No hay nada más auténtico que el calor del hogar… Varya y su hija bajaron del autobús a las afue…

Más familiar imposible

Bárbara y su hija salieron del autobús en el extremo del pequeño pueblo. Entre las nubes plomizas y cargadas de nieve se colaba algún rayo de sol, el frío pinchaba las mejillas y el resplandor de la nieve era tal, que Lucía, la niña, entrecerró los ojos.

Mamá, ¿por qué en esa casa no vive nadie? preguntó Lucía, señalando casi la única casa abandonada en las afueras del pueblo.

Allí vivía antes una anciana. Nunca vi que la visitara ningún familiar. Dicen que tenía ciento dos años cuando murió. Ella misma encendía la chimenea, pero para el pan y el agua los vecinos se turnaban para ayudarle. Dejaban la compra o el cubo de agua en el porche y, al día siguiente, la señora recogía el dinero o devolvía el cubo vacío. Nosotras también le echábamos una mano alguna vez.

¿Y nunca se llevaron el dinero ni la comida? Lucía, siempre tan curiosa.

No, hija, no robaban. La gente pensaba que era bruja y le tenían un respeto o miedo, vete tú a saber. Un día nadie recogió las cosas del porche y, claro, supimos que la abuela ya se había ido. Pero aún así, nadie quería entrar en esa casa. Al final, fueron a recogerla y la enterraron. Desde entonces, la casa lleva vacía.

¡Como una bruja de verdad!

Bah, cuentos. Solo era una mujer muy mayor. Y ni se sabía realmente la edad, que si doscientos, que si trescientos Al final, en el ayuntamiento, buscaron la partida de nacimiento: ciento dos años.

Lucía se quedó callada, pensativa, mientras dejaban atrás la casa deshabitada. El resto de las casas lucían cuidadas, los patios limpios de nieve.

¿Será por eso? ¿Por miedo, nadie quiere vivir ahí? La niña no podía dejar de pensar en la abuela bruja.

Bárbara vio una figura familiar al fondo, frente a una casa con cortinas blancas.

¡Mira, ahí está la abuela preparándose para recibirnos! Corre, Lucía le dijo sonriente, y aceleró el paso.

¡Abuela! gritó Lucía, lanzándose en carrera hacia los brazos abiertos de su yaya, que la esperaba con la mejor de las sonrisas.

Bárbara se crió en aquel pueblo y le encantaba volver. Allí se respiraba diferente, el aire parecía más claro que en la ciudad.

¡Mamá! Bárbara abrazó a la suya, que rodeó a su nieta y a su hija de un solo abrazo fuerte y cálido.

Ay, lo presentía y he hecho empanada. Cada sábado salgo a esperarte, siempre con la esperanza de veros aparecer. Pero venga, que aquí fuera nos vamos a helar. ¡Al calor del hogar!

La casa estaba limpia y acogedora, olía a leña, a empanada recién hecha y a ese algo especial que habita en los hogares de toda la vida. El olor parecía atrapado en las paredes, en el papel pintado, en los muebles de madera. Todo igual que antes, como si el tiempo no pasara. Bárbara miró alrededor y sonrió feliz. ¡Qué bien se siente una en casa!

Menos mal que habéis venido. ¿Os quedáis mucho? su madre, Carmen, lanzó una mirada llena de esa preocupación tierna que tanto caracteriza a las abuelas.

No, mamá. Ya sabes Leo trabaja, y nosotras no aguantamos más, así que cogimos el bus. Queríamos venir en Navidad, pero Lucía se puso mala y después Leo también. Nos quedamos hasta el domingo; el lunes trabajo.

Bárbara se fijó en el rostro cansado de su madre, en las arrugas marcadas por el tiempo. Había envejecido mucho desde que se fue papá, hacía dos años, aunque era más joven que Carmen. La vida en el pueblo no es para nada sencilla.

Venid, que os voy a dar de comer. Seguro que traéis un hambre Carmen fue a la cocina, separada de la sala por una gran chimenea, y empezó a hacer ruido entre platos y cazuelas. Lucía le siguió como un polluelo.

