieros guardianes orientales, miraba a su dueña con una mezcla de reproche y resignación: “¡La edad, querida! ¿Cómo no lo comprendes? ¡Envejecer no tiene gracia!”

Lucía entendía esa mirada a la perfección y sentía el cansancio pesarle aún más. Por las mañanas, al salir a pasear con la perrita, aún conseguía animarse, repitiéndose que los años no son condena, que todavía queda mucho por vivir, pero al terminar el paseo su ánimo se apagaba; ni el abrigo la abrigaba ya. La brisa primaveral, que hace nada le parecía refrescante, se volvía un vendaval molesto, y la pausada Carmela era causa y reflejo de las nostalgias que se le arremolinaban en el corazón.

¿Y qué le esperaba después de aquel paseo? La cocina, la limpieza, la colada, una serie española de sobremesa y un marido, Antonio, cada día más exigente desde que se jubiló. Se quejaba del destino por haberle apartado demasiado pronto del trabajo, callaba horas, haciéndole pensar a Lucía si estaría enfadado por cualquier nimiedad, o refunfuñaba sin razón aparente.

Antonio no era discreto; él sabía que Lucía empezaba a perder el oído tras una enfermedad y eso, lejos de traerle paz, la obligaba a escuchar sus quejas cotidianas como una letanía, esforzándose por buscar algo de alegría para poder seguir celebrando el nuevo día.

De un tiempo a esta parte, Lucía sentía que la vejez la acechaba. A ratos algo la devolvía a la vida ver los primeros tulipanes del Retiro, o un tarro de crema facial que aún le daba buen aspecto, pero ese impulso desaparecía apenas Antonio fruncía el ceño y murmuraba:

¿Sigues queriendo parecer joven? ¿Y para qué?

En esos instantes, Lucía deseaba romper un plato contra el suelo, gritar y salir de casa con Carmela a cualquier parte. Pero luego, al templar, recordaba al Antonio de antes, el que tanto hizo por ella, y sentía una vergüenza profunda por haber dudado siquiera un instante.

A Antonio lo conoció en la universidad. Lucía, vivaracha, inteligente, risueña y preciosa, era la joya de la promoción. Los chicos la rodeaban, pero ella se mantenía firme. Soñaba con un amor grande y luminoso. De esos que dejan el alma suspendida y el cielo lleno de diamantes.

Eres una piedra preciosa, hija, le repetía su madre. Tienes carácter, eres guapa y todo lo tienes. No te conformes, espera tu momento. Cuando llegue tendrás ese cielo lleno de diamantes y la felicidad en casa. Escúchame, que tu madre no te aconsejará mal.

Y Lucía escuchaba, o lo intentaba.

Pero, ¿cuándo el consejo de una madre pesa más que lo que dictan los sentimientos? Cuando el amor llega, no avisa, ni pregunta.

El primer amor de Lucía no fue Antonio. Ni se conocían siquiera cuando ella sintió que su hora había llegado.

Se llamaba Alejandro. Como ella, era alegre, atractivo y popular, rodeado de chicas que apenas le dejaban respirar.

Estudiaban en la misma clase, pero durante los dos primeros años ni se fijaron uno en el otro. Hasta que saltó una chispa. Y el romance deslumbró a todos.

Paseos, flores, besos robados entre apuntes antes de los exámenes; todo ello llenó aquel año. Los padres de Lucía cuchicheaban ya sobre la boda. Pero la vida, caprichosa, lo cambió todo.

La playa de Denia…

Mítica residencia de estudiantes junto al Mediterráneo, donde Alejandro convenció a Lucía de ir un verano. Allí conoció el amor bajo las estrellas… y el amargo sabor de la traición.

Ilusionada y con la esperanza de una vida juntos, Lucía encontró a Alejandro en la playa… besando a su mejor amiga.

Sólo el mar y el cielo encapotado sabían lo que le costó no caer en la histeria. Corrió sin mirar atrás, ya sabiendo que nunca podría perdonar a quien hasta ayer amaba con todo su ser.

