Diario personal, martes
Sí, lo hemos decidido juntos: pensamos que era lo mejor para los dos. Hablamos tranquilos, lo tomamos con mucha calma. Incluso bromeamos un poco. Para algo somos personas civilizadas, ¿no?
María reunió sus cosas. Y, cómo no, también se llevó a nuestra perrita, Lúa.
Se marchó.
Pasaría tres días en casa de su hermana menor, Clara.
Bueno, las chicas tenían ganas de pasar unos días juntas, aprovechar las vacaciones y desconectar. Tumbarse en la cama hasta tarde, charlar, ver películas, comer chocolate bajo la manta, y reírse de las fotos en Instagram. Y, por supuesto, mimar a la pequeña Lúa.
¿Y yo? Pues nada fuera de lo común. No me puse a beber vino ni llamé a los amigos para armar juerga. ¿Para qué todo eso?
Vamos, que lo más salvaje fue poner la música a tope por la mañana. Bueno, y limpiar la placa y el frigorífico con ganas, toda una locura.
Ayer María y Lúa volvieron a casa. Fue por la tarde. Nos abrazamos, nos dimos besos, lo típico. Incluso le propuse salir los tres a pasear. Normalmente ella es la que saca a Lúa y lo hace rápido. Pero esta vez, la abrigamos bien y nos aventuramos a dar la vuelta a la manzana.
Caminamos juntos y charlamos sin parar. En medio de la conversación, Lúa perdió uno de sus botines de invierno, ni nos dimos cuenta.
Nuestra costumbre por la noche es ver una peli o leer algo los dos en el salón. Pero anoche no vimos ni leímos nada. Nos acostamos temprano.
Pienso, de verdad, que estas pequeñas ausencias fortalecen el matrimonio. De hecho, son hasta necesarias de vez en cuando, aunque sea una vez cada seis meses. Y no hablo de esas broncas tontas de “me voy a casa de mi madre”. No. Hablo de separaciones saludables, pactadas: uno se va unos días, a casa de una hermana, o con un amigo al pueblo, o a San Sebastián, hay mil planes posibles.
Darse vacaciones el uno del otro es algo importante y beneficioso, incluso en las mejores relaciones. Porque hasta la felicidad matrimonial necesita un poco de argumento, de cambiar el guion de vez en cuando.
Y, sinceramente, a los hombres nos viene bien estar solos a ratos. No es cuestión de volverse un ermitaño, ni de pasarse al coñac por las mañanas; simplemente disfrutar de la soledad. Supongo que a las mujeres también les vendrá bien, aunque en ese tema no soy el mayor experto. Me da la impresión de que ellas son seres más sociales, más dependientes de la comunicación y el contacto. Pero bueno, tampoco voy a sentar cátedra.
A nosotros nos hace falta ese pequeño retiro a solas. ¿Por qué los maridos se van de pesca? ¿Por los peces? Qué va. Lo importante es pasar un par de días a solas, mirando el río, escuchando a los pájaros. Casi como una meditación.
Pero lo mejor de todo siempre es la vuelta. Esa alegría, ese cariño, esa energía que se siente. Es por esto por lo que merece la pena. ¡Hola, mi amor!
Y a la cama pronto, cuanto antes mejorEsta mañana, mientras desayunábamos juntos, María sonrió y dijo, como de pasada: ¿Sabes qué? Creo que podríamos hacer esto más a menudo. No separarnos, sino regalarnos nuestro propio espacio, para luego reencontrarnos con ganas. Lúa ladró, como si estuviera de acuerdo.
Me eché a reír. En el fondo, cada quién necesita aire, aunque sea solo para echarlo de menos al volver a respirar junto al otro. Y es cierto, la magia, a veces, está en la distancia justa entre dos manos que vuelven a buscarse. En ese mini abismo que se cruza, cada vez, con un abrazo.
Así que aquí seguimos, entre idas y vueltas, compartiendo el sofá con la perra y sabiendo que, mientras siempre exista ese deseo de volver a casa, ningún viaje, por breve que sea, puede alejarnos realmente.
Porque al final, después de todo, el verdadero viaje es el que hacemos el uno hacia el otro, una y otra vez, y cada regreso es una pequeña fiesta sin fuegos artificiales, pero llena de la luz suficiente para seguir adelante.