Carmen puso la mesa con esa lentitud de quien ama cuidar los detalles. Bárbara y Lucía habrían devorado la empanada entera, pero tras las primeras cucharadas, el cansancio pudo con ellas. Lucía empezó a quedarse dormida, apoyada en el costado de su abuela.

Esta niña necesita descansar, menuda viajera. Está creciendo a pasos agigantados. A este ritmo, me alcanza antes de lo que pienso. Vamos, cariño, te echo una siestecita.

El rincón donde la acostó una vez fue de Bárbara. Todo el mundo dormía en la misma sala; si hacía falta, se separaba la estancia con un armario viejo o una cortina.

Que duerma un poco. Carmen volvió a la sala. Cuéntame, ¿cómo os va por allí? ¿Todo bien?

Sí, mamá Hoy nos topamos en la estación con Rosario, la de la aldea de al lado. Me llamó Lola, ¿te imaginas? Le dije que era Bárbara, la hija de Carmen, y nada, a la mujer le daba igual, que si Lola esto, Lola lo otro. ¿De verdad me parezco tanto a tu hermana? ¿Tienes fotos de ella?

Mil veces las has visto, resopló Carmen, esquivando su mirada.

Pero quiero verlas otra vez.

Bueno, bueno Ahora las saco, anda.

Al rato, Carmen volvió con una caja de zapatos llena de fotos: la mitad en blanco y negro y amarillentas, muchas con las esquinas dobladas; otras, más recientes y a color.

Mira, tu primer día de cole. Aquí, en quinto. Lucía es igual que tú. Y esta Carmen frunció el ceño, ¿adivinas quién es?

Soy yo pero no recuerdo esa foto sonrió Bárbara.

No, esta es tu tía Manuela, mi hermana pequeña corrigió Carmen.

¡Vaya! Si es que somos igualitas.

Y ésta fue su última foto, la de la graduación dijo Carmen, mostrando la imagen de una joven rubia y guapa. Era guapísima, era como una postal para mirarla y no cansarse nunca.

Bárbara se quedó embobada mirando la foto.

Pero, a ti no me parezco tanto. Levantó la vista hacia su madre.

Carmen suspiró, largo y hondo.

Bueno, creo que ya toca decirte la verdad. Ya no me puedo llevar eso a la tumba. Manuela era tu madre. La de verdad. Perdóname por no haberlo dicho antes, fue por protegerte.

Mamá quedó embarazada tarde y no quería tener un hijo más. Se puso a cargar sacos, lavaba ropa a mano, se metía en el baño turco esperó perderte, pero naciste igual, y naciste preciosa. Yo, con quince, ayudaba como podía; más que hermana, casi era tu niñera.

La juventud se iba del pueblo en cuanto podía; nadie quería quedarse salvo los viejos y los resignados. Yo tampoco me atrevía a dejar sola a mamá y a Manuela. Así que me quedé; y de casarme, ni hablamos: apenas quedaban hombres decentes salvo algún viudo borracho (¡gracias, pero no, pensaba yo!).

Manuela también quería escapar a la ciudad. Lo hizo después de acabar el instituto y, dos años más tarde, volvió contigo en brazos. Eras tan pequeñita y frágil que daba miedo cogerte. Y Manuela, ya por entonces, parecía que toda su belleza se la había entregado a su hija.

Estaba muy delgada, con los nervios a flor de piel. Días enteros sin decir palabra, luego la veías riendo y bromeando. Y entonces, tras tres días, se marchó. Te dejó conmigo y volvió a la ciudad. Hablando claro: se fue a por otra dosis. Tomaba drogas, hija. Eso no lo supimos hasta después. No tardó en morir por sobredosis. Tuve que ir yo a enterrarla. Mamá ya estaba muy enferma.

Abuela quería que te llevara a un orfanato, pero no lo permití. Si total, iba a quedarme sola, mejor con una niña Alguien de mi carne y sangre, aunque no fuera mía de mi vientre. En el pueblo, nadie comprendió nada; y quienes sabían callaron. Manuela solo estuvo dos días y luego desapareció. En el hospital del centro nos arreglaron los papeles, y te inscribieron como mía. No fue gratis, pero así se quedó.

