Creyeron Que Ganaban: Cuando la Traición Llamó a la Puerta, Pero Se Olvidaron de Quién Era la Dueña …

Candela vendrá hoy, sobre las siete. ¿Te parece bien?
Lucía posó el cepillo y giró la cabeza hacia su marido, que peleaba con el mando de la tele. Santi asintió sin apartar los ojos de la pantalla.

Por supuesto. Que se pase.
Lucía esbozó una sonrisa y se perdió de nuevo en su reflejo. Le encantaba que Santi y su hermana hicieran tan buenas migas. Candela aparecía con frecuencia, dos o tres veces por semana a veces, se quedaba hasta tarde y el piso se llenaba de risas y charlas desenfrenadas. Lucía escuchaba cómo debatían sobre el último capítulo de una serie, o discutían sobre algún político de turno, y pensaba que era afortunada. Marido responsable, hermana queridísima, una familia sólida. Como en las películas, pero de verdad.

A veces, sin embargo, algo rasgaba el silencio dentro de su pecho. Detalles, naderías. La manera en la que Santi se inclinaba hacia Candela cuando ella le soltaba alguna anécdota absurda del trabajo. O cómo su hermana le tocaba el brazo mientras reía despreocupadamente. Los cuchicheos en la cocina que callaban al instante si Lucía asomaba la cabeza. Apartaba esos pensamientos: tonterías. Era Candela, su propia sangre, la hermana pequeña a la que acompañaba al colegio, y Santi, su Santi, cinco años casados. Pronto celebrarían el aniversario.

Aquel fatídico atardecer, Lucía salió antes del despacho. Quería pasar por el supermercado, comprar ingredientes para la cena especial que prepararía al día siguiente. Imaginaba el ambiente: farolillos en la terraza y tarta de Santiago tras las velas y el vino.

La llave giró quizá demasiado fácil esa vez. El zaguán se envolvía en una quietud viscosa, como si el tiempo hubiese espesado en las paredes. Desde el salón llegaba un murmullo ahogado.

Lucía cruzó el pasillo flotando, empujó la puerta y se desplomó en el umbral.

Candela ocupaba su sillón, acomodada como si fuese legado de familia. Santi se apostaba en la ventana, mirando tan lejos, tan hacia dentro, que quiso fundirse con el marco.

¿Qué os pasa? Lucía intentó sonreír, pero los labios no respondieron. ¿Ha ocurrido algo?
Candela alzó los ojos. Lucía no la reconoció. Ya no estaba la Cande ingenua, la que buscaba consejo cada vez que algún chico la dejaba, la que sollozaba en los brazos de su hermana mayor. Solo una mujer extraña en sus ojos, fría, orgullosa.

Ha pasado, sí. Estoy embarazada de tu marido musitó Candela, muy quieta. Haz el favor de recoger tus cosas. Me quedaré a vivir aquí.
Su mano descansaba sobre el vientre. Liso aún, oculto bajo la blusa amplia.

Lucía permanecía petrificada. En la calle sonaba un claxon remoto. Tras la pared parpadeaba un informativo ajeno. El mundo continuaba, imperturbable, pero Lucía ni siquiera respiraba.

¿Qué…? el sonido se desgarró desde su garganta.
Has oído bien respondió Candela, recostándose aún más en el sillón. Santi y yo lo hemos decidido. Basta de fingir, ya está bien.
Lucía miró a Santi. Él, aún encorvado, aferraba el alféizar hasta que sus nudillos parecían huesos de mármol.

Santi su voz sonó hueca. Santi, mírame.
Él giró el rostro. No halló Lucía ni culpa ni vergüenza. Solo una tristeza reseca, un alivio manso.

Lu, las cosas han salido así… Perdóname.
¿Así, sin más? Ella oía el eco de sí misma, lejana, detrás de una verja. ¿Cinco años y un así ha pasado?
No hagas un drama, Lucía protestó Candela, frunciendo el ceño. Ya somos todos adultos. El amor se acaba, pasa muchas veces. Ahora con Santi es distinto, es real.
Santi. Igual que cuando era solo suyo. Como antes.

¿Cuánto? dijo Lucía casi en susurro. ¿Cuánto tiempo?
Candela intercambió una mirada cómplice con su cuñado y esbozó una sonrisa torcida.

Un año quizá. O más. ¿Para qué importa ya?
Un año. Todos esos atardeceres en que Candela se quedaba hasta la madrugada. Las risas a medias, las manos sobre el hombro, los secretos.

Pensaba que eras mi hermana la voz de Lucía se crecía a cada palabra. Pensaba que me querías.
Y te quiero replicó Candela, con una ligereza que encendió todo de negro, pero me quiero más a mí. Y a Santi. Tú… siempre has sido demasiado correcta, Lu. Te vuelves predecible, cansas.
Lucía se abalanzó sobre Santi, lo zarandeó por la camisa, obligando a mirarla de frente.

¡Dime que es mentira! Que esto es una broma macabra y absurda.
Santi intentó soltarse, pero Lucía apretó tanto la tela que crujió.

