Una llamada inesperada: —¿Pablo Ivánovich? —la voz en el auricular sonaba fría y oficial. —Sí, soy …

¿Don Rafael Alonso? la voz al teléfono sonaba tan fría y formal como el viento en la Plaza Mayor.
Sí, soy Rafael Alonso. ¿Con quién hablo?
Le hablo desde la dirección de la Casa Cuna. En una semana su hija cumple tres años y nos veremos obligados a trasladarla a otra institución. ¿Seguro que no vendrá usted a recogerla?
Espere, ¿qué hija? ¿Qué niña? Tengo un hijo, Tomás balbuceo, atónito, entre sueños y migajas de memoria.
Soledad Rafela Castellanos. ¿No es su hija?
No… no, no es mía. Yo soy Alonso. Rafael Alonso, pero Alonso.
Disculpe murmuró, ahogada y cansada, la voz en la línea, ha debido de haber algún error.
El pitido seco y destemplado que siguió rasgó el aire como una campana funeral.
¡Qué disparate! bufé, indignado. Una hija, una niña, ¡así sin más! ¿Qué clase de desorden llevan en sus papeles?
Sin embargo, la llamada quedó clavada en mi corazón como una astilla. Giraba mi cabeza en un remolino absurdo: ¿cómo vivirían los niños sin casa, sin el calor de una madre, el cuidado de un padre, el bullicio de los abuelos? Tomás tenía de todo: tías, tíos, primos, abuelos por un lado y por el otro…
Carmen lo notó enseguida. Ella, que lleva casi diez años dándose cuenta de hasta mi más leve suspiro, y me conoce desde que en primero de EGB compartimos rotuladores y meriendas.
Esperó a la cena para interrogarme, con la precisión quirúrgica del cuchillo jamonero.
¿Cómo se llama, pues?
¿Quién? farfullé, descolocado (¿cómo demonios se ha enterado? ¿También le llamaron a ella?).
Soledad. Sole.
Ah, Sole, dices… Yo tengo a Carmen, y tú tienes a Soledad, ¿eh? subió el tono, como si el gazpacho hirviera.
Eso parece asentí. Soledad Rafela Castellanos.
¡Vamos, dime hasta su DNI, Rafael! gritó, a punto de hacer saltar las peinetas.
¡Pero si no tiene DNI, no le hace falta!
¿Es refugiada o qué? chilló un poco más baja.
¿Quién, Carmen? perdí el norte por completo.
¿A tu Sole la quieres empadronar aquí, no, sinvergüenza?
¿Qué cuento es ese? me quedé empanado, olvidando hasta el aroma de la tortilla recién cuajada.
Entonces Carmen rompió a llorar. No con lágrimas teatrales, sino con ese llanto fiero, silencioso y denso que moja los volantes del delantal.
Mañana mismo me voy a casa de mi madre. Y no te pienses que te dejo a Tomás sollozó, entre suspiros roncos.
Carmen Pero, ¿qué pasa? ¿Por qué te vas con tu madre?
¿Es que pensabas que yo me iba a quedar aquí de criada de tu querida, con tu Sole? concluyó, al borde del abismo.
Y ahí, poco a poco, me fue calando el absurdo monumental de la situación. La senté en el sofá de la cocina y le conté todo lo de la llamada matinal.
Esta vez Carmen lloró por compasión a la niña desconocida. Las lágrimas de las españolas parecen inagotables, y ante cualquier emoción brotan como fuentes en La Granja. Y a mí, sus lágrimas, especialmente las de Carmen, me daban tanta rabia como miedo.
Cené poco y mal, picoteando distraído.
…Me desperté al notar a Carmen hurgando en mi móvil. Diez años juntos y nunca había pasado. No había creído mi historia y buscaba el rastro de una amante. Aquella desconfianza me supo a vinagre. Entonces susurró: Rafa, Rafa y me zarandeó un poco.
Fingí que despertaba apenas.
Rafa, ¿era este número, el fijo, el que te llamó?
Sí, respondí automático, ese.
Bueno, duerme, duerme. Carmen salió de la habitación, llevándose mi móvil.
Fácil decir duerme. Ve a dormir tú. Oí el sonido del viejo ordenador. Me quedé un rato, después chapoteé hasta el salón en silencio.
Carmen arrastraba el ratón, absorta, sin notarme detrás. En el buscador se leía: Casa Cuna + Madrid.
El ordenador resopló y mostró información: la web, la dirección, el teléfono, hasta fotos triste edificio de ladrillo. Carmen consultó mi móvil.
Rafa, ¡coincide!
¿El qué?
¡El teléfono! Coincide. Es el de la Casa Cuna.
Ya te lo dije. ¿Me estabas poniendo a prueba?
No, estaba comprobando.
¿Para qué?
Rafa, la casa está aquí cerca reflexionó, como en trance. ¿Por qué tendrán ahí tu teléfono? Si se supone que tú no tienes nada que ver…
No lo había pensado. ¿De dónde sacaron mi número? ¿No sería mejor acercarnos a preguntar? Así dejaría de cargar con hijos ajenos…
No pegamos ojo esa noche. Cuando por fin iba a dormirme, otra vez Carmen me empujó con el codo.
