¿Quieres deshacerte de mí? —¿Y eso que llevas puesto? —Elisabet Pardo recorrió a su hija con la mi…

¿Y ese modelito? Isabel García repasó a su hija con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en la falda. Eso es indecente de corto. A tu edad ya va tocando dejar de vestirte como una cría.

Leticia se bajó la falda casi sin pensar, aunque rozaba la rodilla. Era una sencilla falda de tubo, de esas para la oficina, comprada hacía un mes en las rebajas, creyendo que había dado en el clavo: corte clásico, color neutro.

Mamá, es perfectamente normal Leticia se esforzó en que no se notara el fastidio en su voz. Me la pongo para ir a trabajar.
Precisamente. Y la gente mira y pensará cualquier cosa. En mis tiempos

Leticia ya no escuchaba. Había oído ese discurso cientos de veces: acerca de la modestia, el en mis tiempos, lo de cómo debe vestirse una mujer decente. En vez de responder, dejó un sobre encima de la mesa. Era grueso y llevaba el logotipo de una agencia de viajes.

Es para ti, mamá

Isabel García se atragantó con la frase. Miró el sobre, luego a su hija, después otra vez al sobre.

¿Y ahora con qué sales?
Ábrelo.

Leticia llevaba medio año esperando ese momento. Había guardado hasta el último céntimo. El balneario ese, el de los pilares y las aguas termales, al que su madre siempre había soñado ir. Leticia lo localizó, reservó la mejor habitación, cuidó hasta el mínimo detalle.

Isabel García sacó el vale con las manos temblorosas, lo leyó por encima. Leticia esperaba, si no un abrazo, al menos un gracias o una mirada tierna.
Pero su madre apretó los labios y apartó el sobre con las yemas de los dedos, como si estuviera sucio.

Otra vez lo has decidido todo tú.

A Leticia se le encogió el pecho.

Madre, es el balneario de Mondariz. Tú siempre querías
¿Y quién va a regar mis violetas? ¿Lo pensaste acaso? Isabel dio unos golpecitos en la mesa. Tres semanas yo fuera y se mueren todas.
Puedo venir cada día, de verdad.
Tú vas a tope con el trabajo. Se te olvida o te agobias. Y allí, seguro que solo dan col de comer. Leí que en esos balnearios nuevos van a la escasez.

Leticia miraba a su madre sin saber si aquello era serio o una broma. Seis meses privándose de cafés, de zapatos, de tardes con amigas. Para llegar a esto.

Mamá, allí hay restaurante con cinco salones. Carta a elegir. Masajes, piscina, rutas termales
Rutas termales, repitió Isabel, burlona. Aprendiste palabras modernas. Pero preguntar si me interesaba, eso no, ¿verdad?

Leticia tragó saliva. Solo esperaba aunque fuera un bien hecho. El de siempre, el que la había sostenido durante años.

Se dejó caer en una silla. De pronto las piernas eran de algodón, como si el cuerpo decidiera por sí solo que no tenía fuerzas para seguir en pie. Miró el sobre, arrinconado por su madre, y se quedó callada.

Y encima ese clima Isabel ya daba vueltas por la cocina, acomodando mecánicamente el mantel, perfectamente estirado. Aquella humedad no es para mí, la tensión arterial se me disparará seguro. ¿Pensaste en eso siquiera?

Leticia no contestó. De repente no le apetecía responder nada. Por primera vez en años, esa rebelión silenciosa la inundó entera.

¿Y el trayecto? ¿Cuánto se tarda? ¿Horas de tren? ¿Con mi espalda? La madre se sentó enfrente, cruzando las manos, lista para largar un monólogo. Mira la Lucía, la hija de la vecina. Sabe el desastre que tiene por marido, pero no deja a su madre, le lleva la compra y viene a hacerle compañía cada día.

Leticia observaba los surcos junto a los labios de su madre, las raíces grises bajo la tintura, esas manos hinchadas y con venas saltadas. Manos que antes hacían sus trenzas. Labios que le cantaban nanas. ¿Dónde se había ido todo eso?

¿Me estás oyendo?
Te escucho, mamá.
No lo parece. Te quedas ahí, muda, como una estatua. Estoy contándote lo importante y tú

Isabel García siguió con la retahíla: las habitaciones de los balnearios ahora son minúsculas, los vecinos ruidosos, los médicos muy jóvenes y solo recetan pastillas. Leticia asentía donde tocaba, pero por dentro sentía una especie de vacío, una ausencia extraña creciendo con cada segundo.

