Papá, ¿puedo quererte? La historia de Andrés, conocido en su aldea por ser un ladrón. Tenía una bu…

Papá, ¿puedo quererte?

Había en las tierras de Castilla, decían, un hombre llamado Andrés. En el pueblo todos sabían que era ladrón, aunque su casa era sólida, su hacienda envidiable, su mujer dócil y trabajadora, y su hija mayor obediente, en todo reflejo de su padre.

También convivía con ellos la hija pequeña…

Todo parecía irles bien, si no fuera porque los vecinos murmuraban que todos aquellos bienes no se habían conseguido con el sudor honrado ni con labor paciente, sino que eran fruto de hurtos a gente honrada. La mala fama viaja deprisa, pero el eco nunca los alcanzaba. Y, ya se sabe quien roba sin ser pillado, ladrón no es llamado. Andrés trabajaba en ciudades cercanas: Segovia, Ávila, Palencia… Nunca en su propio pueblo, territorio sagrado al que él se había autoimpuesto veto.

La primera vez que Andrés se casó tenía veinte años no por amor verdadero. Le tocó una muchacha de buena familia; su padre, catedrático; su madre, decana de facultad. La joven era bellísima y todos esos honores halagaban al muchacho. No quiso quedar mal y organizó una boda digna de ser escrita en las crónicas, pues medios no le faltaban.

Así lo quiso la fortuna…

Al poco, su joven esposa empezó a sospechar alguna rareza: nunca veía a su esposo ir a trabajar, pero el dinero fluía a raudales… Preguntó una y otra vez, sin recibir respuesta clara alguna.

Nació una hija. Andrés seguía esforzándose por el bien de su familia. Todo por la esposa, todo por la hija. Hasta que un día la esposa, María se llamaba, encontró algo que la dejó estupefacta. Quiso cambiar la tierra de una maceta, y al sacar la planta, bajo la tierra apareció un pequeño envoltorio. Lo abrió y el asombro casi la tumba: anillos, collares, cadenas, pendientes de oro… ¡Un auténtico botín! ¿De dónde ha salido todo esto? ¿De verdad estos son los trapicheos de Andrés? ¡Esto es delito!

Al volver el marido, María le mostró la hallazgo:

¿No crees que ha llegado la hora de explicarme de dónde sale esto?

Andrés, sin perder la tranquilidad, respondió:

¿Tan inocente eres? ¿Es que no lo entiendes? ¡Soy ladrón! ¿Te basta con esto?

María se quedó muda.

Al día siguiente, Andrés encontró una nota sobre la mesa. Vete. Llévate lo que consideres, no quiero felicidad robada. No quiero que vuelvas a acordarte de nosotras.

Andrés lo intuía, era el desenlace inevitable. Su esposa era demasiado íntegra, demasiado limpia de corazón para abrazar su modo de vida. Sabía que rogar sería inútil. Así que arrecogió sus cosas y puso fin a aquello.

Los cuatro años siguientes los pasó Andrés entre rejas, por mano larga. No pensaba corregirse. Su infancia (padre ausente, madre alcoholizada, la casa siempre repleta de hombres extraños y él, hambriento) le había forjado una sola convicción: su propia familia no pasaría necesidades. Haría cualquier cosa, por baja que fuera, con tal de no pasar hambre nunca más.

Cuando salió de prisión, prometió a su reflejo en la celda tener más cuidado en adelante, trabajar solo y buscarse una mujer manejable.

Y la encontró pronto: una muchachita de apenas diecisiete años, María del Mar, hija de una mujer bohemia, aficionada a la guitarra y las hogueras; el padre hacía tiempo que se había marchado con otra. La joven estaba deseosa de casarse con el primero que se cruzara en su camino; la madre ni objetaba.

Andrés la cortejó un año entero. Regalaba cosas tanto a la muchacha como a su futura suegra. Se instaló en su casa eso sí haciendo reformas y comprando electrodomésticos que en el pueblo nadie podía siquiera soñar.

María del Mar y su madre no hacían preguntas. Andrés se supo aceptado. Y a María sí que llegó a quererla de verdad. Ni el mismo lo esperaba. Celebraron otra boda, aún más pomposa.

Nació una hija, a quien llamaron Sofía.

Andrés la adoraba. Le parecía, por fin, tener una familia ideal. Pero no todo era felicidad…

Si Andrés amaba a su esposa sin reservas, María del Mar aún no sabía lo que era el amor. Estaba agradecida por los cuidados y la devoción de Andrés, pero no sentía más. Cuando Sofía creció, la joven esposa sintió que podía aspirar a un amor sublime.

¿Y por qué no? Era joven, hermosa, acomodada. Y Andrés siempre fuera, de gira.

Tardó poco en encontrar cobijo. El colibrí siempre encuentra la flor más dulce… Conoció a Álvaro, hermano de una amiga. Se enamoró locamente. Era guapo, listo, alegre. Maestro de física en el instituto. Para María del Mar, era un equilibrio perfecto: tenía protección y amor en abundancia.

No duró mucho el idilio. Algún amigo, con buena voluntad, alertó a Andrés. Él puso a María del Mar entre la espada y la pared: Vete con tu maestro si le amas tanto, pero a mi hija no te la llevas.

Ella vaciló, le dijo infinidad de improperios y se marchó.

No pasó ni medio año y regresó. Perdóname, Andrés. No era yo. Pero no le confesó que seguía queriendo a su maestro de física; simplemente, era difícil vivir con tan poco y sin Sofía, imposible. Andrés la perdonó. El amor es así… ciego, sufrido, constante. Se mete dentro de cualquier pecho, aunque sea de un maleante, y ni queriendo puede uno expulsarla; sólo atormenta, hace aullar por dentro y… se sigue amando igual.