La tormenta tronó como un castigo cuando escalaba hacia el paseo marítimo, calándose hasta los huesos y agachándose de miedo bajo unos relámpagos ensordecedores.

Quizá fue el susto, o quizá el corazón que, por fin, impuso cordura; Lucía se aferró a un arbusto junto al acantilado, se levantó, y susurró:

Todo saldrá bien…

No se lo creía, pero aquellas palabras sencillas le dieron fuerza. Volvió al hostal empapada, sin decir a nadie lo ocurrido.

A la mañana siguiente, aún tensa, fue a la orilla.

Lucía, ¿dónde estuviste anoche? le dijo Alejandro en tono despreocupado, abrazándola. Ella se soltó.

No creo que me hayas echado de menos…

¿Pero qué dices? Alejandro, medio dormido, se rió. ¿Será por el cóctel ese que probaste? Te lo advertí, Lucía. Anda, relájate. Corre, vamos a bañarnos.

Se lanzó al agua, invitándola. Ella, dolida, dio un paso pero alguien la sujetó.

No vayas. No tienes que hacerlo. Ya vales mucho como eres.

Lucía volteó sorprendida. Tras ella, ese chico al que apenas conocía, alto y con orejas grandes; sólo de vista. Ni nombre ni apellidos.

Me llamo Antonio dijo él con serenidad, aún sujetándole la mano. Vamos a otro sitio.

Lucía miró hacia Alejandro, que ya jugaba entre las olas, olvidado de ella. Y asintió lentamente:

Vamos…

El resto de las vacaciones Lucía se recogió en sí misma.

Antonio permaneció, distante pero atento, respetando su silencio y sus heridas.

Por su parte, Alejandro simplemente tomó la mano de otra chica, borrando así del mapa los años compartidos, las promesas, las ilusiones. Pasó página, como si ella nunca hubiera existido.

Lucía regresó a Madrid más madura y… no sola. Vida nueva palpitaba dentro de ella.

¿Qué hago, mamá? Lucía no ocultó nada en casa.

Vivir, hija. Tan sencillo como eso. ¿Qué, puedes seguir tu vida en paz si te quitas esa vida de dentro?

No…

Pues ahí tienes la respuesta. Y aquí estamos tu padre y yo. No te vamos a dejar sola.

¿No te defraudo?

¿Cómo iba a hacerlo? ¡Faltaría más! Vamos, Lucía, si yo también fui joven. No hay juicio en mí, sólo pena de que no hayas empleado la cabeza en algo tan importante. Ahora lo entiendes; la vida cambia para siempre con cada decisión que tomamos. Siempre te conté la verdad. Espero que, de ahora en adelante, pienses bien antes de actuar. La vida es tuya, y nadie más la vivirá por ti. ¿Está claro?

Sí…

Sin saberlo, el destino sostenía ya sus dos hilos, listos para entrelazarse.

Menos de una semana después de su regreso, Antonio la llamó una tarde.

Quiero hablar contigo.

¿De qué? preguntó Lucía, envolviéndose en la chaqueta, aunque hacía calor.

¿Te casarías conmigo? preguntó tranquilo, convencido.

¿Así, tan directo?

¿Para qué retrasarlo? No conozco ni deseo a nadie mejor.

No, Antonio. No puedo. Apenas nos conocemos…

Cuéntamelo entonces. Todo.

¿Para qué?

Es nuestra vida, Lucía. Tuya, mía… quizás nuestra.

Renunciarás cuando lo sepas todo suspiró Lucía.

Déjame decidir a mí se puso serio Antonio. Cuenta.

La noticia del embarazo no le sorprendió nada. Simplemente asintió y repitió la pregunta, invitando a Lucía a meditar bien la respuesta.

Lucía pensó… y se lo negó.

No es tu responsabilidad. Búscate otra, Antonio.

Yo elijo mi camino respondió él, serio, pero no desapareció de la vida de Lucía.

Durante todo el embarazo estuvo a su lado. Y cuando la niña nació, fue Antonio quien la recogió en la maternidad, junto con sus jubilados padres, ahora abuelos de la pequeña.