El reloj de la pared avanzaba implacable. Minutos, una hora, casi hora y media. Isabel en plena efervescencia, saltando de los balnearios a reproches generales: las tardes solitarias, las llamadas cada vez menos frecuentes, la hija que se le escapaba de las manos.

¿Sabes cómo es estar aquí sola? La madre levantó la barbilla. ¿Lo sabes? ¿Quieres librarte de mí para poder hacer tu vida?
Mamá, es un regalo.
¡Un regalo! exclamó Isabel, echando las manos. Un regalo debe ser algo agradable. Esto esto lo has comprado para tranquilizar tu conciencia. Mandas a tu madre lejos y te quedas tan a gusto, ¿verdad?

Leticia se levantó despacio. Las piernas seguían pesadas, pero se obligó a sujetar el sobre con determinación. Sus dedos apretaron el papel grueso.

Tienes razón, mamá. Allí no vas a estar cómoda. Devuelvo el viaje.

Isabel se quedó en silencio. En sus ojos apareció algo parecido a la perplejidad, como alguien que se ha preparado para la batalla y de pronto el enemigo depone las armas.

¿Que lo devuelves?
Exacto. Pido el reembolso. Tienes razón, fallé.
Leticia, deja eso en la mesa.
¿Para qué? No quieres ir.
¡No he dicho que no quiero! He dicho que debiste preguntar primero. La voz de Isabel fue en aumento y le salieron manchas rojas en las mejillas. Siempre haces igual: te lanzas, y luego no entiendes por qué me siento mal.

Leticia apretó el sobre contra su pecho y fue hacia el vestíbulo. El corazón le latía en la garganta, pero la decisión le daba firmeza.

¿A dónde vas? ¡Leticia! ¡Te estoy hablando!
Mamá, estoy cansada.
¿Cansada? Isabel salió corriendo tras ella, agarrándola del codo. ¡Toda mi vida me la he dejado por ti! ¡Pasamos hambre, tu padre se fue y te saqué adelante sola! ¿Así me lo agradeces?

Leticia se volvió hacia su madre. La vio con los labios temblando de rabia, la cara azorada de furia.

Dijiste que no querías.
¡Dije que debiste consultarme!
Bien, te consulto. Mamá, ¿quieres viajar a Mondariz?

Isabel se quedó sin aire.

¿Te burlas de mí? ¿De verdad? ¿Lo haces para herirme? ¡Pareces un robot sin corazón! Deja el vale en la mesa, que ya lo pensaré.

Leticia soltó el codo de su madre con suavidad. El sobre seguía en su mano.

Te llamo mañana, mamá.

Y cerró la puerta tras de sí antes de que Isabel pudiera responder. Los gritos la alcanzaron ya en el rellano; insultos sobre la juventud malgastada, la ingratitud, y la segura pena futura. No se giró. Sus piernas la bajaron sin pausa por las escaleras, junto a los buzones arañados y vecinos indiferentes.

En la calle, chispeaba una llovizna fina. Leticia levantó la cara al cielo, saboreando por unos instantes el olor del asfalto mojado. A su alrededor, las prisas de Madrid la esquivaban; alguna mirada molesta, un resoplido, pero todo eso le resbalaba. El sobre con el viaje seguía en su poder, y Leticia pensó, por primera vez, que podría ir ella sola. Mondariz, columnas y balnearios, desayunos sin reproches.

Caminó sin rumbo hasta plantarse ante la cristalera de una pequeña cafetería. La luz cálida iluminaba manteles blancos, jarrones de flores frescas, gente cenando sin prisa. Empujó la puerta y entró.

Buenas noches el camarero le ofreció la carta sonriendo de corazón. ¿Viene sola?
Sí Leticia se sorprendió de lo fácil que salió la palabra.

Eligió una mesa apartada, al fondo. Se sentó, desplegó la servilleta y se puso a leer la carta. Sus ojos fueron directamente al postre más caro tarta de pera con caramelo y sal maldon y un Rioja gran reserva, profundo y robusto.

Su madre lo habría llamado locura. Un despilfarro. Leticia imaginó el gesto de reproche, los labios crispados, el habitual en mis tiempos e hizo el pedido.

