¿Me he convertido en la causa de la irritación de mi propio marido..? Durante ocho años todo fue d…

¿Me he convertido en una molestia para mi propio marido…?

Durante ocho años todo fue estupendo, pero en el noveno año, a Álvaro empezó a molestarle absolutamente todo, y, sobre todo, yo, Inés.

Álvaro regresaba tarde a casa, cenaba murmurando algo ininteligible, abría el portátil y se pasaba hasta la madrugada jugando a juegos de disparos. Si me miraba, era con una expresión de dolor permanente, como si tuviera caries desde la coronilla hasta los talones. Y cada vez más a menudo me soltaba, de manera seca, que esa noche dormiría en casa de su madre.

Un día, no aguanté más y llamé a mi suegra:

Doña Matilde, ¿está ahora Álvaro en su casa?
A lo que Matilde, con voz empalagosa, contestó:
Una buena esposa, Inesita, siempre sabe dónde está su marido.

Incluso me compré un libro titulado Cómo retener a tu marido, y, sin saber por qué, le expliqué a la cajera que era para una amiga. La chica me miró con lástima y un poco de desprecio.

Después caí en la cuenta de que ese libro era una farsa. ¿Cuántos maridos hay que retener para escribir un libro entero sobre el tema? Y si se retienen todos, ¿de dónde salen los nuevos maridos para seguir practicando?

Ciento cincuenta páginas de consejos útiles: que el marido debe añorar el calor de hogar, que hay que probar con lencería sugerente, que hay que interesarse por sus cosas Hasta aprendí a hacer masa de pan, que siempre se me resistía. Pero a Álvaro no le apetecía el hogar ni aunque oliera a pan recién hecho. Igual era porque no amasé la masa en ropa interior seductora. O quizá tendría que haberme presentado así en casa de mi suegra, donde supuestamente se escondía mi marido.

Intenté vivir sus intereses, pero fracasé: En mi primer intento pasé el nivel del videojuego en el que él llevaba una semana atascado. No solo no mejoró nuestra relación, sino que la distancia creció.

Un día, fui a comprar unas botas de invierno y regresé a casa, por el mismo precio, con un cachorro regordete. Lo miré y me di cuenta de que siempre había soñado con tener un perro… no cualquier perrito de bolso, sino uno de verdad, de los que parecen personas.

La mujer que me lo vendió se presentó como criadora:

¿Sabes algo de perros? me preguntó. ¿No? Bueno, pues este es un golden retriever.
Cuando pregunté por qué era tan poco dorado, respondió condescendiente:
Cuando crezca, le saldrá todo el dorado. Es un perro de raza, muy de moda, padre y madre campeones ¡Va a ser un bellezón! Y tengo todos los papeles. Te lo doy casi de regalo.

Me dijo un precio y, aunque no llevaba tanto, aceptó lo que llevaba encima.

Alguien tenía que alegrarse de mis llegadas a casa. Las botas no iban a mirarme con devoción, mover el rabo ni traerme las zapatillas.

Álvaro, que justo esa noche recaló en casa, preguntó:

¿¡Eso qué es!?
Un golden retriever de raza le contesté, y no ha sido caro. Aquí tienes los papeles.
En los documentos, el cachorro figuraba como buldog español. El teléfono de la criadora resultó ser el de una empresa de reformas donde, al preguntar por perros, contestaron con palabrotas.

¿Es que no tienes ojos? ¿Dónde ves tú aquí ni golden retriever, ni buldog? ¿Cuánto has dado? ¿Cuánto? ¡Es que no tienes ni dos dedos de frente!

El cachorro, incómodo por los gritos de Álvaro, gruñó amenazante. Pero en vez de gruñido, soltó un charco considerable en el pasillo.

¡Dios mío, con quién estoy conviviendo! exclamó mi marido mirando al techo, para volver enseguida al ordenador. Y tenía una cara como si me estuviera fusilando con los ojos.

A la mañana siguiente, el cachorro ya tenía la casa dominada: durante la noche, había hecho añicos las zapatillas deportivas de Álvaro y le había mordisqueado los mocasines.

