Chicas, confesaos, ¿quién de vosotras es Inés? la joven nos miraba a mi amiga y a mí con picardía y detenimiento.
Soy yo, Inés. ¿Por qué? respondí perpleja.
Toma la carta, Inés. Es de Álvaro la desconocida sacó un sobre arrugado del bolsillo de su bata y me lo entregó.
¿De Álvaro? ¿Y dónde está él? pregunté, sorprendida.
Lo trasladaron a una residencia de adultos. Te esperó, Inés, como agua de mayo. Se pasaba el día mirando por la ventana. Y esta carta me la dio para que revisara las faltas, no quería hacer el ridículo contigo. Bueno, debo irme. Pronto es la comida. Trabajo aquí como cuidadora la chica me miró con dulzura y resignación, suspiró y se alejó.
Un día, mi amiga y yo, Ana, paseábamos y, por pura casualidad, entramos en el recinto de una institución desconocida. Teníamos dieciséis años, era verano, y ansiábamos aventuras.
Nos sentamos en un banco cómodo, charlando y riendo. No nos dimos cuenta de cuándo se nos acercaron dos chicos.
¡Hola, chicas! ¿Aburridas? ¿Podemos conoceros? dijo uno, extendiéndome la mano. Álvaro.
Yo respondí:
Inés. Y esta es mi amiga Ana. ¿Y el callado cómo se llama?
Leandro susurró el segundo chico, tímido.
Nos parecieron algo anticuados y demasiado formales. Álvaro enseguida señaló, serio:
Chicas, ¿por qué lleváis faldas tan cortas? Y el escote de Ana es muy atrevido.
Venga, no os fijéis tanto. A ver si los ojos se os van a cruzar nos reímos Ana y yo.
Es imposible no fijarse. Somos hombres. ¿Acaso también fumáis? insistía el recatado Álvaro.
Por supuesto, pero sin tragar bromeábamos nosotras.
Fue entonces cuando Ana y yo reparamos en que los chicos caminaban mal. Álvaro apenas podía moverse y Leandro cojeaba visiblemente.
¿Estáis aquí en tratamiento? intuí yo.
Sí. Me accidenté con la moto. Leandro se hizo daño al tirarse de una roca al agua recitó Álvaro, como si lo tuviera bien estudiado. Nos darán el alta pronto.
Ana y yo creímos la historia. Nunca se nos ocurrió pensar que eran discapacitados desde niños y que la residencia era su hogar. Nosotras éramos para ellos una bocanada de aire libre.
Vivían y estudiaban en ese internado, lejos de miradas externas. Todos allí tenían preparadas historias plausibles: accidentes, caídas, peleas una vida inventada.
Álvaro y Leandro demostraron ser muchachos interesantes, cultos y sabios para su edad.
Ana y yo empezamos a visitarlos cada semana. Por compasión al principio, por admiración después.
Se hicieron costumbre esos encuentros fugaces. Álvaro comenzó a traerme flores, recogidas del jardín del centro; Leandro le regalaba a Ana pequeñas figuras de papel que él mismo doblaba con vergüenza.
Luego nos sentábamos los cuatro en el banco: Álvaro junto a mí, Leandro cerca de Ana, dándole la espalda a los demás, concentrado solo en ella. Ana se sonrojaba, notoriamente incómoda pero feliz de estar en su compañía. Charlábamos de todo y de nada.
Pasó el cálido verano. Llegó el otoño, con lluvia y nostalgia. Las vacaciones acabaron, y Ana y yo nos volvíamos a centrar en el último curso del bachillerato. Pronto olvidamos a Álvaro y Leandro.
Pasaron los exámenes, el último timbre, el baile de graduación. Llegó el verano, lleno de esperanza.
Ana y yo regresamos al internado para visitar a los chicos. Nos sentamos en nuestro banco, esperando que apareciesen con las flores y el origami. Esperamos dos horas en vano.
De repente, una trabajadora se acercó corriendo y me entregó la carta de Álvaro. Abrí el sobre con manos temblorosas.
“Querida Inés: ¡Eres mi flor más perfumada! ¡Eres mi lucero inalcanzable! Quizás no notaste que me enamoré de ti desde el primer instante. Nuestras charlas me daban vida. Medio año llevo mirando la ventana en vano, esperando verte. Me olvidaste. Es triste, pero nuestros caminos se separan. Gracias por mostrarme el amor de verdad. Recuerdo tu voz aterciopelada, tu sonrisa cautivadora, tus manos suaves. ¡Qué difícil sin ti estar, Inesita! Si pudiera verte una vez más Quisiera respirar, pero me falta el aire
A Leandro y a mí nos han cumplido dieciocho y en primavera nos trasladan a otro centro. Dudo que volvamos a cruzarnos. El alma se me desgarra, pero espero curarme de ti algún día.
¡Adiós, mi adorada!
Siempre tuyo, Álvaro”.
En el sobre, junto a la carta, había una flor seca.
Sentí una punzada de vergüenza y pena. El corazón se me encogió, sabiendo que nada podía hacer ya. Recordé el refrán: Somos responsables de lo que domesticamos.
Jamás imaginé el torbellino que bullía en el alma de Álvaro. Pero, sinceramente, no habría podido corresponderle. Por él solo sentía curiosidad, simpatía, quizá un ápice de coquetería, burlas inocentes que él supo encender como brasas. No pensé nunca que mi ligereza avivaría en él un incendio.
Pasaron muchos años. La carta de Álvaro amarilleció, la flor se volvió polvo. Pero aún guardo el recuerdo de aquellos encuentros ingenuos, las risas vivas, las charlas despreocupadas y las ocurrencias de Álvaro.
La historia no acaba aquí. Ana, mi amiga, se dejó tocar por la vida dura de Leandro. Sus padres le habían abandonado por diferente; de nacimiento, tenía una pierna mucho más corta. Ana estudió magisterio y hoy es maestra en un colegio para niños discapacitados. Leandro es el marido de Ana, el amor de su vida. Tienen dos hijos ya adultos.
Álvaro, según contaba Leandro, pasó la vida en soledad. Cuando tenía unos cuarenta, su madre fue a la residencia, le vio tan solo, se echó a llorar, se reencontraron, y se lo llevó consigo a su pueblo. Después de eso, se le perdió el rastroCon el tiempo, entendí que hay amores que solo existen para enseñarnos a mirar más hondo, a rozar el mundo desde una ternura inesperada. Nunca volví a escribirle a Álvaro, ni supe si alguna vez pensó en buscarme. Pero siempre que paso cerca de aquel viejo internado hoy lleno de niños correteando en el patio, llevo un ramito de flores silvestres que dejo junto al banco, en memoria de quienes allí soñaron, esperaron, amaron.
A veces, me pregunto si todos guardamos cartas que nunca enviamos, flores que se marchitaron antes de tiempo, palabras que enmudecieron en la garganta. Quizá por eso sigo atenta a las señales pequeñas: una mirada, un suspiro, un saludo extraño. En la vida, como en aquel verano, hay historias que nos tocan sin saberlo y nos ayudan, sin darnos cuenta, a crecer.
Quizás, al final, sea suficiente saber que fui primavera en el invierno de alguien. Tal vez, sin pretenderlo, un pequeño gesto una visita, una risa, una amistad puede cambiar el rumbo secreto de una vida, aunque después nos alejemos.
Y así, mientras la carta duerme entre viejos libros, cuando el viento me trae el aroma de las primeras flores de mayo, pienso en Álvaro y sonrío. Porque en lo efímero de aquel amor, quedó para siempre la lección más simple: a veces, el recuerdo es la forma más sincera de permanecer cerca.







