La abuela, reunida entre toda la familia

Toda la familia se reunía para preparar el viaje de la abuela.
Sin disimular, le confesaban directamente cuánto les agotaba su presencia y le hablaban del alivio que traía la primavera al saber que, por fin, marcharía al pueblo hasta bien entrado el otoño. Los nietos la trataban con frialdad, su nuera nunca mostró cariño, y su hijo, siempre de viaje por negocios, cuando volvía tampoco se esmeraba en tratarla mejor.
Era una carga para ellos. Ella lo sabía, lo soportaba con resignación, y cada año aguardaba la primavera como si fuera la promesa más hermosa y sincera.
La primavera llegó temprano aquel año. La abuela solía sentarse en la entrada del portal, contemplando el cielo cálido y azul, buscando el calor del sol. Su aspecto era frágil, como un gorrión desprovisto de plumas. Delgada, vestía ropa vieja, desgastada, con unos zapatos roídos y unas alpargatas cubiertas de polvo.
A pesar del desdén familiar, los vecinos la trataban con respeto. Siempre la saludaban, le preguntaban por su salud, y no dudaban en ayudarla a subir las escaleras hasta el quinto piso. Los chicos del barrio incluso le llevaban la bolsa del mercado cuando coincidían con ella de regreso de la tienda.
Aunque la edad pesaba, la abuela se ocupaba de todo en casa: cocinaba, lavaba, limpiaba. Eran sus obligaciones, pues su nuera raramente se encargaba de esas tareas.
Ya que pasas el día aquí, lo menos es que te ocupes de todo le soltaba la mujer, descarada, al llegar fatigada del trabajo, mientras dejaba caer los zapatos en la entrada.
Los nietos preferían no hablarle. Cuando venían amigos a casa, ella se refugiaba en su habitación, recordando aquel día en que uno de sus nietos le dijo que su presencia les avergonzaba.
La abuela jamás discutía. Guardaba silencio. Por las noches, cuando todos dormían, lloraba discretamente en su pequeño cuarto, lamentando su suerte.
La llevaron a la estación en taxi, para evitar paseos incómodos en autobuses. Su equipaje era escaso: una bolsa vieja y un atillo de ropas deslucidas.
Apoyada en su bastón, avanzaba despacio por el andén. Se sentó en un banco, esperando. Al llegar el tren, subió despacio al vagón y miró el paisaje por la ventana con ternura y nostalgia. Cuando el tren arrancó, sacó de la bolsa una fotografía arrugada: su hijo, nietos y nuera le sonreían desde el papel. Ahora, solo ahí encontraba esas sonrisas. Besó la foto y la guardó con cuidado.
Al bajar en la pequeña estación, marchó silenciosa hacia el pueblo. Alguien le acercó hasta casi la puerta de casa. Abrió el portón de madera y avanzó por el sendero enfangado hasta la casa de la infancia. Allí todo le era propio, familiar. Allí la necesitaban: aunque fuese solo por las viejas paredes, el cerca desvencijado o el porche ajado, sentía que era imprescindible. Allí la esperaban.
El pueblo, para la abuela, era su vida entera. Allí nació, allí nacieron sus hijos y murió su esposo. Media vida la pasó entre aquellos muros, y también sufrió la pérdida del hijo mayor, que nunca llegó a ser adulto.
La abuela abrió las contraventanas, encendió la chimenea. Se sentó en el banco, junto a la ventana, y se dejó llevar por sus pensamientos. En ese banco habían estado sus hijos, en esa mesa comieron todos juntos, y aquellas camas fueron testigos de sus sueños. Por aquel suelo corrieron, y por aquellas ventanas miraron el mundo. Aún resonaban en sus oídos las voces infantiles. Entonces era madre, la más necesaria y querida.
El sol seguía iluminando la casa, y hubo cientos de primaveras felices en ese hogar, entre cuidados y alegrías. La abuela sonrió a la primavera del pueblo, cálida y acogedora.
***
Por la mañana no despertó. Permaneció para siempre en su tierra, la suya, rodeada de recuerdos. Sobre la mesa reposaban muchas fotos antiguas, y una reciente, arrugada, la misma en la que aún el día anterior sus familiares le sonreían.
Mientras vivimos, tenemos tiempo para todo.
Pedir perdón, agradecer, confesar sentimientos. Mientras tenemos vida, no debemos dejar esos momentos para mañana. Porque cuando alguien se va, nunca regresa, y en nuestro corazón quedan piedras imposibles de llevar.
Hay que vivir con fe, con verdad, y hacer el bien de corazón. Amar, esperar, valorar los sentimientos de quienes nos dieron la vida y nos enseñaron a caminar.

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