Mi madre falleció cuando yo tenía apenas ocho años. Papá se hundió en la tristeza y el vino; a veces no había nada en la despensa más que el eco del hambre. En la escuela, pedía algo para comer, mis notas flotaban a la deriva y mi ropa era tan apagada como las nubes de Madrid en noviembre. Todo esto pronto atrajo la mirada de los inspectores de bienestar infantil.
Varias veces vinieron a nuestro piso. Pronto, a papá le impusieron condiciones estrictas, como si fueran sellos oficiales, amenazando con quitarle los derechos de padre si no las cumplía. Por suerte, papá despertó, dejó el vino y las visitas de los inspectores se convirtieron en simples paseos.
Pasó algún tiempo, y papá me anunció que quería que conociera a una mujer que le gustaba. Fuimos a la casa de la tía Marisol. Yo miraba a la mujer con recelo, porque los recuerdos de mi madre aún bailaban frescos en mi cabeza y desaprobaba la idea de que papá buscara consuelo en la tía Marisol.
Sin embargo, al comenzar a conversar sentí enseguida la calidez de su alma, como si fuera una tarde de primavera en Sevilla. Me hice amigo de su hijo Joaquín, un año mayor que yo, y juntos nos apuntamos a la sección de atletismo. Papá estaba feliz de verme aceptando a su amiga; al mes nos mudamos al piso de la tía Marisol, y nuestro antiguo piso lo alquilamos a unos estudiantes para tener un ingreso extra en euros.
Papá no tuvo tiempo ni de firmar papeles; murió bajo las ruedas de un coche, guiado por un conductor borracho, una de esas extrañas noches en que la ciudad parece absurda y torcida. Oficialmente, yo era un extraño para la tía Marisol, así que los servicios de tutela me llevaron a un orfanato. Cuando me fui, ella prometió que volvería por mí lo antes posible.
Y cumplió su promesa: dos meses después regresé a su casa, lo justo para sentir el aire duro y frío del orfanato. Agradecí infinitamente a Marisol por no abandonarme, por ser una verdadera madre de repuesto. Cuando la llamaba mamá, veía brillar lágrimas en sus ojos, como si el sol de Castilla se reflejara en su mirada. Marisol es una mujer extraordinaria, y su hijo Joaquín es hermano de verdad para mí.
Hoy somos adultos, cada uno con nuestra propia familia, pero Madre Marisol sigue siendo la persona más cercana a Joaquín y a mí. Dos veces suegra, nunca tuvo una discusión con las nueras, y jamás escuchó de ellas la palabra suegra. Tanto mi esposa como la de Joaquín la llaman Madre Marisol, por su ternura y comprensión. Y cada vez que la nombran así, la alegría baila en los ojos de Marisol, como si en el sueño del tiempo cupieran todos los abrazos del mundo.