Ahí estalló todo.

A Álvaro todo en mí le resultaba horroroso e insoportable: el rostro, la ropa, mi manera de ser, mis pensamientos. Incluso el hecho de que gano el doble que él. Solo para humillarle, según él. Y que no tenemos hijos.

Pero, Álvaro, si fuiste tú quien no quiso tener niños me atreví a susurrar.
¿Y qué niños puede tener una inútil? ¡Idiotas como ella! ¿Tú te has visto? ¡¿Quién querría a una tonta como tú?!

El cachorro, después de escuchar aquello, se acercó tambaleante sobre sus gruesas patas y trató de morderle el tobillo.

A mí, el coraje y la pena por los hijos que no tenía me cerraron la garganta. Solo miré cómo mi marido metía sus cosas en la maleta.

Treinta años. Vida acabada. Punto y final. Hasta aquí.

Pero, claro, nada de esto puedes explicárselo al cachorro. Él, con cara de pena, mordisqueaba mi calcetín haciéndose el huérfano desvalido. Nada le importaban mis dramas ni mis pensamientos oscuros: él solo quería comer, agua fresca y que le dijeran lo bonito que era y le rascaran la barriga.

Gordo crecía deprisa, pero nunca fue un defensor, pese a su aire de sabueso de Baskerville. El instinto de morder lo tenía atrofiado; lo que más se le daba era lamer y acurrucarse.

Por las noches me iba a pasear con él hasta tarde. Y me pasó lo inevitable. En diciembre, comenzaron unas obras en los patios y, con el suelo hecho un barrizal entre nieve y lluvia, Gordo se cayó en una zanja recién abierta y gimió lastimoso. Me asusté tanto que salté tras él, y tuve suerte de no romperme nada. La zanja era profunda, con las paredes de barro resbaladizo, y casi medianoche. El móvil, por supuesto, lo había dejado en casa.

Al principio me dio vergüenza pedir ayuda, pero tras varios intentos fallidos empecé a gritar: ¡Socorro!

Al final, a mis gritos respondieron dos chicos góticos, que, bajo la luz del farol, parecían salidos de un cuento tétrico. Pero no hicieron ningún ritual: llamaron a los bomberos y esperaron conmigo, bromeando entre ellos. Sacaron primero a Gordo, que les lamió las caras entusiasmado, y luego a mí, que salí temblando de frío y barro.

El jefe de los bomberos dedicó sendos improperios al perro tonto, a la torpe de Inés, a los vagos del ayuntamiento y a los obreros manazas. Hasta el gobierno se llevó lo suyo. Gordo no había escuchado palabras así nunca y, en vez de asustarse, seguía saltando de alegría, hasta que le estampó el hocico en la nariz.

Así que, a la una de la mañana, la estampa era: Gordo, mugriento pero feliz; yo, tiritando y embarrada; los bomberos y los dos góticos, embadurnados de barro, y el jefe con la nariz sangrando.

Deberías educar mejor a tu monstruo, señora me dijo el bombero.
Lo intento, pero es más difícil de lo que parece.
Como yo mismo, macho le dijo uno de los góticos a su amigo, y soltó una risa que no pegaba nada con su vestimenta.

Vivo en ese portal. Si queréis, podéis veniros a lavaros ofrecí, castañeteando los dientes.

Venga, ve tú, jefe, que estás hecho un Don Quijote ensangrentado gritaron los bomberos.
A este paso, cuando terminen las obras, yo me habré quedado a vestir santos comentaría después mi amiga Lucía.

P.D. Los hijos de Inés no resultaron ser genios, sino niños simpáticos y listos: Santi y Carmen. En primero de primaria, había que hablar de la familia.

¡Nuestro papá salva el mundo! ¡Y nuestra mamá trabaja con el ordenador! dijo Santi con picardía.

Y la calladita Carmen añadió:

¡Y nuestro perro sabe ver la tele!

A veces la vida te derriba a una zanja, pero hay salidas, incluso aunque salgas pringado de barro, si hay amigos humanos o de cuatro patas que no dejan de buscar tu alegría.

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