Escarmenté a mi suegra el 8 de marzo.
Mira, Lucía, ¡esto ya no puede seguir así!
De verdad, si desde el principio de nuestra vida juntos tu madre se comporta así, ¿te imaginas lo que pasará cuando tengamos hijos? ¡No va a salir de nuestro piso jamás! No nos va a dejar vivir protestaba Sergio, tras oír de Lucía que su madre seguía empeñada en entrar en su piso como Pedro por su casa.
Bueno Sergio, si la señora Consuelo no entiende con palabritas, mañana llamo a un cerrajero y que cambie la cerradura lanzó enfadado Sergio.
Ser, pero si mi madre es también parte de mi vida. Antes o después acabará consiguiendo una copia de las llaves, ¿y cada vez que se las apañe vas a cambiar los bombines? Además, se va a enfadar si ve que la cerradura es otra. Hay que buscar una manera amable de que entienda que no puede hacer eso intentó frenar Lucía a su marido.
Mira Lucía, si tu madre no entiende ni las señales en sueños que le mando con las manos, la cosa está para medidas drásticas dijo Sergio, muy serio.
¿Pero qué piensas hacer? preguntó Lucía, mirándole con los ojos muy abiertos, extrañada ya por el tono.
A ver si entiendo Si Consuelo tiene la llave de nuestro piso, supongo que tú tienes la de la casa de tus padres, ¿no? preguntó Sergio a su mujer, que ya sospechaba de qué iba la cosa.
En un sábado gris y húmedo de Madrid, Miguel Ángel y Consuelo se levantaron pronto para ir al mercadillo del barrio, que coincidía con el Día Internacional de la Mujer. Allí vendían productos de la huerta de La Mancha y la Sierra, más baratos que en el supermercado.
Los jubilados no veían raro levantarse a las siete para comprar huevos a 70 céntimos menos el cartón.
Anda, Miguel, qué bien hemos pillado solomillo, y estos carpas, fíjate, aún se mueven en la bolsa. Ahora frío una, y la otra se la llevo a Lucía. Seguro que Sergio pone cara de susto cuando ese Carpín se le ponga a saltar en la bolsa. fantaseaba Consuelo, imaginando la cara de su yerno al recibir el regalo inesperado.
Mira, mujer, ¿por qué no dejas ya a los niños en paz? Si quieren vivir a su aire sin tu nariz de investigadora metida en su piso Tienen más de treinta años ya, y tú sigues entrando y buscando hasta dónde ha puesto el yerno los calcetines. ¿No tienes otra cosa que hacer? intentaba razonar su marido.
Espera, calla le interrumpió Consuelo. ¿Miguel, has dejado la ducha abierta? ¡Se está oyendo correr el agua!
Sin pensarlo, Consuelo entró en el baño y salió corriendo como si hubiese visto al propio diablo.
¡Ay, madre mía! ¡Un hombre desnudo en mi baño! gritaba y corría por el piso, sin saber ni dónde meterse.
¿Pero quién? ¿Quién está ahí? Miguel, en bata, dudaba si entrar.
¡El yerno! ¡Sergio! ¿Qué hace en mi piso sin avisar? vociferaba Consuelo.
Pues mira, el agua en casa sale roja de óxido, y vengo de trabajar reventado, así que me vine a duchar a casa de ustedes, no iba a meterme sucio en la cama respondió Sergio, saliendo de la ducha con el aire de quien está en su casa, enfundado ya en una bata prestada.
Y mire, doña Consuelo, quería comentarle una cosa por el 8 de marzo. Eso de tender la ropa interior en todos los calefactores y el tendedero eléctrico Ya no es de una señorita joven, ¡y déjeme decir que uno pierde el apetito nada más verlo! explicaba Sergio, preparándose un café con la cafetera de Consuelo, con su paso lento y pausado, como dueño del piso.
¿Pero será posible? ¡Ésta es mi casa, y tiendo la ropa donde quiero! saltaba la señora Consuelo.
