Jamás pensé que dejaría a mi propio hijo en el piso de mi abuela y acabaría arrepintiéndome: La conv…

Nunca pensé que llegaría a dejar a mi propio hijo en el piso de mi abuela y acabaría arrepintiéndome.

He vivido con mi madre toda mi vida en un piso de tres habitaciones en Madrid, así que siempre tuvimos espacio suficiente para los dos. Mi idea era pensar en mudarme sólo cuando formase mi propia familia. Sin embargo, las cosas no salieron como planeé. Cuando empecé mi relación con Diego, ambos pensamos que era mejor no gastar dinero en alquiler y, en su lugar, ahorrar, así que, tras seis meses de casados, nos fuimos a vivir con mi madre.

Mi madre, Leonor, parecía llevar esperando ese momento toda la vida. Con la llegada de mi marido, empezó a hacer listas interminables de tareas diarias y, además, no dejaba de vigilarme, incluso en el trabajo.

Mi madre ya tenía 65 años, así que no entendía de dónde sacaba tanta energía. La presencia de mi marido en casa hizo que renaciese; era imposible de aguantar, y al final decidimos buscar otro sitio donde vivir.

Fue entonces cuando Leonor me confesó un secreto: había heredado de mi abuela un piso en Salamanca, que hasta ese momento tenía alquilado. Como queríamos independizarnos, nos lo ofreció. Por supuesto, nos hizo mucha ilusión la noticia, pero a mí siempre me quedó la inquietud de que mi madre no quería darnos oficialmente el piso. Decía que, estando casada, no quería que Diego pudiera reclamar derechos si algo pasaba.

Aquel piso independiente se convirtió para nosotros en un sueño hecho realidad, un cuento de hadas. Pero pronto descubrimos que el regalo tenía truco: el piso se suponía que era un préstamo, y había que pagarlo ayudando cada fin de semana a mi madre en su casa del pueblo, en Ávila. Por supuesto, nosotros estaríamos dispuestos a echarle una mano, pero lo que no esperábamos es quedarnos sin ningún día libre, lo que empezó a minarnos la paciencia. Al cabo de un año, Diego no aguantó más y dijo que, al menos, necesitaba un fin de semana en casa para descansar después del trabajo. Desde entonces, fuimos a ayudar a Leonor tres veces al mes.

Cuando nació nuestro hijo, necesitábamos aún más ayuda. Como últimamente Diego solía ir solo al pueblo y cada vez menos porque procuraba también echarme una mano en casa, no quise decir nada; al fin y al cabo, todos tenemos derecho a descansar.

Un fin de semana en el que mi marido no fue al pueblo, mi madre vino a vernos y nos dio una buena reprimenda diciendo que Diego tenía la obligación de ir todos los fines de semana. Cuando él le contestó que también tenía derecho a descansar, ella empezó a acusarle de estar viviendo en “su” piso y, por tanto, de aprovecharse de ella.

Diego, cansado de la situación, dijo que no volvería a poner un pie en el pueblo jamás.

Mi madre se sintió muy ofendida y, desde aquel momento, no pasa un día sin que en cada llamada telefónica ponga a mi marido de vago y de mal yerno:

Nunca pensé que acabaría dejando a mi propio hijo en el piso de la abuela para arrepentirme después. Tenía que haberlo alquilado a desconocidos.

Actualmente, Diego y yo buscamos piso de alquiler, pero desgraciadamente lo que hemos ahorrado no nos permite comprar uno propio en euros. Ya no aguantamos más esta situación. Quiero mucho a mi madre, por eso hemos decidido mudarnos para evitar más discusiones y dejar que la vida nos sorprenda con lo que tenga preparado.

¿Qué opináis vosotros de la situación de esta pareja?

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