El vino era fuego y bosque en la lengua. Dio un sorbo y se apoyó en el respaldo. Notó una extraña ligereza, justo donde antes solo sentía carga. Recordó cuando temía sacar un notable en la escuela porque su madre la condenaba al silencio una semana. O cuando eligió economía y no filología en la universidad porque no era serio. O los tres años con Jorge, a quien adoraba, y de quien se apartó porque su madre repetía: ese no te conviene.

La tarta era suave y dulce. Leticia observó cómo la salsa de caramelo se deshacía y pensó en cuánto hacía que no hacía nada solo por sí misma. Sin buscar aprobación, ni el bien hecho escueto, ni nada.

El móvil vibró en el bolso, una vez, otra y otra más. Miró la pantalla: siete llamadas de su madre, tres mensajes de voz. Lo apagó sin escuchar nada.

Apuró el vino, terminó el postre y pidió la cuenta. Dejó una propina generosa, porque le apetecía, y salió a la noche. Ya no llovía y las primeras estrellas asomaban entre los tejados.

Leticia pensó que el primer paso, el más difícil, ya lo había dado. Se había permitido ser, siquiera una vez, más importante que las expectativas de los demás.

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¿Quieres deshacerte de mí? —¿Y eso que llevas puesto? —Elisabet Pardo recorrió a su hija con la mi…
—Una buena mujer. ¿Qué haríamos sin ella? —Y tú solo le das dos mil euros al mes. —Elena, que le hemos puesto el piso a su nombre Nicolás se levantó de la cama y se dirigió despacio al cuarto de al lado. Bajo la tenue luz de la lámpara, con los ojos entornados, miró a su esposa. Se sentó a su lado y escuchó.—Parece que todo bien. Se levantó y fue a la cocina. Abrió el yogur, pasó por el baño y regresó a su habitación. Se tumbó en la cama. No podía dormir: —Elena y yo, noventa años ya. ¿Cuánto hemos vivido? Pronto nos iremos al cielo y aquí no queda nadie con nosotros. Las hijas, Natalia ya no está, ni siquiera llegó a los sesenta. Tampoco está ya Maximiliano. Era un juerguista… Tenemos una nieta, Oxana, que vive en Polonia desde hace veinte años. Ni se acuerda de sus abuelos. Ya tendrá hijos grandes… No se dio cuenta cuando se durmió. Despertó por el roce de una mano: —¿Nicolás, estás bien? —susurró apenas un hilo de voz. Abrió los ojos. Su esposa inclinada sobre él. —¿Qué pasa, Elena? —Te veo ahí quieto y sin moverte. —¡Sigo vivo! ¡Vuelve a dormir! Se oyeron pasos arrastrados. Sonó el interruptor de la cocina. Elena bebió agua, fue al baño y se marchó a su cuarto. Se tumbó: —Un día me despertaré y ya no estará. ¿Qué haré? O quizá me toque irme antes. Nicolás ya dejó apalabrados nuestros funerales. Jamás pensé que eso se pudiera organizar con tiempo. Pero mejor así. ¿Quién lo haría por nosotros? La nieta ni se acuerda. Solo la vecina, Juana, viene por aquí. Tiene copia de las llaves del piso. El abuelo le da mil euros de nuestra pensión. Ella compra comida y lo que se necesite. ¿Para qué queremos más dinero? Además, del cuarto piso ya no podemos bajar solos. Nicolás abrió los ojos. El sol iluminaba la ventana. Salió al balcón y vio la copa verde del cerezo. Sonrió: —¡Mira que hemos llegado al verano! Fue a ver a su esposa. Sentada en la cama, pensativa. —Elena, deja ya la tristeza. Ven, que quiero enseñarte algo. —Ay, que no tengo fuerzas —se incorporó como pudo—. ¿Qué se te ha ocurrido ahora? —Anda, ven conmigo. La ayudó hasta el balcón. —¡Mira, el cerezo ya está verde! Y tú diciendo que no veríamos el verano. ¡Aquí estamos! —¡Y aún brilla el sol! Se sentaron juntos en el banco del balcón. —¿Recuerdas cuando te invité al cine en el colegio? Aquel día también el cerezo tenía las hojas verdes. —¿Cómo olvidarlo? ¿Cuántos años han pasado? —Setenta y pico… Setenta y cinco. Estuvieron mucho rato evocando la juventud. Hay tantas cosas que se olvidan con los años, incluso lo de ayer, pero la juventud nunca se olvida. —¡Nos hemos puesto a charlar! —se