Bueno, Consuelo, y esa cafetera que te compramos Lucía y yo hace medio año ¡Está hecha un asco! Por lo menos podrías limpiarla un poco, hasta en la granja de cerdos está todo más pulcro sermoneaba Sergio.
Sergio, eso ya es pasarse… intentaba intervenir Miguel Ángel.
¿Pasarse? ¡Si vieras la cocina de tu mujer! Un desastre, como un mercadillo de pueblo: todo amontonado, aquí y allá, cualquier rincón parece un almacén viejo. No sería malo un año de mili, que ahí aprendía usted a tener su zona limpia, Consuelo caminaba Sergio, revisando rincones y defectos con descarada parsimonia.
¡Y el frigorífico! Mire que me ha dado por mirar dentro. La mahonesa y la nata, caducadas desde San Isidro; el queso, sin envolver y seco como una piedra Sergio iba tirando botes y bolsas caducadas al cubo con todo desparpajo.
Y dejarse medio plato de arroz ya pasado, eso es mortal ¿O es que por tener lavavajillas está todo permitido aquí? Además, se disponía a meter las narices en el lavavajillas, pero Consuelo se le puso delante con su pecho decidido.
¡Ya está bien! O te largas ahora mismo de mi casa, o llamo a la policía y les digo que has entrado sin permiso. Que ni por ser mi yerno me tiembla el pulso para ver cómo te lleva la Guardia Civil por colarte en mi piso y criticar cómo vivo. ¡Bastante tienes con tu casa, Sergio! soltaba la señora, fuera de sí.
Miguel Ángel miraba la escena con una sonrisa, ya adivinando la jugada de su yerno, mientras Consuelo, en su enfado, aún no entendía de qué iba todo aquello.
¿Ve usted? Lo único que quería es que experimentase usted en carne propia lo que llevamos sintiendo Lucía y yo, desde hace meses, cada vez que entra usted en nuestra casa sin avisar, sacando inspecciones sorpresa y poniéndolo todo patas arriba. Lo mismo que acaba de gritarme, recuérdelo bien la próxima vez que quiera entrar.
Si vuelve a aparecerse, también llamaré a la policía. Espero que lo comprenda y no volvamos a esto dijo Sergio ya vestido con vaqueros y chaqueta, calzándose para salir.
Bueno, suegros, que tengan feliz día de la mujer. Lucía me dijo que le gusta a don Miguel el brandy se lo dejé en la cocina y a usted, Consuelo, una buena botellita de vino y un perfume. Todo para ustedes Sergio sonrió ahora con amabilidad genuina y cerró la puerta con discreción.
Consuelo, aún temblorosa, descorchó el brandy, se sirvió una copa y la bebió del tirón, tras un sorbo de café recién hecho, que el mismísimo Sergio había preparado con la cafetera recién limpiada.
Mira, Consuelo, al final tienes un yerno que es un diplomático de verdad. ¡Menuda lección te ha dado! Y encima, mira qué final: la píldora es amarga, pero el efecto es bueno, y el regusto… ¡ni tan mal! reflexionaba Miguel Ángel, sosteniendo la botella de brandy, el perfume bueno y el tinto.
Mujer, ¡feliz 8 de marzo! Resulta que el primero en felicitarte ha sido tu yerno, y por todo lo alto: función privada, copa de brandy, regalo y hasta unas entradas al teatro. Yo tampoco me he quedado corto Miguel Ángel guiñó el ojo con picardía, sacando de la panera dos entradas para la obra Las Aventuras de un Tunante.
Desde ese día, Consuelo no volvió a aparecerse en casa de Lucía y Sergio sin aviso ni asunto de peso. Pero tampoco se ofendió ni con la hija ni con el yerno, reconociendo la creatividad del joven.
Los límites quedaron claros, nadie salió herido, y Sergio, desde entonces, pudo dormir tan profundo que ni soñaba con Consuelo revolviendo entre sus calcetines jamás.