Lucía dio a luz a su hija puntualmente. Nació en el mismo hospital que ella.

¿Cómo la llamarás? preguntó la matrona admirando aquel pulmón cascabelino.

Mateíta… Por mi madre.

Bonito nombre. ¡Que seas muy feliz, Matea!

Tras el alta, volvieron a casa de los padres de Lucía.

¡Tenemos todo listo, Lucía! susurraba la abuela, acunando ya a la nieta en el coche. ¡Tienes que ver la cuna que Antonio ha traído! ¡Es una maravilla!

¿De verdad? sonreía Lucía en secreto, empezando a notar que su hija, después de todo, tendría un padre.

La cuna resultó ser preciosa. La madera tallada brillaba suavemente en la penumbra.

Qué preciosidad… recorrió Lucía la talla con los dedos, mirando a su hija dormir. ¿La has hecho tú?

¿Quién si no? Mi padre era ebanista, me enseñó. Para hacerle una cama a nuestra niña me basta lo que sé.

¿Nuestra hija?

Si lo quieres. No insistiré. Ya sabes todo. Cuando lo decidas, basta con que lo digas. Yo esperaré.

Lucía habló. No de inmediato; más de dos años pasaron hasta que algo en su corazón le susurró que Antonio ya le era imprescindible.

La boda fue sencilla pero alegre. La pequeña Matea aplaudía fascinada aquel primer baile de sus padres felices.

Luego vinieron más cosas: el nacimiento de su hijo, la marcha de sus progenitores, alegrías, penas… todo lo que la vida dispensa poco a poco. Los hijos crecieron, formaron sus familias y se fueron; solo acudían en Navidad y verano, pero a Lucía y Antonio les parecía poco.

De vuelta a casa, Lucía lavó las patitas de Carmela, se puso el delantal y se aprestaba a los quehaceres cuando entró Antonio, agitando una carta.

¡Lu, baila! exclamó.

¿Por qué motivo? refunfuñó ella, con cara de pocos amigos, intercambiándose en el papel de la amargura matinal.

¡Carta de Arturo! ¡Dice que hay novedades!

¿Qué dice?

Lucía abrió la nevera, cogió el requesón y dejó caer su bol favorito al suelo al escuchar:

¡Le trasladan! ¡A Madrid! ¡Ahora estará cerca de Matea! Y también nosotros, Lu, ya va siendo hora. Allí están los hijos, los nietos, la alegría. Y nosotros aquí, en soledad. Matea lleva años insistiendo, y ahora Arturo también se traslada con su familia. Dice que ya nos ha encontrado piso en el edificio de al lado; si vendemos nuestras casas y echamos un poco más, tenemos para todo. Nos pide que lo pensemos. ¿Qué dices?

Lucía suspiró, esquivó los trozos rotos y abrazó a su marido:

¿Y qué hay que pensar, Toño? ¡Vámonos! Es nuestra vida, aunque quede menos que antes. Nadie la vivirá por nosotros.

Antonio le dio un beso, la apartó delicadamente y se acercó con un trapo.

No te metas. Te vas a cortar.

¡Vaya problema! ¡Siempre te quejas de que intento parecer joven, y ahora te preocupas de que me corte! ¿Qué me va a pasar, abuelo setero?

¡Pero, Lu, si tú nunca has sido vieja! alzó la vista fascinado. Para mí sigues siendo la mejor, igual que aquel verano en la playa, ¿te acuerdas?

Y de nuevo Lucía sintió el olor del mar, las gotas en la cara y una mano cálida sujetándola. Y todo lo demás, de pronto, pareció insignificante. Lucía sonrió y tomó el trapo de manos de Antonio.

¡Pon el agua para el té, cariño! Que luego se te quejará la espalda con tanto agacharte. Y, sonriéndole tiernamente, apretó su mano. Lo recuerdo, Toño…

La vida, como esos dos hilos, siempre nos da la oportunidad de entrelazar destinos. Sólo hay que atreverse a esperar, a perdonar y, sobre todo, a vivir para uno mismo, porque al final, nadie puede vivir la vida en nuestro lugar.

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