Lu, déjalo, todo se entiende… suspiró él.
¡No, no lo entiendo! lo empujó y Santi tropezó hacia el alféizar. ¡Cinco años confiando en ti! ¡Tu madre en el hospital, yo cuidándola, renunciando a aquel trabajo en Valencia por tu culpa, y tú…!
Su mano voló hacia un cojín y lo lanzó como si se rompieran los miedos; Santi se apartó a tiempo.

¡En nuestra cama! ¡En nuestra cama, Santi!
Tranquilízate sentenció Candela, erguida y serena, arreglándose la blusa con ostentación. Qué espectáculo, Lucía.
Lucía giró furiosa, cogió del estante una foto de grupo: los tres, abrazados bajo Luces de Navidad, ella riendo de pura felicidad en aquel salón.

¡Te crié yo! y la foto voló contra la pared, quebrándose el cristal en mil relámpagos. ¡Yo te ayudaba con los deberes mientras mamá no estaba! ¡Te protegía cuando salíamos al patio! ¡Y así me lo pagas!
Ay por favor, otra vez… bufó Candela, revoleando los ojos. Siempre lo mismo, tus sacrificios, tu seriedad. A Santi siempre le han gustado las mujeres frescas y con chispa. Yo, al menos, voy de cara.
¿De cara? la risa de Lucía estalló, cortante, y Santi incluso se encogió. ¿Un año de mentiras y lo llamas ir de cara?
Agarró un cenicero de cristal, el que trajo la suegra de Granada cuando se mudaron, y lo alzó en el aire.

¡Lucía, basta! gritó Santi, pero ya era tarde.
El cenicero golpeó la vitrina y los vasos cayeron hechos añicos.

Y aún no he terminado Lucía jadeaba, el sudor perlaba su frente. Solo es el principio.
Comenzó a arrasar la estantería, lanzando álbumes, figuras del toro de lidia, recuerdos de vacaciones en Menorca.

¡Para ya! Santi quiso retener su brazo.
¡No vuelvas a tocarme! ¡Jamás!
Candela titubeó un instante antes de retroceder hacia la puerta, ahora sí, con temor en la mirada.

Escucha, lo lógico es hablarlo con calma. Tienes que marcharte, nos hace falta el piso, vamos a ser padres. Prepara tus cosas y…
¿Yo? Lucía quedó en pie sobre el caos. ¿Irme yo?
Sintió, lenta pero precisa, una frialdad limpia abrirse paso entre el desastre.

Veo que habéis calculado mal dijo, peinándose los cabellos revueltos. Este piso es mío. Lo compré antes siquiera de casarnos, está a mi nombre. ¿No te lo ha contado Santi?
Candela se giró hacia Santi, desencajada. Él palideció.

Pero… balbuceó Candela. Vamos a ser una familia, tendremos un hijo, nos hace falta más que a ti sola.
¿Familia? sonrió Lucía, amarga como el orujo. Montadla donde queráis, pero aquí no. Fuera, los dos.
¡No nos puedes echar! bramó Candela. ¡Estoy embarazada, Lucía!
Haberlo pensado antes de meterte en la cama ajena replicó Lucía abriendo la puerta de par en par. Vamos, a la calle.
Santi trató de retenerla, apurado:

Lu, por favor, lleguemos a un acuerdo. No tengo dónde ir, todas mis cosas… Además, iré a juicio.
Haz lo que quieras. El piso es mío, ni lo intentes. Tienes tus cosas aquí, ya te avisaré para venir a por ellas.
Pero
Fuera de mi casa sentenció Lucía, honda y firme, y Santi se calló de golpe. Fuera tú y tu amante embarazada.
Candela recogió su bolso sin mirar atrás y salió mascullando:

Mamá se enterará de lo que me has hecho. No te lo perdonará.
Ya veremos.
Lucía cerró la puerta y apoyó la espalda contra la madera. Las lágrimas le rodaron por las mejillas y se sintió temblar entera.

A los tres días sonó el teléfono. Lucía lo cogió, preparada para la tormenta.

Hija la voz de su madre sonaba exhausta. Candela me lo ha contado a su manera, claro.
Mamá, yo
Déjame acabar. La he escuchado. Luego le he dicho que aquí no vuelva hasta que recapacite y te pida perdón de rodillas.
Lucía se levantó del suelo a medias, sin aire en los pulmones.

¿De verdad estás conmigo?
Claro, hija. Lo de Candela y ese marido tuyo no tiene nombre. Aguanta, Lucía. Te divorcias y empiezas otra vez. El piso es tuyo, él que se busque la vida. Aguanta, hija, eres más fuerte de lo que crees.
Lucía se dejó caer llorando junto a la pared. En esta batalla no estaba sola. Su apoyo inesperado, ahora, era su propia madre.

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Creyeron Que Ganaban: Cuando la Traición Llamó a la Puerta, Pero Se Olvidaron de Quién Era la Dueña …
Mi última palabra. Tú, hija, oféndete todo lo que quieras con tu padre.