Cambié tu nombre: Manuela te llamó Bárbara, Barbie. Y pensé: ¿eso qué nombre es? Así que te registré como Bárbara.

Un año después llegó tu padre; era militar. Cuando estuvo de misión, Manuela no le dijo que estaba embarazada. Cuando volvió y se enteró de que Manuela murió dejando hija, vino. Lo licenciaron a causa de una herida y se quedó con nosotras. Mamá le aceptó, aunque nunca estuvo casado con Manuela. Aquí, en el pueblo, tener hombre en casa era importante. Después, nos casamos. Nos llevábamos muy bien. Él nunca se enteró de lo de las drogas.

Por eso callé. Prefiero que lo sepas por mí antes que por la boca de la rumorología del pueblo. Ya sabes el dicho: “Madre no es la que engendra, sino la que cría”.

Bárbara se quedó muda, como si le hubieran dado un mamporro. Años y años de secretos y silencios

¿A dónde vas? Carmen se levantó, alarmada, cuando Bárbara se dirigió a la puerta.

Necesito estar sola un rato.

Bárbara salió abrigada al frío. Carmen negó con la cabeza: ¿Quién me mandaba abrir la boca?.

¡Una madre drogadicta! ¡Muerta de sobredosis! pensaba Bárbara, andando entre la nieve. Y el padre ¿seguro que era él? ¿Y si no? Pero qué bobadas saco ahora. ¡Esa era mi madre? ¿Cómo pudo dejarme por una droga? Da igual. Mi madre de verdad es Carmen, quien me cuidó, me mimó, me sostuvo al crecer. Podía haberme dejado en un orfanato y cambió su vida por la mía. ¡Eres mi madre y punto!

Lo pasado, pasado. La otra madre ni está ni estuvo nunca.”

Al fin, cansada y tiritando, regresó a casa. Carmen la esperaba sentada a la mesa, igual que la dejó.

Perdóname. Eres mi madre. Te quiero, susurró Bárbara, abrazándola.

Y yo a ti, hija. Perdóname por ocultártelo.

¿A oscuras? Lucía apareció con una foto en la mano. Mamá, ¡qué guapa eras!

Carmen rescató la foto de las manos entusiastas de su nieta y guardó todas en la caja de zapatos.

Mira mejornos. Que las fotos esperan, pero nosotras no.

Esa noche, Bárbara no podía dormirse. A cada respiro, oía a Carmen suspirar y la vieja cama crujir en la oscuridad.

Bárbara se levantó sigilosamente y fue a la cama de su madre.

¿No duermes?

Carmen levantó la colcha.

Ven aquí, que el suelo está helado.

Y Bárbara se metió en la cama con su madre, calentándose como de niña.

¿Sigues dándole vueltas? preguntó Carmen en voz baja.

Ya no, mamá. Tú has sido mi verdadera madre siempre. No necesito más. Manuela era tu hermana y ya está.

Se quedaron cuchicheando largo tiempo. Luego, Bárbara volvió a su cama.

Duerme tranquila, eres la mejor madre del mundo. Lo seguirás siendo siempre arropó a Carmen como le hacía ella de pequeña y se marchó a dormir, al fin en paz.

A la mañana siguiente, Carmen las acompañó hasta el autobús.

¡Abuela, no te pongas triste, que pronto volvemos!

Bárbara abrazó a su madre y respiró su olor a ropa limpia y leña.

Entra ya, hija, que te vas a quedar helada

El autobús se marchó, y Carmen permaneció en la acera, con los ojos llorosos de frío y nevada.

Así, a sus treinta y tres años, Bárbara se enteró de que su madre murió cuando apenas era un bebé y quien la crió fue la hermana mayor de su madre. Al principio dolió, por la mentira y el engaño; pero después, pensó: dos hermanas de verdad, dos madres de la misma sangre, y eso solo puede ser más familia. Más familiar imposible.

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No hay nada más auténtico que el calor del hogar… Varya y su hija bajaron del autobús a las afue…
Esto es lo que más necesita el mundo: personas bondadosas que cuidan de quienes no pueden valerse por sí mismos. ¡Así se hace, buen samaritano!