Andrés pensó en llevar a su familia lejos, donde los rumores nunca llegaran. A María le pareció bien; menos turbas en el corazón. Compró entonces una casa perdida, camino de Zamora, en un pueblo diminuto. Comenzaron de nuevo.

No tardó en nacer la segunda hija. Andrés fue feliz a morir.

Pero poco duró aquella armonía.

La niña era idéntica al… maestro de física.

Ni la propia María lo había esperado.

Andrés, para no cometer una locura, se largó del pueblo un mes entero. A su vuelta, no podía ni mirar a la pequeña; ni siquiera atendía sus llantos. María se esforzaba por no cruzarse en su camino. Andrés solo atendía a Sofía, su heredera:

Soy ladrón y tú debes aprender a robar, Sofía. ¿Sabes de dónde viene tu nombre? Por Sofía la Gran Mano de Oro, la reina de los ladrones. A ella tú tienes que parecerte.

María del Mar guardó silencio, doblegada por los pecados y las miserias. Toda la vida recordando aquello…

Las niñas crecían. Para Sofía, lo mejor; para Teresa, solo lo que sobraba… Jamás pudo Andrés aceptar a la hija ajena: la llamaba “molécula”.

Siempre se burlaba de su nombre:

Teresa, ¿cuándo te vas a disolver?

La cría era silenciosa y enfermiza, sonreía poco, siempre se arrimaba a Sofía. Temía a su madre, que también la reprendía y la golpeaba, para agradar a Andrés, como si todos los males se encarnaran en Teresa.

Con ocho años, Teresa se atrevió:

Papá, ¿puedo quererte?

Andrés le replicó, sin mirarla:

Quiere a tu madre. No necesito tu amor.

Hasta los vecinos la compadecían. Se atrevían a decirle a María y Andrés:

Oye, que parece tu hija Teresa la cenicienta…

Él, siempre a la defensiva:

Ocúpese cada quien de los suyos.

Teresa estaba a punto de terminar el instituto; la fiesta de graduación se acercaba. Todas las chicas presumían de vestido. Teresa le pidió a su madre comprarle el más barato. Pedirle a Andrés ni se atrevió.

María accedió y le compró un vestido sencillo, azul, a juego con sus ojos. Teresa estaba ilusionadísima: colgaba el vestido en el lugar más visible. Ya se veía la más hermosa del baile. Imaginaba cómo Valerio, el chico más bueno y simpático del pueblo, la invitaría a bailar. ¡Ojalá casarse con él algún día!

Pero mientras soñaba, Andrés entró en la habitación, furioso. Sin mediar palabra, cogió el vestido y lo rasgó en jirones, gritándole:

¡Aquí tienes tu fiesta de graduación, molécula! Así aprenderás a no robarme dinero, ¡parásita!

Teresa, atónita:

¡Papá, qué dinero! ¡No he tocado nada! ¡Juro que no!

Ni siquiera pudo llorar. No le salían las lágrimas. Solo sentía frío, incomprensión y un dolor tan hondo que ni respiraba.

Después se supo: fue Sofía quien había cogido el dinero, sin avisar a don Andrés, por necesidad.

A Teresa ni una disculpa.

No fue al baile de graduación. Lloró hasta el amanecer.

Al cabo del tiempo, se casó con Valerio y se fue a vivir a Salamanca. Dio a luz tres hijos, lo que la alejó para siempre de aquel infeliz hogar.

Sofía se casó con un sacerdote. No tuvo hijos propios, pero años después, junto a él, adoptó a dos niñas huérfanas.

Transcurrieron muchos, muchísimos años. Teresa parecía haber olvidado el camino de regreso al pueblo. Pero un día, yendo en tren con su familia a recoger setas, se cruzó con una anciana vecina:

Teresa, ¿por qué olvidaste a tu padre? Está postrado en mi casa, paralítico, sólo mueve los ojos, callado, llorando. Tu madre huyó a la ciudad con otro hombre; ni Sofía ni la pequeña vienen a verle. Es muy duro para mí cuidarle sola Y la casa vuestra ardió hasta los cimientos, un rayo la partió en dos. Dicen en el pueblo, de todos los tejados eligió el más grande y lujoso. Ven a verle, hija, antes de que sea tarde.

A Teresa le ardía el corazón. Pensó en una venganza silenciosa. Iría y le contaría al padre lo que es el amor de una hija, obligándole a escuchar todo el rencor que por años había guardado. Le recordaría a los adultos que un niño no puede con tantas culpas. Con razón mamá se fue con el maestro de física. Teresa nunca quiso saber quién era su verdadero padre. A quien amaba era a Andrés. Sí, lo quería y aún lo quería. De niña siempre se sintió culpable Pensaba: ¿por qué papá nunca me acaricia?, ¿por qué nunca me compra un helado?

Papá, tú querías que me disolviese. Y sí, me disolví por amor a ti, por aquellas escasas sonrisas, por tu olor Eras ladrón, ¿y dónde quedaron tus riquezas? Todo es ceniza. No fue el rayo quien quemó la casa, ¡fuiste tú mismo! Llamaste a esa tormenta con cada acto de tu vida…

Viajó Teresa, y al ver a su padre, todas esas palabras se esfumaron. Solo sintió una piedad infinita.

Lloraron juntos, en silencio.

Teresa llevó a Andrés a su casa en Salamanca y cuidó de él hasta su último aliento, acompañándole hasta el fin, sin guardarle ya ningún rencor.

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