La abuela fue reunida por toda la familia

Hoy he ayudado a preparar las cosas de la abuela para irse al pueblo, como hacemos cada año en familia. Sin pudor, le decimos directamente lo mucho que nos cansa tenerla en casa, recordándole que por fin ha llegado la primavera y que pronto se marchará al pueblo hasta bien entrado el otoño. Los nietos, incluyéndome, somos fríos en nuestro trato. Mi madre, la nuera, jamás le tuvo cariño, y mi padre, siempre de viaje por trabajo, cuando regresa tampoco mejora el ambiente hacia ella.
La abuela es casi una carga para nosotros. Ella lo sabe y lo aguanta, resistiendo el trato con la esperanza de que la primavera traiga consigo algo bueno, algo seguro, algo real. Este año la primavera llegó pronto. La abuela solía sentarse junto al portal y admirar el cielo cálido, dejándose arropar por el sol, con el aspecto de un gorrión desaliñado. Delgada, con ropas gastadas, los zapatones viejos y unas chanclas de goma sobre ellos.
Sin embargo, los vecinos siempre la trataron bien. Todos la saludan, le preguntan cómo está, y a veces le ayudan a subir hasta el quinto piso. Los chavales del barrio incluso la han ayudado más de una vez, llevando su bolsa de la compra cuando la ven de camino desde el mercado.
A pesar de su edad, la abuela lleva la casa a cuestas: cocina, lava, limpia. Son sus tareas de siempre. Mi madre apenas participa en ellas. Cuando llega cansada del trabajo y deja los zapatos tirados en el recibidor, le suelta: Estás todo el día en casa, así que hazlo tú. Los nietos evitamos hablarle, y cuando traemos amigos, ella se encierra en su cuarto porque uno de nosotros le dijo que su aspecto nos da vergüenza.
Nunca contradice a nadie, prefiere callar. Por las noches, cuando todos dormimos, llora bajito en su pequeña habitación. El día del viaje, la llevamos al tren en taxi, evitando el bus y el trasiego de la familia. Apenas lleva una bolsa vieja y un bulto pequeño con ropa usada.
Apoyada en su bastón, camina despacio por el andén. Se sienta en una banca, y espera el tren. Cuando se sube, mira por la ventana con una dulzura especial. Mientras el tren arranca, saca de su bolsa una foto arrugada: en ella sonríen mi padre, mis hermanos y mi madre. Últimamente, sólo ahí ve esas sonrisas. La besa y, con cuidado, la guarda.
Al llegar a la estación del pueblo, alguien la acerca casi hasta la puerta de su casa. Abre la cancela del patio, caminando por el sendero embarrado hacia la humilde casa. Ahí todo es suyo, es su hogar. Incluso las paredes envejecidas, la verja torcida y el porche que ya no aguanta el peso, la necesitan. Aquí sí la esperan.
El pueblo es su todo. Aquí nació, aquí nacieron sus hijos, aquí murió su esposo. Vivió casi la mitad de su vida en este lugar. Perdió a su hijo mayor, y así tuvo que seguir.
Abre las contraventanas, enciende la chimenea, y se sienta en el banco junto a la ventana. Recuerda cuando sus hijos ocupaban ese banco, comían en esa mesa, dormían en esas camas, corrían por ese suelo, miraban por esos cristales. En su oído retumban las voces infantiles, cuando era la madre más necesaria, la más querida.
El sol iluminaba entonces la habitación como ahora, y hubo muchas primaveras felices y tranquilas, vividas entre esos muros. La abuela sonríe ante la amable primavera del pueblo
***
Por la mañana, no despertó. Se quedó para siempre en su tierra. En la mesa había muchas fotos antiguas, y una reciente, arrugada, esa que ayer la abuela acariciaba.
Mientras vivimos, todavía estamos a tiempo de muchas cosas. De pedir perdón, de agradecer, de declarar lo que sentimos. Mientras estamos vivos, no debemos posponer esas cosas. Porque cuando alguien se va, ya no vuelve, y en nuestro corazón quedarán piedras difíciles de cargar.
Hay que vivir con fe, verdad, y hacer el bien desde dentro, desde uno mismo. Amar y esperar, valorar los sentimientos de otros, recordar a quienes nos dieron vida y nos ayudaron a crecer.

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