Nada más volver a casa, mi vecina me sorprendió diciendo: «En tu piso todos los días grita un hombre…

Mira, te tengo que contar lo que me pasó, porque aún no lo asimilo. Ayer, en cuanto volví a casa, mi vecina Carmen esa que vive justo al otro lado del rellano en la calle Mayor me suelta a la cara: En tu piso hay un hombre que no para de gritar todos los días, ya estamos todos hartos, Lucía. Yo me quedé blanca. ¿Pero cómo va a ser? Si yo vivo sola, no viene nadie y siempre estoy fuera por trabajo.

Al día siguiente, después de estar toda la noche dándole vueltas, decidí no ir a la oficina. Llamé diciendo que tenía fiebre y, para disimular delante de los vecinos, salí a las ocho puntuales, bajé al Seat, arranqué, avancé unos metros… y luego, con todo el sigilo del mundo, volví, entré por la puerta de la cocina y me metí bajo la cama con manta y todo, temblando de los nervios.

No te imaginas lo interminable que fue la espera. Escuchaba cada crujido del suelo, el tic-tac del reloj del salón, hasta el agua de las cañerías. Y justo a las once y veinte, clavadito, oigo que abren mi puerta con llave.

Pasos por el pasillo. Sin prisa, como si quien entrase estuviera en su propia casa. El sonido de unos zapatos arrastrándose por el suelo de parqué, resonando como siempre, pero ahora era como una puñalada. Entra en el dormitorio.

Y entonces, debajo de la cama, escucho una voz de hombre grave y fastidiada: Ya lo tienes todo tirado otra vez, Lucía Dijo mi nombre. Y me quedé helada, porque ese tono, esa forma de hablarme, me resultaba tremendamente familiar. Un escalofrío. Sabía perfectamente quién era.

No veas el susto que me llevé. Cuando se fue, llamé a la policía con las piernas como flanes, y ahí fue cuando me enteré de la verdad.

Verás, el casero, don Pablo, tenía copia de mis llaves y se metía en mi casa siempre que yo me iba a trabajar. El hombre sabía perfectamente mi horario lo típico de las conversaciones esas que tienes con el casero al principio, que le cuentas a qué hora sales y vuelves por si alguna vez pasa algo. Y él tan campante: entraba, se quitaba los zapatos en la entrada, se tumbaba en mi sofá, se hacía café con mi cafetera, veía la tele, hasta se echaba una siesta en mi cama Vivía allí como si fuera el rey del mambo, pero sólo cuando yo no estaba.

Nunca robó nada ni buscó nada de valor. Era como si la casa siguiera siendo suya y quería comprobar que todo seguía a su gusto. Él mismo había colocado los muebles y elegido todo para alquilar el piso, y claro, debía de sentir que aún podía disponer del sitio.

No solo eso: hablaba solo. Comentaba si había desorden, si dejaba ropa sobre las sillas, si tenía platos sin fregar y los vecinos, que todo lo oyen gracias a lo finas que son las paredes en estos pisos de Madrid, escuchaban el follón y pensaban que tenía un invitado gritón o un novio secreto. Y claro, las quejas, las miradas raras, todo eso tenía sentido ahora.

El día que se lo llevó la policía, el hombre ni entendía por qué era tan grave. Decía que el piso era suyo, que las llaves eran suyas y que solo entraba a asegurarse de que todo estaba bien.

Desde entonces, de lo que sí estoy segura es de una cosa: jamás, pero jamás me vuelvo a meter en un piso nuevo sin cambiar la cerradura el primer día, aunque me cueste un par de euros más. No te puedes fiar ni de la Virgen, amiga.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

nineteen − sixteen =

Nada más volver a casa, mi vecina me sorprendió diciendo: «En tu piso todos los días grita un hombre…
Mi marido y mi hija me ignoraron para siempre, así que me alejé en silencio. Después, empezaron a entrar en pánico…