levantó Elena— Y aún no hemos desayunado. —Elena, prepárame un té bueno, que ya estoy harto de esa infusión de hierbas. —Que no podemos, Nicolás. —¡Aunque sea flojito y con una cucharadita de azúcar! Nicolás saboreaba el té suave, acompañado de un pequeño bocadillo de queso, y recordaba tiempos de desayunos con té fuerte, dulce y pasteles. Entró la vecina. Sonrió: —¿Cómo vais hoy? —¿Qué asuntos vamos a tener con noventa años? —bromeó el abuelo. —Bueno, si haces bromas, todo bien. ¿Qué necesitáis que os compre? —Juana, compra carne —pidió Nicolás. —Pero no podéis comerla. —Pollo sí. —Vale, os haré sopa con fideos. La vecina recogió la mesa, lavó los platos y se fue. —Elena, vamos al balcón —propuso Nicolás—. Al sol se está bien. —Vamos. Volvió Juana, se asomó: —¿Echáis de menos el solecito? —Qué bien hace estar aquí, Juana —respondió Elena sonriendo. —Ahora os traigo la papilla y luego os preparo la sopa para la comida. —Es una buena mujer —dijo él—. ¿Qué haríamos sin ella? —Y tú solo le pagas dos mil al mes. —Elena, que le hemos puesto el piso a su nombre. —Ella no lo sabe. Así se quedaron hasta la hora de la comida. Y al final, comieron sopa de pollo, con verduritas y patatas tiernas. —Así la preparaba siempre para Natalia y Maxi cuando eran pequeños —recordó Elena. —Y ahora, en la vejez, nos cocina gente que ni es de la familia —suspiró Nicolás. —Quizá, Nicolás, ese es nuestro destino. Cuando no estemos, ni una lágrima echarán por nosotros. —Basta ya, Elena. Vamos a dormir un poco. —Dicen que la vejez es como volver a la infancia: purés, siesta, merienda. Nicolás durmió un poco, y luego se levantó. No podía conciliar el sueño. ¿Cambiará el tiempo? Fue a la cocina: sobre la mesa dos vasos de zumo, preparados con mimo por Juana. Los tomó con ambas manos y entró en la habitación de su esposa. Sentada, contemplaba la calle desde la ventana. —¿Por qué estás triste, Elena? —sonrió él—. ¡A tomar zumo! Ella lo probó: —¿Tampoco puedes dormir? —El tiempo está raro. —Desde la mañana me siento extraña, como si me quedara poco… —Elena bajó la cabeza—. Cuídame bien cuando me vaya. —No digas eso, Elena… ¿Cómo voy a vivir sin ti? —Al final, uno de los dos se irá primero. —Ya basta. Ven al balcón. Estuvieron allí hasta la tarde. Juana preparó tortitas. Las comieron y luego vieron la tele como cada día antes de dormir. No entendían mucho las películas nuevas, así que preferían las comedias antiguas o los dibujos animados. Esa noche solo vieron un dibujo. Elena se levantó: —Me voy a la cama, estoy cansada hoy. —Entonces yo también. —Déjame mirarte bien —pidió de repente Elena. —¿Por qué? —Solo déjame mirarte. Se contemplaron largo rato. Seguramente, recordando cuando todo apenas empezaba. —Ven, te llevo a la cama. Elena tomó del brazo a su marido y caminaron despacio. Él la arropó y se marchó a su dormitorio. Sentía una gran presión en el corazón, no conciliaba el sueño. Le parecía no haber dormido nada cuando miró el reloj: las dos de la madrugada. Fue al cuarto de su esposa. Ella yacía con los ojos abiertos. —¡Elena! Le cogió la mano. —¡Elena, por favor! ¡Eleeena! Súbitamente, le comenzó a faltar el aire. Fue a su cuarto, cogió los papeles preparados y los dejó sobre la mesa. Volvió junto a su esposa. La miró durante mucho rato. Luego se tumbó a su lado y cerró los ojos. Vio a Elena, joven y bella como hacía setenta y cinco años, yendo hacia una luz. Se lanzó tras ella, la cogió de la mano. Por la mañana Juana entró en el dormitorio. Estaban los dos juntos. En sus rostros una sonrisa feliz. Finalmente, Juana llamó a emergencias. El médico, desconcertado, los miró: —Se han ido juntos. Debían de quererse mucho… Se los llevaron. Y Juana, agotada, se sentó junto a la mesa. Vio los papeles y el testamento con su nombre. Apoyó la cabeza en las manos y rompió a llorar… Dale a ‘me gusta’ y deja tu opinión en los comentarios.