Rafa… Rafa…
¿Ahora qué…?
¿Seguro que tú no tuviste nada con nadie? A lo mejor… una vez, por error… ¿Quizás con tu primer amor? La viste, saltó la chispa, y no te dijo nada, y simplemente abandonó a la niña en el hospital sin decírtelo. ¿Eh, Rafa?
¿Pero qué dices, Carmen? Pero si desde que nos sentamos juntos en el pupitre, no me he apartado de tu lado. Hace justo tres años Tomás cumplía los tres, entró en la guardería, siempre estaba enfermo, tú volviste a trabajar… ¿Quién se quedaba con él? ¡Yo! Me hice autónomo para estar con él, ¿recuerdas? Jarabes, medicamentos, médicos, menús… ¿Cómo iba a tener amantes, si casi no podía con mi alma?
Pero entonces, ¿de dónde sacaron tu número? Alguien tuvo que dejarlo ahí, ¿no?
Esa pregunta también me taladraba. Repasé mentalmente todas las mujeres de mi pasado susceptible. Ninguna podía liar algo así. Las más inquietas ya se habían largado del país hacía años…
En los sueños, todo es posible. Así que decidí acudir a la Casa Cuna al día siguiente.
Aunque llegamos temprano, ya había otro visitante esperando ante el despacho de la directora: un hombrecillo rubio y enclenque. Vestía limpio pero andrajoso, piel de sopa, manos temblorosas apretando papeles, los ojos bailando, raro, o quizás con resaca.
Me toca después de mí dijo, con voz sorprendentemente grave.
Lo llamaron al despacho y durante quince minutos se oyó un monólogo interrumpido por gruñidos graves.
Por fin salió despeinado y sin papeles; nos hicieron pasar.
Buenos días una mujer morena de media edad, masticando la patilla de las gafas, estaba de pie junto a la ventana. ¿Qué les trae por aquí?
Venimos por la llamada de ayer dije, intentando bromear.
Ella se sentó con hastío.
Miren, no tengo tiempo para adivinanzas. Sean directos.
Expliqué lo del extraño teléfono (reconocí su timbre).
Ah, eso… sonrió, extenuada. Disculpe la confusión, la llamada no era para usted.
¿Cómo que no? Si tenían mi número. ¿De dónde lo sacaron?
Fue un error marcando. El número correcto empieza por 627 y yo marqué 637. Y que usted también sea Rafael Alonso… pura casualidad. Ya ve.
Por cierto, ese tal Rafael ha venido justo antes que ustedes.
¿Quién? pregunté, pero ya sabía la respuesta.
Rafael Alonso Castellanos, el padre de Soledad.
Le pido otra vez disculpas. Disculpen, tengo muchas gestiones que hacer.
Leímos en su placa: Pilar Gómez de la Vega.
Carmen, rápida de vista, preguntó:
Señora Pilar, ¿ese Rafael va a llevarse a la niña?
La directora, tras dudar, volvió a sentarse.
No. No va a llevársela. La madre de Soledad murió y él tiene siete hijos de varias mujeres. En tres años ha venido solo dos veces, y siempre porque le hemos presionado. Sole no le importa. ¿Dudas resueltas? Hasta luego.
Abandonamos el edificio con el alma a la intemperie.
Los niños mayores estaban en el patio, jugando en columpios raquíticos o en toboganes deslucidos; dos niños se apañaban carreras de coches usando bancos desvencijados.
Y entonces entendí lo extraño: en el aire, la calma era tan densa como en una iglesia. Si sacábamos a Tomás al parque, en dos segundos todo era gritos y carreras. Estos niños, en cambio, solo murmuraban; ya viejos, sin infancia. La vida les había obligado a ser adultos. No conocían juego ni alegría a raudales, solo supervivencia. Frío, hambre, ropa ajada, indiferencia, a veces hasta castigo.
Miré a Carmen. Sus ojos rebosaban lágrimas otra vez. Otra vez esas lágrimas, ¡qué manía!
Andábamos ya hacia la puerta cuando un grito quebró la quietud: ¡Mamá!
Todos los niños miraron al unísono. Corriendo hacia nosotros venía una niña chiquita, con un gorrito cómico de pompón. ¡Mamá, mamá! ¡Aquí estoy! gritaba.
La niña se abrazó a las piernas de Carmen, llorando desconsolada, tan hondo que hasta a mí me picaron los ojos.
Sole, Soledad corrió la cuidadora, barriendo la acera de emociones. Trató de coger en brazos a la niña, pero ella se aferró con fuerza a Carmen.
Al fin consiguieron separarla (una chocolatina fue decisiva), y salimos casi corriendo.
En el coche, no dijimos palabra. Carmen temblaba y yo sentía los dedos entumecidos, como le pasara al otro Rafael. Paré junto a la acera para recobrarnos.
Carmen miró el escaparate del El Corte Inglés con sus grandes letras. Sin decir nada, salimos los dos y, de la mano, entramos en la tienda de juguetes.
Compramos una muñeca y un vestido rosa.
Nuestra hija, Soledad, será la más bonita.

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